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MEMORIA DEL MALENTENDIDO

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxVerás con cuánto amor llama porfía.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxiixxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLope de Vega

AUNQUE OSCURO en el agua es su reflejo
y en el pozo está escrita la condena,
piensa el muchacho en transformar la escena
y apacible gozarla cuando viejo.

Confunde la ventana y el espejo,
y, al mirarse en la calle, da por buena
la luz artificial de la verbena
que se entretiene en su interior perplejo.

Pero al llegar al fin del tercer acto
y escuchar nuevamente a sombría
llamada silenciosa del abismo,

comprende que era estéril cualquier pacto
del yo con lo que fuera entrar porfía:
que ventana y espejo son lo mismo.

 

 

 

 

LA CASA

Cuando llegó a su casa, todavía
no pudo ver las grietas que manchaban
con dibujos obscenos las paredes.
Eran jóvenes, vírgenes, sus ojos;
tranquila su intención, como los amplios
ventanales abiertos a una calle
burguesa, no excesiva, de mediocres
perspectivas, medidos horizontes
(con un árbol aquí y allá una nube
de cuando en cuando aborregada: un Tiépolo
ni demasiado blando ni tampoco
saliéndose de madre, con sus dioses
benévolos, de blanca y luenga barba,
pero proclives a dictar ukases
que no pueden cumplirse).
Adolescente,
cuando empezaban a llegar a un plano
más acuciante las primeras grietas
que advirtió en las paredes,
decidió
recubrirlas de cuadros y de libros
que ocultaran la impúdica lascivia
de sus ladrillos, donde no emplearon
una arcilla mejor los albañiles.
Y así, quitó inmundicia, a la ruinosa
casa donde vivía, el decorado
de música inefable y exquisita
poesía que heredó de sus ancestros
comunes, e impedían contemplar
la caverna —sin ellas cubil sórdido—
que un hogar aparente constituye.

Hoy han pasado muchos años; tantos
que ya el derrumbe se hace inevitable,
y han adquirido solidez los cuerpos,
las secuencias que fueron decididas
por el bestial coprólogo. La calle,
donde ha aumentado el tráfico, conserva
pese a todo el burgués y acomodado
perfil de aquel entonces: continúan
el árbol y las nubes, menos claras,
pero ya se sospecha que es un ruido
caótico la música exquisita
que antaño se escuchó, y las inefables
palabras que creyéronse dictadas
por los dioses no tienen más sentido
que el color inarmónico del techo,
aunque aún los vecinos disimulen
—tal vez por toma y daca— y nadie diga
que la casa se encuentra ya en las últimas,
y se acepte por mutua deferencia
que es noble y respetable, y no la máscara
que oculta toda corrupción, el rostro
del hombre que sonríe y nos saluda
si en la escalera un día lo encontraremos.

 

 

 

 

EL MALENTENDIDO

No tenía importancia. Ése es el juego,
la diversión sublime de los dioses.
Tanto tiempo creyéndose en el vértice
del dolor más profundo, la abyección infinita
que enloda la raíz del pensamiento;
tanto esfuerzo
consagrado a arrancarle a la penumbra
su corteza de niebla,
para, al llegar exhausto, envejecido,
cuando ya el retroceso no es posible
del tiempo y la moneda está gastada,
despertar con que fue un malentendido:
que fue un error el hierro entre las ingles,
el látigo de fuego en los ijares,
a corona en la frente acobardada.
Fue sólo la costumbre de una época,
una simple cuestión de perspectiva
deteriorada ya por la huidiza
—y efímera también— nueva manera
de comprender las cosas. Ya lo dije:
sólo un malentendido. Innecesarios
la soledad (sonora o sin remedio),
la sed sin esperanza, el llanto oblicuo,
la cadencia sin ritmo, el ciego impulso.
Todo estaba al alcance de la mano:
no sólo la tortura, no el silencio,
no la lágrima sólo, no la muerte.

 

 

 

 

OTRA LECCIÓN DE HISTORIA

Toda la Historia fue un malentendido.
Si hoy Craso y Espartaco se encontraran
en la cervecería, liberado
ya aquél del poderío y de la púrpura
y el hedor de la sangre, éste del hierro
que le oprimió el tobillo antes de herirle
del último zarpazo,
podrían dialogar tranquilamente,
risueños, divertidos, asombrados
de que ¿por qué minucia? tan distintas
transcurrieran sus vidas. (Lady Macbeth
erró al creer de Arabia los perfumes
incapaces de hacer blanca su mano,
sin letal pestilencia. Basta el tiempo
y acaso el turbio aroma de los cómplices
y nada más para borrar el crimen).
Mauthaussen fue un error; Chatila y Sabra
no significan más que el gesto torpe,
sin estudiar, de un mal actor novato,
pero que al fin domina el escenario
y el público le aplaude
porque supo, maduro, dominarse
y hacer que se olvidara lo molesto
difuminado en la distancia. Nadie
fue quemado en la hoguera por negar
la enseñanza del Papa; en todo caso,
no es sensato guardar tan viva imagen
de un suceso anecdótico, ya viejo,
sólo un simple y vulgar malentendido,
que no impidió el progreso de los hombres
hasta alcanzar la bomba de neutrones,
la pasión comedida, el aprobado
vital donde se esconde el conformismo,
donde nada recuerda tanta infamia
reproducida ahora, en este instante,
que olvidarán también en el futuro
mis hijos y tus hijos si se encuentran
en la cervecería, sin memoria.

