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CONCIERTO DEL DESORDEN Y POEMAS INÉDITOS

 

CON LOS AÑOS

¿Cómo llevar lo de pudrirse poco a poco,
si con inocencia, si con orgullo, si con miedo?
¿De qué país son las repeticiones,
para exiliarme de él?
Desarbolados, con las raíces en arenas movedizas
y hojas que nacen para secarse.
Cuánta grandeza en engañarse.
Qué solos estamos y qué graciosos somos.
Cuánta imaginación le ponemos.
Y a veces, que al mirarnos nos vemos,
qué escalofrío. Qué broma siniestra.
Qué esfuerzo por fingirnos.
Cómo cansa con los años la conciencia.

 

 

 

 

DEL MIEDO

Qué cómico el poder que tiene el miedo.
Me hace temblar de noche en el pasillo
que recorro dichosamente a tientas
para no despertarle
y no precipitarme en el abismo.

El miedo es el humor
que segregan los cuerpos.
Por fuera es una broma.
Por dentro es una fiebre,
un terror a la vida
que nunca te abandona.
El milagro es perderlo por la gracia
de estar enajenado de uno mismo.

 

 

 

 

EL POEMA DE AMOR

Cómo digo que del amor no escribo
si, por no verlo, lo veo en cada esquina.
Si el amor es todo lo que me excede
y todo lo que me falta. Lo sé.
Pero recuerdo esa frase: Él no ama.
Y el juego de la muerte de mis padres:
mamá caía de espaldas, papá la sostenía.
Y yo lloraba. Y sólo era una broma.

Pero amo, sí. Lo amo todo y todo me da pena:
que se vaya o se quede.
Amo en algún lugar que permanece
antes de la caída.
Y renuncio a la farsa
porque el amor no me toca. Pasó.
Si estaba en todas partes, ¿por qué lo sobreactúan?
¿Por qué la posesión? ¿Por qué lo cercan?

Pero el amor lo adivino en mis lágrimas,
que brotan como si antes nunca hubiera llorado.
Es el rescoldo de una llamarada,
el cielo y el infierno.
¿Por qué ese juego estúpido?
¡El prestigio de la vida! ¿Por qué amarla si duele?
Amar sin el amor, después de todo.

Cae la lluvia. El niño y la gata duermen.
Yo amo al niño, a la gata
y el ruido de la lluvia en los cristales.
Pero también me asusta.
Es mi manera de amar: tener miedo.
¿Qué más podría decir yo del amor?

 

 

 

 

QUISE AMARTE

Quise amarte sobre todas las cosas
y que esa ilusión no se ensuciara,
que no fuera la fiebre y la misma enfermedad,
el cerco que se estrecha por segundos
sobre el sueño más noble. Y volver a rendirme.
No pudieron persuadirme las máscaras,
ni tan siquiera las más convincentes,
del fracaso seguro del intento.
Quise amarte y no puedes existir.
Quise darte mi tiempo y no me ves.
Y el día que te tuve se hizo noche.

 

 

 

 

CONFIESO QUE HE CREÍDO

Podría no expresarlo y seguir como hasta ahora,
representando el papel de un escéptico;
pero da igual callarlo que escribirlo
si, como Enric decía, no me van a entender.
Lo digo. No lo digo. Lo digo. No lo digo.

Si no me importa a mí, a quién le importa.
No me mueve ambición ni vanidad alguna
y hasta, siendo sincero, me avergüenza
haber llegado al punto de pensar en decirlo
y que esta confesión resulte inoportuna.
Pero me duelen prendas si callo.
Lo digo. No lo digo. Lo digo. No lo digo.

Soy un creyente absurdo que no admite su fe.
No la perdí ni en los peores trances.
Hasta en el cuarto oscuro sé que la conservé.
Fue mi modo de ser no bien tuve conciencia
de que estamos de paso entre una nada y otra.
En esa convicción sin argumentos,
en esa luz que no apagan las sombras,
en ese temporal que la razón ignora,
sin rezos ni liturgias, sin religión ni dogma,
he vivido mis años sin sucumbir al miedo.
Y nada me ha faltado ni me sobra.

 

 

 

 

ORACIÓN PRIMERA

Donde la dualidad nos deje de doler
y el duelo sea una fiesta.
Allí donde la vida permanece
y permanentemente se suicida.
Donde no haya liturgias que no sean las nuestras,
sin velos y sin ruinas.
Donde el aire circule con nosotros.
Que por allí nos busquen, que allí nos encontramos.
En un amanecer que nos ensancha,
del que nada tememos.
Crecimos en los límites del mundo
para una locura que nos redime.
Vamos de sombra en sombra.
Que el misterio nos libre de la culpa
y no haya más pecado que una forma
de callar entre ruidos
y esta pereza de ser que destilan
los últimos engaños.

 

 

 

 

PERO YA NO LOS VEO

Antes sólo eran ellos. No había edificios ni tiempo.
Los veía por todos los rincones, fascinado.
Pero ya no los veo.
Ya no me pierdo tras sus pasos.
La ansiedad se esfumó
como nube que se lleva el viento.
¿De dónde viene esta calma y a qué me conduce?
Sin ellos, todo lo veo y todo lo escucho,
todo dice y significa,
todo extrañamente permanece.
Como si hubieran encendido la luz
en un inmenso cuarto oscuro,
todo está ahí dispuesto a acompañarme.
¿Qué puede hacer un hombre
sin ambición y sin deseo?
Vivir sin tristeza, con los brazos abiertos,
y despreocupadamente esperar el paso de los días.
Sin ellos no hay cuidado:
no habrá miedo al amor ni al vacío.
No eran la sal de la vida.
Adiós a los hombres del mundo.

 

 

 

 

AMIGA MÍA

¿Qué máscara usaremos cuando emerja la sombra?,
te preguntaba. Y siempre respondías lo mismo:
La sombra no emergerá. Sólo habrá
mágicos frutos y labios muy ebrios.
Mostraremos el rostro a la luz que tenemos.
No pude imaginar que llegarías en medio de la lluvia,
con el silencio intacto de tu frente
y esa sed que te volvía tan bella.
Desde entonces la amistad tuvo nombre de mujer.
Y cuando no lo tenía, feminizaba al amigo.
Nada es más hermoso ni verdadero.
Renunciarás al miedo, me dijiste.
Pero no había nada que pudiéramos temer.
Bajo tus alas desplegadas cabían las islas más exóticas,
un asombro permanente, el rumor de los libros
que no habíamos leído, compases de canciones
que aún no habíamos oído, y los destellos
de inolvidables películas ni siquiera concebidas
que por nosotros ya estaban muy vistas.
Para hacer un talismán me basta tu corazón.
Juntos luchábamos cuerpo a cuerpo con el mundo,
pero no exhibamos ahora nuestros trofeos.
Dejémoslo para la leyenda, amiga mía.
Qué sabrán ellos de esta emoción y de esta inteligencia.

 

 

 

 

UNA LENGUA COMÚN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Joe Borsaní y Estela Alas

Una lengua común para locos y cuerdos
que exprese todo el miedo,
para poder hablarla en los confines
de nuestro amargo exilio:
lengua nueva para un terror antiguo
oculto para siempre en el espejo,
moneda de dos caras y dos cruces
que cambiará la suerte por un solo destino.

Una lengua común para vivos y muertos,
para locos y cuerdos. Abierta la compuerta
que separó nuestros mundos, marchamos,
como los imanes del tunecino,
a nuestro inevitable encuentro
y confundidos en un abrazo, nos fundimos
sin saber qué polo somos, positivo o negativo,
quién es la llave y quién la cerradura.
Una lengua común para el amor
que nunca nos separe,
una lengua común que nos libere
por siempre de la muerte y del olvido.

 

 

 

 

ODIO EL VERANO

Odio el verano. Odio con el alma
la estación de los traumas de todas las edades,
de los días de calor aciago y la tristeza
luminosa, de la falsa alegría,
de las separaciones,
de los zarpazos de la muerte. Odio
las ilusiones de la estación embaucadora,
sus raptos de pasión,
su felicidad episódica. Odio
los fuegos artificiales que no engañan ya
ni a los adolescentes,
sus veladas de insomnio,
sus pesadillas sudorosas. Quiero
escapar para siempre del verano,
no volver a mirarme en sus noches estrelladas,
en el sueño agónico de sus playas,
en su libertad vigilada. Odio
sus promesas que no se cumplen. Odio
la engañosa caricia de sus sombras,
la joven tersura fantasmagórica
de sus cuerpos errantes.

No quiero más recuerdos estivales,
ni fábulas de amores susurradas
en un bosque fingido.
Odio su música de grillos, odio
la lentitud espesa
de sus interminables siestas. Odio
las picaduras crueles de sus insectos tórridos,
la ansiedad de sus ruidos, sus vanas confesiones,
todo el dolor de sus silencios. Odio
su torrente de llantos, su cascada
de aprensiones, su cúmulo de culpas,
su rosario de insalvables distancias,
la suma de sus pérdidas y el alud de sus miedos.

Contemplo el horizonte de naves que se alejan.
Mi vida es la esperanza del invierno.

 

 

 

 

LOS AÑOS CERO

Primera década de un siglo. Los años cero.
Dos torres fueron derrumbadas. Y los excesos,
todos, quedaron admitidos. La realidad
dejó de existir. «Sin sentido, esto da igual»,
pensarían los que atacaron el corazón
desprotegido de tu reino de amor y música.

Sin apenas poder, las brujas ensombrecieron
la fiesta feliz de los duendes. Y en el planeta
no hubo lugar para esconderse. Sin utopías
y atacada nuestra memoria en todos los frentes,
después del suicidio anunciado de un buen amigo
que en vida tramó las mejores revoluciones,
ya sin aliento y despojados de toda épica,
nos arrastramos por el siglo de infame prólogo.

Descabezados, solitarios, desamparados,
igual que abejas sin colmena. Y dando vueltas
en círculo pero sin centro, sin más pasado
que un puñado de testimonios que se silencian
y el horizonte de un futuro que nos desprecia,
sobrevivimos, sin embargo. Como si fuera
ése nuestro único objetivo. Sin esperanzas,
sueños ni metas, pero vivos. Eso bastaba
en los años cero del siglo ya veintiuno.

