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LA POLICÍA CELESTE

septiembre 19, 2021 Deja un comentario

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LOS ROTOS
(con Anne Sexton)

Todas las divisiones son mentira
salvo la que divide los cuerpos en dos
grupos incomprensibles entre sí.
Aquellos que se han roto y los que no.

Los rotos no pedimos demasiado:
que se nos quiera, sí,
que los que no han vivido la fractura
tengan paciencia
si mascullamos viendo las noticias
o hacemos el amor
con un poco de miedo.

Entenderás, entonces, ciertas cosas.
Por qué en casa las tazas no se tiran
y por qué a veces quiero
estar solo después de que suene un portazo.
Los ritos de los rotos, amor mío.
Ademanes que espero que no comprendas nunca.

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ORIGEN

Igual que el polvo cósmico se junta
y baila hasta formar un centro, yo
he construido todo mi universo
alrededor del día en que llegaste.

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LA LÍNEA DE NIEVE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo obstante, tras la observación
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde la línea fue posible determinar su movimiento.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLucas Cieza,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdirector del Núcleo de Astronomía
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde la Universidad Diego Portales

Si te alejas del Sol,
si viajas hacia atrás, hacia el principio,
no encontrarás océanos
donde poder bañar tus viejos ojos.

Si existen esas aguas, fluyen densas
bajo los continentes congelados
de tiempo. No te tientes con preguntas
sobre las criaturas que, quizá,

nadan en ese infierno helado. Nadie
podrá verlas jamás, no tendrán nombre,
no pienses más en ellas, por tu bien.

Alguien ha dibujado aquí una línea
que separa la vida en dos instantes:
lo que fue y lo que ya no puede ser.

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EL HUMORISTA

Conocí a un humorista muy famoso
y hablamos de camino a su espectáculo.
En muy pocos minutos descubrimos
que su padre y el mío se parecían mucho:

tuvieron dos mujeres, dos familias,
dos vidas muy distintas y aisladas
por años y por mares y silencio.

¿Eres de la primera? preguntó
delante del teatro.
De la segunda dije.
Ah, tú eres del equipo ganador.

Y desapareció tras una puerta
y al rato pude oír al público riendo.

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LA FIESTA

Caín y Abel sentados en el césped
de una casa en Ibiza con piscina.

Suman los dos la edad del padre y nadie
mató a nadie al final. Mejor así.

Los dos están un poco colocados,
los dos están un poco como siempre.

Hubo noches de infancia parecidas
bajo cielos de estrellas más hermosas

pero ya no se acuerdan casi nunca.
La hierba ya se moja de rocío.

Siguen llegando sombras a la fiesta.
Se está muriendo el viejo dice Abel.

Lo sé dice Caín, y enciende un porro.
Y eso es sólo el principio.

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ESPERANDO AL HALLEY EN 2061

Padre, te recomiendo a Stanley Kunitz.
La recomendación es importante.
A él le recomendaron escribir poesía.
Pero no fue su padre.
Fue un profesor, y Kunitz le hizo caso:
durante casi ochenta años compuso
poemas para hablar con su difunto padre,
un hombre que, en un parque, cuando Stanley no había
nacido bebió ácido carbónico
porque estaba arruinado, y por razones
que su hijo buscaría en sus poemas
a lo largo de casi ochenta años,
más o menos el mismo
tiempo que tarda el Halley en regresar
a los ojos absortos de la Tierra.
Stanley Kunitz vio el Halley las dos veces
que el cosmos le permite a un hombre verlo.
La primera era un niño, como yo
cuando lo vimos juntos, padre, mientras
en otro continente el gran poeta
lo hacía por segunda vez, la última.

Después de aquello, Kunitz escribió
un hermoso poema llamado «Halley’s comet»,
allí hablaba de Miss Murphy
que en primero les dijo a sus alumnos
que el Halley bien podría chocar contra la Tierra.
Cuenta que aquella noche estuvo triste
pero a la vez un poquito expectante,
cuenta que se escapó por la ventana
cuando todos dormían, y viendo el Halley dijo:

—Búscame, padre, estoy sobre el tejado
del edificio rojo que queda en un extremo
de Green Street. Es allí
donde vivimos, ¿sabes?, en el piso
de arriba. Soy el niño con el pijama blanco
que busca en este cielo tan colmado de estrellas,
esperándote a ti y al fin del mundo
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ESTRELLAS EN INVIERNO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEsta noche te espero a ti, padre
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLarry Lewis

Durante años pensé que las cosas no dichas
llegarían de pronto, confiscando el pasado
e iluminando un sitio que hasta entonces
había sido sombra.

Pero empiezo a entender que la distancia
es demasiado grande,
que todo llegará, de eso no hay duda,
pero será muy tarde cuando llegue.

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ATREVERSE

Atreverse, viajar a la galaxia
que gira en cada uno de nosotros.
Atreverse, mirar al agujero
negro que hay en su centro
y zambullirse allí,
donde duerme lo malo,
donde las cosas malas se defienden.

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AZUL DE METILENO

Si has nacido en el mar sabrás que no es azul.
Sabrás que el mar refleja el cielo y todos
tus dibujos del mar están mal hechos.

Si has crecido en el mar sabrás que el sexo
en la playa es incómodo y que todas
las películas mienten de algún modo.

Si llevaste a tus hijos a la orilla
sabrás que el mar da miedo
y que en verdad es negro y es profundo.

Y si viejo has mirado el mar, el mar
azul de metileno,
sabrás de los desahucios de la mente.

Azul. Azul profundo.
Reflejo del reflejo de un recuerdo.

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Clark, Ben. La policía celeste. Madrid; Ed. Visor, 2018.

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ARMISTICIO (2008-2018)

 

OMENAGE A LOS POETAS

Siempre habrá un estudiante dislocado,
un tipo que se sepa ya tu chiste,
un cartel de se vende o se traspasa.

Y no es que existan cosas que no cambian,
es que hay cosas que cambian y no importa.

El amor no ha dejado de mutar
y sin embargo míranos aquí;
cantando con los mismos artificios
baratos que otros muchos
ya usaron (y mejor). Es lamentable.

Es lamentable, sí, pero es humano
y en ser humanos somos los mejores
por mucho que le pese a la robótica.

Así se acaba el mundo, sin un bang
y sin un gimoteo:

se acaba entretenido en el asunto
de vivir, de ir viviendo sin causarles
demasiadas molestias a los padres,
a los hijos, a quien se nos acerque.