 

 

 

 

YO, LA REVOLUCIÓN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA los de aliento firme:
xxxxxxxxiixxxxxxxxxxTere Morán, Colás, Lito Peón…

Para que vieras que la sangre es roja
la cabeza corté del rey don Carlos.
Y el viento preso en la Bastilla pudo,
porque abatí sus piedras, darle al cielo
la carcajada de su cabellera:
blasfemia y estandarte contra el caos
al que le llaman orden los esbirros
de la púrpura blanca. Del Palacio
de Invierno, en que gemían las alfombras
de piel asesinada, hice un museo
donde el hombre su historia conociera
para no revivirla, y de las cumbres
traje la nieve inútil y la puse,
ya dueña de su impulso, a la tarea
de convertir en pan la piedra dura.
Mas descansé en el séptimo nocturno,
y, al despertar del sueño, el escenario
comprendí que era el mismo: la cabeza
del rey don Carlos nuevamente altiva,
las Bastillas sus muros reafirmando,
y el Palacio de Invierno con alfombras
pisadas cada vez con más lujuria,
petrificadas de terror las aguas.

Pero la sangre sigue siendo roja.

 

 

 

Álvarez, Carlos. Seguiremos sembrando (Antología 1964-2010). Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

LAS MANOS LIMPIAS

 

LAS MANOS LIMPIAS

xxxxAl ipríncipe iHamlet ino ile iimpulsan xlos xresortes
que imueven ia ila iacción. Claudio ipodrá por ello gozar
de su mujer y de su trono. El príncipe Hamlet es un inte-
lectual, iy iel iintelectual ivacila, no está seguro de nada.
Pero esa vacilación ino salvará a la postre la vida del rey
Claudio, xni xla idel ipropio iHamlet, ini ilas ide iPolonio,
Rosencrantz, xGuildernstenio, xOfelia, ixla ixreina xGer-
trudis iy iLaertes. iSólo iHoracio, imudo iespectador idel
drama, ivivirá ipara icontar icómo iFortinbrás conquistó
el trono de iDinamarca: icómo iPinochet iacabó icon ilas
esperanzas del ipueblo ichileno. iTal ivez por eso, en Las
manos sucias puede decirle iHoederer ia iHugo ique “un
intelectual ino ies iun iverdadero revolucionario; tiene la
pasta adecuada para ser un asesino”.
xxxxQuien ivaciló itantas iveces isin ique isu duda le im-
pidiera impulsar otras iacciones iha iresuelto ya su defi-
nitivo ipara iqué. iY, icon iél, iKierkegaard, Jaspers, Hei-
degger… iUnamuno. xMorir xes xdormir, xsoñar xacaso:
¿seguir isoñando ila duda? Shakespeare no respondió a
ese problema. Se limitó a plantearlo.
xxxxEl iespíritu ide ila iresistencia. La conciencia de Eu-
ropa. iEl ihombre ique ino iaceptó el Nobel. La angustia
ante el propio iexistir. El iabandono ide iDios, iel iaban-
dono ide iMarx. iLa protesta lúcida ante el crimen, pero
también el ianálisis idel iporqué ide ese crimen: los cul-
pables no ipueden irefugiarse ien Altona porque no hay
perfumes en iArabia capaces de enjugar el hedor de las
manos ide lady Macbeth. ¿Cuántas cosas han muerto a
las 21 horas del martes en un hospital de París?
xxxxEn itodo icaso, iel iejemplo, itambién shakesperia-
no, de un hombre que intentó ser fiel ia sí mismo para
que de ahí se siguiera, icomo la noche al día, la imposi-
bilidad de ser infiel a los demás.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxx17 de abril

 

 

 

Álvarez, Carlos. Seguiremos sembrando (Antología 1964-2010). Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

REFLEJOS DE CANTOS OSCUROS

 

SINFONÍA HEROICA

Mentiría si no reconociera
que Shakespeare más que Marx me ha conmovido,
y que Lenin no habita donde Mozart
se acerca a lo que amo.
Pero si en Petrogrado un pueblo en armas
destruye los esquemas de la Historia,
y la Comuna de París resiste
sólo un momento acaso
más del tiempo que fuera razonable,
se me olvida Beethoven, y las coplas
de La Internacional es lo que canto.

 

 

 

 

NADIE IGNORA QUE ES triste Andalucía,
miserable su terco claroscuro
tejido de ignorancia y latigazos.
Allí el saber temprano, estremeciéndose
como pisadas uvas que su espíritu
y el incienso y la mirra
sacrifican al turbio señorío,
mantiene su recato en los arcones
de terciopelo cárdeno.
Hay sudor en las venas que más deshilachadas
contempla el forastero, y ve en la frente
y en la espalda una antigua astronomía
de signo inexorable.
Pudo la claridad ser su semilla,
pero se alzó la noche;
y el arsenal de libros que la tierra
cuando llora produce
bajó hasta la bodega. Andalucía…
pasión de fuego fresco, mar salino,
la esmeralda, el zafiro, el rubí blanco
que confundió el color de la pureza

…y un colmillo tricorne en plenilunio
que nunca retrocede
para morder la piel del hombre llano.

