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BAJO UNA LUZ MARINA

diciembre 16, 2013 Deja un comentario

Bajo una luz marina

 

 

BAJO UNA LUZ MARINA CERCA DE SEQUIM, WASHINGTON

Empiezan los verdes campos. Y las altas, blancas
granjas después de los charcos de la marea,
y aquellos pequeños cangrejos
listos para echar a correr, o darse la vuelta, si
levantábamos la roca debajo de la que vivían. La languidez
de aquella tarde tranquila. La belleza de conducir
por aquella carretera del campo. Hablando de París,
nuestro París. Y luego encuentras ese sitio en el libro
y me lees la vida de Anna Akhmatova allí con Modigliani.
Sentados en un banco de los jardines de Luxemburgo
bajo su enorme sombrilla negra
recitándose a Verlaine el uno al otro. Los dos
“todavía no alcanzados por el futuro”. Cuando
allá en el prado vimos
a un joven desnudo de medio cuerpo para arriba
y con los pantalones remangados,
como un antiguo remero. Nos miró sin curiosidad.
Se quedó allí observándonos indiferente.
Luego nos dio la espalda y siguió con su trabajo.
Mientras pasábamos como una hermosa guadaña negra
por aquel paisaje perfecto.

 

 

 

ONDAS DE RADIO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpara Antonio Machado

La lluvia ha cesado, y la luna ha salido.
No entiendo nada de las ondas de
radio. Pero creo que se transmiten mejor justo
después de llover, cuando el aire está húmedo.
En cualquier caso, ahora puedo coger Ottava, si quiero,
o Toronto. Últimamente, de noche, me sorprendo
ligeramente interesado por la política canadiense
y sus asuntos internos. Es verdad. Pero normalmente
lo que buscaba eran sus emirosras con música. Me siento
aquí en la butaca y escucho, sin tener nada que hacer,
o pensar. No tengo televisor, y dejé de leer
los periódicos. De noche pongo la radio.

Cuando escapé aquí trataba de alejarme
de todo. Especialmente de la literatura.
De lo que ella entraña, y de lo que trae a rastras.
Hay en el alma un deseo de no pensar.
De estar quieto. Emparejado con éste,
un deseo de ser estricto, sí, y riguroso.
Pero el alma también es una afable hija de puta
no siempre de fiar. Y olvidé eso.
Escuché cuando dijo: Mejor cantar a lo que se ha ido
y nunca volverá que a lo que aún sigue
con nosotros y estará con nosotros mañana. O no.
Y si no, también está bien.
Tampoco importa demasiado, dijo, si un hombre nunca canta.
Esa es la voz que escuché.
¿Puede imaginarse que alguien piense cosas así?
¡Qué absurdo!
Pero tengo estas estúpidas ideas de noche
cuando me siento en la butaca y oigo la radio.

Entonces, Machado, ¡su poesía!
Era como un hombrecillo mayor que se vuelve
a enamorar. Una cosa digna de observar,
y embarazosa, además.
Y llevo tu libro a la cama conmigo
y me duermo con él a mano. Un tren pasó
en mis sueños una noche y me despertó.
Y lo primero que pensé, el corazón acelerado
allí en el dormitorio a oscuras, fue esto:
Todo es perfecto, Machado está aquí.
Entonces me volví a dormir.

Hoy llevé tu libro conmigo cuando salí
a dar mi paseo. “¡Presta atención!” –decías,
cuando alguien me preguntó qué hacer con su vida.
Conque miré alrededor y tomé nota de todo.
Luego me senté al sol, en mi sitio
de junto al río desde donde puedo ver las montañas.
Y cerré los ojos y escuché el sonido
del agua. Luego los abrí y me puse a leer
“Abel Martín”.
Esta mañana pensé mucho en ti, Machado.
Y espero, incluso cara a lo que sé de la muerte,
que recibirás el mensaje que pretendo enviarte.
Pero está bien aunque tú no lo recibas. Que duermas bien.
Descansa. Antes o después espero que nos veamos.
Y entonces yo podré decirte estas cosas directamente.

 

 

 

UN INFORME

Empezó a escribir el poema en la mesa de la cocina,
una pierna cruzada por encima de la otra.
Escribió durante un rato, como
si el resultado sólo le interesara a medias.
No era como si en el mundo no hubiera suficientes poemas.
En el mundo había poemas en abundancia. Además,
había estado meses fuera.
Ni siquera había leído un poema en meses.
¿Qué modo de vivir era este? ¿Un modo de vivir
donde un hombre está tan ocupado que ni puede leer poemas?
Esto no es vivir. Luego miró por la ventana,
hacia la casa de Frank, colina abajo.
Una casa bonita situada cerca del agua.
Recordó a Frank abriendo su puerta
todas las mañanas a las nueve en punto.
Salía a dar uno de sus paseos.
Se volvió a acercar a la mesa, y no cruzó las piernas.

La noche anterior le contó
la muerte de Frank, Ed, otro vecino.
Un hombre de la misma edad de Frank,
y buen amigo de Frank. Frank y su mujer
veían Canción triste de Hill Street,
el programa de televisión favorito de Frank.