¿Vendrá la claridad del cielo un día?

Es igual: al final todo es lo mismo.

 

 

 

 

NO QUIERO

Yo no quiero una calle en mi ciudad
ni en la ciudad feliz donde fui joven
ni en esta otra ciudad donde me muero.
Y no, no soy modesto, ni me abruma
la idea (bien bonita, la verdad)
de tener una calle corta y fea
o que la gente escupa sobre el suelo
de mi nombre o que un niño flaco acabe
debajo de las ruedas de un camión
que reparte butano en esa calle.

Lo que a mí me fastidia es que, hoy en día,
si le ponen tu nombre a cualquier sitio,
la huella que se imprime en internet
al rastrear tu nombre son ofertas
de pisos y de plazas de garaje.

 

 

 

 

CONTRA LA LITERATURA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Alberto de la Rocha

No hay nada más inútil que escribir.
Nada más dependiente que los libros.
Pero Alberto me llama y me pregunta
¿Qué te está pareciendo mi novela?
Y yo le digo bien, salvo este punto
y el momento en que dice esto y aquello
y él escucha y anota y bien parece
que aquí estamos haciendo algo importante.

Quién pudiera vivir fuera de un libro,
juntar en un hatillo las palabras
y haciéndose a la mar decir: «Adiós,
me voy para morir entre las fauces
de una auténtica bestia, les regalo
la curva de mi espalda, mis bolígrafos,
el impreciso sueño de la gloria,
la implacable derrota de mi olvido».

 

 

 

 

EN UNA BIBLIOTECA EN SALAMANCA

Me pregunto qué esperan sobre el conglomerado,
qué les han prometido para arquearse así,
rindiendo pleitesía, cargados de esperanza.

Ignoran que las minas de sus lápices
se han roto imperceptiblemente; ignoran
que en esta biblioteca no te puedes
dejar aconsejar, que no hay amigos
y nunca los habrá.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxLeen. Estudian,
y aunque yo no lo quiera me recuerdan
a mi infancia en el pueblo los domingos,
viendo cómo salían de la misa.

Sí: yo también envidio vuestra fe;
vuestra creencia vaga en el mañana.

Vuestra forma sincera de desearos suerte.

 

 

 

Clark, Ben. Armisticio (2008-2018). Palma de Mallorca; Ed. Sloper, 2019.

 

EDWARD THOMAS

 

UN SOLDADO RASO

Este labrador muerto en combate durmió al raso
más de una noche helada, y con alegría
contestaba a adormecidos bebedores, dados a dormir en cama, todos pesados:
«En el arbusto de espino de la señora Greenland», decía,
«dormí». Nadie sabía en qué arbusto. Más allá del pueblo,
pasado ‘El Drover’, cien ven la colina
en Wiltshire. Y donde ahora al fin duerme,
más profundamente, en Francia, eso también lo mantiene en secreto.

 

 

 

 

EL MAJESTUOSO CIELO

Hoy quisiera poder tener el cielo,
las cimas de las altas colinas,
más allá del hogar del último hombre,
más allá de sus setos, de sus vacas,
donde podría ver, si así quisiera,
desde arriba, las ovejas y el grajo,
y de todas las cosas que se mueven
no ver más que las águilas arriba:
atrás quedan los árboles, la aulaga
y el espino. No hay nada aquí que impida
el deseo del ojo
por el cielo, no hay nada salvo el cielo.
Reniego de los bosques
y de todos:
los árboles y los setos que no son más
que malas hierbas sobre este lecho
del río que es el aire,
a la vez profundo y ancho, donde
yo soy como un pez que vive
entre barros y hierbajos, y no piensa
en lo que tiene encima.
Más valdría
ser una tenca
por lo poco que puedo hacer
aquí abajo en este lodo.
Incluso la tenca tiene días
en los que juega allá en la superficie,
entre hojas de nenúfar,
y ve el cielo, y tampoco se lamenta
si no puede ver nada:
mientras que yo, yo sé bien que los árboles
que hay bajo este majestuoso cielo
son hierbajos, fango de campos, y
ascendería para irme muy lejos,
hasta donde se encuentran los nenúfares.

 

 

 

 

EL CUCO

Ese es el cuco, dices. Yo no puedo oírlo.
La última vez que pude, no la recuerdo; pero sé
muy bien el año en que, por vez primera, dejé de oírlo.
Su sonido fue ahogado por mi marido que le gruñía a sus ovejas «¡Ho! ¡Ho!».

Diez veces gritó con voz enfadada
«¡Ho! ¡Ho!» pero no con ira,pues así lo hacía siempre.
Murió aquel verano, y así es como recuerdo
al cuco y su llamada, a los niños escuchando, y yo diciendo «No».

Y ahora, cuando decías, «¡Allí está!» Yo no escuchaba
para nada al cuco, sino el «¡Ho! ¡Ho!» de mi marido.
Y creo que aunque pudiera perder mi sordera
el canto del cuco se ahogaría con la voz de mis muertos.

 

 

 

 

DOS AVEFRÍAS

Bajo el cielo que sucede al crepúsculo
dos avefrías vuelan y cantan,
más blancas que la luna que cabalga
en lo alto sobre la masa negra, en silencio;
más negra que la tierra. Su canto
es el único sonido bajo el cielo.
Sólo ellas se mueven, ahora bajas, ahora altas,
y con alegría le cantan
al travieso cielo de la primavera,
cayendo en picado hacia la tierra, ascendiendo,
sobre el fantasma que se pregunta por qué
vuelan y cantan con tanta alegría,
por qué no eligen entre cielo y tierra,
mientras el cuarto menguante, en silencio,
cabalga, y la tierra descansa, en silencio.

 

 

 

 

CABEZA Y BOTELLA

Las colinas perderán el sol, la blanca aliaria
el zumbido de las abejas;
pero cabeza y botella echadas hacia atrás en el carro
nunca se separarán
hasta que yo esté frío como la medianoche y todas mis horas
sean flores sin abejas.
Él ni ve, ni oye, ni huele, ni piensa,
sólo bebe,
tranquilo en el jardín donde los troncos no yacen
más tranquilos.