 

 

 

 

NO SÓLO LOS ACCIDENTES DEL TERRENO, las cur-
vas xo xaristas ide isu igeometría xo xel xcolor —siem-
pre xiambiente, xsegún xla xresistencia xque xopongan
las inubes xa xla xinclemente xo xbenéfica xmirada xel
sol— xdefinen xel xparentesco xde xlos xpaisajes. iHay
montañas xque xparecen xhermanas xde xotras ilejaní-
simas, icuya ifigura ien inada irecuerda ila ique iun día
se xcoloca xante xnosotros xcon xun xperfil xdiferente
del xque xtienen xla xcostumbre ide iofrecernos, ipero
que xnos xhacen xcomprender xen xseguida xque xsu
apariencia xesconde xuna xiafinidad xicompleja, xique
pasará xinadvertida xpara xquien xlas icontempla icon
ojos xsuperficiales, xporque xsu iidentificación ino xes
posible ia itravés ide ila ifísica, isino ide ila moral. Hay
una imoral idel ipaisaje. iEl xsobresalto xde xun xárbol
que ia iduras ipenas isujeta isus xraíces xen xla xtierra
última xque xbordea xun xiprecipicio xisugiere xisenti-
mientos (e iimpulsa iactitudes) xque xno xpueden xser
comprendidos xpor xel xrío xque idesliza isu isatisfecha
mansedumbre xa xtravés xde xla xllanura, xpacífico xy
sosegado xen xsu xsesteo. ¿No xes xel ivolcán iuna ipe-
sadilla xde xla xNaturaleza? xY xde xla imisma imanera
que ien iun iameno iprado ide xTesalia xtoda xla xespe-
sura xinició xante xmí, xinvitándome xa xunirme xa xla
ceremonia xen xun xmomento xbañado xpor xla igracia
luminosa xdel xriente xfrescor xmañanero, xila xidanza
de xseres xirreales xque xBeethoven xdesarrolla ien iel
primer xmovimiento xde xla xSinfonía xen xLa xmayor,
cuando xatravesé xlas xTermópilas xme xencontré xde
pronto xen xlos xdesfiladeros xde xiDespeñaperros, xy
otra xvez xestaba xla xbatalla xindecisa, pero ahora no
eran ilos iespartanos iquienes ise idefendían xdel xaco-
so xmedo, xni xZeus xprotegía isu icetro iarrebatado ia
Cronos ide ila iambición ide xlos xtitanes: xcampesinos
de xmagra xfigura, xcurtidos xpor xel ilatigazo isecular
no isólo idel isol, isino itambién xdel iarrogante iy ibas-
tardo, xusurpador xseñorío xde xuna xcasta imiserable,
desharrapados xy xheroicos, xcon ila ifuerza ide ila ihu-
millación xy xla xnecesidad xen isus imanos ipertrecha-
das xicon xilas xarmas xmás xelementales, iintentaban
empujar xhasta xel xpozo xsombrío ide ila idestrucción
a ilos ique isiempre ihabían ipuesto isus ipies icalzados
con ifuerte icuero ien ilos isuyos xdescalzos, xy xen xla
espalda, iy ien ilos ihijos, iy ien ila ifrente, y en la cama
pobre xde xlos xofendidos. xY xsupe, iaños imás itarde,
que xdesde xla xllanura xde xMaratón, xiun xijornalero
que idejaba ilas ihuellas ide isu isangre ien iel polvo de
los xsenderos xy xen xlos iespinos ide ila imaleza, icon-
servó ien isus ivenas iel iúltimo ihálito ide xsu xespíritu
hasta xanunciar, xal xentregarlo ia isus ivecinos ien ila
plaza ide xcualquier xpueblo xde xAndalucía, xla xjubi-
losa nueva de la derrota total de los caciques.

 

 

 

Álvarez, Carlos. Seguiremos sembrando (Antología 1964-2010). Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

ORACIÓN LAICA POR PABLO NERUDA

 

