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BENJAMÍN PRADO, RAFAEL ALBERTI Y UNA CANCIÓN INÉDITA

 

EL MISMO QUE ESPERÁBAMOS
xxix(Rafael Alberti en 1982)

Llegaste un día.
Llegaste y vi en tus manos
plumas y espadas.

Tú eras tus ángeles:
el ángel mentiroso
y el ángel bueno,
el ángel del carbón y el de la ira,
alguna vez dulce ángel de los números,
alguna vez terrible ángel de arena.

Sombra del trigo,
viento de los esteros
y de las dunas,
llegaste tú y pusiste un pez rojo en el agua,
un diamante en las minas,
un rayo blanco en nuestro cielo oscuro.

llegaste tú y brillaban los cometas
y en los vasos vacíos
también se oía el mar.

Llegaste entonces,
tus ángeles
dejaron
su oro en mi vida.

 

 

 

 

13 DESEOS PARA ELENA

Que tengas días claros como un río.
Que tengas noches llenas de delfines.
Que tus manos propaguen los jardines
y tus pies nunca pisen el vacío.

Que no comas la fruta del hastío.
Que no sea gris el cielo que imagines.
Que haya algodón allí donde te inclines.
Que tus sueños no tomen un desvío.

Pido para ti playas de Neruda,
pido ángeles de Alberti y una espada
de Garcilaso, un bosque de Machado.

Elena, plata azul, verdad desnuda.
Elena, nieve verde en la mirada.
Que no acabe este amor que hoy ha empezado.

 

 

 

 

DESDE QUE TE CONOZCO

Desde que te conozco, nada es lo que parece
y todo es lo contrario de su otra mitad.
En tu mundo, el que llora ya es parte de los peces
y el que cuenta los hechos, no cuenta la verdad.

Desde que te conozco, conozco los pecados
que esconde la manzana que no ha mordido nadie;
quiero bailar descalzo sobre suelos mojados
y confío en mentiras que antes fueron verdades.

No quiero mis respuestas, sólo quiero tus dudas;
sólo me siento libre dentro de tu prisión.
Me gusta cuando tú hablas y se calla Neruda.
No entiendo los problemas que tienen solución.

Desde que te conozco, me miento si me engañas.
Desde que te conozco, todo es a cara o cruz,
sólo soy alpinista para bajar montañas,
sólo quiero que caigas en mí como un alud.

No quiero mis respuestas, sólo quiero tus dudas;
sólo me siento libre dentro de tu prisión.
Me gusta cuando tú hablas y se calla Neruda.
Detesto los problemas que tienen solución.

 

 

 

Prado, Benjamín. Ecuador. Poesía 1986-2001 y otros poemas – 3ª edición ampliada. Madrid; Ed. Hiperión, 2009.

 

DE ‘100 VECES MENTIRA’

 

11

Las cosas que han asado cambian continuamente.

 

30

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSaber si un puente
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxes algo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxque pertenece al aire o al camino.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSaber si una palabra es como un puente.

 

31

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEl hombre que se asoma
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa la ventana
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy ve
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsu caída en la noche.

 

32

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCorrer hacia atrás no nos aleja del final.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDetenerse, tampoco.

 

33

Inventa tus poemas como si los recordaras.

 

39

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLos poemas son huellas digitales:
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxuna mezcla de tinta y personas asustadas.

 

45

No es bueno olvidar todo lo que no ha pasado.

 

48

Algunos leen un poema como esos niños que van al bosque
a tirarle piedras a las ardillas.

 

52

Es una historia extraña:
nosotros ponemos nuestro corazón y ellos sus bisturíes.

 

55

Si adivinas lo que ha cambiado sabrás lo que pasa.

 

56

Lo que importa de un poema es en quién te convierte.

 

57

La gente que se acerca a estas palabras. La gente que habla
al otro lado de la puerta; que nos descifra lentamente; la gente
de mañana, que terminará hablándole a una casa vacía.

 

63

Lo contrario de un árbol es el fuego.
Lo contrario del destino es una pistola.

 

70

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxQue las alas arraiguen y las raíces vuelen,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxescribe Juan Ramón.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxQué camino tan grande para ir hacia un poema.

 

74

Quien cava una trinchera, inicia una batalla.

 

76

Los mitos son más ciertos que la Historia.

 

77

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBusca palabras nuevas que revelen
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxuna verdad antigua.

 

 

 

Prado, Benjamín. Ecuador. Poesía 1986-2001 y otros poemas – 3ª edición ampliada. Madrid; Ed. Hiperión, 2009.

 

ECUADOR

 

DOBLE O NADA

Un hombre que se ríe es una fuente;
el que mira la lluvia
cae muy despacio encima de sí mismo.
La sombra de los árboles
pertenece a las olas.
El sabor del aceite se escucha en los mercados.

Eso es cierto.

También es verdad que hay palabras
que suenan, a lo lejos,
como el mar
que abandona en la playa los restos de la luna;
palabras construidas
con la luz de los bosques,
el metal del que está hecho el ruido de los trenes.

Eso es cierto.
xxxxxxxxxxxxxY también: En los motores fríos
agoniza el león blanco de la mañana.
El olor de una rosa sube de las bodegas.
Del corazón del muerto escapan las palomas.

Todo es verdad.
xxxxxxxxxxxxxxxxUn río es del tamaño
del hombre que se aleja de ese río.
La mujer es azul cuando ve las montañas.
El que pisa la nieve, camina sobre el cielo.

Todo es cierto. Tú dices:
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLas campanas
convierten la ciudad en un barco perdido.
Y yo sé que eso es cierto.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAbro los ojos.
y tú ves un jardín;
miro la noche
y para ti estos versos
son esa noche.

Tú sabes que es verdad. Tú has venido a decirme:
—O lo aceptamos todo o es que todo es mentira.

 

 

 

 

YO Y ANNA AJMÁTOVA (1890-1966)

Este poema empieza una mañana
de octubre.
xxxxxxxxxxxxAún hace sol.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn el jardín
dos gatos negros beben
agua de la piscina
xxxxxxxxxxxxxxxxxxy yo me digo:
“Brian Jones”. Las piscinas vacías siempre me hacen
pensar en Brian Jones.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTengo en la mano
un libro de Anna Ajmátova que dice: En el futuro
arderán lentamente las cosas que han pasado.

Después
xxxxxxxxxpienso:
xxxxxxxxxxxxxxxxYo soy mi última bala.
Pero no sé por qué.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxDespués escribo:
Confía en lo que crees que es verdad.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDespués vuelvo
otra vez a los gatos.

Anna Ajmátova está en los años 30.
Por las mañanas sube a un autobús —tal vez
el autobús es rojo— y luego anda
despacio sobre el hielo,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxhasta una cárcel
de Leningrado, en donde está su hijo
—Lev Gumiliov— y vuelve a ponerse en la fila.

Yo pienso en mi poema,
pienso en algo que explique
tu corazón que mueve muy despacio los árboles,
la noche que me espera en el fondo de los ríos.

Anna Ajmátova cruza avenidas oscuras,
siente el frío que crece como un fruto en sus manos,
la nieve que se quiebra bajo cada pisada
lo mismo que en un pequeño esqueleto de paloma.

Yo oigo el atardecer lleno de hombres cansados;
Lev Gumiliov, la noche arrojada a los perros.
Ella escucha a lo lejos un martillo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy se dice:
Golpes que tienen forma de ciudad destruida.

