Archivo

Posts Tagged ‘carlos martínez aguirre’

‘LA CAMARERA DEL CINE DORÉ Y OTROS POEMAS’, DE CARLOS MARTÍNEZ AGUIRRE

 

EL AMOR ES UN GÉNERO LITERARIO

He pensado escribirte como si no existiera
aún el feminismo. Como si nuestro tiempo
no fuera el fin de siglo, ni nadie conociese
la igualdad de los sexos, ni causara extrañeza
oír que te dijera que el amor que yo siento
por ti jamás podrías sentirlo tú por nadie.
Tal vez el amor sea sólo literatura
que cambia con el tiempo. Supongo que nosotros
no amamos como Shakespeare, ni Shakespeare como Dante,
ni Dante como Safo, ni Safo como nadie.

 

 

 

 

EL FANTASMA DE UN ÁTOMO DE URANIO
XXEVOCA SU RUPTURA SENTIMENTAL

Tú te alejaste de mí…
y yo arrasé Nagasaky.

 

 

 

 

REFLEXIONES (O CASI) DE UN SKIN-HEAD

Cuando escucho la palabra cultura
la mano se me va hacia la pistola.
En general ante cualquier palabra
la mano se me va hacia la pistola.
Aunque la mayoría de las veces
no tengo que esperar a las palabras.

 

 

 

 

Martínez Aguirre, Carlos. La camarera del cine Doré y otros poemas. Madrid; Ed. Hiperión, 1997.

 

FÁBULA 23

Fábula 23

 

 

Carlos Martínez Aguirre

CUANDO EN LO ALTO

Cuando en lo alto
no existían aún las dimensiones
ni el espacio, ni el tiempo,
en el Primer Instante,
los dioses se agolparon sorprendidos
sobre el súbito aroma del hidrógeno.

La llegada de aquello
anunciaba el comienzo del ocaso.

 

 

REFLEXIONES ROBÓTICAS (AÑO 2093)

De la prístina rosa
sólo nos queda el nombre.
Ese nombre desnudo
que es el signo y el alma de las cosas.

 

 

POÉTICA POSTATÓMICA

Yo creo en las palabras sagradas del Rig Veda:
“la luz que nos alumbra, es la luz que pasó.”
El universo vuelve, como vuelve una rueda,
pero el cosmos palpita, como tú y como yo.

No temas que por ello esté fijo el destino.
Poco importa qué senda dejaron nuestras huellas.
Lo que sé es que si hay algo que nos marque el camino
no se encuentra en el barro… ¡Se encuentra en las estrellas!

Somos el universo que se piensa a sí mismo,
como un viejo marino que busca el septentrión.
Que mis versos no sean un grito hacia el abismo
sino el rayo de un láser orientado hacia Orión.

 

 

EPITAFIO AL DR. VAN HALEN

Nuestro Dr. Van Halen ya reposa aquí muerto.
Guárdale, caminante, una última mirada.
Su capa, su monóculo, su linterna apagada,
ya no recorrerán las tierras de lo incierto.

El profesor Van Halen nunca estuvo tan muerto.
¿O quizá sí lo estuvo? Yo lo vi en su mirada,
cuando me habló en San Marcos del numen de su amada
vi llorar al león sangre del Juramento:

“Hellen no volverá, pero sé que el barquero
no tomará en sus manos mi moneda marcada.
Como sombra imposible de un sueño que se aferra

a amar a una Quimera, recorreré el sendero
y en él esperaré por siempre su llegada…”
O, carissime amice, sit tibi levis terra.

 

 

UN ROBOT NO ENVEJECE

Un robot no envejece
y ni siquiera tiene sentimientos.

Su mente positrónica se rige por tres leyes:

“Proteger al humano.”

“Obedecer sus órdenes
(siempre que no interfieran
con la primera ley.)”

“Protegerse a sí mismo
(esto es, al robot,
siempre que no interfiera
con la primera ley o la segunda.)”

Un robot no comprende
quién programó este mundo, tan contrario
a las leyes robóticas.