ORACIÓN LAICA POR PABLO NERUDA

xxxEra un tema que obsesionaba a Rilke: ino ila Muer-
te, isino icada muerte, la que corresponde a cada uno.
A iti, iPablo, ite ihan irobado ila ituya, la que te tocaba,
la que probablemente habrías deseado, ila que hubiera
hecho sonar iel imás idigno allegro final al acabarse tu
vida militante. iTu ivoz, iaquella voz que estuvo con los
grandes muertos, —capitán de las sílabas del verso— tu
voz, ila imás iamazónica de toda la poesía, se ha desan-
grado a traición, absurdamente, isin ique pudiera verter
su itorrencial icatarata ien iun irebelde y luminoso grito
de libertad.
xxxPero tal vez no sea cierto. A Machado lo asesinó la
tristeza; a ti ¿por qué no pensarlo? la tristeza te habrá
ayudado también suavemente a morir. i¡Curioso cam-
bio de papeles! Tú, que fuiste embajador de Salvador
Allende en París, ihas ivisto iahora, con pocos días de
diferencia, cómo tu amigo te representaba ien ila iem-
bajada, ¿de dónde, Pablo? ¿Ahora dónde están, Stalin-
grado?
xxxVenid a ver la sangre por las calles, ¿lo recuerdas?
Lo dijiste en ocasión parecida. iChacales ique iel icha-
cal rechazaría. Y la sangre de niño corría simplemente
como sangre de niño. iEsa isangre que gustosamente
hubieras enjugado hace unos idías ial precio de que se
derramara la tuya, para que el verso más impuro reso-
nara con todo el prestigio del testimonio. iPero ino te
suicidaron. iHoy, isobre la tierra pongo mi rostro y te
escucho: te escucho, sangre, música, panal agonizan-
te… Panal agonizante. iMiguel. iTambién iMiguel, que
ahora iya iconoce idefinitivamente cuánto no pudiste
hacer, fue un gran estafado por su muerte.
xxx¿Cuál iha isido itu iúltimo ipensamiento, Pablo? iTu
último iodio ilo iconozco. iY itambién itu iúltimo iamor.
Pero itu iúltimo pensamiento, tu último consejo ante el
eterno ¿qué hacer? Puedo escribir los versos más tristes
esta noche. Escribir, por ejemplo…
xxxAmo ia iColombia ibella iy ienlutada. Y Ecuador, co-
ronado por el fuego. iViva iel ipequeño Paraguay herido
y por desnudos héroes resurrecto. iTú, iVenezuela, can-
tas ien iel imapa con todo el cielo azul en movimiento…
¡Qué itristeza, iPablo! iTodo iestá icomo lo encontraste,
hace ya tantos años. iLa iFruit iOil. iLa iAnaconda. iLa
Kennecot. iArauco ireplegó isu ataque verde. ¡Qué tris-
teza! Y cuánta traición.
xxxA ipartir ide iahora ino iestarás con nosotros. Si no
la forma, ique ite iha ihecho itampa, has escogido qui-
iun ibuen imomento: icuando ha pasado ya el fugaz
momento ide iChile. iEs natural que te interesara poco
la vida en esta hora de desesperanza. iQue ihe imuerto
amándote y que me has amado. Y isi ino he combatido
en itu icintura… iPero inos ihaces ifalta, iPablo iNeruda.
De todas maneras, quizá más que nunca, nos haces fal-
ta. ¿Tú puedes calcular, ni hacerte siquiera una remota
idea ide icuántas ipersonas ihabrán tomado conciencia
del mundo en que vive y ila iinjusticia ique lo aplasta a
través de tus versos, leyendo itus ilibros, escuchando a
escondidas tus mejores panfletos, iese igénero literario
que nunca te pareció inferior porque es eficaz, iy la efi-
cacia, para ti, era más importante que la poesía?
xxxPor eso, por eso la pusiste a trabajar como una
lavandera. Porque muy bien sabías que así, elevándola
hasta la altura insigne de ilas icosas icomunes, podrías
(otros podrán) llegar a ver un día ia itoda ila población
del mundo unida, reunida en iel iacto más simple de la
tierra: mordiendo una manzana.

 

 

 

Álvarez, Carlos. Seguiremos sembrando (Antología 1964-2010). Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

SEGUIREMOS SEMBRANDO

 

El año pasado publicaba Bartleby editores una antología de poemas de Carlos Álvarez (de quien ya he publicado algunos poemas en el blog: de su ‘Tiempo de siega y otras yerbas‘, y de su ‘Aullido de licántropo‘ -publicado también por Bartleby editores-).

A Carlos Álvarez lo catalogaría José María Balcells como el “paradigma del poeta prisionero desde 1960” (se puede leer en el prólogo), y hasta el final de sus días de cárcel, varios libros jalonan su itinerario poético y la evolución de su propio modo de hacer poesía.
Es Carlos Álvarez un poeta que hizo de la fraternidad un objetivo esencial, y en esa misión se afanó siempre. Pero hay que notar un cambio en el modo de expresar poéticamente su experiencia. Un cambio a partir del libro Aullido de licántropo, que inicia un enfoque más depurado del lenguaje, y que acude con más frecuencia que anteriormente a referentes de la cultura histórica y mitológica, y a expresiones en prosa que sabe adaptar al objetivo poético.
En sus últimos libros fue haciendo aflorar más su experiencia interior y un lenguaje más sereno, más reflexivo, incluso más narrativo (se sigue leyendo en el prólogo), aunque no dejara de mostrar su preocupación por la realidad global del ser humano en su convivencia del pasado, del presente y del futuro.
Y en 1993 llegaría al último de sus libros: Memoria del malentendido, un título que su autor fija como punto final de su obra, treinta años después de su primera publicación.

 

 

Aquí tienen algunos poemas del libro.

 

 

EN EL INTERIOR DE LA BOTELLA

Mira este mapa, amor. Gira la esfera
con tus manos tranquilas donde duermen los besos
penúltimos. Contempla
lo que cuelga en los muros invisibles
de mi cuarto sombrío. No desnudes
tu carne a la caricia sin mirar
más allá de mis ojos donde un sueño naufraga.

No descanses
a mi lado sin antes compartir
un poco de este mar en que me ahogo,
se inunda, zozobramos,
desaparecen sin tocar un mísero
madero tantas vidas. Mira al fondo
la carta marinera, el manuscrito
que encierra el interior de la botella
con su grito de espanto. No me rindas
tu belleza dormida. No te entregues
a mí sin que en tus ojos el reposo
se nuble.