Tuvo que ser así:
xxxxxxxxxxxxxxxxxHunde las manos
en su miedo
xxxxxxxxxxxxxy encuentra una palabra.
Luego, da el primer paso que la lleva
hasta donde yo estoy: este jardín
y la tarde que viene
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy las hojas caídas
en donde el viento arrastra su ángel despedazado.

 

 

 

 

ROTO

Solo, en medio de todo;
estar tan solo
como es posible,
mientras ellos vienen
muy despacio,
se agrupan,
ponen su campamento,
invaden,
talan,
hunden,
derriban las palabras
una a una,
se reparten mi vida,
poco a poco,
levantan su pared
golpe a golpe.

Después se van;
se marchan
lentamente,
pensando:
—Nunca podrás huir de todo lo que has perdido.

Tal ve tengan razón.
Tal vez es cierto.

Pero llega otro día,
el cielo quema
su cera azul encima de las casas;
yo regreso de todo lo que han roto,
busco entre lo que tiene
su propia luz,
encuentro
la mirada del hombre que ha soplado unas velas,
el limón que jamás es parte de la noche;
ato,
pongo de pie,
reúno los fragmentos,
me convierto en su suma.

Y todo vuelve
otra vez;
las palabras
llegan donde yo estoy;
son las palabras
perfectas,
las que tienen
mi propia forma,
ocupan cada hueco
y cierran cada herida.
Las palabras que valen para hacer estos versos
y sentarse a esperar que regresen los bárbaros.

 

 

 

 

LÍMITE

Desde el final.
Al borde
de mí mismo.
Tan lejos.
En donde las ventanas
encendidas, son sólo otra pieza de la noche.

Detrás.
Abajo.
Al límite.
En el sitio en que todo se reúne en nosotros
igual que dentro
de un solo hombre suena
el bosque entero.

La tarde forma pájaros sobre las azoteas.
Del color rojo sale una manzana.
En el perro que ladra
se van acumulando los tablones.
Salta un delfín
y es, durante un segundo,
parte del cielo.

Allí.
En el fondo.
Al filo.
Donde Nietzsche escribía:
“Di tu palabra y rómpete”.
Donde nadie te espera.
Donde todo
esclarece,
descifra,
echa su red,
dibuja sobre ti su diana.

Camino hacia nosotros dos,
regreso
donde todo comienza.
Y tú dices:
—Volver es una forma de llegar al final.
Volver es una forma de que nada termine.

Tú sabes
de qué hablo:
las cosas que no somos,
el lugar
donde están los poemas;
donde busco
adivinar quién soy, además de yo mismo.

 

 

 

 

EL VIAJERO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpara Javier Egea

Te acompañaban siempre los violines.
Tus poemas estaban en ti como los peces
en el fondo de un río.

Eso es lo que vi en ti:
peces en el desierto,
música amenazada.
Te vi hacer bosques y subir montañas,
te vi cavar abismos con tus manos.
No supe dónde ibas.

Te vi buscar la sombra entre la luz,
te vi buscar la muerte entre la vida,
y no pude entenderte.

Yo no sé qué has ganado, pero sé qué has perdido:
tu música,
xxxxxxxxxxtus peces,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtus montañas azules.

No puede ser feliz quien entierra un tesoro.
No puede ser feliz
quien envenena el agua de su vida.

 

 

 

 

DEFENSA DE LA POESÍA

Del desorden del mar
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsurgen los bosques
del sonido de un bosque de octubre
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxel escarlata
caudaloso del sol
Corre el viento y la hierba fue una vez una ola
y el rosal fue una vez un gallo herido

Todo eso es la verdad
es la verdad como cuando alguien dice
hoy es lunes
xxxxxxxxxxxxxla noche ha sido oscura
y los pedros ladraron al llegar la tormenta

Es la verdad
como cuando alguien dice
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxla lluvia es un dios de oro
y el invierno un león blanco en la piel

Habla sin silenciar el nombre de las cosas
dice Antonio Machado
y hay versos como ése que corren por nosotros
día y noche
xxxxxxxxxxxxcomo los ríos de un país

Miro la tarde helada
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtoldos verdes
y terrazas vacías
la miro de esa forma en que el poeta escribe
no es fácil alejar los sueños de los lobos
o el niño herido lame la sangre de su mano
o el cocinero inventa blancas flores de harina

Miro la tarde
xxxxxxxxxxxxxescribo unas palabras
sobre el mar
sobre un bosque
y esas palabras son como la huella
que primero fue parte de la nieve
después
xxxxxxxxxparte de un río

Palabras que querían ser gaviotas
pájaros solitarios
que propagan el sol

 

 

 

 

EN EL CAMINO

Han pasado diez años y es un día de invierno.
Tú caminas por las avellanedas
y vas junto a esos sauces amarillos que avanzan
por los ríos con luna.

No será como ahora, no tendrás veinte años;
la nieve irá acercándose a tu casa
y el aire verde moverá en tus ojos
sus bosques de cristal y de silencio.

Recuérdalo, hubo un río.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLos árboles vivían
en el imán del agua.
Por la noche, escuchábamos gotear en las sombras
la canción de los búhos.

Y, luego, la corriente se llevó nuestras caras.
No sabemos a dónde. No sabemos por qué.

Aún estamos aquí.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxPero, de pronto,
han pasado diez años
y tú y yo somos dos desconocidos.

 

 

 

 

NOCHE NUPCIAL

Este mundo con trenes que, al alejarse, dejan
como un escalofrío recorriendo el paisaje.
Este mundo con hadas y unicornios
que gobiernan mi piel y viven en tus manos.

El mundo que no existe.

Hoy duermes junto a mí y brillas en la noche,
estatua blanca en el jardín de un sueño.

Mañana no estarás o serás otra.
Mañana, cuando mates ángeles y sirenas.
Mañana, cuando quemes nuestros bosques.

Yo me esconderé en ti como un centauro herido:
El último centauro, el que recuerda
su mundo azul desde una gruta oscura.

Quién será esta mujer a quien hoy doy mi vida.

 

 

 

 

UN CASO SENCILLO

Hoy llueve y es domingo. Hay hombres grises
tatuados en las calles. Así empieza esta historia:
llueve sobre la flor negra de los paraguas
y los árboles crecen junto a un Ganges de asfalto.

teresa ve en el cielo nubes color frambuesa
que cruzan la ciudad como coches-patrulla.
El trébol de la luz se abre en sus ojos verdes
y el nácar de las horas brilla en sus labios fríos.

No ocurre nada más.

Yo me acerco a Teresa y la llamo arco iris,
corola de las noches y yema de los días.
Las mujeres que pasan brillan igual que arcángeles,
pero sus sombras hierven en un infierno de agua.

No ocurre nada más.
A veces es tan fácil:
el que quema una carta, inventa la ceniza;
quien resuelve una suma, ordena el universo;
el que mira la sangre, ve una rosa incompleta.

No ocurre nada más.

Miro la tarde oscura, entre óxido y caoba.
Las acacias se agitan igual que un mar de cobre.
El reloj va tallando el diamante del sueño.
El aire huele a menta y sabe a plomo.

No ocurre nada más.
A veces
es tan fácil.

Por las fuentes heladas del invierno
se alejan, patinando, su corazón y el mío.