 

 

 

 

EL VENDEDOR

Tiene una joroba como la de un simio en la espalda;
tiene una escasez abundante de dinero;
y salvo por un festivo abrigo del doble de su tamaño
no hay nada más simple sobre la faz de la tierra
xxxxxxen esta mañana radiante de mayo.

Pero el vendedor tiene una botella de cerveza;
conduce un carro y su mujer se sienta cerca
sin preocuparse por su escasez o su joroba;
y en cada sacudida ríen por el camino
xxxxxxen esta mañana radiante de mayo.

 

 

 

 

ELLA VENERA

Ella venera lo que dicen los pájaros salvajes
o lo que insinúan, o sus mofas, noche y día,
—tordo, mirlo, todos los que cantan en mayo,
xxxxxxy el chorlito sin canción,
halcón, lechuza y pájaro carpintero—.
Nunca le dicen una palabra
xxxxxxsobre su amado.

Ella se ríe de ellos por su inmadurez,
les grita por su despreocupación,
a ellos, que la ven sin su amado
xxxxxxy aun así cantan y parlotean
igual que cuando él no era un fantasma,
tampoco le preguntan jamás qué ha perdido
xxxxxxo cuál es el problema.

Aun así ella se imagina que los niños esconden
un secreto, y que los tordos riñen
porque ella cree que la muerte puede separarla
xxxxxxde su amado;
y ella ha dormido, tratando de traducir
la palabra que el cuco chilla a su compañero
xxxxxxuna y otra vez.

 

 

 

 

CINCUENTA HACES

Allí están, sobre sus extremos, los cincuenta haces
que una vez fueron parte de jóvenes avellanos y fresnos
en el bosque de Jenny Pink. Ahora, junto al seto,
bien apilados, crean una barrera por la que solo
puede aventurarse el ratón y el carrizo. La primavera
que viene un mirlo o un petirrojo harán su nido allí,
acostumbrados a ellos, pensando que permanecerán
para siempre, sea lo que sea eso para un pájaro:
esta primavera ya es demasiado tarde, ha llegado el vencejo.
Era un día caluroso para portarlos:
nunca podrán calentarme mejor, aunque deberán encender
varias hogueras de invierno. Antes de que se acaben
habrá terminado la guerra, muchas otras cosas
habrán acabado, quizá, que ya no puedo prever
o controlar más de lo que pueden el petirrojo o el carrizo.

 

 

 

 

ÁLAMOS

Día y noche, salvo en invierno, sin importar el tiempo,
por encima de la posada, de la herrería y de la tienda,
los álamos allá en el cruce hablan juntos
de la lluvia, hasta que sus últimas hojas caen de la copa.

Fuera, en la caverna del herrero resuenan
el martillo, la herradura y el yunque; fuer, en la posada
el tintineo, el zumbido, el rugido, el canto azaroso
—los sonidos que llevan cincuenta años sonando—.

El susurro de los álamos no se ahoga,
y por encima de los cristales opacos y de la carretera sin pasos,
vacía como el cielo, sin que cesen todos los demás
sonidos, convoca a sus espíritus de sus moradas,

una herrería en silencio, una posada quieta, ni yerra
en la desnuda luz lunar o la tiniebla espesa,
en tormenta o en la noche de los ruiseñores,
al convertir las encrucijadas en estancias fantasmales.

Y sería lo mismo si no hubiese casa alguna cerca.
Sin importar las inclemencias, los hombres o las épocas,
los álamos deben agitar sus hojas y los hombres oír, quizá,
pero tal vez sin escuchar, más de lo que escucharían mis versos.

Sople el viento que sople, mientras ellos y yo tengamos hojas
no podemos ser otra cosa que álamos
que sufren sin cesar y sin motivo,
o así piensan los hombres que gustan de otros árboles.

 

 

 

 

ESTE NO ES UN NIMIO CASO DE LO QUE ESTÁ BIEN O MAL

Este no es un nimio caso de lo que está bien o mal
que pueda ser juzgado por políticos
o filósofos. No odio a los alemanes, ni me enciendo
de amor por los ingleses, para satisfacer los periódicos.
Al lado de mi odio por cierto gordo patriota
mi odio hacia el káiser es verdadero amor:
es una especie de dios, golpeando un gong.
Pero no he de elegir entre los dos,
o entre la justicia y la injusticia. Saturado
con la guerra y la trifulca no leo más
que en la tormenta, fumando con el viento
a través del bosque. Dos calderos de bruja rugen.
De uno se elevará el día claro y alegre;
del otro saldrá una Inglaterra hermosa
y como su madre que murió ayer.
Poco sé o me importa si, estando distraído,
me pierdo algo que los historiadores
pueden rastrillar de las cenizas cuando, quizá,
el Fénix medite sereno sobre su conocimiento.
Pero con los mejores y peores ingleses
soy uno al gritar, Dios salve a Inglaterra, no sea cosa
que perdamos lo que los nunca esclavizados y el ganado bendijeron.
Las edades hicieron a aquella que nos hizo del polvo:
ella es todo lo que conocemos y por lo que vivimos, y confiamos
en que sea buena y que pueda resistir, queriéndola así:
y así como nos amamos entre nosotros, odiamos a nuestros enemigos.

 

 

 

 

LLUVIA

Lluvia, lluvia de medianoche, sólo la lluvia salvaje
sobre este barracón gris, y soledad, y yo
recordando de nuevo que al final moriré
y no podré oír la lluvia ni ofrecer mi gratitud
por su forma de lavarme, dejándome lo más limpio
que he estado desde que nacía a esta soledad.
Benditos son los muertos sobre los que llueve la lluvia:
pero ahora rezo para que ninguno de los que amé
se esté muriendo esta noche o yazga aún despierto
y en soledad, escuchando la lluvia,
sufriendo o sintiendo así una compasión
impotente entre los vivos y los muertos,
como agua fría entre juncos quebrados,
incontables juncos quebrados, altos y tiesos,
que, como yo, no poseen un amor que esta lluvia salvaje
no haya disuelto salvo el amor por la muerte,
si acaso es amor hacia aquello que es perfecto y
no puede, me cuentan las tempestades, decepcionar.

 

 

 

 

QUIZÁ PUEDA LLEGAR A AMARTE

Quizá pueda llegar a amarte
cuando ya estés muerto
y nada ya se pueda hacer
y quede mucho por hablar.

Arrepentirse será ese día
imposible
para ti y en vano podré
decirte la verdad.