No te entregues, amor, si no es al llanto.
No llores, amor mío, coge un arma.

 

 

 

 

ESTE QUE AQUÍ NO VEIS tras una puerta
de metal convincente y de cerrojo
no menos expresivo y disuasorio,
y que visto a través de los barrotes
de una ventana vuelta hacia sí misma
podría confundirse con la imagen
patética de un preso
que contempla la noche, es, en efecto,
—cual suponéis— un preso… (lamentable
conjunción de factores que permiten
que coincidan el ser y la apariencia
con tanta gravedad a costa mía).

Pero miradme, (o  vedlo, si en un tono
que algún distanciamiento haga posible
preferís la palabra); ya se aparta
de su nocturno observatorio; pone
la luz sobre el papel como si a herirlo
se dispusiera, pues algo en su mano
—y algo muy agresivo— en ella brilla;
finge el gesto que indaga en el recuerdo;
se sacude su entorno; rompe el círculo
del tiempo y el espacio; lentamente
comienza a caminar, y, paso a paso,
se va por esos mundos noche a noche.

 

 

 

 

DE SUR A NORTE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Gabriel Celaya

¿Y si ahora, Gabriel, yo te contesto?
Yo, poeta del Sur y decadente
según generalizas. ¿Seriamente
podrías mantener tu antiguo gesto

de nórdico desprecio? Porque en esto
—quizá hermoso y, sin duda, consecuente
donde me encuentro inmerso, no es la riente
pandereta local lo que he dispuesto.

Mis años de prisión son mis jardines.
Y esta huelga de hambre, viejo amigo,
no es un juego, lo juro, tan bucólico.

Mejor la fiesta en paz. No desafines,
que tu verso es más noble. Te lo digo
yo, poeta del Sur y melancólico.

 

 

 

 

MOMENTO DE LUCIDEZ

Me dan miedo las cosas que me acechan.
¿Lo ves? Ya estoy mirando a mis espaldas.
Quise decir: las cosas que aquí tengo.
Y, sin notarlo, un verbo inamistoso
se ha colado a traición para asustarme.
Temor siento a romper con tacto hiriente
—si no sangrar yo mismo a su conjuro—
la caricia que busco. Escurridiza
me parece la sombra de mi estancia,
de mi mundo interior y el que me oprime.
Me da miedo pensarte desde lejos,
desde mi corazón enrarecido.
Preferible
soñar con otra cosa: grandes plazas
abiertas
para la alegre compra mañanera
como si fuera un día de mercado
y en Guernica… No sé lo que me pasa,
porque si evoco el mar sólo un naufragio
me alcanza, y de ese cielo
nada mejor me alumbra: el gesto duro
de una madre escarbando en los escombros,
o una gran soledad que nadie rompe.

Me aterra comprobar que estoy despierto.

 

 

 

Álvarez, Carlos. Seguiremos sembrando (Antología 1964-2010). Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

AULLIDO DE LICÁNTROPO

enero 15, 2016 1 comentario

aullido de licántropo

 

Reedita Bartleby editores esta pequeña joya de Carlos Álvarez después de que lo hicieran Ocnos (en 1975 y 1976) y Endymion (en 1980).

La obra de Carlos Álvarez -como se puede leer en el prólogo de Manuel Rico-, hasta el comienzo de los años setenta, está salpicada de mensajes explícitos, de apelaciones a la resistencia y al compromiso democrático que eran difícilmente asumibles por la censura. Es una poesía directa y transparente que encuentra acogida editorial en España muy tardíamente. Eso contribuye a situarlo en un espacio lateral respecto a su generación. Carlos Álvarez, nacido en 1933, con una memoria especialmente dramática de la Guerra Civil (su padre fue fusilado en Sevilla por mantenerse fiel a la República cuando él tenía dos años y medio), en un “niño de la guerra”, por lo que no parece descabellado situarlo en la generación del medio siglo, como parte de su leva más joven ‒ Claudio Rodríguez, Francisco Brines o Carlos Sahagún‒, y con poetas desubicados generacionalmente como Jesús Hilario Tundidor, César Simón, Félix Grande, Antonio Gamoneda o Francisca Aguirre.
Aullido de licántropo se publica en 1975, en la colección Ocnos, dirigida por Joaquín Marco y de cuyo consejo de dirección formaban parte poetas como Manuel Vázquez Montalbán, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente o Ángel González, entre otros. Era un libro que rompía con la vertiente más tradicional de su poesía anterior, que anticipaba la complejidad de sus siguientes entregas e indagaba en zonas oscuras de la conciencia a partir de experiencias extremadamente difíciles y dolorosas: la presencia del poeta en las cárceles de Franco, buena parte de ella en celdas de castigo y con períodos de huelga de hambre.
El libro es un alegato contra la perversión de la condición humana y no solo contra la dictadura franquista. Lo es también contra las convenciones sociales, contra las normas y costumbres dominantes, contra cualquier tendencia al conformismo.
La perplejidad, la mirada irónica, el humor negro, el desconcierto, la rabia y la resignación a la vez, la denuncia, la introspección y la crónica penitenciaria y judicial, el alegato contra la pena de muerte aportan al libro un carácter de “enmienda a la totalidad”, de afirmación de la singularidad y de la libertad más radica del individuo frente al sistema y frente a la mayoría silenciosa y alienada. El libro de Carlos Álvarez es un canto de rebeldía, una crítica de fondo a la sociedad que se apunta y una invitación al lector a mirar a su alrededor y a situarse del lado del licántropo, de todos los licántropos de la Historia.