 

 

 

 

ÁNGELES PRADO ESPERA EN SU JARDÍN

Ahora estarán seguramente tristes
los ciruelos. Ahora, muy despacio,
una niebla cansada
irá desvaneciendo la noción del jardín,
ocultará las rosas
xxxxxxxxxxxxxxxxxy las uvas,
enterrará las dalias con su nieve vacía,
apagará el volcán de los jazmines.

Hoy iba a hablar de ti.
Iba a hablar de tus manos,
tus ojos donde se hacen pequeños los paisajes
que amas: alamedas y torres con campanas,
campos en donde brillan el tesoro del trigo
o el gran pájaro verde del centeno.

Pienso en ti mientras ando por las calles
frías de Copenhague. Son las cinco,
cae el atardecer
con ademán de atleta derrotado;
aúlla el viento y llueve como tú siempre dices:
llueve igual que si fuera a terminarse el mundo.

Y hay poco que escribirte. Hay poco que escribir.

Hoy las frases geniales se aburren en los libros.
Quedan éstas, sencillas, su puente entre tú y yo,
este dulce desvelo por los ojos sonámbulos,
fugitivos buscándote en las dalias,
los ciruelos,
xxxxxxxxxxxxlas lentas violetas,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlos rosales
seguramente tristes del jardín.

 

 

 

 

HISTORIA DE ISABEL

xxxxxI

Era esta misma casa. Eran calles de junio,
casi azules;
muros ensimismados,
plata líquida,
lentas persianas del atardecer.

Qué raro este silencio,
la niebla deambulando por las habitaciones.
En el jardín,
xxxxxxxxxxxxlas hojas de otoño son cometas
que giran en la órbita de algún sol extinguido.

Qué raro el corazón a la intemperie,
el corazón en vilo,
la luz descarrilando en los cristales,
qué raro el corazón.

 

xxxxxII

El viento agita un sauce
que ahora es seda rasgada,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsurtidor de leones,
río del cielo.

Hay nubes que parecen,
algodón escarlata,
humo o sangre vertida.

Me buscaron por toda la ciudad.
Yo veía
descuajados los árboles,
detenidas las hojas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxYo recuerdo
autobuses vacíos, callejones sin nadie
y tormentas azules que ponían
lluvia lenta de níquel dentro del corazón.

Una mujer tatuada sobre la mano de alguien
bailaba entre las tazas de café.

 

xxxxxIII

Mientras la luna elige sus ciudades
y despierta a sus lobos;
lentamente,
cuando la tinta tiende su emboscada
a la memoria,
he vuelto
una vez más
por esta misma casa de entonces, medio en ruinas.

La oscuridad oculta duros bosques de ébano
y el aire lee el Corán de las enredaderas.

Acuérdate: una noche rompimos un espejo.
Otra noche pasaron cinco años.
Cuando te dije adiós, tuve que preguntarte
de dónde habías venido
y quién eras.

 

xxxxxIV

Aún estás a mi lado.
Camino tras tus pies
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy la ciudad
desemboca en un río,
un bosque,
una verbena.

Los recuerdos reúnen su mercurio en mi frente
y las tardes se acaban
lo mismo que se rompe un dios de arcilla.

Abro los ojos:
fuera ya no hay nadie.
Los letreros eléctricos van anunciando el frío
y en cada ventana se suicida una estrella.

 

 

 

 

BALADA DE YOLANDA GONZÁLEZ

Abre este libro como quien abre una ventana.
Abre este libro como quien tiene un largo sueño.
Abre este libro lleno de tiendas y de hoteles.
Abre este libro, dulce muchacha que una tarde
se convirtió en bandera.

Abre este libro. Duda. No comprendas. No creas.
Los dedos extendidos de los muertos indican
la verdadera dirección del cielo.

 

 

 

 

DÍAS DE LLUVIA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpara Fernando Borlán

Cuando sientas los ojos dándote gritos dentro de la cabeza.
Cuando despiertes con tres balazos en el corazón convertido
xxxxxxen una lata vacía de gasolina.
Cuando no quieras preguntar nada porque sabes que alguien
xxxxxxpodría decirte qué demonios está pasando.
Ahí tienes tus recuerdos lo mismo que un hotel con treinta y
xxxxxxseis ventanas y la cara de alguien en cada una de ellas.
Ahora encuentras tus cartas en las manos de un jugador
xxxxxxsentado frente a ti y ves que su cara es exactamente
xxxxxxigual a la tuya y dices solamente soy otro de los nuestros
xxxxxxy preguntas qué hora será y todos contestan demasiado
xxxxxxtarde y comienzan a gritar ¡no! ¡no! ¡no!
Sabes que muchos piensan que no existe nada más hermoso
xxxxxxque una rosa abatida por las sierras mecánicas.
En algún lugar de la noche dos zapatos alejándose por el pasillo,
xxxxxxun reloj o la insistencia de una gota de agua en el fregadero
xxxxxxtransforman el montón de ropa sobre la silla en un hombre
xxxxxxque te vigila desde la oscuridad.

Atraviesas las calles,
imperios donde habitan
las ratas seccionadas de los laboratorios,
los que buscan sus manos en la nieve,
los que encuentran
corazones de perro abandonados al lado de un cuchillo.

¿Y tú? ¿Y tú? ¿Y tú?
Pero después silencio, pero después
la noche se refugia en las gafas terribles de los ciegos perdidos
xxxxxxen el túnel de un número,
las oficinas,
los talleres mecánicos,
las tiendas de ultramarinos donde se oculta un crimen espantoso.

Quieres abrir la guía de teléfonos y poner una cruz sobre los
xxxxxxnombres de todos los que siguen aparcando sus coches
xxxxxxsobre nuestros recuerdos.
Quieres leer el periódico paseando por la calle central de una
xxxxxxde esas ciudades que sueles inventar solamente cuando
xxxxxxestás seguro de que no existen ni siquiera en tus sueños.

Tú sabes que es posible la muerte de unas lágrimas en el jardín
xxxxxxcerrado de un triángulo isósceles;
conoces el camino con líquenes tronchados de la aritmética
xxxxxxdonde los números ignoran el azul geométrico de un talón
xxxxxxbancario, una letra de cambio, un cuaderno de cuentas
xxxxxxdonde la vida va poniéndose amarilla,
el horror de los pluscuamperfectos,
la agonía lentísima de esas pizarras nocturnas de las aulas
xxxxxxdonde han olvidado un retrato tuyo con los ojos
xxxxxxenceguecidos de raíces cuadradas y gritando pronombres
xxxxxxhasta morir de angustia.

Ahora que por fin el Gobierno había prohibido la venta
xxxxxxambulante de interventores asesinados.
Ahora que habíamos comprobado que un rey cabe en el ojo
xxxxxxde una cerradura.
Ahora que habíamos desenmascarado a los estafadores ocultos
xxxxxxbajo las cifras de los parquímetros.

Te encontrarán, te encontrarán a pesar de todo,
abierto en la camisa el ojal de un disparo,
marchitada una noche de amor en la chaqueta.

 

 

 

 

FINAL

Tú ya lo has comprendido.

Cuando pisas la escarcha, piensas en las palomas.
Sabes que en los tinteros agoniza la luna.

Tú sabes que hay un puente
que une las jaras blancas y el ciervo degollado,
la sombra del ciprés con la niña perdida.

Eso es lo que te ocurre.
Tú ya lo has comprendido.