Me dará lástima
tu impotencia:
ya no podrás hacer y deshacer
cuando marches allá,

no podrás perdonar
ni el funeral.
Pero mientras vivas todavía
yo no podré llegar a amarte.

 

 

 

 

Y A TI, HELEN

Y a ti, Helen, ¿qué debo darte a ti?
Te daría tantas cosas
si tuviera un almacén grande e infinito
ante mí de donde poder
escoger. Te daría juventud,
todo tipo de bellezas y verdad,
una mirada limpia tan buena como la mía,
tierras, aguas, flores, vino,
tantos hijos como tu corazón
pudiera desear, un arte mucho mejor
que el mío, todo lo que has perdido
lanzándolo sobre las aguas nómadas,
o habiéndomelo entregado. Si pudiera elegir
libremente en la gran casa de los tesoros
cualquier cosa de cualquier estante,
te devolvería tu propio ser,
y el poder para vislumbrar
lo que deseas sin que sea para ello tarde,
días hermosos, libres de preocupaciones
y ánimos para gozar de lo sórdido y de lo bello,
y a mí mismo, también, si pudiera encontrar
dónde estoy escondido y yo resultara amable.

 

 

 

 

ALGUNOS OJOS CONDENAN

Algunos ojos condenan la tierra que observan:
algunos esperan pacientemente a conocer mucho más
de lo que la tierra les puede decir: algunos se ríen del conjunto
como si fuera el capricho de hacer de otro: uno
conocí que se reía porque no vio, desde el hueso
hasta la cáscara, ni una sola cosa que mereciera la risa que su alma
tenía ya preparada al despertar: algunos ojos han comenzado
con la risa; algunos se quedan, espantados en la puerta.

Otros, también, he visto descansar, interrogarse, girar,
bailar, disparar. Y a muchos he amado al observarlos. De algunos
no podía apartar los ojos hasta que se alejaron
y murió el amor. No encontré mi meta.
Pero pensando en tus ojos, querida, me volví
mudo: pues ardían, y era a mí a quien quemaban.

 

 

 

 

EL SOL SOLÍA BRILLAR

El sol solía brillar cuando caminábamos lentamente
los dos juntos, nos parábamos y volvíamos
a comenzar, y a veces pensábamos, otras hablábamos,
según nos apeteciera, y con alegría nos despedíamos

cada noche. No había discusión
sobre en qué verja detenernos. Al qué será
y al pasado remoto les dábamos poca importancia.
Hablábamos de hombres o de poesía,

de rumores de la guerra remota
hasta que los dos nos desinteresábamos
por todo, menos por la sabrosa piel amarilla
de una manzana que las avispas habían agujereado;

o por el oscuro centinela de la salvia,
la más doméstica de las pequeñas flores sobre la tierra,
en el límite del bosque; o por el azafrán
de un pálido violeta como si hubieran nacido

en los campos sin sol de Hades. Recordamos
la guerra con la salida de la luna
que los soldados en el este lejano
contemplarían entonces. Sin embargo, nuestros ojos

podían también imaginar las Cruzadas
o las batallas de César. Todo
se desvanece como esos rumores,
como el agua brillante del arroyo

bajo la luz de la luna; como esos paseos
ahora; como nosotros al darlos; y
las manzanas caídas; todas las conversaciones
y los silencios; como la arena de la memoria

cuando la marea la cubre tarde o temprano
y otros hombres a través de otras flores
en esos mismos campos bajo la misma luna
siguen hablando y pasan horas más felices.

 

 

 

 

DESPUÉS DE QUE HABLES

Después de que hables
y de que quede claro
lo que decías,
mis ojos
se encuentran con los tuyos que revelan
—con tus mejillas y tu pelo—
algo más sabio,
más oscuro,
y muy distinto.
Del mismo modo la alondra
ama el polvo
y hace allí su nido
un minuto
antes de volar lejos
sola,
una estrella negra
parece
—una mota
de polvo que canta
y flota
en lo alto,
que sueña
y no arroja luz—.
Sé que tu lujuria
es amor.

 

 

 

 

HUBO UN TIEMPO

Hubo un tiempo en que esta pobre estructura era un todo
y yo tenía juventud y ninguna otra preocupación,
o ninguna que debía haber turbado un alma fuerte.
Aunque, a veces, envuelto por un aire gélido,
cuando mis talones le arrancaban una melodía
al pavimento de una ciudad que dejaba atrás,
nunca llegaba a percatarme de mi júbilo
porque era menos poderoso de lo que mi mente
había soñado. Dado que no podía presumir de fuerza
tanto como quisiera, de ser débil era de lo que presumía.
Buscaba la compasión aunque la odiaba, pero al final
la merecí. Oh, demasiado caro fue el precio.
Pero ahora que hay algo que reclama mi fuerza y juventud
como algo útil, reniego de esa edad,
del cuidado y de la debilidad que bien conozco —me niego
a admitir que no soy merecedor del salario que se le paga
a un hombre que entrega sus ojos y su aliento a cambio
de aquello que no exigiría su muerte ni se daría cuenta de ella—.

 

 

 

 

SE HAN IDO, SE HAN IDO DE NUEVO

Se han ido, se han ido de nuevo
mayo, junio, julio
y agosto se han ido,
han pasado, de nuevo,

nada memorable
salvo el hecho de verlos pasar,
como junto a los muelles vacíos
fluyen los ríos.

Y ahora, de nuevo,
bajo la lluvia de la cosecha,
las naranjas de Blenheim
caen sucias de los árboles,

como cuando yo era joven
—y cuando la que perdí estaba aquí—
—y cuando empezó la guerra
que convirtió a los jóvenes en estiércol—.

Mira la casa vieja,
anticuada, majestuosa,
oscura y sin habitantes,
con hierba que crece en vez

de las pisadas de los vivos,
la amabilidad, el conflicto;
en sus camas han yacido
jóvenes, amor, edad y dolor:

yo soy algo que se parece;
sólo que yo no estoy muerto,
aún respiro y me intereso
por la casa que no está oscura:

yo soy algo parecido;
ni una ventana para que se refleje el sol,
para que rompan los escolares
—ya las han roto todas—.

 

 

 

Thomas, Edward. Poesía completa (Trad. Ben Clark). Ourense; Ed. Linteo, 2012.