 

Y aquí tienen algunos poemas del libro.

 

 

CUANDO vuelven mis pasos al sendero
donde intento escapar de mi condena,
ni crujen mis sandalias en la arena
ni me alcanza el perfume del romero.

Yo no sé caminar por donde quiero:
por la senda inocente, limpia y buena;
puedo cambiar el marco de la escena,
pero siempre seré su prisionero.

Por eso estoy perdido en el camino.
Las rutas para mí son siempre iguales:
las nobles de la cumbre y las del llano.

Mis manos no acarician los rosales,
la soledad desnuda es mi destino,
y mi vuelo es el vuelo del vilano.

 

 

 

 

MIRAD la luna, atenta, atentamente
mirad la luna. Brilla. Está colgada
de un árbol que conozco…
‒una mujer, un hombre, una serpiente‒
…el equilibrio a punto de ser roto,
la cuerda floja encima del abismo,
y un mundo muy extraño bajo el pozo.
Bastará que algo brille,
que la sangre se agolpe, poco a poco,
que pase una gacela,
que traiga el viento carne hasta mi olfato
de lobo…
xxxxxxxxmanos de vello negro,
xxxxxxxxdientes de aguda garra
xxxxxxxxentre mis poros,
xxxxxxxxgarras de diente agudo,
xxxxxxxxgritos en que se afila
xxxxxxxxmi alborozo…
xxxxxxxxla caricia el zarpazo,
xxxxxxxxla palabra el aullido.
xxxxxxxxCanto y corro.

 

 

 

 

LA NOCHE. La ermosura constelada.
Mi linpio corazón. El berbo mío.
Desnudo. Todo llo soi como un río:
como un río que flulle acia la nada.

La luna. Plata. (Fácil.) ¿Fácil? Cada
palabra la sopeso: el mar, el frío…
el frío de mis bersos, el astío…
diré mejor: la majia nacarada.

No estaba llo precisamente enfrente
del infinito canpo de Castilla.
Nostaljia de la rosa, de la pena.

Se cruzó en mi camino la serpiente,
y de esta forma sinple, tan sencilla,
bajó a mi corazón la luna llena.

 

 

 

 

SI AL MIRARME al espejo nada advierto,
¿cómo podrían ellos
conocer lo que oculto está en mi centro?
Lo saben las paredes de mi encierro;
mejor que nadie, el techo
donde clavo los ojos. Y los muertos:
los muertos que me vieron;
que me vieron y no reconocieron
hasta después del hecho.
¿Cómo no ves, amor, lo que es tan cierto?
A pleno día, sí, te soy sincero,
camino como todos: tan derecho
como cualquiera. Pero el lobo…
pero el lobo, mi amor, está al acecho
de una luna que brille o de un recuerdo.
Del recuerdo que ahora estoy sintiendo
que me afila el colmillo y el deseo.

 

 

 

 

RECORRER tus orillas; como un barco
cansado de echar el ancla, y, en el tibio
reposo de tu puerto, allí quedarme
quisiera
colono de tu tierra, sembrador
de tus aguas, marinero
de bruces en tu arena,
mujer, silencio blando de mis noches,
arcilla
para mis toscas manos de alfarero.
…Y ver después tu rostro junto al mío
fundidos en la espiga que acrecimos
bajo el sol ondulado de las mieses;
suavemente,
como el frutal risueño en el verano,
sentir juntos el peso de los años
con la paz de un crepúsculo sereno
quisiera…

(La luna sonreía
soñando un bosque rojo de lobeznos.)

 

 

 

 

Si el guionista, con trazo equivocado,
dibujó un personaje denso y turbio,
responde a mi pregunta: ¿qué palabras
me puedes arrojar? ¿Con qué derecho?

 

 

 

 

DIOS ESTÁ azul; la flauta y el tambor
anuncian el napalm y la metralla.
La voz que pide muertes no se calla
porque fluya un riachuelo arrullador.

Aunque el campo se vista de verdor
seguirá inaccesible la muralla;
ni será menos cruenta la batalla
porque anuncie su pétalo una flor.

Admirables el orden, la belleza
(cuando mato) de la naturaleza
como un encuadre absurdo de Buñuel:

claroscuro el silencio y el aullido,
mis garras en tu muerte hacen un nido,
contra la luna aspiro tu clavel.

 

 

 

 

A TI, MI AMOR, el único mensaje
que entrego al entregar mi sangre abierta:
lo que oculto te tuve, ni a mí mismo
me lo dije tampoco con franqueza.
Que vacila y no acierta con la llave
quien sabe que hay terror tras una puerta,
y el paso no aventura y retrocede
para no estremecerse con la mueca
que acecha en cada espejo. Pero ahora,
cuando por fin me arrebaté la venda,
conozco ya sin dudas lo que tanto
temí reconocerme: que esa fiera
cuya sed sólo calma lo imposible
de conseguir sin crimen; esa bestia
pregonada por todos, soy yo mismo
cuando quiere la luna ser más bella.
Ya lo sabes, amor: al plenilunio,
cuando derrama su embriaguez perfecta
sobre la oscura paz de los caminos
la bailarina esclava de la tierra,
fruto soy de una alquimia indeseada
que me convierte en lobo, y en mí deja
cuchillos como fúnebres cipreses
y el ansia de clavarlos como empresa.