 

 

EPITAFIO MR. SPOCK

Hoy he visto el espíritu errante de un vulcano:
aquel Mr. Spock, el grave tripulante
de la nave Enterprise. Y allí vi en su semblante
lo mejor de su mundo, lo mejor de lo humano.

¿Qué ley del universo equivocó tu arcano?
¿Qué ciencia postatómica adelantó el instante?
Tal vez la interferencia de un número constante
transmutó en laberinto tu tránsito andoriano.

La sangre verdemar ya no corre tus venas.
Tu razón imparable no computa distancias.
Spock, -aunque sea ilógico-, perdido en las arenas

de esta playa que somos del mar de las galaxias
rezo por ti a mi Dios y yo sé que, distante,
escuchas mi oración y piensas… ¡Fascinante!

 

 

SUEÑO DE ESTOICISMO

Con cantos de sirena hice afinar mi lira
y escuché las preguntas de mi esfinge interior.
Di espinas a la rosa, valor a la mentira,
naufragio a la tormenta y cuerpos al amor.

Sentí del marinero el vago desengaño
de un cielo sin estrellas, de una noche sin luna
y en islas ignoradas viví como un extraño
sin apretar la mano de la diosa Fortuna.

En busca de la fuente de mis propios latidos
hice correr mi pulso con vigor de centella
mas perdí la consciencia vital de mis sentidos
en el eco infinito que eterniza su huella.

Cansado de mí mismo, de vuelta de mi lodo
desaprendí el secreto del sagrado temblor:
Los dioses están cerca, le tengo miedo a todo,
la muerte es el pecado, la vida es el amor.

 

 

MAR DE AZAFRÁN

La luz se duerme sobre lo que existe
insensible al transcurso de las horas.
Una gota de azul entre tus ojos,
un corazón desenredó mis años.
El tiempo se confunde: no distingue
el trigo de un puñado de naranjas,
y todos somos puertas en la vida
ávidos de encerrar la primavera.
Pero hay campos de nardos en tus senos,
hay mosto entre tus labios, hay espigas
copiadas sobre el oro de tus piernas,
hay un mar de azafrán, hay esmeraldas
prendidas de tu pelo, hay la bandera
victoriosa en los campos de tu cuerpo.

 

 

 

 

CARMEN BELTRÁN FALCES

LOS HOMBROS DE LOS GIGANTES

Ser bueno era un problema.
Muy grave si lo eras en muchas cosas.
Todos esperaban que cayeses,
que fallases estrepitosamente.
Un fracaso que evidenciara
esa imperfección que tú ya conocías.
Tu punto débil.
Rabiaban por conocerlo.
Te enfermaba su hipocresía
pero te aterraba estar solo.
Y te dejaste devorar por ellos.
Caíste.
Dejaste que te superaran
las veces que fueran necesarias
para lograr que te tuvieran
más pena que envidia.
No volviste a levantar la cabeza.
Pero tampoco volviste a estar solo:
los hombros de todos
los triunfadores a los que aupaste
aguardan a que llores en ellos tu fracaso.

 

 

 

 

NEREA FERREZ

LA BELLA Y LA BESTIA DEL SIGLO XXI

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa belleza existe, pero a veces está distraída.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEva Alejandre Villate

Tus ronquidos se oyen desde el cuarto de baño
mientras trato de eliminar tu olor en mis pestañas,
ese aroma a sudor y cigarro
que tanto me molesta
pero del que, parece ser,
no quiero desprenderme.
He terminado por acostumbrarme a esas pequeñas cosas
que nunca creí poder superar
como tus calcetines tirados por el suelo
o la manía que tienes de morderte las uñas casi hasta la raíz.
Supongo que la convivencia del día a día,
las peleas a gritos
por el dominio del mando
en una casa que no es nuestra
sino del banco,
los abrazos callados bajo las sábanas,
los sábados eternos arropados por la oscuridad,
los lunes de ojeras y malas caras,
las sonrisas tras cada aguja del reloj
y los besos que nos regalamos a escondidas
me han hecho verte como lo que nunca creí querer
un compañero
que me quiera incluso sin maquillaje ni zapatos de tacón
y no un príncipe azul
que me abandone por su caballo blanco
en cuanto asome la primera luz del día.