 

 

 

 

PERO MEJOR DE LEJOS

Admirable es la entrega y el amor de los padres
y muy conmovedora la devoción filial.
Pero descuida, Carlos,
que yo no haré la loa
de semejante engendro. Pues sabemos,
aunque esto nos margine,
que nacen de ese abismo
los males que en la vida nos acechan.
Si en sí misma la especie resulta despreciable,
la prestigiada institución la vuelve
inagotable fuente de traumas y desdichas.
No seremos felices ni tal vez desgraciados
por este extrañamiento sin retorno.
Pero el espanto es cierto.
Y viendo el vasallaje al que ellos se someten
con vínculos de sangre, en un necio ritual
de aprensiones y débitos que no nos es ajeno,
tratamos de escapar para quedarnos solos.
Ni sin el padre el hijo ni por el hijo el padre,
ni el amor de la madre es tan virtuoso,
ni la hermandad segura. Si todo es una cárcel
de ruindades y afectos y una red de complejos.
Es la espesura, el peso que lastra nuestro vuelo,
la trama turbadora que tejen nuestros miedos,
un núcleo indestructible de amores y de duelos
acaso inevitable. Pero mejor de lejos.

 

 

 

 

MAÑANA YA VEREMOS

Hoy me he librado de ella.
Con diferentes tonos, su voz es cotidiana.
Hay que atender a la llamada del deseo.

El rumor insolente del deseo
me impide concentrarme. Con esa comezón
no puede haber creación ni pensamiento.

Pero ya he respondido a su llamada
de una manera urgente y previo pago
(aunque se paga siempre).

He saciado una sed que me parece antigua;
un hambre y una sed
que dieron esplendor a mi temida ruina.

Sin ellas no había nada que se hiciera.
Todo lo estimulaban
aquella sed y el hambre, que nunca se saciaban.

Las cosas mejoraron
sin esa fantasía, que es triste recordar:
de amar y compartir un proyecto de vida.

 

 

 

 

A SALVO DE LA FURIA DE LOS HOMBRES

Pasé mi adolescencia entre mujeres
que fueron para mí fundamentales.
Me sentía muy cómodo entre ellas.
Hablábamos, jugábamos, reíamos.
A salvo de la furia de los hombres,
la vida era elegante.
Allí me refugié y allí crecí
no diré entre algodones; mentiría.
Al menos, mi terror disminuía
a que de pronto un día pudieran señalarme
por no participar en sus desmanes.
Temía su mirada y sus insultos,
que me arrancaban del cálido vientre
femenino, que fue tan confortable,
para humillarme y besarme en los labios.
Y que me hicieran suyo.

Un día las dejé, cuando los hombres
por fin me reclamaron, y en sus brazos
calmé la frustración de no ser como ellos.
Idealicé su fuerza y su belleza
y vi en sus ademanes la inocencia
que para siempre en mí se había perdido.
Contra mi inteligencia, padecí
el síndrome del hombre masculino.
Y en sus rasgos femeninos, por raros
que estos fueran en los hombres,
pensé que adivinaba un futuro más justo.
Los hombres me sacaron de aquel valle
que me apartaba de ellos. Porque yo los temía.
Podían atacarme, y ellas me defendían.
Podían despreciarme, y ellas me valoraban.
Podían asustarme, y ellas me devolvían
una imagen de mí que me gustaba.
Pero también podían poseerme.
Y tuve que rendirme a esa evidencia
para gozar con ellos.
Por eso me alejé de las mujeres.

Han sido tantos años los que vagué sin ellas,
idolatrando el alma que imaginé en los cuerpos
sudorosos y oscuros de los hombres.
Busqué en el laberinto de sus penetraciones
una chispa de amor, un resto de cariño,
un afán de perdón o de ser comprendido.
Y no me dieron nada. Sólo abandono y pena,
más vergüenza que miedo, más tristeza.
¿Por qué los deseaba de ese modo?
¿Cuándo el miedo se convirtió en deseo
y me forzó a mirar con ojos tan golosos
su infame y cruel impulso de destruirlo todo?
Da igual la edad que tengan, niños o adolescentes,
jóvenes o maduros o incluso siendo viejos,
los hombres son brutales, y casi todos necios.
He errado tantos años sin mujeres,
que vuelvo a su regazo agradecido,
a proteger su mundo, que es el mío,
de la devastación segura de los hombres.

 

 

 

 

TRISTEZAS DEL HOMBRE INVISIBLE

Es inútil que en el sueño se cubra
los ojos con el brazo, si el brazo en invisible.
Los coches en la calle le pasan por encima.
Es más que un sueño. Es una pesadilla.
Cuando despierta, nada es invisible.
El reino del terror no es ese sueño.
Es la vida que lleva cuando abre los ojos.
Es no dejarse ver sin ocultarse.
Que le saluden, le hablen, le conozcan.
Pero que no le vean. Que no sepan quién es
por mucho que repitan su nombre y su apellido.
Aunque en pequeños círculos lo diga,
desde luego con amigos que entienden
o con sobrentendidos cuando sólo comprenden,
lo suyo es personal y a nadie le interesa.
«A nadie, ¿lo has oído?», se increpa ante el espejo.
Intenta no mirar el hueco transparente
que tiene en la barbilla, debajo de la oreja.
Pero por fin lo tapa, con tirita.
Tiene más repartidas por el cuerpo
para cubrir los huecos que le salen
mientras está durmiendo. Huecos como mirillas
que dejan ver lo que hay al otro lado.
Debe taparlos todos, sin descanso,
para evitar que tantos ojos puedan
mirar en su interior y descubrir
que dentro sólo hay miedo, y nada más que miedo.

 

 

 

 

SI CAMBIO DE OPINIÓN

Las leyes de la versificación 
crean los conceptos, y no al revés.
Lo leo en la reseña que hace Dobry en Babelia
sobre Parménides, de César Aira.
Cuenta que el sabio griego no escribió su poema
Sobre la naturaleza, pilar de la metafísica;
que se lo encargó a un negro llamado Perinola
y el negro lo compuso como le iba saliendo,
juntando disparates y ocurrencias.
Así, lo sublime se vuelve banal…
Una teoría ontológica fundamental
en la tradición filosófica de Occidente
se muestra como el ejercicio retórico
de un humilde poeta a sueldo.

Esta tarde he creído verte
asomado por encima de un cartel publicitario
que decía: «¿Y si cambias de opinión?».
Tú te reías de ella. A mí, con la poesía,
me pasa lo que al negro con los versos.
Que escribo lo que escribo
en función del ritmo y de la medida,
de normas que me obligan y de otras que me invento
para que no se diga ni decir demasiado.
Con la rima no sé qué ocurriría,
qué formas me impondría,
a qué conclusiones me llevaría.
Prefiero no saberlo todavía.
Si cambio de opinión, te enterarías.

 

 

 

 

EL ERMITAÑO

Extraños, parientes y amigos,
con esfuerzo diría sobrehumano
he aprendido a estar solo.
Yo siempre os he querido
pero no hay nada malo en admitir
que al deseo de estar acompañado
le debo mis años de desconcierto.

Más tarde averigüé que en este limbo
no hay cuerpo para el alma
ni un alma para el cuerpo.
Y en el desierto de la edad madura,
me alejo de vosotros, dignas sombras.
De ahora en adelante, no hagáis ruido.

 

 

 

 

LA HERMANDAD

Por mucho que se aleje
mi hermana Estela ha estado siempre cerca.
Carlos, Ramón y Tizi recorrerán los pueblos
llevando, con la excusa del teatro,
un mensaje que no tenemos. Si acaso,
que esperemos a ver y luego ya veremos.
Pedro el doctor, el padre de Leonardo,
vivirá rodeado de mujeres
criando al heredero.
A Chacho el corazón, que no era negro,
le seguirá latiendo.
Fernando y Ángel saben lo que quieren
en su casa española de derechas:
con el fútbol, el ABC y los toros.
A Ignacio, aunque es moderno,
lo veremos sufrir porque se rompe España.
Daniel con su pintura se libra del infierno.
La música de Fran, que fue hinduista,
sonará en nuestro entierro.
De Pepe qué decir: se prejubila.
Le aguardan el amor y la poesía.
De Víctor ya os hablé: se va a vivir a Australia.
Le he dicho que me traiga un boomerang si vuelve.
Cuando Ajo se derrumbe,
que corra a refugiarse en la isla de Lesbos
y, que una vez repuesta,
regrese cuanto antes a hacer vida social.
A Luis he vuelto a verlo.
Se sigue preparando para mejor momento.

Y a Félix, enclaustrado, ¿qué le pasa?
Luis Antonio no tiene inconveniente
en ser fiel a sí mismo
en una realidad hostil y decadente.
Javier el psiconauta va en busca del chamán
que libre al corazón del peso de la mente.
Y Paz encontrará por fin lo que ya tiene.
La muerte nos acecha pero sé
que algún sentido tiene esta hermandad.
Debemos esperar a que nos llamen.
Alguien lo hará y nos dará explicaciones:
«Da igual que cada cual vaya a lo suyo.
Estáis aquí por esto, esto y esto.
Sabréis lo que hay que hacer en su momento».
No digo una misión, lo siento por Llorente,
porque eso, estoy seguro, ni él mismo se lo cree.
Pero algo habrá que hacer. Nos lo dirán.
Nosotros, mientras tanto, sigamos a lo nuestro.

 

 

 

 

AL FONDO

Al fondo de tus ojos ves
que es un error culpar a Dios,
ese dios despiadado
al que siempre han rezado
y que jamás les escuchó.

Al fondo de tu corazón
hay miedos en ebullición.
Por parecer más fuerte
te abandonó la suerte
con los disfraces del amor.

Al fondo de tu alma ves
que la tristeza y el dolor
te son indiferentes.
Si somos inocentes,
yo tengo amor para los dos.

 

 

 

 

MANTRA SEXUAL

El animal que por fin me posea
habrá de ser muy noble y silencioso.
Tendido entre sus brazos
me entregaré a la danza ritual de su cintura.
Y aventará mi hoguera.

 

 

 

 

UN VIEJO SUEÑO

¿Dónde se habrán metido? Todos estaban lejos.
Mamá llegó a decir: Vamos a Australia.
Estela, en furgoneta, con su clochard marroquí,
era la expresión de una rara rebeldía,
quién sabe si también una lección y un aviso.

¿Por cuánto tiempo más soportaremos
esta espesura patética y lenta?
Se llevó nuestros sueños. Doblegó nuestras almas.
No sé dónde nos iremos, ni cuándo.
Huir fue un viejo sueño que seguimos soñando.