 

BEN CLARK EN MURCIA Y CARTAGENA

 

Ben Clark estará presentando hoy y mañana el libro con el que ha ganado el último premio Loewe. Quienes podáis, id a verlo.

 

BEN CLARK EN EL MUSEO RAMÓN GAYA

Esta tarde, y gracias a La Galla Ciencia, Ben Clark -presentado por Noelia Illán- ha estado por primera vez leyendo sus poemas en Murcia.
Además de leer poemas de su último libro, ‘Los últimos perros de Shackleton’ -publicado por la editorial Sloper, de Palma de Mallorca-, ha repasado algunos textos de sus libros anteriores. Un magnífico recital en el que ha ido combinando su buen humor presentando los poemas contrastado con el tono triste de los mismo, y que ha hecho -como él mismo decía- de pie, como le gusta leer.

 

ben-clark-1

 

ben-clark-2

 

ben-clark-3

 

Y aquí tienen el poema que le da título a ese último libro de Ben Clark.

 

LOS ÚLTIMOS PERROS DE SHACKLETON

El dolor de este zumo de naranja no es dolor. Hotel sin par
y sábanas revueltas.
¿Dónde estuve? No sé: surcando el hielo.
He matado estos perros con mis manos.
He matado estos perros con mi lengua, con cada orgasmo ha muerto
uno y lo sé, lo sé: tarde o temprano voy a pagar por cada gemido.
Pero este desayuno no es dolor,
y la luz nos explora y nos conquista
tan suave, tan despacio.
Y mientras tanto tú,
esperando el regreso,
fracturándote poco a poco, tú
que todo lo entregaste. ¿Dónde estuve?
Estuve asesinando a nuestros perros.

 

MAÑANA, BEN CLARK EN EL MUSEO RAMÓN GAYA

ben-clark-museo-ramon-gaya

 

Si pueden, no se lo pierdan.

 

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HOMER

The eternal fight

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Eduardo Lago, por el hurto

Entraron en la casa el veintiuno de marzo
tras forzar los tablones que tapaban la entrada
y tras retirar varias toneladas de objetos.
Medio siglo después un funcionario
entendió la sinergia y le propuso
a la UNESCO fijar aquella fecha
como el día mundial de la poesía.

 

 

 

 

Hoy doce sicomoros los recuerdan
en un parque discreto.
Homer y Langley Collyer, neoyorquinos.
Hoy parte del lenguaje y de la tierra:
“¡este cuarto parece de los Collyer!”
Fueron ricos, excéntricos y sucios.
Fueron recolectores y obsesivos,
fueron grandes enfermos y famosos.
Pero los sicomoros nada saben
de estos chismes; la tierra donde reposan sólo cuenta
que Langley y Homer Collyer
sobre todas las cosas son hermanos.

 

 

 

 

Está ciego. Su hermano lo alimenta
a base de naranjas. Por las noches
sale en busca de todos los diarios
y todos los periódicos.
“Cuatrocientas naranjas cada mes,
te curarás muy pronto, Homer.
Y cuando lo hagas tengo una sorpresa:
estoy salvaguardando nuestro tiempo
para que tú lo leas algún día.
Para que tú lo leas y comprendas
lo que ves y ante todo para que no te asuste
tanta velocidad y tanto ruido”.

 

 

 

 

Ciento tres toneladas de basura
(sin contar veinticinco mil libros diferentes
y los cuerpos de Langley y Homer Collyer).

 

 

 

 

Túneles de papel por donde Homer,
paralítico y ciego, no puede aventurarse.
Langley sigue saliendo a por la prensa
y a veces a por agua de una fuente.
También cortan la luz pasado un tiempo.
Pero de esto su hermano no se queja
y Langley está tranquilo.

 

 

 

 

El número dos mil setenta y ocho.
Al final decidieron demolerla.
“Mejor así –dijeron los vecinos–,
este edificio no es más que basura”.

 

 

 

 

Homero –entre otras cosas– significa rehén.

 

 

 

 

rastrillos, paraguas, bicicletas, cochecitos de niño, cajas y cofres, una colección de armas, lámparas (de pie, de araña y de pared), juegos de bolos, la capota de un landó; maniquíes, postales de chicas pin-up, bustos de escayola, retratos al óleo, una estufa de queroseno, frascos con vísceras humanas, cientos de metros de sedas, brocados y damascos, alfombras, tapices, cuadros, relojes, una quijada de caballo, instrumentos musicales (banjos, cornetas, acordeones, un clavicordio, dos órganos, cinco violines y catorce pianos, verticales o de cola), partituras en braille, cajas de música, un antiguo aparato de rayos X, instrumental clínico y quirúrgico, trenes y aviones de juguete, el viejo Ford T y la piragua de su padre, Herman Collyer

 

 

 

Clark, Ben. Basura. Salamanca; Editorial Delirio, 2011.

 

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TU BASURA NO ES BASURA

Diógenes

 

Al principio es confuso y hace falta
dejar que todo cambie y viaje un poco.
Al principio las cosas pueden ser
basura para algunos pero no para otros
y a medida que el peso conduce a los objetos
del oeste
xxxxxxxxxal este
xxxxxxxxxxxxxxxy
xxxxxxxxxxxxxxxxxdel norte
xxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxxal sur
la basura contiene más basura,
y para cuando llega al vertedero
de Govandi en Mumbai,
los niños saben bien que donde juegan
todo lo que hay es puro.

 

 

 

 

Cuando desalojaron a Edmund Trebus
vivía en un rincón de su cocina
recluido.
Limpiaron el jardín
y llenaron camiones y camiones
con todos los objetos de la casa.
Unos días después Heringey Council
recibió con sorpresa la demanda
de Trebus reclamando
una indemnización
por haberle robado todas sus posesiones.

 

 

 

 

Lo llaman jugaad
y les cuesta entender
que haya gente que tire los objetos
porque ya no funciones. No sorprende
que sea en India donde
aparezca el concepto
(arreglar, inventar, recombinar:
perpetuar, negar la obsolescencia),
basta con recordar que fueron ellos
los primeros del mundo
en descubrir el cero.

 

 

 

 

También es cierto que si pasa
tiempo suficiente
–siglos o milenios–
la basura no cambiará
pero sí su nombre:
será entonces arqueología.

 

 

 

 

Para saber a qué se referían
le añadían “basura” a las palabras:
hipotecas, comida, televisión, contratos…
Ya no hubo confusiones pero nadie
quiso indagar por qué fue tan sencillo.