 

 

 

 

JUAN PEDRO APARICIO

METALITERATURA

xx-Doctor ¿le puedo hacer una consulta telefónica?
xx-Claro.
xx-Soy el escritor que prepara un libro de trescientos treinta y tres relatos cuánticos, ¿se acuerda?
xx-Perfectamente. Usted soñaba que se hundía a sesenta y cinco metros de la orilla cuando nadaba huyendo de un naufragio.
xx-Exacto, doctor.
xx-¿Y qué le pasa ahora?
xx-Lo mismo, doctor. Ahora me hundo a cuarenta y cinco metros de la orilla.
xx-Dígame una cosa: ¿cómo se le ocurren las ideas para los cuentos?
xx-Mientras paseo con mi perra por el monte, un largo paseo de hora y media. Llevo una libretita y un lápiz y voy anotando cuanto se me ocurre.
xx-Pero estos días de atrás que ha llovido tanto ¿no ha interrumpido su paseo?
xx-Sólo cuando ha diluviado.
xx-De ahí el sueño del naufragio. Lo que le angustia es que no pueda acabar el libro por culpa del agua.
xx-¿Usted cree?
xx-Ya verá cómo, cuando salga usted de nuevo al monte, se le vuelven a ocurrir ideas. Ya no le queda nada.
xx-Cuarenta y cinco metros. Digo, cuarenta y cinco cuentos.
xx-Suerte, amigo. Y anímese que estoy deseando verle llegar a la orilla.
xx-¿Sabe, doctor, que a esta conversación que usted y yo tenemos los estudiosos lo llaman metaliteratura?
xx-¡Qué bueno! Porque usted, cuando escampe, va a llegar precisamente a meta, ¿no tiene gracia?
xx-Gracias, doctor. Me ha animado mucho.

 

 

NOVELA DE PERDEDOR

xxEl multimillonario Norte, deseoso de vivir nuevas emociones, tuvo el capricho de experimentar la gloria literaria. Habló con sus consejeros y decidió comprar el manuscrito de un autor cuya carrera estaba en serio declive mediático, con problemas incluso para encontrar editor. Las condiciones del contrato eran por demás leoninas. Norte figuraría como autor exclusivo. Gregorio Bauzá, que ya esperaba muy poco de la literatura, aceptó con mucha más facilidad que una madre se desprende por dinero de su hijo biológico.
xxEl libro se titulaba “El muladar de las esperanzas”. Era extenso y de difícil lectura como todos los de Bauzá, pero, promocionado por las empresas mediáticas de Norte, vendió siete ediciones y se tradujo a varios idiomas en sólo unos meses.
xxEl libro era de verdad espléndido. Y Norte los disfrutó mucho. Su prestigio social aumentó de manera notable. El presidente del Jurado que le concedió el Premio Nacional de Literatura escribió: “Lo que más sorprende es comprobar cómo desde esa cúspide de la sociedad en la que vive Norte puede llegar a conocer con tanta minuciosidad y sentimiento el alma profunda de los perdedores”.

 

 

ADÁN Y EVA

xxEl Nobel Alfred Cambridge, a sus más de noventa años, tenía conocimientos profundos sobre casi todo, de modo que su muerte sería una pérdida irreparable. Lo convencieron para que en el momento final dejase que sus neuronas se volcaran en un ordenador que llevaría su nombre. Así se hizo y todo fue bien durante algún tiempo. Era como tener al propio sabio entre nosotros.
xxTodos los días a la hora del desayuno se le escaneaban los periódicos y se le informaba de las nuevas publicaciones de libros y revistas científicos. Cambridge seguía leyendo y seguía opinando con el mismo juicio sereno del que había hecho gala en vida.
xxUn día, en que supo que la escultural bailarina Jeanette Duval había sufrido un accidente que la tenía a las puertas de la muerte, pidió que se hiciera con ella lo mismo que se había hecho con él.
xxHubo dudas y discusiones hasta que Cambridge se negó a permanecer activo si no se realizaban sus deseos.
xxPoco antes de que la pobre Jeanette muriera sus neuronas se volcaron en un ordenador. A continuación Cambridge exigió compartir cuarto con ella y que les dejaran pasar las noches a solas, sin la presencia de funcionarios ni vigilantes.