 

 

 

Prado, Benjamín. Ecuador. Poesía 1986-2001 y otros poemas – 3ª edición ampliada. Madrid; Ed. Hiperión, 2009.

 

70 VECES MENTIRA

 

1

Volver es más triste que perderse.

 

3

El Paraíso no existe, pero el Paraíso Perdido sí.

 

4

Todo lo que no es una puerta, es un muro.

 

5

Muchos creen que esto es sólo la primera parte,
pero nadie sabe de qué.

 

7

Esperanza es la palabra de la que uno se acuerda después
de haberse caído en un agujero.

 

8

Tener todas las partes aún no es tenerlo todo.

 

9

Dentro del miedo no hay donde esconderse.

 

15

¿Hay vida antes de la muerte?

 

16

Avanzar es irse quedando solo.

 

17

Un hombre también es todo lo que ha olvidado,
la mujer que no tuvo, el Chagall que no vio,
la suma de los sitios en donde no ha caído.

 

19

Cada hombre cruza
una calle distinta
frente a mi casa.

 

20

El futuro no debería ser arrastrar todo lo que tienes un poco
más adelante. Pero a menudo lo es.

 

21

El dolor nos convierte en nosotros mismos.

 

22

La maravillosa historia de todo lo que no se sabe.

 

23

Todo el mundo se siente solo, excepto los idiotas.

 

24

El hombre que ya no soy tiene sus propios recuerdos.

 

25

Las palabras que son verdad y son mentira.
La palabra jarrón, que no puede romperse contra el suelo;
la palabra cuchillo, que no corta la palma de la mano;
o la palabra sangre, que brota de la herida.

 

27

Las palabras tachadas también son una parte del poema,
lo mismo que las horas de sueño también son una parte del día.

 

34

Miro atrás: todos
los sitios donde estuve
están vacíos.

 

36

A veces, la palabra que lo resume todo es nada.

 

37

Recordar lo que pasó no es tan importante como saber quién eras.

 

38

Quien ama las estatuas tiene que amar también las ruinas,
dice Gottfried Benn.

 

44

Todas las palabras son palabras aproximadas.
Como dice Marguerite Duras:
escribir es intentar adivinar lo que uno escribiría si escribiese.

 

46

Escapar no significa ir a alguna parte.

 

49

A menudo ya es demasiado tarde. A menudo, cuando aprendes
a tragarte el sable el circo ya está en otro sitio.

 

50

A los trece años, a veces te sientes como Robin Hood.
A los treinta, a veces te sientes como los agujeros de la diana.

 

51

Recuerda la parte del juego en la que puedes perder.

 

52

Es una historia extraña:
nosotros ponemos nuestro corazón y ellos sus bisturíes.

 

54

Escribir un poema es como armar un puzzle.
Un poema es poner cada cosa en su sitio.

 

56

No importa cómo es un poema
sino en quién te convierte.

 

58

Sueño contigo
y no sé quién está
dentro de quién.

 

62

No llamar a las cosas por su nombre para que te entiendan.
Un buen poema lo hace todo más claro de lo que realmente es.

 

64

Una mujer que sea lo mismo que la noche
y lo contrario de la oscuridad.

 

66

Ese momento espantoso de la vida cuando aún queda mucho
pero ya no queda nada.

 

68

La vida es extraña: cuanto más vacía, más pesa.

 

70

Un lugar al que ir no es más importante que
un sitio donde esconderse.

 

 

 

Prado, Benjamín. Todos nosotros. Madrid; Ed. Hiperión, 1998.

 

TODOS NOSOTROS

 

TIEMPO MUERTO

Ha sido un día raro. Estás tumbada
junto a mí.
xxxxxxxxxxCasi puedo escuchar la marea
de la sangre en tu piel
y el deseo que llena tus manos de leones.
Luego, apagas la luz.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa noche salta
como un pez de tu corazón al mío.

Y sin embargo hay algo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn realidad
no sé qué es.
xxxxxxxxxxxPero aquí está.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEs extraño:
de repente, me digo: —Cada hombre
lleva una pala para cavar su propio Infierno.

Me pregunto qué he visto,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdónde estaba,
la razón; imagino
la tarde entera; el bar cerca de la autopista,
la ciudad
debajo de la lluvia igual que un barco hundido;
y algo que yo te dije
y algo que tú dijiste: —Si no sabes
por qué lo has hecho, nunca sabrás por qué ha pasado.

Pero no veo nada,
xxxxxxxxxxxxxxxxningún dato,
ninguna relación con el Infierno.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEntonces
miro adelante, busco
las palabras que tienen lo que quiero decir.
Y ahí tampoco hay nada:
Hay la azotea roja;
hay el gato que atrapa un pájaro y devora lentamente mis ojos.

Tú sigues a mi lado.
Tu corazón golpea dentro de la mujer
dormida, igual que un perro ladrándole a las tumbas.
Me pregunto,
después de tantas cosas,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuando cada hora quema
su selva entre mis manos,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxme pregunto
qué es lo que sé de ti;
si tal vez, como dice Marianne Moore, lo importante
de lo que vemos es lo que no vemos.

Y no encuentro respuestas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNi caminos
por que volver.
xxxxxxxxxxxxxxEnciendo
una luz,
xxxxxxxabro el libro,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxcierro el balcón.
La noche
se reúne a sí misma, se marcha de nosotros
con su cielo vacío,
con su dios que se lleva
algo de nuestras vidas a su ciudad deshecha.

Abro el libro
mientras que en el tejado se mueve la serpiente
azul del agua
xxxxxxxxxxxxy sigues
xxxxxxxxxixxxxxxxxxxjunto a mí
y por tu corazón se alejan los tambores
y escribo la palabra árbol y en ese árbol
crece tranquilamente la palabra naranja.

 

 

 

 

PAREJAS

Por lo mismo que une a Vallejo y los miércoles,
el mercurio y Bob Dylan,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNeruda y las ballenas.
Esas son las razones por las que estás conmigo.

Y también porque sabes todo lo que me importa:
porque entiendes al niño que llora entre los árboles;
a la mujer que sueña con oscuras cocinas,
con cucharas que buscan su corazón partido.

Teresa Rosenvinge: lámpara interminable,
yo pronuncio tu nombre para saber qué somos.
Te llamo bosque azul,
pájaro del océano,
estrella entre dos torres,
luna sobre la isla.

xxxxxxxxxxxxxxxxTú te acercas;
entras en el poema
y desde ese poema abres una ventana,
descuelgas un teléfono,
coges un pez en la palabra río.

Estás aquí
xxxxxxxxxxy fuera se oyen voces,
gente que aún se mueve en donde ya no hay nadie,
una sirena,
xxxxxxxxxxun hombre que a lo lejos
pasa junto a nosotros:
ruidos de algún lugar en el que ya no estamos.

Por lo mismo que Julio Cortázar y el boxeo,
Bukowski y los hoteles pintados de naranja.
Handke y los lanzadores de cuchillo.
Por eso.
Esas son las razones por las que estamos juntos.

 

 

 

 

MATERIAL

No es el azar
que salta de una mano
hasta los dados.

Es como el miedo:
cuando es de noche y puedes
ver los sonidos.

Son las palabras
que tengan dentro al hombre
que las escucha.

La poesía
es fingir que es verdad
lo que es verdad.