 

 

 

 

DESPIDIENDO TRENES

Puedes comprender la melancolía,
la tristeza casi física de muchos domingos.
Pero no entiendes el aburrimiento.
Dices que se puede combatir, que lo conoces.
No has olvidado las tardes de tedio
cuando de adolescente, en la estación,
despedías los trenes que se iban a Buenos Aires.
Pero el aburrimiento inspiró tu fuga.

Yo escucho atentamente lo que dices.
Me dispongo a luchar contra el aburrimiento.
Pero si debo despreciarlo y combatirlo,
por temible que sea, me pregunto si no será inevitable.
¿O no es el aburrimiento todo él melancolía?
Si nada me interesa será que me he rendido.
Yo también quiero despedir trenes y no tomar ninguno.

 

 

 

 

ACÉRCATE

Acércate, ven, sella mis labios con un beso largo
y caliente. Estás sentado frente a mí, recostado,
con las piernas abiertas, hablando. Y no dejo de mirarte.
¡Telepatía, si de verdad existieras!

En mi rostro, una expresión serena, atenta a tus palabras,
pero por dentro, explosiones obscenas que ni imaginas.
No puedes escuchar mis pensamientos.
Si supieras lo que te estoy diciendo
sin abrir la boca: que la abriría
para tragarme tu polla, para beber tu saliva,
para lamer tu ombligo como un animal sediento
y respirar tu olor suavemente agrio y masculino.

Me encanta escuchar lo que dices con este aire tranquilo
y estar, sin que lo sepas, empalmado.
Tú en estas cosas no te fijas. Yo, sin embargo, imagino
cómo la tienes tú.
Por desgracia nunca te la vi
pero estoy clavando ahora mi pupila
en el bulto despiadado de tu entrepierna y adivino
unos dones sobrenaturales,
porque estás en la edad biológica del sexo.

Un paquete así, al alcance de mi mano
y no tener valor para tocarlo, devorarlo, venerarlo.
Ven y fóllame. Cállate un rato y métemela aquí,
sobre la alfombra. Dame tu culo después,
déjame entrar y salir, golpear dulcemente
tus nalgas duras como manzanas verdes.

Cállate y cómeme los labios, lubrícame,
muerde mis pezones, rózate conmigo.

No me interesa nada lo que me estás contando
y si te escucho con tanta atención,
es sólo por deseo.
Y tú no te imaginas, mientras hablas,
lo que yo, sin hablar, te estoy diciendo.

 

 

 

 

LOS BUENOS CHICOS NO VAN AL CIELO

Good boys go to heaven.
Bad boys go to Benidorm.
Lo pone en la camiseta de un hombre mediano
que se cruza conmigo en el paseo.
No es lo que vemos volviendo del puerto:
viejos que hacen gimnasia en la playa,
viejos columpiándose en el parque,
viejos jugando a la petanca.
Una ciudad de viejos que prosigue
su ascenso al cielo.

En el epicentro de las emociones,
donde llegaron incluso a conmovernos
los pianistas solitarios que tocaban
música de baile para parejas
de viejos en locales de turistas,
regreso a los misterios de la infancia:
un tiempo en el que dicen que fuimos inocentes.
Pero yo te encuentro en esta ciudad
porque aquí, sin saberlo, despedimos tu vida,
entre el rincón de la homofobia,
donde invariablemente alguien nos insultaba,
y el Bali recortando el horizonte.
¡Míralo! ¡El sky line de Benidorm!
Ciudad imaginaria de muertos que no mueren
y vivos que envejecen.
Nosotros bailábamos La Bomba
vestidos con camisas de colores.
Y en la playa de poniente, entre jóvenes
tumbados en hamacas, que ya no nos veían,
no vimos ni la barca ni al barquero.
Más allá de la dudosa isleta de Tabarca,
mediterráneo adentro,
debimos suponer que navegaba
con las primeras almas.
Pero la violencia que un año después
se cebó con tu cuerpo, en tu pequeño piso
de la siniestra plaza de la Cebada,
a manos de un asesino sin rostro
—antes de tiempo, amor, antes de tiempo—
no pudo con tu alma.

En Benidorm también muere la gente.
Por eso no conviene desvelar el secreto
de tu presencia. Es mejor que piensen
que te perdiste allí.
Pero tu alma es eterna:
está en cada recodo del azar,
en la belleza de todo lo inútil
y en la ironía de las cosas feas,
como esta ciudad del tedio y de la risa,
este edén decadente
de extraños, de turistas y de viejos
donde estuviste a salvo de la muerte.

 

 

 

 

APOCALIPSIS

Sociedad de náufragos que exhiben sus naufragios.
Enjambres de pequeños egos
o máquinas de reclamar afecto.
Con una sed obscena de protagonismo
el hombre masa proclama
a la desesperada su individualismo.
Demasiados mensajes
como para leer ni tan sólo uno de ellos.
No existe el receptor de tantos emisores.
Al menos las plegarias se las hacían a un Dios.
Pero no hay público para tanto artista
ni penitencia posible para tantas confesiones.
¡Si nos dejaran descansar a los unos de los otros!
Cuánta paz encuentro en recogerme y en aislarme
de esa red de intromisiones constantes: por la calle,
en las pantallas, al teléfono.
Bajo a buscar provisiones y enseguida vuelvo a casa.

Fuera hay demasiadas vanidades,
un exceso de sujetos sin objeto.
Dentro puedo no hacer, no pensar,
no preguntar ni responder,
ni mostrarme ni ocultarme.

Entre estas paredes, que son más de cuatro,
puedo no explicarme nada ni explicárselo a nadie.
Puedo descansar de los sentimientos y del deseo.
Me agotan las agonías
de tantas personas insustanciales
y me rompe la dolorosa manía
que tienen nuestros mejores amigos
de morir de uno en uno.
Ahora sabemos que nadie vendrá a rescatarnos.

 

 

 

Alas, Leopoldo. Concierto del desorden. Poesía Reunida (1981-2008). Madrid; Ed. Visor, 2009.

 

URBI ET ORBI

 

URBI ET ORBI

Convirtió en dogma la Asunción de la Virgen.
Reinterpretó el misterio de la Encarnación.
Buscó la esencia del sacramento del orden,
de la iglesia como cuerpo místico de Cristo.
Combatió las desviaciones
de la investigación teológica,
multiplicó las diócesis,
firmó concordatos y condenó el marxismo.
Eugenio Pacelli, Papa Pío XII,
nuncio en Berlín en los años oscuros,
defensor de la cruzada franquista,
asistido por las hermanas de la selecta congregación,
rodeado por los cardenales y por las buenas gentes
cristianas del mundo,
agonizaba en Castelgandolfo
el año del Señor mil novecientos cincuenta y ocho.
Una agonía consciente, sin sueño, aterradora.
El defensor de la fe, el puntal del dogma,
el vicario de Cristo en la Tierra,
abandonando por fin —¡por fin!— toda diplomacia
quiso dar a la grey un último mensaje trascendente,
un grito, un alarido:
«¡No quiero morir! ¡Todo es mentira!
¡Sacadme de este burdel!»
Y bajando del altar a todos los santos,
el anciano Pacelli, sencillo y honesto
como un campesino calabrés,
se fue cagando en ellos de uno en uno
(a tanto llegaba su conocimiento del calendario).

x
Zorras llama a las monjas
que solícitas le llevan la leche,
cabrones a los miembros de la curia, estupefactos,
maricas de mierda a los oficiales de la guardia suiza.
No necesita ya disimular su certeza
ni lanzar un mensaje de consuelo por las ondas.
Con un sonoro «me cago en Dios»
el Santo Padre Pío XII entregó su alma.

 

 

 

Alas, Leopoldo. Concierto del desorden. Poesía Reunida (1981-2008). Madrid; Ed. Visor, 2009.

 

SEÑOR CASTELLET

 

SEÑOR CASTELLET

Usted que en un tiempo de pasmo,
ingenuidad social y urgentes subterfugios,
con nueve teas prendió una hoguera
que el tiempo ha consumido
en engañosos destellos, tramando
un cesto como quien hace ciento
y fundando en ese juego
una aurora boreal de nombres vanos (pocos buenos).

Su senior principal
se bate todavía con quimeras
tocado a la intemperie con sombrero,
hurgando en las entrañas del lenguaje
con el fulgor de la memoria y los afanes de la mente.
Y todo lo admite y lo comprende.
Otro senior se dio a los placeres.
Confundió la política honesta
con las tramas oscuras de la novela negra.
Y eligió Bangkok para dejarnos,
donde sus pájaros cambiaron de motivo.
El otro veterano se dio en solitario
a conspirar con palabras descreídas.
Y un loco de la coqueluche,
por miedo a no expresar como debía sus terrores,
incendió el arca de la alianza con atrocidades edípicas
por matar al padre con el disfraz materno
y así escupir sobre la cuna
bailando sobre una tumba olvidada,
una lápida ilustre que fundó su rebeldía.

El suyo fue un juego de equilibrista
en una tierra baldía, señor Castellet.
Sólo por eso merece consagrarse
en los altares de unos dioses falsos
cuya fe se ritualiza con tramposas liturgias
sin más constancia de su credo que su propia osadía.
¿Cómo no estarle agradecido?
¿Y cómo no rogarle que lo repita,
que con un nuevo negocio literario
muestre los horizontes nuevos?
O habrá que lamentar que el tiempo
se enfangue en sus recodos.
Y no haya nueve que juntar
ni modo de encontrarlos.
Era sólo por decirle, ilustre Castellet,
que volviera a intentarlo.
Que hasta sería más fácil que ayer,
hoy que estamos dispuestos a aceptar mejor los engaños.
Un puñado de llamadas bastarían
para armar caballeros de una nueva poesía.
Un nuevo ilusionismo. Se lo ruego.

 

 

 

Alas, Leopoldo. Concierto del desorden. Poesía Reunida (1981-2008). Madrid; Ed. Visor, 2009.