 

 

¿VENGANZA POST MORTEM?

xx¡Qué duro es morir así, con las ansias de venganza intactas!, pensaba el brigada Ignacio Tébar ante el pelotón que le iba a fusilar, víctima de la intriga de su propia esposa y el sargento Vilorio, a quien había considerado su mejor amigo.
xxCuando el jefe del pelotón levantó el sable el suelo tembló. Para Ignacio Tébar fue una trepidación, para el pelotón una caída, pues el suelo se hundió bajo sus pies. A la vista quedó uno de los fusiles. Tébar lo tomó y corrió a las dependencias del Regimiento.
xxSin que nadie lo detuviera se apresuró escaleras arriba, atravesó corredores, cruzó el gimnasio y llegó a la residencia de suboficiales. Allí estaban los adúlteros, desnudos y asustados con la lámpara desprendida del techo sobre las piernas.
xxA él le disparó en la cabeza, a ella en el pecho, apuntó al pezón izquierdo; luego, sin abandonar el arma, volvió a la carrera al patio. Dejó en el suelo el fusil y volvió a colocarse de espaldas al paredón. Un temblor gemelo del anterior, pero de fuerza contraria, restauró los suelos, vomitando al pelotón de soldados a la superficie.
xxEl oficial dejó caer el sable y Tébar fue fusilado mientras, su mujer y el sargento Vilorio se refocilaban en su vivienda de la residencia de suboficiales.

 

 

EL AMOR ES COSA DE DOS

xxEra una vaca hermosa, con muy buen cuerpo y unas ubres firmes. Sin embargo no aceptaba al semental que le habían llevado para que la cubriera. Se resistía con tal fuerza que sus dueños temieron que se hiriera o que hiriera al toro.
xxEl veterinario que la visitó opinó que era un caso raro, aunque mejor ser prudentes y llevarla otro toro, recomendó. Pero una y otra vez se repitió la escena. “Reacciona como si la fueran a violar”, comentó el veterinario desalentado.
xxSus dueños no sabían si sacrificarla o venderla. Para ver qué pasaba la llevaron a la feria de San Andrés, en Lot, uno de los mercados de ganado más importantes del noroeste.
xxAtravesaron con la vaca la mayor parte del recinto. Sus formas perfectas y su andar cadencioso llamaban la atención. Llegado un momento se negó a seguir. El dueño pugnó con ella y le dio unos varazos airados. Entonces reparó en el toro puesto a la venta allí al lado. “¿No se me habrá encaprichado con éste?” -exclamó el hombre.
xxY así era. Allí mismo comprobaron que la vaca aceptaba sin problemas, antes bien con mucha complacencia, las arremetidas amorosas de aquel bicho retinto que no era, por otra parte, gran cosa.

 

 

PREGUNTAS INTELIGENTES

xxAcabada la conferencia, se había abierto el coloquio y, tras un breve intervalo, un hombre levantó la mano desde una de las primeras filas. Acto seguido el laureado escritor se esforzó por hallar una respuesta satisfactoria a aquella serie encadenada de preguntas. Tomó primero una dirección recta por la que se lanzó con un buen montón de palabras, luego entró en una curva ascendente por la que sus palabras iban de revuelta en revuelta en medio de una niebla cada vez más espesa. Finalmente, antes de caer en una sima, se detuvo. El hombre, insatisfecho, hizo otra pregunta igualmente brillante, muy bien escoltada por algunas palabras previas. El laureado escritor se preparó para transitar otro buen tramo por aquel puerto oscuro y algunas personas comenzaron a irse. Nadie lo tomó como un reproche dirigido al conferenciante sino a su interpelador.
xxLuego, en la cena que siguió al acto, el laureado escritor elogió, con la cortesía de que siempre hacía gala, la agudeza del interpelador. Pero el concejal de Cultura y Deportes o el rector de la Universidad o los dos a la vez hicieron un gesto de desprecio o de lástima. “¡Pobre Julianín!” Está como una cabra -dijeron- siempre quiere dar la nota.