 

 

 

 

Hay un nuevo enemigo:
lleva ya mucho tiempo pero es nuevo
para el hombre corriente, el hombre de hoy:
se llama “obsolescencia programada”.
El hombre se enfurece,
maldice a las empresas, al sistema,
ve vídeos, participa en foros, lucha
contra tanto consumo innecesario.
Con el tiempo se cansa,
poco a poco se aburre
y cambia de teléfono, suspira
y entiende que la idea ha caducado
como estaba previsto que ocurriera.

 

 

 

Clark, Ben. Basura. Salamanca; Editorial Delirio, 2011.

 

EL HOMBRE DE SINOPE

Carrito Mercadona sin ruedas en mitad de la acera

 

Tengo un carro de Eroski con las ruedas
desgastadas (chirrían y es molesto).
Pero en todas las casas hay detalles
reprochables, deseos de reforma.
“Ya vendrán otros tiempos”. Eso dicen.

 

 

 

 

Las botellas vacías, las litronas,
los envases de plástico y las latas.
Un poco más allá un condón y un Nobel
sin encender, la hierba es verde y brilla
el sol sobre este sábado de luto:
pronto el ayuntamiento borrará
cualquier rastro humillante de su noche
y saldrán los votantes al paseo.

 

 

 

 

Policía.
Prohibido rebuscar en la basura.
Documentación.
Patada al carro. Rueda estropeada.
Papeles, coño.
Fuera de aquí la noche es un milagro.
Comisaría.
Instrucciones de un hombre y su uniforme:
“Vuelve a tu casa y da
nuevas instituciones a tu tierra”.
Carro inservible.
Frío.

 

 

 

 

A Manes lo mataron en Callao.
Fue una lata de atún con raticida
junto a un contenedor. Murió despacio.
Lo acuné entre mis brazos y Madrid
me pareció el peor sitio del mundo
para morir. Le hablé toda la noche
y al alba lo dejé sobre la acera.
Poco después un hombre lo lanzó
con un desprecio hondo a la basura.

 

 

 

 

No se engañe: yo leo los periódicos.
Somos, los vagabundos, delos pocos
que leen cada día
la prensa impresa y muerta de este nicho.
Y sí, tengo mis propias opiniones
sobre “la situación”
y sobre el paro y todo lo demás.
Pero el caso es que yo lo leo todo
sin olvidar por qué lo estoy leyendo;
porque alguien lo tiró, porque es basura.

 

 

 

 

De poco nos sirvieron tantos dioses,
porque todas las cifras
eran mitología.

 

 

 

 

Acumular es siempre acumular.
Significa lo mismo en todas partes.

 

 

 

Clark, Ben. Basura. Salamanca; Editorial Delirio, 2011.

 

HISTORIA DE LA LLUVIA

Tres poemas de la primera sección de ‘Basura’, libro de Ben Clark publicado por la editorial Delirio.

 

Whatever

 

Londres es una ciudad de más de 70 millones de ratas
(según youtube y varias otras páginas).
Más ratas que británicos, se dice.
Ratas Lores y ratas en el número diez,
ratas alimentándose de todo
lo que la reina tira en sus banquetes.

 

 

 

 

El veintidós de marzo del año dos mil uno
cerró Fresh Kills, inmenso vertedero
en Staten Island, Nueva York.
La isla tiene montañas de basura,
la más alta supera en veinticinco
metros la estatua de la libertad.
Hubo grandes festejos y discursos.
Unos meses después fue necesario
volverlo a abrir de nuevo;
llegaban dos millones
de toneladas frescas de Manhattan.

 

 

 

 

Por su parte, los dueños
de la empresa negaron
haber abandonado
así al trabajador.
Aunque admitieron luego
que no tenía contrato.
Según declaraciones
al diario Levante
le tiraron el brazo a la basura
“porque era necesario
continuar trabajando”.

 

 

 

Clark, Ben. Basura. Salamanca; Editorial Delirio, 2011.

 

ANÁLISIS SINTÁCTICO

Hoy termino de hacer repaso de los poemas que me han gustado de ‘Los hijos de los hijos de la ira’ de Ben Clark. Y lo hago dejando dos poemas de la tercera parte del libro (sí, la que lleva por título el del post de hoy).

 

Ben Clark 'Los hijos de los hijos de la ira' (y tres)

 

xxxxxIII

Yo creo que el amor debe existir.
También creo que algún día el amor
recoge en un petate cuatro cosas
y se va ‒pero no por donde vino‒.
Es triste.
Pero no es lo más triste.
Es mucho más terrible que no expliquen
ni en las aulas ni en libro alguno que
el amor, de existir, tiene los pies
ligeros como el aire y no se ve
‒lo mismo que la brisa es invisible‒
y lo triste consiste en que se marcha
dejándonos inmóviles, los párpados
como embalses resecos de un agosto
juzgado equivocadamente abril.

 

 

 

 

xxxxxVII

x(Alberca Blues)

Nada da tanto miedo como el frío.
Recuerdo la primera vez que unidos,
respirándonos mutuamente ‒suerte
de extraña criatura entre la lluvia‒
sentimos el poder de nuestro abrazo.

La noche en que sentimos que la noche
nada podía hacer para matarnos.
Que habíamos vencido.

Que el plomo caería desde un luto
altísimo y nosotros allí, como
si nada; como quien oye llover.

Habíamos vencido y como siempre,
siendo primos hermanos la alegría
y el olvido, olvidé el miedo que daba
estar en una calle tiritando,
como estoy hoy sin ti.

Nada da tanto miedo como el frío.

 

ASTOR PIAZZOLLA LE DEDICA A JAVIER SIEDLECKI FIVE TANGO SENSATIONS

Hoy me apetece dejar aquí otro de los poemas de ‘Los hijos de los hijos de la ira’, de Ben Clark.

El poema pertenece a la segunda parte del libro, la que lleva por título el mismo que el del post de hoy.