 

EL TRIUNFO DEL VACÍO

 

REGALO DE CUMPLEAÑOS

Te pido Ochún, que hagas un pequeño milagro.
La Habana está detrás de la cortina
(idéntica, de flores, a la colcha)
que cubre el ventanal
en este hotel absurdo de extranjeros.
Metrópoli de un sueño,
la miro desde el piso dieciocho,
los edificios altos de un señorío ajado
y enjambres de buscones
apostados en todas las esquinas.
—Ustedes ya no vienen como antes,
se les ve tristes —me decía uno.
—A ustedes también —le he contestado—,
ahora todos lo estamos.
La tristeza del fin,
la estela del amor que se ha perdido.
Los dólares han sido la carcoma
que devoró la víscera venérea,
el envoltorio que ahogó sus latidos.
Y yo pido a la Caridad del Cobre
que ese incendio solar, del Malecón al cielo,
devuelva la pasión y el amor a la isla
en su ocaso de plata,
porque me siento igual, desamparado
en la fragilidad de un tiempo que se agota.
Y al frente, en la avenida, Copelia entre las copas
de los árboles parece una nave
que olvidó el firmamento
mientras la noche llega, tan mal iluminada,
cuando el deseo estalla con su rostro
obsceno de ansiedad y de comercio.
Te pido, Ochún, que por mi cumpleaños
coloques otra vez cada cosa en su sitio
y que vuelva a brotar el amor por mis ojos
como estas lágrimas brotan ahora,
que apenas los empañan,
pero abundante, sentido, sincero.
Porque no quiero ser el extranjero
que paga con divisas los cuerpos del placer
a las puertas del Yara, vacíos y perfectos.

 

 

 

 

TRANQUILIDAD Y BUENOS MODALES

Laura ha muerto. Y una semana antes
Félix y yo, paseando por la calle, nos decíamos:
algún día tendremos que enfrentarnos.
No sabía qué grado de conciencia tenía,
pero los años pasaban
y seguía cautiva en su cuerpo, comiendo papillas:
estando aquí, ya estaba lejos.
Y ahora que se ha marchado,
mientras limpio y ordeno y recojo la casa,
recuerdo que siempre decía:
«Tranquilidad y buenos modales».

Siete años después de su primera muerte,
Laura deja el purgatorio y se libera.
La inmovilidad se queda con nosotros
pero sé que, en secreto, nadie descansa.
No trabajamos tantas horas en vano,
no arrojamos los días a un basurero
ni esperamos señales.
Sabemos lo que hay que saber de las cosas,
vamos adonde vamos
con tranquilidad y buenos modales.

 

 

 

 

EL TRASBORDO

El pasado me arrebata en el Metro.
No había vuelto a hacer este trasbordo:
de la dos a la uno en Cuatro Caminos,
un simple túnel y bastante breve
que conduce a la infancia.
Los bancos de tubos azules no estaban
pero qué nítido el cambio si regreso.
Entiendo lo perplejo que estaría
cogido de la mano de mi tío
Gulliermo, calvo siempre, con sombrero,
un vasco socialista y bondadoso
con un niño pequeño, alucinado,
cruzando juntos como ahora cruzo solo
de la dos a la uno en Cuatro Caminos.
El antes y el después se me complican:
no puedo recordarme en aquel trance,
volviendo del paseo y la merienda
con la yaya, una niña crecida
de dulces, croquetas, poderes y fantasmas.
Me miro desde allí sin comprenderme.
¿Qué has hecho desde entonces, desgraciado,
que no viniste a transbordar de nuevo,
por este simple túnel,
de la dos a la uno en Cuatro Caminos?

 

 

 

 

ADIÓS, GASTÓN

Mañana darán toda clase de explicaciones.
Se llenarán de viudas los suplementos.
Vanidosos exégetas dirán del fuero interno de su vida
y elogiarán con citas al gran poeta que murió olvidado.

No fui a velarte al tanatorio de la autopista.
Y en esta oscura noche, de regreso,
pensando que faltaste, por derrame,
al último homenaje que te hicieron,
comprendo que tu ausencia fue el poema.
Qué ironía final, Gastón Baquero,
que enviaste en los días que acababas
a un cubano de Cuba que es santero,
a un cubano de aquí que ha sido un espejismo
y a un tercero, poeta, que me encuentro, me saluda, me mira
y brota como en tromba la tristeza.
Tampoco fui a llorarte al crematorio
ni sé si incineraron tu sombrero.

¿Qué anotación al margen con tu caligrafía
de trazos ilegibles, y en qué montón de libros,
anunciaba tu muerte o tu epitafio?
Era verano, la calle vacía.
Andabas muy despacio y en aquel restaurante
te sentabas al fondo mirando hacia la entrada.
«Es lo primero que aprende un buen gángster.
Así nunca te matan por la espalda».
La muerte innominada se bautiza
con tu nombre, Gastón, en La Almudena.
Y tú que nos decías que el exilio no existe
porque la cuna del hombre es la tierra.
No importa donde estés, te encuentras en tu casa.
Exilio sería que vinieran habitantes
de otros astros y nos llevaran lejos.
Pero en la tierra no. Estemos donde estemos,
siempre tendremos
a la misma distancia las estrellas.
En la tierra, decías, tú que eres
cenizas en el aire.
Gastón el exiliado
abandona la isla de la vida
y los libros. Llevaba por maleta
su espíritu, pequeño paraíso.
Nadie puso laureles en su frente.
Y en esta noche lenta de triste velatorio
yo en mi ausencia le velo desde casa
y pido tamarindos consagrados.

 

 

 

 

EL LOCO

En casa de Luis, Alexander me descubre al loco.
Le daba a la vez risa y miedo. Era todo intuición
su burla compasiva, de auténtica inocencia.
¡Podría contar a Alexander tantas cosas sobre el loco,
sus formas de mirar, sus temores, sus juegos!

La locura es vivir
y andar por el mundo como en sandalias,
como los padres de entonces que predicaban con el ejemplo
pero sin santidad, perdidos, sin criterio,
como de ser así porque nos ha tocado
y al fin qué importa nada si lo piensas.

 

 

 

 

AL AMIGO CORRECTOR

Te envío un curso de caligrafía,
este cuaderno antiguo, como a ti te gusta,
porque sé que ahora vives, de tanto corregir,
ajeno a las palabras, pendiente de las letras:
sus formas sinuosas, sus acentos,
sus bucles, su tamaño y su tipografía.
De cuando tú salías a este tiempo
—dejemos los rodeos—, todo se ha desfondado.
No es el embudo del Dante ni el hoyo
de las maravillas, pero se lleva
entre ruidos y voces los sentidos
como al levantar un tapón se cuela
el agua. Y es curioso que a nadie importe
porque estamos vencidos.
Yo quería decirte en un poema,
sin medirme al hablar, igual que entonces,
que apurando la copa se trataban
asuntos del sentir y de la risa
y había voluntad de estar despierto
y todas las palabras se entendían,
quería yo decirte no sé qué
y se ha hecho un poco tarde.

Pero mira la letra, la mía de esta carta
y esas otras perfectas del curso que te envío.
No olvides reparar en mis tachones,
a ver si en lo tachado queda algo
y a ver si, al comparar los caracteres,
cobrara algún sentido lo que escribo.

 

 

 

 

TERAPIA CHINA

Dicen que una terapia china recomienda
sonreír cuatro minutos al día
seguidos por las mañanas,
cuando la cabeza todavía
está limpia o desprogramada.
Pero también en horas muertas,
sonreír sin ton ni son
un ratito cuando nadie te vea (si te da vergüenza).
Ajo me lo ha contado mientras abría
la reja del Alfil
y nos hemos sorprendido
fingiendo una alegría que no tenía
ella ni yo, por lo que sea:
será la primavera, que descoloca,
o nos deja baldados. Pudo ser también
la tormenta que amenazaba,
ese cielo azulón que al fondo había,
entre nubes sin recortes, pasada la Gran Vía.
El caso es que nos sorprendimos
tarareando un lalalá de contento,
un yupi yupi que al momento
nos abrió el alma en risas.

 

 

 

 

LOS GENES

Los genes, generosos y expansivos,
se dejan generar en su inconsciencia.
Qué cadena de azares, cadenciosa,
esculpe el perfil de un rostro
y repite un gesto, un temblor superado:
el retrato vivo de un espectro.
Y qué impropios los rasgos de los hombres,
qué absurdamente originales.
Cómo nos parecemos a nosotros mismos,
de qué manera extraña
renuevan nuestros ojos miradas extinguidas,
una mujer sonríe por los labios de un niño,
se frunce un ceño con antiguos pliegues
o una mano devuelve una caricia.
Pero asusta que la repetición de uno mismo
no alivie la extrañeza,
que todos los espejos no basten para aclarar el misterio
de verse y no reconocerse.
Portadores de inmundicia son los genes:
de sueños incumplidos y pretéritos rencores,
de frustraciones lentamente digeridas por un desconocido
que tuvo la misma sonrisa, estos ojos mismos
que no me dejan ver por más que miro.

Si se trata de cumplir algún destino,
quiero cumplir uno al menos,
y no repetir por repetir los ademanes de una sombra
que todos los siente ajenos,
como ajenos son los genes a los hombres:
generosos, expansivos, inconscientes y ajenos.

 

 

 

 

LA ALQUIMIA

La alquimia decide por nosotros.
Hasta el menor movimiento que hacemos
es parte sustancial de un múltiple proceso.
Nos girábamos a un tiempo, imantados;
nuestro rechazo de hoy es mero aplazamiento
de una atracción fatal. Y es vanidad
de vanos elementos la firme voluntad
de mantenernos lejos,
si amar es una alquimia precisa
de cercanías y alejamientos
que cumplen y disipan el sueño más perfecto:
prolongarse en la física del otro,
ser aire de sus pulmones, pulmón
de su aire, y que sus labios pronuncien
la muda intimidad del pensamiento.
La alquimia seríamos nosotros
si el agua que bebemos expresara
la sed que sacia en nuestros cuerpos.

 

 

 

 

EL TRIUNFO DEL VACÍO

El vacío es un tesoro codiciado
cuando ya todo es hastío de tener,
ansiedad por conseguir
y dolor de haber perdido.
Es un lecho muy tranquilo para insomnes,
sueño que no sueña nada;
un silencio que nada silencia, ni se guarda.
No es el reverso del ruido
ni es el hueco de una ausencia;
es un consuelo esperado y un descanso merecido,
la nada feliz de un todo desgraciado.