Sólo ahora, mi amor, te lo confieso:
cuando se apaga el pulso de mis venas,
y, en deuda por la sangre derramada,
la de tu pobre Larry se libera.

 

 

 

 

…porque en el mismo vértice del pánico,
allí donde el dolor es más profundo
y la esperanza
(como un hombre en la arena movediza)
desaparece ante los ojos náufragos
de una mano sin tacto;
cuando ya nada queda en tierra firme
y es más hondo el descenso a los abismos,
entonces,
algún consuelo queda:
el de saber
que no hay desdicha de tan alta cumbre
que no pueda vencerse con el gesto
definitivo y alto
del que decide hundirse en la invisible
mansión del otro lado del espejo.

 

 

 

 

NO HAY LUGAR para mí. Lo tiene el hombre
común entre los hombres, como el lobo
lo tiene en su camada.

Todos conocen su porqué,y el dónde
de su raíz sembrada…

el cauce de su impulso, y el cómo dar al viento
la vela desplegada

para entregarle al hijo un día lejano
la antorcha enarbolada

y apoyar suavemente la cabeza
de tierra en su almohada.

Sólo a mí me han dejado sin respuesta
sobre la encrucijada

donde a la luz más blanca de la noche
se advierte la pisada

de un hombre que asesina, y la de un lobo
de inocente mirada.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo me podrán quitar el dolorido
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsentir, si con la vida
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxprimero no me quitan el sentido.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxGarcilaso

COMO vuelve la lenta transparencia,
la cristalina paz de los espejos
a reflejar la calma de los árboles
en la laguna herida
cuando sus ondas ya se serenaron,
así yo vuelvo a verme como siempre
me vi: sin que un momento
de ingenua ofuscación oculte al rostro
su purpúreo fulgor, su gesto turbio.
Todo en vano, mi amor: ni la mirada
que mendigó la paz, ni aquel ingenuo
acercarme a la orilla
donde se baña limpio el mediodía
ni la plegaria azul del peregrino,
aliviaron mi piel de su caliente
temblor, disminuyeron
esta sed siempre a punto de anularme
la dimensión del hombre. Nada, nada
diferenciarme puede
de esa alimaña que, tras los barrotes,
contempla en su cubil cómo se mofan
de su forzada sumisión los niños
una tarde de asueto,
o que pone temblor al sin ventura
que la tropieza en negra encrucijada…

Nada me diferencia, excepto el grave
pecado de ser lúcido; el punzante,
dolorido
sentir
al tiempo que el gozoso sobresalto,
la inoportuna sensación culpable
de la sed que tendré por la mañana.

 

 

 

 

LOS ÁRBOLES me han visto; las luciérnagas
disimulan su luz cuando camino,
y el murmullo inocente del riachuelo
se expresa a media voz, algo me oculta.
Los grandes pedregales, el espíritu
fugitivo del viento, todo, todo
convierte su tamaño, se transforma
cuando paso en la mano que me acusa,
la voz que me señala. Ya lo saben
los que azuzan los perros, los que el lazo
de mil nudos preparan a mi cuello…
y el herrero en su forja pone a prueba
su oficio contra mí… los lentos muros…
el pozo donde un cíclope invisible
vigilará mi gesto encadenado…
Porque en el fondo oscuro del espejo,
no sólo vi mi rostro al desnudarse
cuando anoche miré; no estaban solos
mi zarpazo y el gozo de su aullido
disfrutando la danza: una mirada
de recelo recuerdo que allí había,
y una huida que me inundó de cuarzo…
que me puso esta lápida en el pecho.

 

 

 

Álvarez, Carlos. Aullido de licántropo. Madrid; Bartleby editores, 2015.

 

TIEMPO DE SIEGA Y OTRAS YERBAS

octubre 16, 2015 1 comentario

Lucha

 

COMO la lluvia, no: como el martillo.
La lluvia, al entregarse, se derrama
sin mirar si aprovecha o si se pierde;
si la tierra está seca o bien regada.
Pero el martillo sabe el sitio exacto
donde falla su golpe y donde clava;
el martillo conoce su estatura
y lo que puede ahondar con su descarga.

Llover sin ton ni son no es lo importante:
lo importante es llover donde hace falta.

 

 

 

 

AÚN QUEDA corazón en nuestra bolsa…
¡Que rebosen los vasos, tabernero,
sírvenos otra ronda. Que se llene
la taberna de música y de versos,
y que salga a la plaza nuestra euforia
para que alcance a quien esté despierto!

Este cerrar la puerta a las palabras,
este lento suicidio del silencio,
nos acerca a la muerte paso a paso.

Porque morir es renunciar al beso
que va de nuestra mano hasta las cosas;
escuchar nuestro propio desconcierto
en vez de la canción y las promesas
que pusieron temblor en nuestro pecho;
desvanecer los amplios horizontes
que pudimos tocar con nuestros dedos,
y sentir que la hiel crece en la boca
y embriagarse del humo del incienso…

Este cerrar la puerta a las palabras
nos está acostumbrando al cementerio.