 

 

 

Carver, Raymond. Bajo una luz marina (Trad. Mariano Antolín Rato). Madrid; Ed. Visor, 2005.

 

RAYMOND CARVER

diciembre 15, 2013 Deja un comentario

Carver

 

 

WOOLWORTH’S, 1954

De dónde emergió, o por qué,
no lo sé. Pero pienso en ello
justo desde que llamó Robert
a decirme que estaría aquí en unos minutos
para ir a coger almejas.

Cómo trabajé en mi primer empleo
con un hombre que se llamaba Sol.
Cincuenta años y pico, pero
chico de almacén igual que yo.
Había trabajado toda la vida
sin ascender nunca. Pero agradecía
tener trabajo, igual que yo.
Sabía todo lo que había
que saber sobre los productos de aquellos
grandes almacenes y estaba dispuesto
a enseñármelo. Yo tenía dieciséis años, trabajaba
por menos de un dólar a la hora. Adoraba
lo que era. Sol me enseñó
lo que sabía. Era paciente
aunque contribuyó el que yo aprendía rápido.

El recuerdo más importante
de toda aquella época: abrir
las cajas de lencería femenina.
Bragas, y cosas delicadas
de ese tipo. Las sacaba
de las cajas a puñados. Algo
suave y misterioso en esas
cosas. Sol las llamaba
“liencería”. “¿Liencería?”
¿Qué sabía yo? Yo también las llamé
durante un tiempo, “liencería”.

Luego me hice mayor. Dejé de ser
chico de almacén. Empecé a pronunciar
bien aquella palabra.
¡Ya sabía de lo que estaba hablando!
Salía con chicas
con ganas de tocar aquella suavidad,
deslizar la mano debajo de sus bragas.
Y a veces pasaba. ¡Dios mío,
me dejaban! Y eran
liencería, aquellas bragas.
Se resistían un poco
a veces, cuando se deslizaban
por debajo de la tripa, pegándose ligeramente
a la caliente piel blanca.
Pasaban luego por caderas y nalgas,
hermosos muslos, y caían
más deprisa pasadas las rodillas,
¡las pantorrillas! Llegaban a los tobillos
que estaban unidos para esta
ocasión. Y saltaban libres
al suelo del coche y
se olvidaban por ahí. Hasta que
las tenías que buscar.

“Liencería”.
¡Aquellas chicas tan cariñosas!
“Estate quieta un poco, por favor”.
Recuerdo al que decía eso. Robert y sus
chicos y yo allí,
con nuestros cubos y palas.

Sus hijos, que no prueban las almejas, dan forma
al tiempo, al decir “Ya”
o “Ay” cuando las almejas se cierran
en las palas llenas de arena
y las echamos al cubo.
Y yo pensando todo el rato
en aquellos días en Yakima.
Y en bragas suaves como la seda.
El tipo de lencería que llevaba Jeanne,
y Rita, y Muriel, y Sue, y su hermana
Cora Mae. Todas aquellas chicas.
Ahora han crecido. O peor aún.
Lo diré: muerto.

 

 

 

SANGRE

Éramos cinco a la mesa de juego
sin contar al croupier
y su ayudante. El hombre
de junto a mí tenía los dados
en la mano.
Se sopló los dedos, dijo:
¡Vamos, pequeños! Y se inclinó
sobre la mesa para tirar.
En ese momento, una sangre roja brotó
de su nariz, salpicando
el verde paño de fieltro. Soltó
los dados. Se echó hacia atrás pasmado.
Y luego aterrorizado cuando la sangre
corrió por su camisa abajo. ¡Dios mío!
¿qué me está pasando?
gritó. Se agarró a mi brazo.
Oí funcionar los motores de la Muerte.
Pero en aquella época yo era joven,
y estaba borracho, y quería jugar.
No tenía por qué escuchar.
Así que me largué. No me volví ni siquiera,
ni encontré esto dentro de mi cabeza, hasta hoy.

 

 

 

UN CHUBASCO

Hoy, poco después de las tres de la tarde, un chubasco
salpicó las tranquilas aguas del Estrecho.
Una nube muy oscura, que se desplazaba rápido,
y traía lluvia, empujada por vientos de las alturas.

El agua se agitó y se puso blanca.
Luego, a los cinco minutos, estaba como antes–
azul. Se me ocurre que era el mismo tipo de chubasco
que cayó sobre Shelley y su amigo,
Williams, en el golfo de la Spezia, un
hermoso día por otra parte. Allí estaban,
corriendo cara a la intensa brisa,
gritándose uno al otro,
quiero creer, en plena exuberancia.
En los bolsillos de la chaqueta de Shelley, poemas de Keats,
¡y un volumen de Sófocles!
Luego una nube muy oscura que se desplaza rápido,
y traía agua, empujada por vientos de las alturas.

Una nube muy oscura
que acelera el final
del primer período romántico
de la poesía inglesa.

 

 

 

Carver, Raymond. Bajo una luz marina (Trad. Mariano Antolín Rato). Madrid; Ed. Visor, 2005.

 

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