 

 

 

 

EL HOMBRE SIN TÍTULOS

¿Qué sabes de ese hombre, el pordiosero de tus agonías,
el de las frases que inhiben, el sensato, el quejumbroso?
¿Dónde va cuando se pierde?
¿Y no seré yo el desvalido, el de la mala nueva,
y tú el otro, el que llega despojado de sí mismo
y no deja huella, tan ausente como si flotara
y tan presente como si nunca hubiera estado entre nosotros?
El otro no, porque le veo venir,
escucho con paciencia su salmodia y aparto la vista.
Me estraga el modo en que se apaga. Y su insistencia.
¿Por qué digo somos? ¿Quién habla y quién escucha?
¿De quién son estas manos?
Déjame acariciar con ellas cueros no bautizados.
Déjame a solas conmigo, despójame de ti para abismarme.
Habla. ¿Qué sabes del hombre sin sus títulos?

 

 

 

 

EL FRUTO DE LA NUEZ

El corazón, como el fruto de la nuez,
seco y reflexivo, es un cerebro
ciego de tanto pensar en su guarida.
Sus únicos latidos son los sueños,
la fantasía de otro ser
que rompa desde fuera la coraza
y deje entrar el aire de la vida.

 

 

 

 

LA MIRADA AZUL DEL SER VIRTUAL

Salvífica condena:
la fiel correspondencia telemática,
informática cruel, amistad en la red,
la vida en autopistas de incomunicación.
Conforta la mirada azul del ser virtual,
no sé si racional, efímero o longevo:
más cálida que todos los recuerdos,
más sentida que todo lo sentido
en la tupida urdimbre de todas las ausencias.

 

 

 

 

HACIA LA SABIDURÍA

Elegantemente lento. Medido.
Como ordenar la casa
(en su día los juguetes).
Cada cosa en su sitio.
Reparar la ofensa,
agradecer la llave,
disipar los miedos.
Con elegancia, digo, y sin prepotencia.

 

 

 

 

AMO SU LIBERTAD

Y dejo abierto por si viene.
No habrá estremecimiento
si al llegar y deslizarse junto a mí
ya estoy dormido.

Nunca será dolorosa su ausencia.
Es un regalo haberlo conocido.

Dejo una luz encendida
que el sol apagará si me despierto solo.
Si amanezco a su lado,
le dejaré dormir
y tomaré las riendas de mi vida.

 

 

 

 

EL REENCUENTRO

Después de algunas crisis olvidadas,
efectos colaterales
de una vanidad mal digerida
que nos puso frente a frente
como espejos
—inocentes de nosotros—,
volvemos a encontrarnos
con el alma semejante
y no más gastada: diferente,
de haber pasado ya por esta tierra
bregando con el tiempo.

Qué oscuros recovecos
conducen al punto de partida.
Si no hubo error
y era imposible regresar
sobre las propias huellas,
¿por qué nos apartamos?
Y si erramos,
¿cómo estamos aquí?
¿No será todo una estrategia
para salvarnos juntos?

 

 

 

 

ESPEJO ROTO

Dicen que mirarse en los pedazos de un espejo
fragmenta la identidad.
Pero no son menos peligrosos los intactos,
que la invierten.
El ojo que te mira es el contrario
y en una dolorosa asimetría, el otro, que es el uno,
tiene el párpado entornado:
un guiño sedicioso, un destello hiriente.
hay maneras de ser ante un espejo
sin detenerse: en tu ausencia,
un reflejo repite tus pasos.

 

 

 

 

NUEVA PLEGARIA

Gracias, diosa, exultante y poderosa,
por aliviar con tus dones
esta primavera de oscuros presentimientos
y alentar en cada encuentro,
con gloriosas instantáneas de la dicha,
los placeres espontáneos.
Gracias al padre de todos los dioses
y a su reverso oscuro.
Gracias también a los dioses menores
por su rara cercanía.
Que vuestra luz astral
alivie los dolores y limpie las heridas.

 

 

 

 

ESPECTROS DE UNA VIDA QUE SE AGOTA

¿A qué viene esconderse los espectros?
Entonces no era así.
Íbamos juntas las almas un busca de cuerpos
porque en uno solo no cabía la conciencia.
Qué arteras artimañas usamos por no vernos,
qué orgullo solitario en nuestras cuevas
adornadas con estampas del deseo.

Hablaron de un camino que lleva a la derrota.
También de una cascada que da la bienvenida
y de una comunión de sombras exaltadas.
Sabemos ya que el tacto nos daba la medida
de nuestra pretensión, pero el recuerdo borra
la intensidad vital, el sol, la llamarada.

Espectros de una vida que se agota,
hemos llegado hasta aquí.
Vamos juntas las almas al olor de los cuerpos,
que en esa confusión estaba la respuesta.
Por absurdo que parezca el desafío,
habrá felicidad en el reencuentro.
Cuando hagan la señal, salgamos de las cuevas.

 

 

 

 

ME TIÑO

Asumo el ritmo de teñirme
como cambio los muebles de sitio
para no dormir siempre con la cabeza al Norte:
para dormir tranquilo.
Que no soy dialéctico, dicen los avisados.
Ya sé que estoy en el filo.
Me tiño, y cada color me descubre un rostro diferente.
Hablo con otras voces, digo en tonos distintos,
cada frase escrita en una tinta. Por instinto.
En cada evolución, un poco de sentido:
cada dejación, cada extravío.

Van por delante los aventajados
en figurados corceles de la fama,
en pos de una aquiescencia terminal que les extinga.
Avanzan sin saber. Los dejo, no tropiezo:
son pobres trapaceros de la gloria.
Una niebla de luz sobrevuela
la siembra que hicieron los siglos
en tierras fértiles y yermas:
para vestirme con sus jirones, algodonado y oscuro.

 

 

 

 

POR ELLOS

Vivir por ellos cuando el tiempo ya no cuenta conmigo.
No al menos como entonces.
Regresa la emoción igual que siempre
pero espejos más claros la reflejan.
Para mí no son los brotes de esta verde primavera.
El verano de mi vida se enroca con el futuro
destilando su veneno y sus placeres
en formas nuevas del sexo.

Veo parejas: donde ellas dan igual y ellos conmueven.
La pureza de los machos,
el erotismo irresistible que emanan
sus cuerpos en la edad del deseo,
cuando el brillo de unos ojos
y el obsceno candor de una sonrisa
pueden con todo.
Entonces preparamos indolentes este tiempo aciago,
poniendo un pedestal
a la belleza ingrata de los hombres jóvenes.
El futuro es nuestro por ellos.

 

 

 

 

AL FILO DE LOS CUARENTA

Hasta cuándo podré querer a muchos sin entregarme.
Cuántos días de espontánea indefinición me quedan.
Él espera y tiene mis facciones.
Cuarenta años, hermano.
Lo prefiero a todos: amables rostros que reflejan el mío volátil,
almas afines que completan mi esencia fragmentada.
Después de tanto errar por tantos cuerpos, doy con el mío.
Por fin un hombre interesante. Soy él.
No dirigía una nave imperfecta de carne,
firme y rotunda en su ingrata juventud.
Tomad y comed porque yo soy mi cuerpo.
Quise ser vosotros, amigos del alma,
y en cada uno aprendí a quererme.
Pero aquí en mí mismo estoy mejor acomodado
que en la insaciable búsqueda exterior de inteligencia y belleza.
Cuarenta, hermano.
Olvida el paraíso de la infancia, que muchos cuestionan:
tan hermosos fueron aquellos días suspendidos de horizontes inmensos
como estos de ahora, caídos y sin perspectiva.
Y del amor ni hablemos
pues todo lo apostado se perdió en el propio engaño.
Pero me tengo al fin.
Ya no me busco en el espejo. Soy el que soy.

 

 

 

 

HUBIERA DICHO

Yo hubiera dicho que esto era el infierno:
corazones arrancados latiendo todavía
entre los dedos de los asesinos
y una jauría de extraños por las calles,
donde sólo la muerte libra a los hombres de la nada
y un callado dolor, que ni siquiera estremece,
detiene las sonrisas.

 

 

 

 

VERÁN SU VERDADERO SER

Pronto verán su verdadero ser,
la podredumbre que los contiene. Se levantan
sobre un manto de dogmas
que evitan formular para no delatarse.
Pero una arraigada fealdad
castiga su soberbia, que transmiten
a sus vástagos sobreprotegidos.
Una opacidad les desdora.
Y ante nosotros lo saben. Al toparse
con nuestra juventud insultante y vernos
libres incluso de nosotros mismos.
Se lo tienen que preguntar:
si no serán los malos de esta historia.
Vencidos bajo el peso de tantas ambiciones,
con tantos triunfos en la mano,
ostentando el botín de sus fechorías,
¿quién puede distinguirlos de sus sombras?
Cuando nos ven pasar reconciliados
con la vida y el sol de nuestra parte.
Al presenciar un beso que nos damos
entre risas que el eco
transforma en burla a sus oídos.
Rodeados de niños que crecen
sobre las huellas de nuestras pisadas,
de adolescentes felices que dan
rienda suelta a su ardor en fiestas peregrinas.
Cuando sepan que ellos son los engañados.
Esclavos responsables
de nuestra irresponsable vida.
Tristes en un poder que despreciamos.
Que sus absurdos privilegios
son la propia que reciben
por estar a los mandos del infierno,
muy lejos del aire que se respira
y del placer de los cuerpos.
Y ahora, vamos. Deprisa.
No puede pasar mucho tiempo.

 

 

 

 

EL REPLIEGUE

Las líneas telefónicas la repiten una y otra vez,
millones de voces pronuncian a diario la misma frase:
«Yo estoy aquí, si quieres te pasas»
—otros prefieren la variante tenue, «si quieres me llamas»—.
Llamar, quizá. Pero nadie se pasa por ningún sitio.
En la hora del repliegue,
salimos a la calle sólo para abastecernos
y alimentar la cuenta bancaria con nuestras fatigas.
Porque salir nos consume,
nos hemos replegado, cada cual en sus muebles.
Y si afuera corren los años en línea recta,
nosotros, replegados, preservamos los indicios
de un tiempo circular y más amable:
algún día tendrán que recordarnos
aquel otro aroma de la vida, a campo abierto,
aquellas conversaciones cara a cara
con el rumor de fondo de la gente;
la efervescencia y la tensión de los encuentros.

 

 

 

Alas, Leopoldo. Concierto del desorden. Poesía Reunida (1981-2008). Madrid; Ed. Visor, 2009.

 

LA POSESIÓN DEL MIEDO

 

LA AUREOLA AZUL

En la roca de esmeraldas que imagina,
el anciano defiende su aureola.
Con diecisiete años le dijo que era azul
una mujer del norte
y le advirtió que nunca la perdiera.