 

 

EL ÁNGEL DE LA GUARDA

xxAlberto Sarriá era un escéptico que, sin embargo, creía en el Ángel de la Guarda desde que una madrugada alguien enderezó de súbito el volante de su coche y evitó que chocara contra una farola. Pasado el susto, aquel inusitado copiloto se presentó a sí mismo como un viajero del tiempo que llegaba del futuro, un descendiente suyo cuya llegada al mundo dependía de que Alberto tuviera algún hijo, lo que todavía no había ocurrido. A partir de ese día la indolencia de Alberto fue una provocación constante, convencido de que hiciera lo que hiciera el viajero del tiempo le salvaría en el último momento. Si iba a bañarse en el mar, elegía las zonas más peligrosas, si bebía no tenía moderación y en las discotecas formaba broncas y se metía en peleas.
xxUna noche, de regreso a casa, después de haber perpetrado toda clase de barrabasadas, Alberto tomó la autopista en sentido contrario. Iba a ciento ochenta kilómetros por hora. “¿Estás ahí, pequeñín?” -así llamaba Alberto al viajero del tiempo-. El viajero se li hizo una vez más presente, pero se esfumó enseguida, un instante antes de que el coche se estrellase contra un camión cargado de bobinas de acero. “Ahí te quedas -dijo a modo de despedida-. No puedo decir que haya sido un placer conocerte. Pero debes saber que, de los cinco que habéis violado en pandilla a esa pobre chica, tú, precisamente tú, has sido quien la ha dejado embarazada”.

 

 

EL GENIO DEL CAJERO

xxMr. Champeau trataba de extraer dinero de su cajero automático cuando un hombrecillo de aspecto difuso le tocó en el hombro. “Soy el genio del cajero automático -le dijo-. El azar te ha elegido para que te haga entrega de esta tarjeta. Puedes hacer uso de ella a voluntad. Siempre habrá más dinero en tu cuenta. Ahora bien, ten presente que por cada cien euros que saques morirá un hombre en la China”. Y, en diciendo esto, desapareció.
xx¡Pobre Mr. Champeau! ¡Cuántas dudas antes de decidirse a utilizar la tarjeta! Pero, una vez que sacó los primeros cien euros, su conciencia se embotó. Sólo veía el aspecto grato de su acción, a pesar de que una epidemia de neumonía atípica se había desatado en China. Y, aunque las autoridades ocultaban la verdadera cifra de los muertos, a Mr. Champeau le bastaba con repasar las extracciones que había realizado en su cajero automático para saberla: un millón y medio de euros igual a quince mil chinos muertos.
xxLas noticias cesaron y Mr. Champeau empezó a pensar que todo había sido una coincidencia o un sueño. Sin embargo, su crédito seguía siendo ilimitado. Se compró dos nuevos pisos en París, una finca en el Mediodía, un hotelito en St. Tropez. Y nada dijeron los periódicos de más muertes de chinos.
xxLlevado de su curiosidad, viajó al Oriente. Estuvo en Tailandia; en Vietnam; también en Singapur, donde se fotografió junto al león de piedra del puerto. Finalmente arribó en la República Popular China por Shanghai. Ya en el cajero del aeropuerto sacó mil ciento diez yuanes, equivalentes a cien euros y en el momento de tocar el dinero comprendió su error. Sintió un dolor intenso en el brazo izquierdo como si un estilete de acero le horadara la arteria hasta alcanzar su corazón. Supo que se iba a morir de un infarto y recordó que el genio del cajero no le había especificado que los muertos en China tuvieran que ser necesariamente chinos.