 

Ben Clark 'Los hijos de los hijos de la ira' (bis)

 

xxxxxIII

xxx(Loving)

A una edad imprecisa, cuando el gallo
arrastra el espolón por la guitarra
o después, poco importa,
de pronto se naufraga entre la sal
y la espuma indulgente
de unos labios ajenos.
Desnudo como un árbol desvaído
que acaricia la rosa de los vientos,
con el cuerpo cubierto por las fórmulas
de la más imprecisa matemática:
el deseo,
que arranca los secretos
de los cuerpos que duelen al amarse,
lo mismo que descifra los misterios
del cielo el astrolabio.
¿Cómo no tener pánico al relámpago,
a la ola inusitada? Cuando el gozo
parece haber dejado atrás al niño
y sin embargo allí, entre los pechos
de esa noche extraviada,
uno no es tan distinto al más medroso.
Es entonces, Javier,
que se desea morir en aquel valle
protegido del frío,
escuchando arrodillarse la brisa
más allá del refugio,
y el agua entre las ramas de los árboles
‒porque afuera también está lloviendo‒
y, por primera vez,
la oscuridad,
parece más amable que la aurora.

 

LOS HIJOS DE LOS HIJOS DE LA IRA

Después de estar en casa de L, el siguiente préstamo lo tomé de casa de mi compadre Joseda.

Es este un libro al que le tenía ganas desde hace mucho tiempo.

 

Ben Clark 'Los hijos de los hijos de la ira'

 

Me parece maravilloso el texto con el que Ben Clark abre el libro, esos versos que dicen:

 

NO es este el Paraíso prometido
Y, sin embargo ¿quién se ha dado cuenta?

 

 

Hoy voy a dejar aquí siete de los poemas de la primera parte del libro, parte intitulada ‘Acero inoxidable’.

 

xxxxxI

Llovía en las aceras y en las casas.
Llovía en todo el siglo XXI.
Teníamos entonces nueve años
y una idea aturdida del amor.
Llovía en todo el siglo XXI.
Llovía en nuestros ojos y quemaba
mientras nos divertíamos lamiendo
el “nebluno”, el smog de las farolas.
La city era una ciénaga convulsa
donde se hacía muy difícil distinguir
el cielo gris de todas las corbatas.
Cogidos de la mano
nos hacía toser el acre olor
de vidas gangrenadas.
Un poco más cerca de la muerte
llorabas y decías “¡Ben, Ben, Ben,
yo quiero irme a casa!”
Estábamos perdidos. Y aún llovía.
Confundías las calles como a veces
confundimos extraños con amigos.
Como Hansel y Gretel, regresamos
buscando nuestras huellas, algún resto.
Pero nada se imprime en el asfalto.
Y en el suelo no había más
que latas de refrescos
devoradas por la luz.

Ya no habría consuelo en nuestras almas.
Habíamos llegado tarde al mundo.

 

 

 

 

xxxxxII

“Hijos de la bonanza” nos llamaban:
los que no conocieron ni la hambruna
ni las agudas larvas de estridencia
chillando en el oído por las bombas.
Y cuando nuestras piernas tan delgadas
caían y sangraban porque el parque
era de un hormigón armado y frío,
se quedaban callados, observando
nuestro llanto con un gesto de sorna.

Debíamos vivir y dar las gracias
por la ocre rozadura en la garganta
que provocaba el aire al refugiarse.
Agradecer las flechas de las nubes
y que un fango lechoso a nuestros pies
‒en un último gesto agonizante‒
le mordiera las botas al progreso.
¿Y cómo agradecerles la alegría?
La risa provocada por los hombres
inocentes del mar
cuando se encaminaban hacia el río
dispuestos a bañarse entre excrementos.

También estaba el tedio
de tener que explicarles a los niños
palabras como pueblo indio, oso
pardo, ballena azul o lince ibérico.
Pero esto eran minucias, sacrificios
en nada comparables al sufrido
por aquellos que ahora nos decían
“hijos de nuestra sangre”, tan severos.

Aunque, a veces, es cierto, no era fácil,
simplemente intentamos ir viviendo.
Haciendo caso omiso al comezón,
al vacío que moraba en nosotros,
hijos de la bonanza;
los hijos de los hijos de la ira,
herederos de todos los despojos.

 

 

 

 

xxxxxIII

Hubo sobre la Tierra un día negro.
Aquel día los gatos vomitaron
dejando a los ratones en la acera.
Aquel día los niños, embutidos
en oscuras zamarras, destrozaron
las farolas lanzando antologías
de poetas que no hablaban del punzón;
de aquel desasosiego,
de un dolor que afligía hasta la infancia.

No existiría jamás un día igual.
Existía, quizá, ese consuelo.

 

 

 

 

xxxxxIV

Hubiera deseado ser más fuerte.
Fracturaba su voz el aire sólido
respondiéndole un eco de hojalata.
Nada más.
Porque ella era un silencio
afilado cortándole la carne.
Una navaja muda.
El brillo del aceite sobre el agua
le pareció un horrible autorretrato,
y todas sus palabras adoquines.
Ella hubiera querido ser más fuerte.
Helaba con sus ruegos los geranios
respondiéndole un eco de su miedo.
Nada más.
Porque él era el silencio
cortándole la carne.
Una navaja muda
reclamándole al mundo sólo un poco
del amor que sentía.

 

 

 

 

xxxxxVII

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Javier Serena

Cada vez más arriba,
cada vez
más deprisa, más alto.
Cada vez
más fuerte y deslumbrante
cegador.

Lejos del suelo, lejos,
cada vez
más distante más frío.

Aspirar a una altura irrespirable
desde donde las cajas de cartón
y sus ignominiosos inquilinos
no sean más que puntos bajo el cielo.

Ésta ha de ser la idea del progreso.

 

 

 

 

xxxxxX

Cuando no había luz, y luz había,
los perros removían la basura
buscando en el pasado de los hombres
una hogaza de pan o un hámster muerto,
una infancia en la playa, una foto
familiar en un parque, la palabra
amor y la palabra confianza.
Buscaban ‒fue imposible‒ el saciar
un hambre que acabara con su hastío.
Buscaban encontrar algo que no
sabían muy bien qué podía ser;
quizás tan solo algo que estuviera
verdadera y profundamente libre
de aquel intenso olor a podredumbre.

 

 

 

 

xxxxxXIII

Uncidos a la tierra,
pero negando el barro, seducidos
por la luz, como viles girasoles,
tenemos un aspecto algo ridículo
apresurando el paso ante una palma
como una flor abierta que se seca.
¿Qué estamos esperando? No vendrá
nada.
Ya no nos sobrecoge nada. Nada
parece desasir el corazón
esta ferruginosa indiferencia
que nos tiene encantados. Ya, por fin.
Podemos ser felices ya por fin.
¡Apreciemos la imagen y la métrica!
Que estamos vacunados
contra la enfermedad; contra el amor,
contra la compasión y la ternura.