Vendrán las nubes que ensombrecen
las buenas intenciones
y formas de pensar como naufragios.
Te dejarás caer por levantarte,
te ocultarás por miedo.
El viento dispondrá tus verdaderos gestos
y el paso de los otros tu destino.

No será lo que creías,
tu rostro mostrará las simas de tu alma,
traducirás tu ruina,
enfangarás tus sueños con tus dudas.
Pero nunca descuides la aureola,
no dejes que se extinga
ni cuentes que fue azul en un poema.

 

 

 

 

AL FILO DE LOS TREINTA

Supón que todo sigue…
La voz que siempre escuchas por las tardes
cuando a solas suspiras para aliviar el peso,
con ganas de cambiar y miedo a las personas
y cierta desazón de estar sin ellas.

Oigo la luz, más que verla, tumbado
en esta cama antigua, en Almería,
al filo de los treinta.
Las notas del silencio,
el cielo azul cansado y una torre dormida.

…que todo siga siendo tan sencillo:
despertar sin heridas como en los viejos tiempos,
madrugadas difusas y, a la tarde,
un rato nada más en el abismo.

 

 

 

 

AL ALBA DEL DESEO

Te prefiero adolescente, saliendo de la ducha
con los pezones duros. Y me llevas la contraria.
Lamento el reproche que te hice esta mañana.
Estabas tan pletórico desnudo, con sólo esa toalla
abultada en la cintura, todo calado, imantado,
tan dispuesto al amor sin saberlo.
Y a llevarme la contraria.

Viéndote ahora postrado en el sillón
con el ánimo senil de un jubilado, me arrepiento.
Qué vana queda y qué insensata la tristeza
en un adolescente. Porque deja de ofrecerse.
Qué diferencia anoche, sobre el árbol
o un rato después, gritando,
corriendo como un gamo entre la niebla.

Y me decías que las brumas blancas
daban a nuestros rostros un aire cadavérico
y que la muerte, seguro, era eso:
una extensión vacía entre la niebla y la nada,
que es avanzar hacia ninguna parte.
Pero al decirlo, seducías con una excitación
que no parece propia de difuntos, ebrio de ti,
de tu risa y de tu cuerpo.

Me cuesta creer que ahora, al pie de la chimenea
y sin darte cuenta, parezcas realmente un muerto.
Pero aquí me tienes paciente,
velando por tu cadáver hasta que resucite.
El reflejo ocasional de las primeras llamas
te devuelve los rasgos y los gestos,
te enciende las pupilas, da carne a tus labios
de piedra fría y los arquea
en una sonrisa tibia y voluptuosa.

Temeroso y sumiso, me inclino a besarlos
y cierro los ojos. Por fin el sabor de tu lengua.
Te prefiero adolescente y exaltado.

 

 

 

 

LA POSESIÓN DEL MIEDO

¿A qué fuerza convoco, yo que en un tiempo hice brotar
los tallos con mi aliento y ahuyenté las sombras?
Hoy esta sal en los labios, ¿de qué mar la traigo?
¿De dónde este temblor que me desarma?
Conozco tu perfil: eres el miedo
que vive agazapado en la quimera.

Y llamo al amor, a sus huestes de plata, a sus naves
de fuego que surcan seguras
las aguas encrespadas de un espejo.
Voy a hacer el amor con mi miedo,
a inventarle un cuerpo firme, a penetrarlo,
a hacerle gemir de deseo.

Quiero al miedo desnudo, rendido, tendido en el suelo,
excitado, sudoroso, imberbe.
Quiero una fiesta de carne con el espíritu aterido,
el intruso que ciega las ventanas.
Que se vuelva boca abajo y se ofrezca
rogando fuerza en su flaqueza.
Entrar y salir. Dentro y fuera. Dar y amagar con quitar
y que la auténtica paz sea la guerra.
Y liberar mi alma prisionera
con gritos de placer en sus entrañas.

 

 

 

 

EL DÉBIL Y EL FUERTE

No quiero al débil que brama su impotencia
y se defiende con su miedo
precipitado al abismo de la noche inmensa
de los condenados:
caballeros de la libertad sin causa
en el laberinto de edificios
de una ciudad cualquiera del mundo,
flotando hacia dentro.
Porque la caída es un estómago negro
y una digestión pesada.

Prefiero al fuerte que inventa su vida
y le pone argumento
a la inconsistencia de los azares,
como objetos dispersos
en incontables contenedores;
que vive contra el tiempo y preserva los instintos
del pájaro enjaulado que no aprendió a volar
aunque es afectuoso y muy sencillo,
vulnerable, lacerado por dentro,
pero puro: porque es la luz que irradia,
la luz que le bendice y le impide crecer.
El que preserva el daño y los instintos buenos
y ríe, duda, niega, llora, afirma.
No al herido que calla. Al fuerte, que imagina.

 

 

 

 

EL EXTRAÑO QUE VINO DE LEJOS

No sé cómo aprendimos a querernos,
qué hubo en vosotros de mí, qué nos dimos.
Corre la vida y estáis al pie de otros edificios,
zarandeados, llevados, retenidos, en la trama.
Pero decidme si habéis elegido,
si queréis estar donde estáis
y en qué modo se ovilla y desovilla
el hilo que nos guía y que nos ata.

No sé por qué no compartimos las mismas habitaciones
ni comemos en los mismos restaurantes.
Porque os reproducís.
De qué sirven los destellos que se apagan,
las lunas negras, los días sin huella.

Padres que fueron hijos, hijos que se hacen padres
y niñas que se quedan de pronto embarazadas.
Entenderlo, verlo todo desde fuera.
Pero también entrar,
acercarse a las chimeneas de vuestros salones
como el extraño que vino de lejos
y os cuenta cuentos, os gasta bromas,
os dice versos, baila con vosotros,
enseña a jugar a vuestros hijos.

De este modo fuisteis construyendo
la historia que jamás fue nuestra historia.
Y la misma cadena que une vuestros destinos,
a nosotros nos libera:
para contarnos cómo fue vuestro tiempo,
qué costumbres teníais, cómo intentabais amaros,
qué aficiones os ocuparon,
qué dudas os asaltaban,
qué palabras os confortaron,
qué silencios os preocupaban.
La historia de vuestra historia
para alumbrar vuestras sombras y arrancar vuestras mentiras.
Cómo fue vuestro tiempo de soledad en compañía
pues de vivirlo tanto, jamás lo comprendisteis.

 

 

 

 

LAS MADRES

Cuando sales de casa
a respirar el aire de la noche
buscando una respuesta en las estrellas,
te dicen que hace frío, que te abrigues.
Si quieres elevarte sobre el llano
de la rutina, trascender las leyes
inexorables —vanidoso o asceta—
para intentar medirte con los dioses,
te preguntan si has comido, te ofrecen
una cena caliente.
Y si el amor con sus dardos de fuego
inflama tus sentidos, prepararán tu cama
con sábanas limpias y mantas gruesas,
te pedirán que duermas.

Para raptos de fe, una aspirina.
Café para el veneno de los celos.
Para el miedo, buenos baños de espuma.
Para las inquietudes, el brasero.
Las madres, que son de la tierra, visten
nuestras almas desnudas
con los secretos sencillos del cuerpo,
cocinan la ambición y las ideas
con recetas antiguas.
Las madres, que nos quieren,
no entienden de delirios ni de sueños.

 

 

 

 

UN RUEGO Y UN AVISO

xxxxxI

Los pasos que no das son cosas del destino.
Preocúpate de estar,, que ya es bastante
y elige lo que estaba ya elegido.
Y si en la cueva inmensa de la vida
las voces interiores te piden disciplina,
aguarda su silencio
y ampárate en la luz de tus mejores días.

 

 

xxxxxII

Guárdate de ellos. Cuídate
de los hombres que nacieron sin afecto,
de su espada flamígera,
de las sentencias que dictan en su infierno.

Sólo es justo el querido:
busca su compañía.
Entrégate al amor de los amados
y no estreches la mano
del hombre que ha crecido sin caricias.

 

 

 

 

SOY MODERNO

Soy moderno porque tampoco quiero serlo.
Distraigo la mirada cuando habláis del paisaje
como si el árbol, el valle y la ladera
necesitaran de vuestras palabras.
En un paisaje yo a veces ni me fijo
porque tampoco presto a mis brazos o a mis ojos
más atención que la de saberlos míos.
Detesto subrayar lo que se muestra.

Soy moderno porque puedo estar muy lejos sin moverme
y no salir de casa estando lejos.
Quiero mis propios gestos, mi tono
y el derecho a transcurrir,
si no del todo frío, con cierta indiferencia.
Detesto que me habléis de la pasión,
la verdad, la emoción genuina
como funcionarios de los sentimientos,
obedientes hasta el último mandato
de una herencia que ni siquiera os pertenece.

Soy moderno porque me obligáis a serlo
con vuestra rendida admiración por ciertas cosas
—nombres, fechas, soluciones, jerarquías—,
porque sin hacer pie no sabéis nadar
y por el mar, que es tan inmenso,
navegáis como si fuera una bahía.

 

 

 

 

AL AMIGO INTEGRADO

Muy lejos de integrarme miserable,
me quedo en la miseria disyuntiva.
La opción de arrastrar un destino frente
al cofrade del puño que suma cantidades
de una nada de cifras.
No entiendo lo mezquino.
Después de ver la luz, ¿por qué persistes
en el tesoro incierto de las vanas monedas?
Hoy que vuelve el dragón
y el amor de los pobres,
cuando abismos y cumbres
ayudan a vivir nadie sabe hasta cuándo.
Pero tú cuentas, y guardas, y ordenas
y quieres todavía que te invite
al vuelo inútil del caído, tú
que rezas y resistes a la sombra
de tus sueños. Deja de hablar la lengua,
puesto que vives dentro, del hombre desterrado.

 

 

 

 

SOLEDAD ES LA HERIDA

Soledad entre cosas cargadas de sentido.
Mientras hierve en el fuego la pasta o la verdura,
no merece la pena ya ni hablar por teléfono
con amigos que comparten de lejos
la misma desazón en silencio contigo,
cada cual encerrado en su propia espesura:
la renuncia, el fracaso y un recuerdo de afectos
que llenaban la vida de síntomas inciertos
en tiempos felices de vino y rosas.
Soledad es la losa sin epitafio escrito.