 

 

CARISMA

xxEl hospital tenía el inconveniente de su alejamiento, a cambio el paraje en el que se asentaba, de suaves colinas y prados verdes con alguna mancha boscosa, era paradisíaco. Peter Oblondi, un italiano del Piamonte, muy rubio y de ojos azules, era el jefe de catering y además, en horas libres, cortaba el pelo a cuantos trabajadores ingleses o extranjeros requiriesen sus servicios. Por cada servicio cobraba diez chelines. Oblondi, muy sociable y comunicativo, sabía encontrar para cada uno la palabra adecuada. Casado con una compatriota, tenía dos hijos, un buen coche y una buena casa. De cuando en cuando, ligaba con alguna estudiante de enfermería, de las que también vivían en los pabellones, más de lo que cualquier otro trabajador que no fuera médico podía siquiera intentar.
xxUn día llegaron de Londres instrucciones de desmantelamiento. El personal que lo deseara sería indemnizado, el resto trasladado a otros hospitales. Obondi no cambió de humor, el enviado de Londres para dirigir el desmantelamiento, aceptó una invitación suya para cenar en su casa. Mr. Lamers en solo una semana había cautivado a todo el personal. Había sido piloto en la batalla de Inglaterra y era un hombre abierto y simpático. Con todos hablaba y por todos se interesaba, de modo que las negociaciones se desarrollaban con mucha suavidad.
xxJimmy López, uno de los electricistas del hospital, de quien algunos decían que era gibraltareño, otros que sevillano, moreno, alto, con bucles negros cayéndole por la frente, la mirada ardiente, y siempre silbando, incluso cuando saludaba, no podía ver a Peter Oblondi.
xxMr. Lamers murió de la noche a la mañana de un ataque al corazón. La consternación se apoderó del personal. Buena parte, con Oblondi a la cabeza, se desplazó a Londres al entierro, no así Jimmy.
xxA la mañana siguiente el trolley que empujaba Oblondi tropezó con la escalera de madera en la que estaba subido Jimmy. Oblondi se excusó de palabra y con una sonrisa, pero Jimmy le golpeó en la cabeza con su caja de herramientas y le dejó malherido.
xxA Jimmy lo detuvieron y Oblondi, desde la cama del hospital, lo disculpó. “Se lecruzaron los cables”, dijo. Jimmy lo consideró una nueva ofensa. “La próxima vez no fallaré, ese hijo de puta a mí no me engaña”.

 

 

LAS MÁSCARAS

xxUna vez más había vuelto ala ciudad de su nacimiento para dar una conferencia sobre algunos aspectos de su obra narrativa que había titulado “Buriles para tallar el tiempo”. Luego, en compañía del alcance, dos profesores de Universidad y un escritor joven que al final de la intervención hizo unas cuantas preguntas, había bebido un buen vino de la tierra y había cenado acaso algo más de lo conveniente. Le dejaron por último en su hotel, en las afueras, un edificio recién estrenado con más de diez plantas y casi trescientas habitaciones.
xxSe acostó pero no podía dormir. Se levantó y abrió el balcón. Hacía frío pero lo aguantó. Miró a su ciudad, al valle completamente edificado donde había nacido, en una elevación de terreno entre dos ríos. ¿Por qué la quería? O dicho de otra manera: ¿Qué es lo que amaba de ella? Sus abuelos, sus padres habían desaparecido, incluso la casa donde había nacido ya no existía, en su lugar un alto edificio irreconocible. ¿Qué amigos verdaderos tenía allí? Sintió un escalofrío. ¿A quién podía llamar en esta ciudad, en su ciudad, a estas horas de la noche para disipar su angustia? Necesitaba alguien que le escuchara, no en conferencia sino en amistad. El alcalde, que tan amable había sido honrándole con su presencia en la conferencia y en la cena, no había hecho, aún en el exceso, más que cumplir con su trabajo. Y lo mismo, los dos profesores. Acaso uno de ellos, Aurelio Cejador, se prestaría a levantarse de la cama y vendría a hablar con él o aceptaría dar un paseo por las calles, ahora bajo el frío helador de la madrugada. Recordó, sin embargo, que le había comentado que tenía que madrugar para salir de viaje, y ese inconveniente adicional incrementó su angustia. Pensó entonces en el joven escritor, acaso el más dispuesto a acompañarle, pero lo descartó por la vergüenza de mostrarle su debilidad, mayor en el caso del joven…
xxLos periódicos no pudieron recoger la noticia sino hasta el día siguiente. “El escritor Arturo Cancelar se había asomado al balcón de su habitación en la planta séptima de un hotel de las afueras y se había caído a la calle a causa de un desvanecimiento repentino. La noche anterior, después de una conferencia, interesante como todas las suyas, a la que asistió numeroso público, cenó en compañía del alcalde y algunos amigos, mostrando siempre muy buen estado de ánimo”.
xxY seguían varias páginas de información en las que se valoraba muy encomiásticamente la obra de Cancelar.