 

 

 

 

ROTO

Solo, en medio de todo;
estar tan solo
como es posible,
mientras ellos vienen
muy despacio,
se agrupan,
ponen su campamento,
invaden,
talan,
hunden,
derriban las palabras
una a una,
se reparten mi vida,
poco a poco,
levantan su pared
golpe a golpe.

Después se van;
se marchan
lentamente,
pensando:
—Nunca podrás huir de todo lo que has perdido.
Tal vez tengan razón.
Tal vez es cierto.

Pero llega otro día,
el cielo quema
su cera azul encima de las casas;
yo regreso de todo lo que han roto,
busco entre lo que tiene
su propia luz,
encuentro
la mirada del hombre que ha soplado unas velas,
el limón que jamás es parte de la noche;
ato,
pongo de pie,
reúno los fragmentos,
me convierto en su suma.

Y todo vuelve
otra vez;
las palabras
llegan donde yo estoy;
son las palabras
perfectas,
las que tienen
mi propia forma,
ocupan cada hueco
y cierran cada herida.
Las palabras que valen para hacer estos versos
y sentarse a esperar que regresen los bárbaros.

 

 

 

 

MIRANDO FOTOS DE ANNE SEXTON
(1928-1974)

En la primera foto, Anne Sexton mira el mar.
Sabemos que la playa está en Virginia
(Carolina del Norte) y que es el año
48, un día
de su luna de miel.
xxxxxxxxxxxxxxxxxTiene los ojos
casi cerrados mientras oye el ruido
de las olas, el viento que deshace
y vuelve a hacer las dunas,
el agua que se mueve con lentitud,
que traza
líneas,
curvas,
esferas.
El agua que se mueve lo mismo que la mano
de alguien que escribe la palabra océano.

En la segunda imagen
—ahora ya estamos en mil novecientos
setenta y cuatro—, fuma un cigarrillo
cerca de una ventana —por alguna razón
creo que al otro lado del cristal hay un bosque—
y observa las figuras
que forma el humo: peces,
un iceberg,
xxxxxxxxxxuna sirena,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxun ángel
malherido en la nieve.
En esta foto
tiene un aspecto extraño,
parecido al de alguien que corre hacia un volcán,
parecido al de alguien que acabara de soltar un cuchillo.

Pocos
días
después
Anne Sexton
va a matarse
en esa misma casa:
va a dejar
sus anillos
sobre una mesa, en la cocina,
y luego
entrará en el garaje
con un vaso
de vodka
en la mano,
pondrá en marcha el motor
del coche —un Cougar rojo— y encenderá la radio
—¿Te imaginas qué pudo oír? ¿James Taylor?
¿Los Grateful Dead? ¿Pink Floyd?—
y esperará la muerte.

Cierro el libro.
Me miras.
Sé lo que estás pensando.
—La vida es muy difícil.
Una mujer es un reloj de arena.

 

 

 

 

CADA MAÑANA

Cada mañana, Jaime Gil de Biedma
se muere en Barcelona,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxShelley sube
a su barco en la costa de Italia,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRaymond Carver
escribe su poema sobre Antonio Machado.

Cada mañana
Stevenson se inventa La isla del tesoro,
Paul Morand sube a un tren,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBlaise Cendrars va en un barco,
Virginia Woolf camina
cerca de un río y Paul Eluard piensa de pronto:
La tierra es azul como una naranja.

Del otro lado hay gente oscura que nos busca.
Del otro lado hay gente que llama a nuestra casa.
Hay gente que se acerca muy despacio a nosotros
igual que hombres con hachas caminando hacia un bosque.

Cada mañana es la última mañana de Pavese.
Cada mañana, Herman Melville empieza Moby Dick,
Borges se mueve al fondo de los versos de Borges,
Pessoa lee desde dentro de mí a Pessoa.

Del otro lado hay gente que nos sigue.
Del otro lado hay manos que tiran de nosotros.
Gente que nos espera
en noches del tamaño de su miedo a la noche.

Rimbaud besa a Verlaine en un hotel de Francia,
a Steinbeck se le ocurre Las uvas de la ira,
a Vicente Huidobro le parece que escucha
la pequeña cascada que cuenta sus monedas.

Cada mañana
xxxxxxxxxxxxxtoco el oro de Jack London.
Cada noche
veo brillar la bala en el corazón de Lorca.
Cada día
me convierto en mis ojos,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsoy las cosas que escucho
como el hombre que tiembla es una parte del frío.

Cada mañana,
xxxxxxxxxxxxxalguien lo descubre:
todo lo que está escrito pertenece al futuro.

 

 

 

Prado, Benjamín. Todos nosotros. Madrid; Ed. Hiperión, 1998.

 

COBIJO CONTRA LA TORMENTA

 

LOS ríos de las ciudades son extraños,
parecen dioses perdidos entre bares azules
y merenderos sucios
y pequeñas terrazas de extrarradio.

Los ríos, como los trenes,
llegan despacio al nombre de las ciudades.
Pero en las noches de verano
el sonido del agua
entras despacio en las habitaciones
y sigue el ritmo lento de los ventiladores
y atraviesa el corazón de los hombres dormidos.

 

 

 

 

SIETE PREGUNTAS PARA KURT COBAIN

¿Existen las preguntas o son sólo
algo como querer atrapar tu propia mano
y encontrar al abrirla una puerta cerrada,
una mano vacía?

¿Cómo era ese lugar:
Jimi Hendrix andaba bajo la niebla púrpura
y Jim Morrison iba en el autobús azul?

¿Escribiste al final aquella frase
de Neil Young: es mejor arder que desvanecerse
porque eras una parte
de esa frase lo mismo que un viajero
forma parte de un tren, aquella frase
igual que un largo tren detenido en la lluvia?

¿Cuál era la respuesta:
llegar tan lejos que te sientas solo;
ver el último ángel —parecido
a la forma del viento encima de unas rosas—
y disparar sobre él, sobre ese dulce
ángel de soledad, mientras el viento
traía el corazón de las rosas cortadas
como botellas rotas en un río?

¿De dónde vienes? ¿Dónde vamos todos nosotros?

 

 

 

 

LA LÁMPARA DE ALBERTI

Todos aquellos años yo pude atravesar los muros,
volver contigo a la ciudad de Antonio
Machado, entrar al huerto
de San Juan de la Cruz, al monasterio
de Bécquer —lentamente
el orden de la nieve
asumía la forma de las cosas. Yo dije:
eso es tu poesía—, a la pequeña
habitación de Lorca
por quien aún guardabas una dulce,
una oscura amistad más allá de la muerte.
¿Te acuerdas de las horas
en el salón de Luisa, leyendo cada tarde
durante meses a Rubén Darío?
La luz azul de la piscina, el golpe
apagado de cuerpos en el agua
subiendo hasta el balcón
y las palabras llenas del ruido de los árboles.

Tú construías islas contra la vida, largas
escaleras al cielo;
siempre encontrabas
una manera de parar la sombra de las torres,
de llamar, por ejemplo, polifemos
encendidos a los Pegasos que dejaban
la estación de autobuses
de una ciudad. Detrás no había nada:
hermosos bosques en la superficie
del agua, que no son parte del río.

Es tarde y la noche se acerca,
mundo lento de hojas húmedas y fieras intuidas.
El atardecer de la vida —dice Joubert—
trae consigo su lámpara.
Tú eres la luz a punto de extinguirse
que convoca a los lobos en el jardín,
incendia los salones vacíos.
Yo no te echo de menos
ni te quiero olvidar.