Soledad es la herida por la que respiramos.
Construye cada cual el nido donde puede
con materiales nobles o plebeyos
y no existe otra ley que guardar en el momento
de salir, para volver a encontrarnos
por las calles y plazas donde todo sucede:
los amores, los pactos, el alud de proyectos
que hasta ayer nos mantuvo más o menos despiertos
en aras de una idea confundida.
Soledad es la herida por la que no sangramos.

 

 

 

Alas, Leopoldo. Concierto del desorden. Poesía Reunida (1981-2008). Madrid; Ed. Visor, 2009.

 

LA CONDICIÓN Y EL TIEMPO

 

CON ESTE SOL

Con este sol que me descansa el alma
(la luz, la nitidez del cielo,
esos aromas naturales
que de un tiempo a esta parte ha desdeñado)
me es fácil olvidar que el mal resiste
en los corazones, en las miradas prudentes
de los hombres cansados,
en tantos abismos de las ciudades,
en los días que obscenamente pasan
sin pronunciarse,
igual que esos sirvientes orientales
que, sin perder la sonrisa, conspiran.
Con este sol que me descansa el alma.

 

 

 

 

ARTEGNA

Como quisiera esta noche volver
al cementerio de Artegna, cruzar
con el miedo limpio que tuve de adolescente
sus puertas entreabiertas, yo que no he visto aún
ni entonces vi ni llegaré a ver nunca
tal vez un fuego fatuo; mas supe caminar
brillante y descreído entre las tumbas
queriendo que surgiera de las losas
una luz, una señal, una voz
que negara todos los epitafios.

Artegna y tantas cosas se fueron con el tiempo.

 

 

 

 

EL SÁTIRO

La infancia, aquel reino luminoso
de voces verdaderas y de un tedio infinito,
aquellas largas distancias,
el tamaño generoso de las cosas,
los besos tan tristes en la mejilla materna,
suaves, vencidos; los olores, los cuentos,
la pulcritud de las lunas en la infancia,
tan densa, tan vana.
Y después, casi nada; una luz de tanto en tanto
que es un sueño, una promesa incumplida,
un deseo intenso que no se sacia.

Salvo el amor, después de la infancia
todo es oscuro.
Salvo el amor, que nos colma y nos salva.
Salvo el amor y la infancia.

 

 

 

 

NARCISO

Monstruo, mírate al espejo: niño y viejo.
Los ojos ingenuos y llenos de miedo.

El tiempo muerto entre hacer lo que hacías
y marcharte lo dedicas al darte
un aire contigo mismo
y a tratar de parecerte
al que esperan ver cuando salgas por la puerta.
Alguien eres. No temas no ser nadie
al ver que en el espejo, al contemplarte,
te queda todo lejos y tan cerca.

 

 

 

 

EL TIEMPO EN LOS OJOS

No es tanto el tiempo lo que me preocupa haber perdido
como los ojos que tuve, limpios. Y el olor del mar,
un rumor de voces, la playa que sin saber por qué
me represento intensa (aunque sé que ya entonces
era incómoda la arena y abrasaba).
Y más lamento aún que todo aquello nunca sucediera,
que tantos días como supongo he vivido no existan,
ni siquiera en la memoria. Porque no puedo acordarme
de nada. Y es inútil evocar la imagen de siempre:
arena muy fina que se escapa entre los dedos de la mano.
Porque es más triste que una imagen que se escape el tiempo
y que, ahíta de demonios, se te apague la mirada.
Y el olor del mar, un rumor de voces, la playa…

 

 

 

 

SALVA NORTURNA

No puedes creerme. Porque me ves
rodeado siempre de tantas personas,
hablando por teléfono, tramando
frenéticas conjuras para animar la noche,
no podrás comprenderme si te digo
que estoy a punto de morirme y solo;
que lo he dejado todo en el camino,
mi humor, mi confianza en el futuro,
las ganas de jugar que me animaban
a flotar sin más y a perder la vida.

Ahora, de repente, al que todo
transcurre sin dejar huella ninguna,
valoro los detalles, me conmuevo
por cosas que antes nunca me importaban.
Y ya no paso de largo ni me río,
ni tiemblo por amor, ni me desvelo,
ni espero demasiado de los días
que queman como el fuego.
A veces, antes de dormirme pienso:
me gustan los amigos, los rincones,
la pólvora sin ruido y por las noches
matar la soledad con un secreto.

 

 

 

 

LA ALEGRÍA DE PECAR

La farsa del amor qué poco dura.
Un destello y el gusto de la vida en la boca,
como un veneno bueno que mata lentamente
en sucesivas citas.

Te miraba dormir. Te pedí que durmiéramos
y en ti escruté, en tu rostro y en tus labios,
la estela de pasión
de farsas anteriores ya perdidas.
Insomne y asustado, recordé abrazos cálidos,
maneras de entregarse más ligeras
y cuerpos más desnudos.
Evoqué besos húmedos, furtivos,
caricias inconscientes en rincones,
posturas impensables.

En días ya lejanos, pecar no era pecado
y en el amor no había ningún riesgo
salvo saber que es falso.
Anoche, en las tinieblas, el miedo me contuvo:
caricias desterradas del deseo,
los besos comedidos.
Una forma muy triste de amarnos para siempre.

La farsa del amor era un veneno
que hoy mata sin piedad a quien lo bebe.

 

 

 

 

UN MUNDO PRIMITIVO

Me gusta tenerte a mi lado
como si pudiera ser normal que estemos juntos.
Incluso rozarnos sin que yo sienta miedo. Como amigos.
No tú el hombre y yo la escoria, sino juntos.
No yo el raro y tú el excelso;
buscando el lodo que nos es común para querernos.
No tú las naves y yo las velas,
no yo la infamia y tú la perfidia.
Los dos extraños, desterrados, solos,
perdidos de su sueño.
Abrázame muy fuerte al despedirnos.

 

 

 

 

EL CALAMBRE DEL MUNDO

Contémplalo, padécelo, disfruta;
no temas, que el dolor
es efímero también;
la luz se nos concede y se nos niega
con la misma vehemencia.

Siente sin fin el calambre del mundo,
cambia de fe, de disfraz, de premisas,
que no hay nada veraz y todo es cierto
y un grito es un susurro de repente,
y por fortuna el mundo
se está acabando ahora, mientras duermes.

 

 

 

 

DE VINO Y ROSAS

Yo he sido una promesa y he brillado.
Estuve en pie de guerra en las cantinas
brindando con amigos por proyectos
estelares que nunca se cumplieron.
Me ves aquí riéndome por todo;
y en ésta, elemental y mortecino.

Después de todo, hasta lo encuentro tierno.
¡Yo qué iba a prometer! ¡Y me creyeron!

 

 

 

 

Y TODO DESPUÉS

Un grupo de personas aburridas:
eso somos, tan poco tocadas por la gracia
y tan altivas en esta espera miserable.
La sala está en penumbra. Invita a reclinarse
en los sillones y a guardar la siesta.
No afectes con la pierna una caricia
clandestina, ni fijes tus ojos en los míos,
que están cansados y ya no te miran.
Qué lejos —si hubieras querido entonces—
podríamos estar de este vacío,
de las penosas sombras de la sala,
de este amargo velatorio sin difunto.

 

 

 

 

DESAVENENCIA

Despierto al sol, como rendido al curso
de la vida. Los males de la noche
no me mueven. Se extinguen las dolencias,
los temores, las caras que amontonan
borrosos gestos en sueños sin trama.

Y llegas tú, que te habías marchado.
Y nada me delata que eres otro
ni hay nada ya de mí que te conmueva.
Estás aquí, me miras, me desprecias.
Es el final por fin, la oscuridad, las llamas.

 

 

 

 

LOS CONFINES DEL CONSUELO

Como pasar la palma de las manos
por una piel plagada de suturas
y sentirla radiante, tersa, joven,
inmaculada y pura;
así me represento yo esta vida
que en su curso repite itinerarios
ignorando el dolor de las heridas,

estás días que pasan y se pisan
absurdos, cotidianos o violentos.
Y aún así se disfrutan.
Y no importa ignorar, si todo son presagios
como cristales rotos de un espejo,
manteles con saleros derramados,
aceras con andamios, gatos negros.

 

 

 

 

PROFESIÓN DE FE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Ángel Luis Vigaray

En los tiempos que corren, salvo si tengo miedo,
prefiero estar sin preguntarme nada.
No importa dónde quedan los días que han pasado
ni entender si es eterna la vida, breve o larga.
Lo único que pido son sentimientos claros
y ver la luz del sol cuando despierto.

Comprendo que se va estrechando el cerco
y que el azar me tiende inesperadas trampas.
Los sueños no me alteran porque sé que son vanos
y olvidar me libera de penosas jornadas.
En mañanas oscuras, pocas veces al año,
me cubro con la sábana y lloro por los muertos.

 

 

 

Alas, Leopoldo. Concierto del desorden. Poesía Reunida (1981-2008). Madrid; Ed. Visor, 2009.

 

LOS PALCOS

 

LOS ANDENES

Los trenes no esperan,
se marchan, seducen a su paso
pompas de aire tenebroso
con algún silbido prolongado
como un hilo de saliva.
Los trenes se marchan a horas extrañas
con un no sé qué de sabor a anginas
y a café posado…
Es inútil esperar en los andenes
porque entonces los trenes no pasan…
Los trenes sólo pasan
cuando no se los espera, y nos sorprenden:
hay que agarrarse a los trenes con las uñas
cuando pasan por delante,
aunque te den la espalda,
hay que montarse en marcha
porque los trenes no paran,
eres tú el que está parado
con la maleta cerrada,
eres tú y tu intuición y el silbido:
afinar la vista, oler su llegada,
saltar a lomos de la conquista
sin parar en todas las estaciones.

 

 

 

 

LAS BALLENAS SE SUICIDAN

Las ballenas no se
suicidan por una
intransigencia
de raza.
Las ballenas flaquean
por amor,
porque intuyen
el fanatismo de la derrota,
por una especie de celo
perpetuo
que no sacian inviernos
ni veranos.
Se diluyen.
Son la mezcla
de pasiones solitarias,
de instinto animal olvidado.
Las ballenas nos suicidamos
para justificar el medio,
no por firmeza,
no por arrebato
ni por fuerza…
Las ballenas se suicidan
porque lo piden a gritos
los sueños.