 

 

 

 

EL HOMBRE cuando es hombre no se duerme
por mucho que le duela estar despierto.
Que a veces duele mucho: hasta la sangre.
Y a veces duele más: hasta el desprecio…
hasta sentir el asco de uno mismo.
Porque ser hombre obliga, compañero:
a clavarse los puños si es preciso
para tener los ojos bien abiertos,
aunque duelan la calle y nuestro cuarto,
aunque muerdan las voces y el silencio,
aunque se escape el sueño de las manos
y el tic-tac se dibuje en el cerebro.
Pero es preciso que el dolor del otro
se nos asome al borde del espejo
y alumbre la sazón de nuestra cólera,
aunque nos cueste hacerlo cualquier precio:

todo el horror que cabe en unos ojos
clavados en el techo.

 

 

 

 

PREFERIRÍA a veces no ver claro…
¡es tan triste llegar a las esencias!
Mejor es detenerse en los contornos,
no saber qué se esconde tras la puerta,
pasar siempre de largo entre las cosas
ajenos al dolor, con manos ciegas.
¡Por qué tengo esta llave en el bolsillo!
Nadie sabrá jamás lo que me pesa,
y no puedo tirarla, por si acaso:
porque tal vez detrás alguien me espera.
Por eso voy buscando cerraduras,
liberando palabras… Pero quedan
encerradas las cosas en sí mismas
sin conocer su propia corpulencia.
Tal vez, si se reunieran en la plaza,
si se vieran las caras, si quisieran…
(una canción, a veces, nace pronto:
basta que el pecho rime con la tierra).
Me detengo en el borde del camino,
y me agacho a escuchar entre las piedras
mientras me llega, con el pan que muerdo,
todo el sudor caliente de la siega…
(¿Ningún ruido disuena entre los árboles?
¿Ni un pequeño rumor que sople y crezca?)

 

 

 

 

ALGUNA VEZ, a todos, a mí mismo,
nos ha crecido un árbol en las manos,
o el mar sobre la frente, o la esperanza
como alfombra extendida a nuestro paso,
al encontrar un verso entre la hierba…
al madurar el fruto del abrazo…
al escuchar palabras que nos tientan
el hambre de palabras que arrastramos…

Pero la madrugada llegó siempre
con su fusil a ciegas, preparado
para segar la vida de los hombres
o la ilusión nacida en nuestros vasos,
y cuando fue creciendo la mañana
nos quedó solamente nuestro asco
y una sed infinita, y la vergüenza
de nuestro propio aspecto de borrachos.

 

 

 

 

TRADUCIR el mensaje de las cosas:
las palabras del risco, las del llano,
las de esos largos ríos que no buscan
su vocación de mar, cicatrizados;
traducir el mensaje del silencio
parece lo inmediato.
O buscar en la hierba los indicios
de una huella profunda, de algún paso
más fuerte que los otros; las palabras
que acaso no veamos.
Porque el suelo está lleno de palabras;
de palabras furtivas. Mutilados
los libros, y el amor de cada día,
y hasta el mismo murmullo de los campos,
las palabras se arrastran como sombras
ausentes de sus cuerpos; como brazos
separados del tronco; como ramas
desgajadas del árbol.
Y esas palabras llegan a nosotros:
no enteras, pero llegan. Las pisamos
al recorrer la senda, y se defienden
subiéndose al perfil de los zapatos.
Me inclino con amor y las devuelvo
a la embriaguez de su destino alto:
a su torre en el mar para que alumbren
al pescador perdido. Como un faro,
pretendo que señalen el peligro…
pero también la orilla a los lejanos.

Si tú también has visto entre las piedras
una frase eficaz, un verso claro,
sube con ellos a las altas torres,
interrumpe la paz del campanario,
rechaza al que se oponga y pon tu noble
conciencia en el badajo…
Porque quizá resulte que coinciden
el grito y el momento de lanzarlo.

 

 

 

 

EN LOS PAISAJES DE TOLSTOI

Son verdes las praderas de Yásnaia Poliana,
suavemente onduladas, bellamente mecidas;
son, en fin, como todas las praderas del mundo,
ni más ni menos lánguidas, perezosas y tibias.

Ya sé. Yo, en realidad,
me río imaginando la extrañeza
de los que hasta aquí sigan
mis versos, no del todo aficionados
(por vital paradoja) a las caricias
del “piu dolce far niente”, de la gracia exquisita
del suave frenesí de las praderas
bellamente mecidas por la brisa.
Ya sé que es más frecuente que mis versos se apoyen
en la oscura tragedia de la mina,
donde el sudor ajeno
y el polvo en los pulmones del hermano
se convierten en rica
fontana de calor para nosotros,
o en la triste verdad, no menos lírica,
del hombre encarcelado,
o en el duro esperar de sus familias.

Ved, por tanto, en mis versos, solamente un pretexto
para deciros que también la brisa
de las dulces praderas de Yásnaia Poliana,
suavemente onduladas, bellamente mecidas,
se sintió compañera de mi angustia
por el tiempo fugaz de un claro día.

 

 

 

Álvarez, Carlos. Tiempo de siega y otras yerbas. Madrid; Ed. Helios, 1970.

 

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