Recuerdo una mañana en San Roque. Mirábamos
los grandes petroleros bajo el cielo rojo de las refinerías
y dijiste: todos somos Rimbaud,
con nuestro cinturón de monedas de oro
y nuestro viaje hacia ninguna parte.

 

 

 

 

LA NOCHE DEL CONCIERTO DE AEROSMITH

En medio del concierto de Aerosmith
de repente, no sé por qué, —tal vez
es el calor extraño de los focos—, me veo
en una habitación; estoy sentado
junto a la luz azul y pienso: todas
las cosas a mi alrededor se acercan,
quieren entrar al libro,
son igual que esos pájaros, los pájaros tan tristes
que se golpean contra las ventanas
de una casa encendida. Me pregunto
qué va a pasar entonces, qué está pasando ahora
y hay algo raro, algo
parecido a los viajes en tren, la sucesión
de ciudades y cielo, de ciudades
y cielo, de ciudades
y cielo, desde un tren,
de ciudades y cielo.

 

 

 

 

BUKOWSKI EN NUEVA YORK

De acuerdo —dice Ray—, hace ya un año;
pero ahora, cuando leo los mejores
—se refiere a poemas
de Bukowski—, ya sabes, por ejemplo
ese que dice Dios
es un local vacío donde no hay filetes
o el que acaba: haz de todo esto una buena pelea
por los pesos pesados;
bueno, es raro, no logro que parezcan
los poemas de un hombre que ha muerto. Yo me escucho
decirle que está bien
y que todo
consiste
justo en eso,
en saber conservar las cosas que has perdido.

Ray está en Nueva York —aquí es de noche,
dice, y nieva—; su voz
suena extraña: como la de alguien —pienso—
que tuviese las manos en una caja vacía.
Quiere saber
de qué forma
acababa
un poema de Hemingway en Cuba
que siempre le ha gustado.
Hemingway —digo— disparando a los leones
que había dentro de su último sueño. Luego
volvemos —o eso creo— a Bukowski, y él dice:
No importa,
esto
no es más
que el primer año del resto de nuestras vidas.

Miro la calle: el sol
en la autopista
y luego
las montañas azules.
¿Sabes? —dice antes de colgar, riéndose—,
Bukowski es un montón de leones dormidos.

 

 

 

Prado, Benjamín. Cobijo contra la tormenta. Madrid; Ed. Hiperión, 1995.

 

EL CORAZÓN AZUL DEL ALUMBRADO

 

FINAL DE UN VERANO

Las luces en el puerto y aquella minuciosa
realidad de la noche bajo los parasoles,
son la primera imagen de esos días.
Un momento de luna entre dos torres
olvidaba huracanes de mercurio
sobre las azoteas. La ciudad
llegaba al muelle con tejados sucios,
con pequeñas cantinas
donde iniciar una conversación.

Hemos hablado de ello tantas veces:
lentos atardeceres de junio en la oficina
y aquel brillo de lámparas eléctricas,
la vida que pasaba
bajo el frío metálico de los ventiladores.
Después llegó el invierno de repente.
La nieve
desfiguraba las estatuas públicas
—igual que en el poema de Auden—. Lo recuerdas:
fueron tiempos difíciles.

Pero volvía siempre aquel verano,
aquella claridad sobre los toldos blancos,
las calles ofrecidas,
sus hoteles con pérgola y fuente en el jardín.
Y envolviéndolo todo,
la sensación, extraña,
de andar viviendo horas decisivas,
irreemplazables en nuestra amistad
—igual que si estuviésemos allí
para poder, al menos, con el tiempo,
recordarlo, sentir melancolía.

Han pasado los años. Y como dice un verso
conocido, nosotros, los de entonces,
ya no somos los mismos.
Sin embargo,
aún es grato imaginar
la trama de las calles,
el sol desordenándose en la carrocería
azul del automóvil,
los jardines del capitán John Moore.

Porque a veces me gusta recordar
la lentitud de un barco en las vidrieras
o el color de las luces en el puerto
con pequeñas cantinas
donde iniciar una conversación.

 

 

 

 

LAS CALLES DE COPENHAGUE

Las ciudades no existen pero hablamos de ellas.
Verano en Copenhague. Un monopolio
de luz verde, parada en las estatuas
públicas, los tejados
unánimes, el bosque en las afueras
que contiene un castillo. Entre los árboles,
la mañana se enfría
como una bala en el corazón de un animal muerto.

Vemos la duración de la rosa: un jardín
del cementerio antiguo con las tumbas
de Andersen y Søren
Kierkegaard, bajo un cielo
que invita a comprender seriamente la vida.
Aunque tal vez, la vida es mejor comprenderla
como la poesía según Coleridge:
de un modo imperfecto y general.

Hay trenes encendidos
que llenan de metal los corazones tristes
cuando pasan y un puerto que recuerda
los últimos poemas
de Baudelaire —como el ladrón que borra
sus pasos en la nieve, así los escritores
de otro tiempo, nos plagian nuestros libros de ahora.

No existen las ciudades
pero existe una forma de mirarlas.
Así hay barcos que llegan al verano
de las islas; hay días que establecen
su desorden perfecto
parecido al desorden en los árboles
de un bosque. Y observamos
la realidad como el lector viajero
que cruza los países
contemplando el paisaje artificial de un libro.

Yo tenía tres modos de pensar
igual que un árbol en el que hay tres mirlos.

 

 

 

 

LAS SILLAS VACÍAS

Cuando todos nosotros empezábamos
a escribir, conocimos
personalmente a algunos escritores
de su generación.
Aquellos hombres todavía jóvenes,
no eran, desde luego, eso que Shelley llama
los anónimos legisladores del mundo
y ni siquiera gentes que según Pound debían
construir la ciudad de Dios, cuyas terrazas
son del color de las estrellas.

Buscaban los hoteles
dudosos; la humedad del jardín en los cuerpos
abrazados, ocultos entre sí mismos;
aquella soledad disciplinada.
La vida llegaría
a poner nieve en sus tardes de sol.

Pienso en las sillas frías
de las plazas, al amanecer, en los primeros
viajantes que abandonan
algún cuarto con luces encendidas,
con ceniceros sucios y esperanzas
que tienen el perfume de las flores cortadas,
también su duración y su tristeza.

Porque así estaba de repente el mundo,
la sala donde algunos de ellos
recordaban, con una voz que no era
la suya, con palabras de otro tiempo,
junto a las sillas vacías de los que se fueron.

Será hermoso si alguien atraviesa
las calles una tarde,
muy despacio, con la mirada extraña,
y entra en la sala fría, sin demasiado público,
donde cualquiera de nosotros dice
cuánto amamos la vida, sus palacios
más oscuros, los parque solitarios
o los cuerpos perdidos en el suave incendio de las horas.

Os espera un incierta ciudad de abandonadas
terrazas, esta hiedra
que atraviesa los puentes
desprendidos y oculta las estatuas.
Esta ciudad en ruinas
que fue tan bella entonces
y es hoy muy bella en su destrucción.

 

 

 

Prado, Benjamín. El corazón azul del alumbrado. Madrid; Ed. Libertarias, 1991.

 

ICEBERG

Atardecer

 

 

INDICIOS

En el rosal asoman las uñas del leopardo.
En las hojas caídas
se oye volar aún a las palomas muertas.
El reloj cava un pozo en el hombre dormido.