 

 

 

 

POEMA TRISTE

Es sabido que para amarme
hay que aprender un código distinto:
de besos amargos, de infidelidades,
de mares que se ordenan
en las playas como ejércitos de dudas.
Apenas queda tiempo para el tiempo;
la inmortalidad está muerta
pero nadie la entierra.
Se han escuchado unas voces
que anunciaban lamentando
malos vientos, deserciones implacables
del cariño y la ternura.
Yo he querido ser a solas,
pero a veces, desde el fuego,
solicito alguna ayuda.

 

 

 

 

LOS DÍAS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Ramón

Las mañanas me sugieren sol y sombra,
sonido de helicópteros en vuelo,
voz en las cumbres, mansiones sin techo,
damiselas al acecho
vestidas casi de blanco y sin pamela.

Y las noches me sugieren sueño y fuego,
copas de alcohol con burbujas latiendo,
sangre en las venas, dolor en el pecho,
risas de dioses maltrechos
que agrietan valientes el suelo que pisas.

 

 

 

 

CONTRATIEMPO

Dicen que pasan los días y cambian las cosas,
pero eso —que es así— no es como era
y más que ver crecer ves lo crecido.
Los minutos, si es que fluyen,
lo hacen más bien desde fuera,
dejando en la tierra, paradas,
instantáneas de su vuelo.
Vivir no es viviendo, sino ser vivido,
estar desvelado y sabiendo
que el tiempo siempre es tiempo transcurrido.

 

 

 

 

LOS SEÑORITOS INDOLENTES

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA L. A. de V.

Cuando nuestros padres dejen la tierra y nos falten
no tendremos diariamente la comida preparada.
Ni por la noche, al alba, entraremos en casa descalzos,
procurando no desvelar la conciencia responsable
de quienes, con su apoyo,
nos hacen confiados y de voluntad disipada.
Con toda seguridad comeremos a deshoras.
Llevaremos un jersey al año, mal planchado.
Y nadie nos recordará el deber moral
que limpia de arena nuestro destino:
no más consejos, ni miradas tiernas, ni severas represalias,
ni la solemne danza cruzada de protección y transigencia.
Ya, entonces, no seremos inmortales:
los momentos de indolencia harán que no olvidemos,
sentados en el suelo de una habitación en desorden,
a los pies de una cama con la colcha levantada
y una pila de libros bajo el flexo,
que el tiempo va cumpliendo su mandato.
Y que cualquier amanecer en las aceras,
cualquier velada milagrosa en los locales para noctámbulos
nos va marcando el paso…
A nosotros, que no creíamos en nada,
ni temíamos la soledad, ni el silencio, ni la muerte.

 

 

 

 

MÚSICA NOCTURNA

¿Para qué voy a sufrir por un clavinecista,
si hay tanto diamante en bruto
donde pulir con la lengua
la punta de las aristas?
Por codiciar vivamente
la cara piel del artista
olvidé que yo prefiero
con mucho el aullar de las fieras
al silbar de las serpientes.
No era por cierto deseo,
sino vaga simpatía,
luz efímera de un día;
amor fugaz —devaneo—
me elevó hacia las alturas
donde busqué lastimero
libar con permiso el fruto
de labios que en un solfeo
se perdían como notas
en la vana partitura.

 

 

 

 

CONTRA LOS JOVENCITOS

No. No quiero llamarlas horas crueles,
sino ventajosas, puesto que conducen
los cuerpos a extremos tales
de perdición y originalidad,
y hacen que los niños sanos
tengan grietas en el rostro,
y que aumenten sus ojeras.
Sí. Cuántas gracias hemos de dar
por esos niños tristes
que ya lo han andado todo,
por los cuerpos que están en peligro
de ser para siempre bellos
y son salvados luego por el tiempo.
Alrededor del jardín, que es muy grande,
se paran de vez en cuando,
inclinan la cabeza hasta la tierra,
detienen sus miradas en un punto;
no importa el terror que sienten
al saber que están sufriendo:
la sencillez no les salva
ni hace más tolerables
sus tormentos la ignorancia.
Misericordia. No libres jamás a los cuerpos
del horror,
de los calabozos largos,
del dolor increíble
de llegar a ser ancianos.
Que sea severa y lenta la marcha de las horas
y agotadora la espera,
que pierdan para siempre la sonrisa,
que se les haga tarde,
que no tengan virtudes, ni maestros, ni parientes;
y que en sus últimos años
recuerden que fueron tiernos,
deseados, inmortales…
Y que se queden solos,
satélites cansados de la vida,
y que por más que lo pidan
nunca mueran,
y no puedan entrar en el infierno.

 

 

 

 

ESPÍRITUS DE NADIE

Espíritus de nadie, niebla a solas
y fórmulas sagradas que se pisan
van dejando tus señales
sobre lánguidos tapices de ceniza.
Las palabras, endiabladas caracolas.
La pasión, un trabalenguas.
Y el minuto que recuerdas, un suspiro
que se esfuma lentamente en los cristales.
Y el hábito que queda
por si los siglos pasan en vano,
dejaré un testimonio el sigilo
de quien estuvo en la fiesta
pero no fue presentado.
Espíritus que abrazan lo que resta.

 

 

 

 

LA EDAD DE LA INOCENCIA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Estela

Me sorprendo al ver las cosas
tan rendidas al tiempo
tan sometidas siempre a su propio tamaño.
me acostaba en el cuarto de mis padres
para olvidar las estatuas del miedo
(ellos, mientras, jugaban a las cartas),
pero no pude nunca recordar el momento,
el instante preciso
en que unos brazos me devolvían a mi cama.
La noche ya no tiene sorpresas, ni nada,
y en eso descubro la trama del tiempo:
que los ojos los cierro y los abro
invariablemente
en la misma almohada.

 

 

 

 

EL PODER

Muchas veces he querido poder
para no tener que deber:
transitar sin una fuga por los dédalos espinosos
del laberinto
sin sentir la obligación de derrotar al Minotauro.
Porque sólo los débiles luchan
o se entregan rendidos al hilo de Ariadna.
Los fuertes ni temen ni luchan.
El poder no es un gesto.
El poder significa poder preferir otros juegos.
No ser odiado. No ser temido.
El poder no es trabar amistad con los fuertes
ni escalar temblorosos la cima del cetro.
El poder es distinto:
la manera de ser sin estar,
una suerte de paz, un rumor reposado de suelas,
ser la sombra del hilo de Ariadna.

 

 

 

 

RETRATO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Daniel Garbade

Hay que comprenderlo: en él son transitorias las tormentas,
y sabe Dios si en él hay sentimientos verdaderos.
No tiene fe en los proyectos, y su destino le aburre.
Pero es fácil sorprenderle con los párpados caídos
y el corazón en la mano por un desengaño.
No fue torero porque no quiso;
al principio tenía desmayos con la sangre,
luego la olía, respiraba y se la bebía, con un desplante.

Hay que perdonarle: un sufrimiento de lujo, un tormento existencial,
ese punto donde cruzan en la noche sus miradas
el bien y el mal, con un pronto elegante.

Pero luego le ves sufriendo. Y no lo entiendes:
si estaba llamado a ser feliz, si se le notaba en la risa,
si yo respiraba también
el aroma infalible y perdido de su frivolidad.

¿Qué ha sido entonces de todo?
¿Y quién puede inventarse un universo?

 

 

 

 

SIN RETORNO

Cuánta inconsciencia en aquellos
años de fuego, los primeros.
El presente era vivir un periodo de prueba
y en cualquier momento se podía volver atrás;
eso creíamos, tan jóvenes,
tan miserablemente puros
aun en los gestos peores:
el tiempo era un juego fácil de sombras chinescas
en nuestras manos,
y como en esas pesadillas lentas
de las que siempre, al final,
en el momento más terrible
uno si quiere se despierta
y se incorpora en la cama,
así creíamos los días reversibles.
Como si cada paso no fuera parte de un destino,
y cada palabra no tuviera un eco de sentencia,
y no fuera el capricho,
cualquiera de los tantos,
una elección definitiva.

 

 

 

 

EL PASADO DE LOS AMANTES

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Luis Cremades

No hay nada más temible ni más desconocido
que el pasado de los amantes,
aquellos por quienes lo apostamos todo,
la fuerza vil de nuestros besos, el resuello.
Esos rincones que no nos pertenecen,
por más que, sin embargo, podamos proyectar
nuestra pasión
sobre el futuro de nuestros amantes,
los verdaderos.
Porque el pasado que fue —ya para siempre—
nunca muere,
y pesa como un lastre de temores
al olor de una sospecha que anida en las almas
de los enamorados, las víctimas, los débiles,
los que todo lo pierden, los que sienten…
El futuro es un dolor que no está hecho;
el pasado no es ceniza,
es la carne que perdura
poderosa en el recuerdo.

 

 

 

 

LA DAMA CANSADA

Por esa muerte nueva
que no será desolada y a solas
sino colectiva y sorda, rotunda.
Porque la felicidad es breve
y se va como viene:
repentina y terrible.
Por la luz del sol intensa
en la estación de la agonía
que me cansaba los ojos, de verla,
y esas noches largas con destellos
que tienen llagas en las luces,
y el amor. La cruz de fuego
que fue una convulsión, un llanto
y a veces, por los dioses, un rocío.
Porque la Dama Cansada
deponga la risa y nos lleve.

Quiero vivir las horas que nos quedan
contando con los dedos las sonrisas
que me cruzo en el paseo.

 

 

 

Alas, Leopoldo. Concierto del desorden. Poesía Reunida (1981-2008). Madrid; Ed. Visor, 2009.

 

DESDE EL OCASO

 

DESDE EL OCASO

Dirán que nuestras vidas, al mirarnos
con la distancia fría que los tiempos
ponen entre los vivos y los muertos,
fueron amores tristes, dichos vanos,

veladas compartidas hasta el alba;
que nunca contrajimos compromisos,
que todo lo que hicimos fue baldío,
desérticos furores en las brasas.

Yo dejo humildemente un testimonio
por si alguien de otro siglo se interesa
y al ver nuestros retazos se enternece;

supimos que acechaba ya la muerte,
quisimos ser felices en la espera,
brillamos, pero el sol se puso pronto.

 

 

 

Alas, Leopoldo. Concierto del desorden. Poesía reunida (1981-2008). Madrid; Ed. Visor, 2009.

 

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