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CHATTERTON

Elena Medel

 

JERICÓ

Al cerrarse la puerta
(…)
derrumbó nuestra casa.

Tú de repente en tres maletas:
una tuya, una mía, otra pequeña inútil ‒hasta entonces
compartida‒ como apoyo.

Nuestro piso de alquiler con dos habitaciones
era un hospital de tuberías.

Pantalones demasiado grandes;
mes de calendario.

Al abrirse la puerta
la almohada cobró su forma:
a mitad de proezas, el armario vacío.

Quédate, queda
mi piso de alquiler con dos habitaciones
ahora un coleccionista de material quirúrgico.

Nosotros de repente en tres maletas:
¿lo habías pensado ya?

Un piso de alquiler con dos habitaciones
es vientre de ballena.

Después de crecer
mi hogar lo levantaré sobre las ruinas.

 

 

 

 

EXPULSIÓN DE LOS MERCADERES DEL TEMPLO

Bienvenido, hueco; bienvenidas,
fechas señaladas, vidas de tres o cuatro
años en cajas
de cartón. Tanto entregué que se marcha conmigo.
Ni un vacío: vidas de tres o cuatro años,
sus siluetas marcando la pared.

Después, allí donde me hablaban
los encajes, allí donde me hablaban, el edificio
y su diccionario ‒cuánto dejarían escapar‒ los pintaron
de blanco. Me acusaron del comercio.
Pequeñas cajas, ¿qué pensasteis de mí?

El poema se prende entre una casa y otra
y entre una casa y otra, de esta manera,
se empieza otra vez.

Bienvenida, pródiga:
¿qué pensaron que haría? Me libré
de los templos. Sonreídme, decid
adiós al hueco: dadnos hoy
la boca que sople y apague el volcán.

 

 

 

 

LOS MORTALES SE NUTREN DE TRABAJO Y SALARIO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Friedrich Hölderlin)

Es miércoles. Es noviembre. Hace
frío,

y en el restaurante frente a la estación
cinco mujeres rápidas apuran sus bandejas.
Bajo el abrigo, la maleta ‒las otras dos
protegen el respaldo‒, cuatro mujeres
en orden
a las cuatro de la tarde
disuelven su consuelo en el café de un euro.

Comida rápida,
paño de las mujeres solas.

Oh pollo deconstruido, oh pan de Latinoamérica;
oh almuerzo y microondas, manás de los autónomos,
himno de los estómagos vacíos; ahora pienso
en nuestras digestiones. Pienso en la hipermetropía:
en quién ser y hacia dónde
nos dirigen las mujeres. Pienso:

madre,
luna rota de arlequín.

Mis tres horas de sueño acodadas en la ventanilla,
la bandeja de plástico, la merienda barata
‒dos mujeres impacientes a las
cuatro y media de la tarde‒ porque yo
no guardo los domingos. De repente, a la altura
de Parla, a una yema de dedo,

(Madrid,
Puerta de Atocha)

llega el canto a nosotros, los viajeros, tren de alta velocidad,
y el punto que es Parla, o que más bien representa en la mente del infógrafo
‒azul, redondo‒ Parla, suena a la voz de una mujer a las cinco de la tarde,
realidad al margen de estos dos bocados y
de repente
el paisaje en tránsito con el que soñaron los estetas:

un cielo puro verde
y un suelo puro azul.

Hasta aquí
de cómo las mortales
quedaron por escrito.

He corregido este poema
cuando nada sobre lo que hablaba
existía ya. He corregido este poema
en autobuses baratos;
he corregido en el lugar en el que corregía
hace diez años.

Es noviembre. Es miércoles. Al menos
todo en orden: hace
frío.

 

 

 

 

UNA PLEGARIA POR LAS MUJERES SOLTERAS

Ángel
de los pisos de soltero,
ángel de las solteras
que duermen varias noches en un piso de soltero,

¿lo sabías?

Antes del amor el hombre
se entrena golpeando.
Su hogar lo construye con el ruido:
tan firmes las paredes
tan familiares tan firmes las paredes,
los cimientos de su casa los ha hundido daño a daño.

Ángel del sexo
con los inquilinos de pisos de soltero,
ángel del no querer oír
de las solteras,

¿lo sabías?

Después del amor
el hombre se incorpora para escoger un disco
y suena una canción y susurra
me gusta esta canción:
para entonces está otra vez dentro de ella.
Luego habla de su hogar en otra parte
y de quienes viven en él ‒sin él, en ese hogar más suyo: enseña fotos‒
y la mujer lo abraza y él susurra
me gusta estar contigo.
Y la mujer oye.

Ángel del suelo sin barrer
de los pisos de soltero,
ángel de las solteras
que pasean desnudas por los pisos de soltero,

¿lo sabías?

Antes del amor la mujer predijo su futuro. Junto a él,
en su sofá, ella se fijó en sus libros. Debe de ser bueno
un hombre que lee así. (Pero también antes del amor
los amigos del hombre predijeron su futuro).
Debe de ser bueno
un piso en el que distingues dónde pisaste la otra noche
y dónde pisó la otra anterior.

Ángel del frigorífico vacío
de los pisos de soltero,
de las solteras que se conforman
y desayunarán solas, más tarde,

¿tú lo sabías?

Después del amor la mujer se ducha mientras
el hombre fuma en el pequeño salón de su piso
de soltero. Se despiden,
dos amigos: ella viste la ropa de la noche
anterior, él se avergüenza.

Pero tú

ya lo sabías.