Y no hay por qué temerle ya a la vida.

 

LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (XXX)

Ex Libris

 

 

Hace unos días recibíamos tres ejemplares más de ‘Ex Libris’, la revista de poesía que desde 1999 dirige Luis Bagué y desde el año 2003 también codirige Joaquín Juan Penalva.

En el último número que han publicado –ya el número 13– pueden encontrarse poemas de José Saborit, Jesús Aguado, Ana Merino, Pablo García Casado, Sandra Santana o Laura Casielles, entre otros.

Aquí dejo dos de los poemas que pueden encontrar en la revista.

 

ANTONIO GRACIA

UN POEMA SOCIAL

Miro la lluvia, su ancestral imagen
de lágrima sin ojos, y recuerdo
la tristeza del mundo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxDe este lado
de los cristales yo te beso, envaino
en tu cuerpo mi cuerpo, y tus entrañas,
cálidas como un vino, se repliegan
alrededor de mi lasciva carne,
haciendo seminar dentro de ti
el desencanto de mi amor airado.

Miro la LLuvia: cada estela de agua
escrita en la ventana como un cauce
es un surco de miel que voy trazando
con mi cuerpo en tu cuerpo; y cada muerte
que sucede allá lejos, en la patria
que hemos abandonado para amarnos,
es un grito de vida en este abrazo
que mantenemos en nuestra trinchera
para sobrevivirnos y hallar paz.

Qué lasitud tras cada acometida
y qué desasosiego cada vez
que observo el horizonte y veo la lluvia
caer interminable sobre el mundo.

Ayer fue todo igual, y lo será
mañana: aquí, la vida; allí, la muerte;
la soledad, al fin, en todas partes.

Me siento derrotado; quiero huir
del dolor y del gozo: de la lucha
y también del descanso del guerrero.
Me invade una letal melancolía
ante tanta tragedia.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxPero miro
tus ojos sorprendidos por la luz
de este mágico encuentro, tu fulgor
que estría la mañana:
y pasan ante mí,
como un desbocamiento innumerable,
todas las hecatombes de la Historia,
los niños masacrados, y el Amor
cabalgando desde el remoto origen:
y en ese instante de veneno y triaca
la ley universal de la alegría
escancia sus aljibes redentores
transfigurando toda realidad.

Y vuelvo a amarte y a decirte: vamos
un día más afuera, a la batalla:
detengamos el odio.

 

 

 

 

BEN CLARK

QUIZÁ

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxIf we could see all all might seem good.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEdward Thomas

Cuando no había labores y la gente caminaba
de norte a sur huyendo de un dios niño
salvaje, cuando con pocas
palabras era fácil hacer fuego,
debió existir por fuerza un hombre bruto,
el primero de todos los que habrían
de poblar los pasillos con nuevas mansedumbres.
Debía parecerse en algo a mí,
quizá,
mirando hacia la luz del horizonte
y caminando solo.
Yo no sé si él llegó a intuir entonces
el increíble número no nato
de cuerpos y kilómetros que aún
faltaban todavía.
Y si hubiera contemplado el vasto horror incumplido,
todo el dolor que podría evitarse
si abrazara aquel niño dios del norte,
si quieto fuera fósil, roca, nada.
Si tuviera delante guerras y noches ciegas
y llantos y niñas serias vestidas con uniforme;
un ejército de miércoles sin fin marchando hacia atrás;
hundiéndose en su pecho,
susurrando los nombres de los muertos
que nunca nacerían si él muriera.
Si este abuelo imposible pudiera verlo todo
y en un instante lúcido
pudiera vislumbrarte aquí dormida,
fruto extraño de la sucia deriva de los milenios,
quizá le pareciera todo bueno.

 

EL AMOR DEL DODO (y III)

El amor del dodo'

 

UNA HABITACIÓN CON VISTAS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxMe da igual lo que se vea afuera.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxE. M. Forster

No salgas al balcón a ver los coches
alejarse y llegar,
no intentes ver en ellos
el ritmo de la bestia que respira.
No vive la ciudad.
Es un acuerdo muerto entre bastardos
(la ciudad no es verdad).

No salgas al balcón, no te equivoques
mirando hacia los muros,
preguntándote quién es el que está
a las afueras. ¿Tú,
mirando hacia los límites del foro?

No salgas al balcón a ver la noche
disiparse en el blanco
–aquí la niebla siempre ha sido amable;
en su centro se crea la ciudad que quisiéramos,
la ciudad de los vivos,
la ciudad que es verdad–.
No salgas al balcón:
no hay nada ya en sus vistas para ti.

 

 

EL CUARTO DE FÍCTOR

He dormido en un cuarto de ficción y aullidos.
Dormí sin descansar en aquel cuarto,
envuelto por el humo y por la sangre,
por los intentos rotos,
por las tramas corruptas, por toda la ignominia.

Y dormido entendí que aquel espacio
ofrece sólo sueños a los otros.
Pero el cuarto se extiende más allá de sus límites,
y sé que las ficciones también ensuciarán
otros suelos, paredes, otras sábanas.
Sé que los personajes harán fiestas
cuando intentes dormir.
No podrás reposar en ningún sitio.

 

 

ESTA CASA

(con los Accidents Polipoètics)

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Jesús Vega

Vivimos en el último edificio
de una ciudad sin mar.
Nuestro balcón da a un parque que nadie ha inaugurado
todavía y que nadie
conoce, porque el parque se confunde
con lo que ya no es parque sino tierra
yerma de las afueras de esta ciudad sin mar.

Pronto nos marcharemos de este sitio.

Y puedo imaginarme en Trinidad
recordando esta casa. Recordando el amor
creado y destruido, intransformable.

En un mundo ideal, en Trinidad,
yo estaría tomando un whiskey sour
con un resucitado Raymond Carver,
hablando de esta casa

contemplando el océano o en silencio

recordando esta casa, ya tan lejos
de aquel tiempo sencillo en la ciudad
que nos tenía fe por ser su fin.

Pronto nos marcharemos de este sitio.

 

 

CLARK, Ben. El amor del dodo. Salamanca: Asoc. Cultural “El Zurguén”, 2012.

 

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