 

 

FINAL

xx-Doctor, ¿se acuerda de mí? Soy el escritor que preparaba un libro con trescientos treinta y tres cuentos breves, brevísimos y extraordinarios y que se atascó dos veces. Pues bien, he acabado el libro, pero me extraña que ahora no se me ocurra ningún relato más.
xx-Lo recuerdo. Usted soñaba con que al llegar a muy pocos metros de la orilla se ahogaba. Vimos que el agua representaba la lluvia diluvial de aquellos días que, al impedirle el paseo diario con su perra, no le permitía tener ideas, pues se había acostumbrado a tenerlas estimulado por ese paseo. Ahora ha acabado el libro. Se había propuesto una meta y la ha logrado. No sea usted pesado. No se puede nadar en tierra firme, que eso es lo que parece pretender usted ahora. En tierra firme hay que caminar. Quiero decir: prepare usted otra cosa, otro libro, otra novela. Ya verá como de nuevo se le llena la imaginación.
xx-Así lo haré doctor.

 

LOS QUE VIVEN CONMIGO

Literatura, música y algún vicio más

Hankover (Resaca)

Literatura, música y algún vicio más

PlanetaImaginario

Literatura, música y algún vicio más

El blog tardío de Elena Román

Literatura, música y algún vicio más

Del verso y lo adverso 9.0

Literatura, música y algún vicio más

DiazPimienta.com

Literatura, música y algún vicio más

El alma disponible

Literatura, música y algún vicio más

Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

Literatura, música y algún vicio más

Las ocasiones

Literatura, música y algún vicio más

AJUSTES Y OTRAS CUENTAS

Literatura, música y algún vicio más

RUA DOS ANJOS PRETOS

Blog de Ángel Gómez Espada

PERIFERIA ÜBER ALLES

Literatura, música y algún vicio más

PERROS EN LA PLAYA

Literatura, música y algún vicio más

Funámbulo Ciego

Literatura, música y algún vicio más

pequeña caja de tormentas

Literatura, música y algún vicio más

salón de los pasos perdidos

Literatura, música y algún vicio más

el interior del vértigo

Literatura, música y algún vicio más

Luna Miguel

Literatura, música y algún vicio más

VIA SOLE

Literatura, música y algún vicio más

El transbordador

Literatura, música y algún vicio más

Como no iba diciendo

Literatura, música y algún vicio más

SOLIPSISTAS DEL MUNDO

Literatura, música y algún vicio más

MANUEL VILAS

Literatura, música y algún vicio más

El fin de las siestas

Literatura, música y algún vicio más

Escrito en el viento

Literatura, música y algún vicio más

un cántico cuántico

Literatura, música y algún vicio más

Peripatetismos2.0

Literatura, música y algún vicio más

Daftar Harga Mobil Bekas

Literatura, música y algún vicio más

Hache

Literatura, música y algún vicio más