Eso es lo que aprendí
aquella noche, al observar mi casa.

Vi la ceniza, el musgo.
Vi el cuchillo oxidado.
Vi el cuerpo que se borra al alisar la sábana
y la flor que se hunde en las islas del moho
y la gota de sangre que crece en la cereza.

Eso es lo que aprendí
aquella noche:
vi que el color rojo
esperaba los dedos de una mujer herida;
vi la estrella de mar
enterrada en la palma de la mano;
vi el reptil repartido entre las uvas.

Fue entonces,
cuando el viento
sopló desde el jardín su cáncer verde;
cuando en la taza rota habían pasado cien años;
cuando mi piel fue un río de la luna.

Aquella noche,
al observar mi casa.
Aquella noche en que busqué respuestas
como el silencio busca hombres dormidos
donde ensayar la muerte.

 

 

 

 

LO MISMO Y LO CONTRARIO
(Rafael Alberti 1902-1999)

Lo contrario de un hombre limpio es el agua sucia.
Lo contrario del mar es una mujer ciega.
El que derriba un puente, construye un precipicio.
Las cicatrices son golpes que no se olvidan.

Hay verdades sin límite y hay cosas que se acaban:
Los ríos son Machado.
Yo te amé a tumba abierta.
Los alacranes brillan a la luz de la luna
y después son, de nuevo, venenosos y oscuros.

Es así, tan sencillo.

Luchar por las cenizas es renunciar al fuego.
Una palabra dicha es un pájaro que se vuela.
Tu muerte está debajo de mi piel,
lo mismo que un insecto en un vaso volcado.

¿Qué más puedo decirte?

Que yo te amé de Norte a Sur, sin fondo,
con uñas y con dientes,
sin secretos,
sin trampas.

Que no he querido oír una vez más tu voz,
ni mirar nuestras fotos,
ni verte acariciando con tus dedos azules
a los perros que comen las sobras de tu vida.

Yo sólo quiero oscuridad y humo.
Yo he venido a decir
que te he olvidado;
que volveré a olvidarte cada día,
cada uno de los días de mi vida.

 

 

 

 

ASÍ MURIÓ OSIP MANDELSTAM
(1891-1938)

Aún dijo: –Por mis venas
corrió una vez un campo de amapolas.
Y fue entrando en su muerte
como quien cava en una tierra oscura.

O quizá no fue así.
Quizá pensó: –El poeta asesinado;
las palabras vertidas;
la caracola rota que detiene un océano.

Después,
cerró los ojos
y el agua de la vida se congeló en sus manos.

¿Cerró los ojos y pensó en Nadiezhda?
¿En Ajmátova?
xxxxxxxxxxxxxx¿En Pasternak?
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¿En Marina Tsvietáieva?

Cerró los ojos,
pudo oír la nieve,
llegó a Moscú, llegó a San Petersburgo:
lo que se anda en los sueños es parte del camino.
Oyó caer la nieve y la nieve decía:
Existe un corazón para cada puñal.
Existe un lobo para cada niño asustado.
O tampoco fue así.

Nunca podréis saber qué pensó Mandelstam.
Si pensó, simplemente: –Tengo frío.
Si pensó: –El viento silba y el ojo es una vela;
por los bosques del corazón,
galopan
los caballos profundos de la muerte.

Lo que no escribió Mandelstam, es de sus asesinos;
igual que las palabras del poema
son una parte de nuestro silencio.

 

 

 

 

ECUADOR

Hace falta la noche para ver las estrellas.

Igual que ayer, hoy busco -lo dijo Juan Ramón-
una verdad aún sin realidad,
busco en la tinta verde de todo lo que escribo
un planeta sin nombre o una jungla perdida.

Y hace falta la noche.

Yo me siento en las sombras,
prendo un fósforo,
tallo mis esmeraldas,
construyo mis panales.
Todo es igual y todo es diferente.

La vida,
que fue un río,
es ahora un océano,
el pasado es la arena y el agua es el futuro.

Hace falta la noche.

Todo está en mí
lo mismo que un clavo en la madera:
cada paso en la nieve,
cada luz,
cada piel,
cada mañana.
Todo lo que ha ocurrido
por fuera es ya ceniza, pero dentro aún es fuego.

Hoy todo está tan claro.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEs hora de empezar
y yo busco las sombras.

Hace falta la noche para ver las estrellas.

 

 

 

 

UNA NOCHE CON INGEBORG BACHMANN

Quién dijo qué esa noche.

Quién pensó,
de repente:
xxxxxxxxxxxxxxTodo cabe en la mano
de quien todo ha perdido:
una estrella de mar es una isla,
una flor de edelweiss es toda la montaña.

Quién desembocó en quién.

Quién podría decir:
xxxxxxxxxxxxxxxxxLo que es verdad
no echa arena en los ojos.
Quién pudo comparar una gaviota herida
a una lápida en llamas.

Quién cayó sobre quién.

Quién pensó:
xxxxxxxxxxxxYo te hubiera querido para siempre,
cuerpo desnudo,
xxxxxxxxxxxxcal viva en los ojos;
tú fuiste el pez azul entre mis dedos;
tú la mujer de bronce que oía unas campanas.

Quién cayó sobre quién
igual que sombra encima de la sombra,
igual que nieve encima de la nieve.

Quién dijo:
xxxxxxxxxxxLa tarea
del poeta es, tan solo, no negar el dolor.
Cuál de nosotros dijo:
Lo que es verdad agrieta las paredes.
Quien nunca vio la luz, no conocerá el miedo.

Cerré el libro.
Mi sueño junto a ti
se detuvo,
como el alga se apaga al sacarla del mar.

Quién dijo qué esa noche.

Quién vislumbró en las líneas de sus manos,
apenas un segundo,
como si fuera algo que emergiese un instante
desde el fondo de un río;
quién vislumbró en su mano la historia de otra vida.

 

 

 

 

UNA NOCHE CON ÁNGEL GONZÁLEZ

Me enseñó que la suma de las huellas
no equivale a la nieve;
que en el ojo cerrado comienza lo invisible
como la sed se inicia en el vaso vacío.
Eso es lo que decía Ángel González:
busca la claridad
y comprende lo oscuro.

Me enseñó que un poema es un acuario
con peces de verdad y agua inventada;
que el hielo se deshace
lo mismo que se vuela una paloma;
que el muro en construcción ya contiene sus ruinas.

Eso es lo que me dijo:
todo acaba
y un hombre nunca sabe qué pasado le espera.

Yo cambié para oírle,
como cambian los ojos de quien mira las dunas.
Y a su lado,
cada uno
continuó viviendo con su corazón verde
o su corazón rojo,
igual que un árbol con una sola manzana.

 

 

 

 

RESPUESTA A UN POETA

Vacía las palabras,
haz que callen,
límpialas de ellas mismas para contar tu historia.
Lo que buscas existe dentro de lo que encuentras,
como oro está en sombrío
o arco está en corazón.

Cuida que lo que dices no sea como el vaho
del que empaña un cristal
para escribir su nombre sobre un mundo vacío.
Procura que el silencio se lea en tus poemas,
pero jamás olvides
saber qué está del lado de la llave,
qué está del lado de la cerradura.

Cava el pozo de lo que nadie ha dicho
y persigue el rumor de las cosas sin nombre.
Pero recuerda siempre esta verdad:
las tormentas de arena
sólo son el desierto que avanza hacia el desierto.

