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Posts Tagged ‘casa del traductor’

JAAN KAPLINSKI

Jaan Kaplinski

 


ESTOY AQUÍ de nuevo
en Olevimägi sin dejar
de sentir la irrealidad: la ciudad duerme
este ser grande
que llamamos ciudad y nosotros
con empresas tiendas almacenes tertulias
no somos más que imágenes en complejos paisajes
callejones sin salida entre paredes
de su cerebro dormido
su rostro verdadero se revela
en un fondo interior y calizo donde
seres y cosas han llegado a hacerse realidad
y me hablan en una lengua comprensible
para mí un estonio del sur para quien
la historia es tan efímera que
no voy a los cafés y me quedo dormido
leyendo sobre el heno del pajar
Psychologische Typen de C. G. Jung

 

 

 


PALABRAS
líneas
estrofas
levantan el vuelo
y sus alas abigarradas suenan al batir
llega la primavera es
un pellizco de signos de puntuación
queda
en el folio blanco
,.;:¿?¡!

 

 

 


UNA VEZ RECIBÍ una postal de las islas Fiji
que mostraba la zafra. Entonces me di cuenta
de que lo exótico no existe. No hay diferencia
ninguna entre recoger patatas en la huerta
de Mutiku y la zafra en Viti Levu.
Todo es como es, vulgar y corriente o,
para ser más preciso, ni corriente ni extraño.
Los países lejanos y los pueblos ajenos
son apenas un sueño que se sueña con los ojos
abiertos, del que algunos no despiertan jamás.
Lo mismo es la poesía: para el ajeno
tiene algo especial, místico, festivo.
¡Oh, no!, la poesía (y el poeta) apenas
se distinguen de la zafra o de la tierra donde
crecen las patatas. La poesía es como el serrín
que produce la sierra, o las virutas blandas
y pajizas que surgen del cepillo carpintero.
La poesía es como lavarse las manos
al acostarse o como el pañuelo limpio
que mi difunta tía nunca se olvidaba
de meterme en el bolsillo cuando iba a salir.

 

 

 


DESTRUKTIVITÄT ist das Ergebnis
ungelebten Lebens
El deseo de destrucción es el resultado
de la vida no vivida.
Lo que no puede crecer hacia afuera crece
hacia adentro, las uñas y el pelo de la barba
en el cuerpo, los deseos no cumplidos en
la cal de las paredes interiores de las venas,
la envidia en las úlceras de estómago,
la mente deprimida en los piojos, la suciedad
en las moscas. Somos como caballeros andantes,
no dejamos de preguntarnos por qué y contra qué
luchar, a quién odiar en justicia. Esta vida
no vivida es como una jarra de agua caliente
que queremos soltar cuanto antes, de modo que
no estamos para nada más y sentimos rencor
por quienes permanecen sentados tranquilamente
a la mesa del comedor y hablan de Erich Fromm y
de que el deseo de destrucción es el resultado
de la vida no vivida.

 

 

 


LOS NIÑOS no están en casa, por un momento
se ausentan su miedo y sus celos inexplicables,
esa lucha incesante por reclamar la atención
de su madre. Los niños no están en casa,
vuelven a oírse otras voces, que llegan
lentas: chirridos, susurros, crujidos.
El silencio va cambiando de tono, se hace
más profundo y más sordo. Los pensamientos
abatidos sacan la cabeza de debajo del ala,
se desperezan y miran a su alrededor, como
pensando (escribe ¡qué pensamientos piensan!)
si vale la pena alzar el vuelo, emprender un
viaje e ir en pos de algo sublime y majestuoso
o bien aprovechar este silencio del tiempo
y del espacio domésticos, zambullirse en él,
dejarse llevar por el flujo de este día
invernal y nuboso y así redescubrir la ventana,
las paredes, el techo, las sombras y la luz, el
propio cuerpo y la voz de uno mismo y la mujer
y los niños ausentes en algún lugar, en la misma
ciudad, en esa misma luz de un día de invierno.

 

 

 


Lo omniexpresable y lo que permite expresarlo
todo, equiparados a lo inexpresable, como una
concepción sustancialmente incomunicativa del
lenguaje, han convertido la última poesía de
J. Kaplinski en una fuente de ‘incomprensiones’
y al autor mismo en un cantor desértico en el
que la diferencia entre el reconocimiento y la
comprensión ha llegado a un límite crítico.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLinnar Priimägi

EN EL LÍMITE de la diferencia entre el reconocimiento
y la comprensión, ora a un lado, ora a otro,
se mece J. K., como una rama seca de celidonia.
Cuando escribe, lo hace desde el otro lado
de la comprensión.
Cuadno cocina unas gachas,
lava la ropa o se lava la cabeza
lo hace desde este lado. Al acercarse al límite
las medidas, las distancias y los valores cambian.
Las cosas se confunden, el jabón no hace espuma,
el agua hierve a temperatura ambiente,
los helados no se derriten, la comadreja es blanca
también en verano y el arte parece tan artificial
que J.K., cuando escribe, se quiere desprender del arte,
quiere desprenderse de sí mismo –las hojas, los niños,
los libros–, todo se vuelve menos suyo; lo lejano
resulta cada vez más claro y diáfano, y lo próximo,
en cambio, se vuelve más borroso, las letras son
apenas legibles, lo más cercano se difumina
y si estiras el dedo y tanteas
el lugar del espacio donde debería estar
tu cuerpo o tu alma, no encuentras nada de ellos.
Es obvio que la poesía ha alcanzado su meta.