 

 

 

 

CHATTERTON

Mentí durante diecisiete años. Mentí después
en todos mis poemas. He mentido durante los diez
años siguientes. Acércate, soy
como tú. Escucha cómo late mi corazón
perverso: mudanzas en platitos
de papilla de mamá. Aliméntame,
compréndeme, yo vestía unas ropas que nunca fueron mías,
yo escribía en un idioma ajeno, pequeña, tonta,
qué mal memoricé: con mis poemas levanté un imperio.
Pero todo acabó. ¿Quién soy ahora?
Engañaste durante diecisiete años; antes de los míos
comencé yo a mentir. Un abanico con telas del Oriente
para mi hermana. Para mi madre araña compraré moldes de costura.
Tabaco que recubra los pulmones de mi padre. ¿Quién soy realmente
ahora? He soñado contigo algunas noches.
Te prometo que si salgo visitaré tu tumba. Ahora sí que
no miento. Ahora sí que no.

 

 

 

 

POEMA DE DESPEDIDA PARA MI HERMANA

En cuanto a las despedidas, apenas existen gestos más allá
de las pancartas: abrazos y lágrimas en el control de seguridad,
una cámara para que el momento exista
tras el regreso. ¿Tú qué prefieres? Wislawa, por favor, reza
por ella. De pequeña te confundían con un niño
por el pelo corto y la sangre en las rodillas. Tienes una cicatriz en el labio superior
porque te caíste al servirnos la merienda. Al crecer te cambiaron el nombre:
alguien te llamó Pentecostés. Todas las lenguas
las conoces xxxxxxxxxxxxtan sabia como un dios.

Bestia del norte, ahora vivirás a ciento ochenta grados: cuando yo actúe,
tú en mi oposición. Del dolor ‒tú también, Celan, reza por ella‒,
aquí no nos enteraremos: finge que todo marcha bien. También yo fingiría
que todo marcha bien. Podría aconsejarte. De pequeña
te confundían con un animal porque golpeabas con furia
y después rumiabas estiércol y perdón. Tienes aún el deje de quien hace
y luego piensa. Al crecer te dejaste la melena larguísima. Quién te imaginara
en aquellos días salvajes como ahora xxxxxxxxxxquién te imaginaría
en aquellos días salvaje como un dios.

Voy a velar tus libros y tu ropa; voy a velar desde mi adolescencia
para que no te ocurra lo que a mí. ¿Tú qué prefieres
guardar en la maleta? He recogido los zapatos, he tocado su suela
demasiado fina. El dolor, te lo recuerdo: representa
bien. Sé cómo se hace. De pequeña te confundían con una de esas fábricas
que encadenan turnos y humo. Tus ojos
azules encendidos. Como un niño que sangra y como un
animal que muerde: así te exigen otros
así te exigen xxxxinmisericorde como un dios.
Quizá algún día desconozcas esta lengua.
Por si acaso, buen Yeats, por favor, reza con ella.

 

 

 

 

A VIRGINIA MADRE DOS HIJOS, COMPAÑERA DE PRIMARIA DE LA AUTORA

Ocupáis tres asientos frente a mí en el autobús que se desplaza
desde nuestro barrio alejado del centro
al centro;
al centro de nuestra localidad minúscula, entiéndase, no al centro de las cosas, no a la esencia misma ni a la materia nuclear donde la vida

bang

donde la vida

se expande y obedece a todos los fenómenos ‒etcétera‒ que dicta
la astrofísica. Lo proclaman las asignaturas que rodeábamos porque éramos de letras; lo proclaman los inexpugnables mecanismos que atañen a vocablos tan comunes
como universo, vida, muerte, amor.

Ocupáis tres asientos frente a mí
en la parte trasera del transporte público: el niño a la derecha, en el centro la niña, la madre a la izquierda.

Ahora tú, hija pequeña de Virginia: chándal rosa gastado ‒igual
que los plumieres de tu madre‒ con un personaje
que mi edad y condición soltera ignoran.

Ahora tú, hijo mayor de Virginia, intuyo en tu barbilla y tus orejas
los rasgos que heredaste de tu padre, y me pregunto
si Virginia los maldice
‒Virginia, ¿los maldices?‒
a la hora del baño.

Pero tú, Virginia, tan rubia, ¿lo recuerdas?
Allá donde entonces combatíamos piojos

ahora

bang

ahora

escondemos el tiempo.

Aquí tú lees una revista, Virginia, aquí tú no me reconoces: ¿te sirven los consejos del cuché,
oh tú, tan rubia e inocente?
Virginia, siempre con mi edad y ahora con dos hijos, sin anillo en el dedo, con un bolso colmado de galletas:
Virginia, hijo mayor de Virginia, hija pequeña de Virginia,
años luz xxxxxxxxcaídos
años luz xxxxxxxxquebrados en la comisura de los labios,
cerrad los ojos y pedid un deseo
frente a mí

en el autobús destartalado que nos salva del barrio periférico y nos acerca
al centro, lejos de los bancos en los que los adolescentes beben y las noches golpean los jardines,
cierra los ojos, Virginia,
porque en estos veintiocho minutos de trayecto he pensado en nosotras,
en ti que no me reconoces veinte años más tarde, en tus canas donde la gente que nunca te habló, en tus canas donde la gente
reía y se burlaba.

Cristal del autobús junto a Virginia, espejito de ambas,
tus uñas rojas comidas al fregar los platos, una gota de laca roja en tu dedo anular,
oh Virginia, oh rubia e inocente,
yo he pensado en nosotras,

bang

yo he pensado en nosotras.

No sé si sabes a lo que me refiero.

Te estoy hablando del fracaso.

 

 

 

 

Medel, Elena. Chatterton. Madrid; Ed. Visor, 2014.

 

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