Vacía las palabras,
qué más puedo decirte.
No desprecies la luz ni desprecies lo oscuro.
Vacía las palabras como quien drena un lago.

 

 

 

 

DE QUÉ ME SIRVE AHORA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpara Almudena Grandes

¿Dónde están ahora Rilke y Ajmátova y Neruda?
¿Dónde están ahora Ovidio
y Auden
y Robert Lowell?
¿Dónde están todos esos a quienes di mis labios,
los que vivían con mi corazón?

¿Dónde están,
de qué sirven en este día oscuro;
dónde está Lorca, dónde está Cernuda,
dónde está Ingeborg Bachmann  hoy que mi padre ha
muerto y yo huyo de sus ojos -leo a Bécquer,
leo a San Juan-, quiero ocultar sus ojos
igual que el desertor
que entierra su uniforme junto a un río?

¿Qué puede hacer Pessoa contra el hielo;
para qué sirve Pasternak
cuando el dolor instala su colmena?
Los poemas no saben detener los relojes;
no existen puentes que hagan menos hondo un abismo.

Busco a Paul Valéry,
busco a Huidobro.
Miro hacia atrás y veo la serpiente
del camino ya andado.
Busco palabras que me vuelvan ciego,
busco palabras que me den mi vida.

¿De qué sirve Virgilio contra la flor cortada
o la luz de las velas
o el peso de mi padre sobre el hombro
como un buitre sobre una res caída?

El mármol no merece la muerte del Laocoonte.

Abro un libro. Es muy bello. De qué me sirve ahora.

 

 

 

 

RELOJ DE ARENA

Ser cada día el hombre que despierta,
se da alcance,
se aprende,
desemboca en su vida y siente el clavo
de la luz en los ojos,
y cae sobre sí mismo
como la arena de un reloj de arena.

Ser el hombre que intuye
la luna de verano bajo el hielo de un río;
el que al mirar las sombras ve su mercurio oscuro,
sus selvas de la piel,
su música vacía.

Ser mitad agua en llamas, mitad volcán nevado.
Ser el que huye del sol y huye de los eclipses.
Ser el hombre
que asocia el fin de un sueño al filo de un cuchillo.
Ser el que sabe que va a morir solo.

Ser él,
ser ese hombre,
día a día.
Ser él,
ser ese hombre,
para siempre.

 

 

 

 

ALQUIMIA

El que canta, convierte las palabras en pájaros.
Quien acaricia un cuerpo, lo transforma en un río.

Es tan común,
tan fácil.
Pero yo te toqué y perdiste tu oro.
Pero tú me llamaste y mi luz se apagó.

El otoño echa azufre en las calles mojadas
y el musgo finge islas sobre la piedra dura.

Es tan fácil,
tan claro:
Quien corta un girasol, acrecienta la noche.
Lo que sigue a los sueños, son los sueños perdidos.

Es tan común,
tan simple,
ver que la luna es negra cuando aúllan los lobos;
que una soga convierte un sauce en un patíbulo.

Es tan fácil de ver cuando estás solo.
Es tan fácil
aquí,
donde no hay hombres,
ni selvas,
ni delfines.

Nada vive en el fuego.

 

 

 

 

PALABRAS

Las palabras que son un puente roto.
Las palabras que son la punta de una espada,
un cabo del silencio,
la costa del olvido.

Esas palabras.

Las palabras que anidan en nosotros,
nos convierten en cuevas,
en pantanos,
en cráteres:
yo soy el hombre oscuro,
soy la raíz del lobo;
tú eres la mujer ciega,
tumba de las palomas.

Las palabras que arden dentro del corazón.
Las palabras que son lo contrario del trigo.
Las palabras que dejan sus huevos en la herida,
dejan su hiel,
dejan su levadura.

Todas esas palabras.

Las palabras que entierran,
que talan,
que consumen.
Las palabras que borran los senderos.
Las palabras que brillan al fondo de los pozos.
Las palabras que son como una mordedura.

Todas
esas
palabras.
Todas esas palabras que hemos dicho,
que están alrededor,
que nos han atrapado.

 

 

 

 

TORMENTAS

Quien ha visto llegar una tormenta,
ya conoce mi vida.

En un segundo
cambia la luz,
la arena
huele a barcos mojados;
el viento abre ventanas
y dilata los bosques;
las espigas
son arrecifes de coral
y el aire
se extiende por la piel
como un aceite dulce, perfumado.

Quien ha visto acabar una tormenta,
ya conoce mi vida.

En un instante,
todo se oscurece,
se sofoca,
se extingue
lo mismo que una flor quemada por el hielo;
la lluvia fue mercurio
y ahora es sangre a los pies de las estatuas;
vuelve a salir el sol,
tenaz
y débil,
como la madreselva entre las ruinas.

Así es
como ha ocurrido
y es tan fácil contarlo,
tan fácil
de entender:
quien alguna vez supo mirar una tormenta,
conoce nuestra historia.

 

 

 

 

SÓLO TÚ Y YO

Como el rayo de sol llena de paz los sótanos,
así aclaras las sombras en que vivo.

En las calles,
hay hombres que se bajan de un taxi,
hay mujeres que fuman y niños que descubren
un dinosaurio verde en las hormigoneras.

Ellos no nos conocen.

Como la espina sangra la sangre de los dedos,
así lloran tus lágrimas mis ojos.

Alguien llama a la puerta,
alguien que pide sal,
vende perfumes,
ofrece el viento cínico de los ventiladores.

Pero ellos no lo saben.

Cristina está al teléfono.
Luis habla de almacenes y gimnasios.
Jesús conoce frutas exóticas que ondean
en la embajada de los restaurantes.

No saben lo que ocurre.
Nadie sabe qué ocurre entre tú y yo.

Los demás usan hornos,
detergentes,
neveras,
suben al autobús y necesitan bancos,
farmacias y colegios,
tiendas de ultramarinos y hospitales.

Los demás son exactos a nosotros,
pero no saben nada.

Sólo tú y yo sabemos el secreto.

 

 

 

 

VERDE

Los hombres que detienen el corazón del lince,
los que apagan las selvas con el fuego,
los que arrojan al mar el cáncer del petróleo,
los que venden la piel de leopardo,
los que compran la estatua de marfil,
malditos sean.

Los que ocultan el sol en torres de cemento,
los que transforman bosques en ceniza,
los que llevan el agua de la muerte a las nubes
y el óxido a los ríos,
malditos sean.

Los que derriban árboles en nombre del dinero,
los que cazan ballenas en nombre del mercado,
los que hieren la atmósfera en nombre del futuro,
malditos sean.

Que sus vasos se llenen de cicuta,
que sus anillos de oro se conviertan en víboras,
que las monedas ardan en sus manos.

maldito sea su mundo de luz envenenada,
su silencio sin lluvia,
su oxígeno sombrío.
Maldito sea su mundo sin peces ni madera,
su horizonte de escombros,
su amanecer sin pájaros.

Hay que acabar con ellos,
enemigos del verde,
cómplices de la ciénaga,
sicarios de la bruma.

Hay que acabar con ellos,
exterminar su plaga.
Hay que acabar con ellos
en nombre de la vida.

 

 

 

Prado, Benjamín. Iceberg. Madrid; Ed. Visor, 2002.

 

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