 

 

 

Kaplinski, Jaan. Nada más que Algo más (trad. Jüri Talvet y Albert Lázaro Tinaut). Zaragoza; Casa del traductor, 1999.

 

ALOJZ IHAN

Acerca de un rincón seguro

 

 

ESCÁNDALO

Se produjo un gran escándalo
cuando un cirujano, por exceso de trabajo,
se negó a operar
a un niño enfermo;
los padres, desesperados, fueron a verlo a su casa
y lo sorprendieron
cortándole el pelo a su caniche en el jardín
con sus precisos dedos.
Llamaron a los periodistas,
los periodistas llegaron corriendo y sacaron fotos.
Como el cirujano siguió cortando dos horas más
pudieron fotografiarlo desde todos los ángulos.
Al día siguiente, los periódicos publicaron en primera página
las fotos de un caniche blanco
y todos los que las vieron tuvieron que reconocer
que el corte era realmente espléndido.

 

 

 

EL PROCESO

De aquel asunto hicieron un proceso grande y sonado.
En todos los periódicos salieron las fotos de un árabe
moreno y agresivo con una mirada tan aviesa y sanguinaria
que a todo el mundo le helaba el corazón. El hombre era
un violador típico, eso era obvio, y el proceso suponía,
según la opinión general, un despilfarro absurdo
de tiempo y de dinero. Después
aparecieron también en los periódicos fotos de la víctima,
una joven negra somalí de labios gruesos
y la gente de repente no supo qué pensar de todo aquello;
no es que dudaran de que el hombre fuera de verdad un violador
y un asesino, de ninguna manera, eso era obvio,
pero es que la negra con su lasciva mirada
y sus esbeltas piernas no podía haber sido del todo inocente
y la gente se vio ante un verdadero dilema:
cuál sería el juicio justo.
Por supuesto que nadie creía que había que absolver al hombre
o tratarle con benevolencia.
Lo más justo sería, de ser posible,
condenar a los dos,
decían, y estaban cada vez más seguros
de que el sistema judicial era poco flexible
y que urgía cambiarlo después de las próximas elecciones.

 

 

 

EL ENTIERRO


que desde arriba sólo somos un montón de hormigas negras
alrededor del ataúd. Todos
y cada uno nos fijamos en el cielo y observamos los aviones
que despegan del aeropuerto;
cuando se pierden de vista, seguimos fijándonos,
inmóviles, en el vacío,
como si buscáramos en algún lugar aún más alto,
aunque sabemos
que desde mayor altura dejamos de ser hormigas
y no somos más que un solo punto minúsculo
y después ya ni siquiera somos.
Desde allí sonríe Dios.

 

 

 

ACERCA DE UN RINCÓN SEGURO

Después de mucho tiempo de rehuir la poesía
volví a acudir a una velada literaria
por solidaridad con los poetas bosnios,
que venciendo múltiples dificultades habían salido
de las ciudades hambrientas, asediadas,
de los sótanos de las casas derruidas, de las trincheras,
de las noches de Sarajevo, luminosas de explosiones e incendios.
Me senté en la última fila
porque tengo una larga experiencia de veladas literarias,
después oí lo de las muchachas violadas, los gulags,
los montones de calaveras y huesos
que se acumulaban como residuos industriales
en los basurales
por todas partes;
no tardé en escabullirme sigilosamente de la sala.
Fuera caía una nieve seca, eran quince bajo cero,
el aire helado me invadió los orificios de la nariz
como un aguardiente abrasador,
dejé pues de respirar, y llevado por la impotencia,
me puse a pensar en el esquí por los glaciares
y en el silencioso deslizamiento entre
abetos y nieve en el monte Grintovec;
tras esos momentos de placer celestial
entré en una taberna a tomar un té y un aguardiente de miel.
Mientras bebía, le comenté a la camarera
la monstruosa arrogancia
que tan desvergonzadamente domina nuestras vidas
que tiene la culpa de que no haya garantía en el mundo
para la buena poesía;
el sufrimiento de una víctima agonizante, por tremendo que sea,
no asegura ni un solo verso inspirado,
y el vuelo desorientado de una mariposa sobre el rostro
de un poeta borracho
puede ser más conmovedor para la poesía
que los ojos de los niños
arrancados en presencia de las enloquecidas madres.
Tuve la impresión de que
la camarera habría llegado a comprenderme perfectamente
si justo antes del punto final
no me hubiera vencido el sueño;
la camarera, una vieja y buena conocida, me buscó
un rincón seguro
y me adormecí dulcemente sabiendo
que me despertarían
cuando a las dos de la madrugada cerrasen la taberna.

 

 

 

Ihan, Alojz. Acerca de un rincón seguro (trad. Francisco J. Uriz). Zaragoza; Casa del traductor, 1999.

 

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