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Posts Tagged ‘ariadna g. garcía’

KEMI

 

KEMI

xxxxxI

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxGolfo de Botnia

El agua congelada.
El cielo blanco.
Sé que enfrente está Suecia,
pero no la distingo;
hay mucha niebla.
Me encuentro dentro de una enorme caja.
Ninguna coordenada
fija mi posición.
Tanta blancura ciega.
Me ensordece el silencio.
Hablo y mi voz se adentra
en el inmenso espacio de la nada.
Soy el único objeto.
Mi ropa y piel limitan
con lo desconocido.

 

 

xxxxxII

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHotel Palomestari

Bajé a la calle para dirigirme al coche.
Lo tenía aparcado detrás del hotel,
sobre un montón de nieve.
El frío era intenso.
Leves copos bailaban una coreografía de silencio
hasta posarse en mi cazadora térmica.
La ciudad estaba vacía.
Junto a las farolas, en medio de la acera,
montañas de nieve despejaban el camino a los transeúntes
que por el día andaban,
amaban y llevaban sus vidas a cuestas.
Caminaba despacio por un suelo helado, resbaladizo.
Apenas veía.
Los escaparates estaban apagados.
Los letreros de neón parecían payasos inertes,
sin gracia, provistos de trajes negros.
De pronto escuché una música en medio de la nada.
Me paré.
Las notas, leves, procedían de una tienda de zapatos.
Y allí estaba yo,
en la frontera entre Finlandia y Suecia,
escuchando country bajo la nevada.
La extrañeza me apretó el corazón.
¿Qué hacía yo tan lejos?
¿Qué razón justificaba mi presencia a ese lado del mundo?
Si desaparecía, nadie se daría cuenta,
no habría testigos.
La música seguiría sonando,
tan inútil, como entonces.
Llegué al vehículo.
Despejé a patadas la nieve que lo estaba sepultando.
Retiré con los guantes el enchufe
que lo mantenía unido a la corriente
para evitar que el motor se congelara.
Cuando emprendí el regreso me paré en la esquina de la calle.
Sabía por qué me encontraba allí.
La música dejó de constituir un peligro,
una banda sonora que anunciase mi ausencia.
Tú me estabas esperando,
con el cabello húmedo,
en la sauna templada de nuestra habitación.

 

 

 

G. García, Ariadna. La Guerra de Invierno. Madrid; Ed. Hiperión, 2013.

 

LA GUERRA DE INVIERNO

 

LA GUERRA DE INVIERNO

xxxxxx(1939-1940)

xxxxxI

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFrente de Kollaa.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxIstmo de Karelia

Simo Häyha no es un francotirador corriente. Los rusos lo
apodan “La muerte blanca”. Su nombre está en la lista de
soldados a los que buscar para su ejecución. Su certeza en el
tiro merma al Ejército Rojo. Elimina a los hombres y des-
uella la moral de la tropa. Ha sobrevivido a varios intentos
de asesinato, a la caza salvaje de otros depredadores. Pero
aún no existe la bala que se cobre su pieza. Ahora está tum-
bado sobre la nieve. Su mano derecha acaricia el gatillo de
un fusil H-28, el arma con que cada verano salía al monte
con su padre, antes de que Stalin invadiese su mundo. Tam-
bién pescaban en los lagos de Karelia. Y a la noche, encen-
dían un fuego que convocaba a su alrededor a toda la familia,
e incluso a los amigos. Allí cenaban, al calor de las llamas y
de la compañía, como si nadie en la Tierra estuviera de paso.
Donde había canciones, hoy ruge el tableteo constante de las
ametralladoras. Por eso “La muerte blanca” clava la vista en
el lago congelado, por donde espera que aparezcan las orugas
soviéticas que huyen de las carreteras llenas de minas. No
trata de defender una frontera, sino su propia infancia.

 

 

xxxxxIV

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFrente del lago Ladoga.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxIstmo de Karelia

El palacio de hielo es un clamor cuando se anuncia mi nom-
bre por la megafonía: Birger Wasenius. Yo no miro a las gra-
das, xdonde xxque xmis xcompatriotas xagitan xbanderas,
recuerdan mis medallas en los Juegos Olímpicos de Invierno
del año 36 (en Alemania), y sienten un vínculo especial con-
migo, con mis gestos y músculos, con cada una de las letras
que contienen mi nombre; un afecto que ignoro si sabré co-
rresponder. Yo ime icentro ien ila ipista. iMe iaíslo. No existe
nada fuera de mi cabeza. Ni siquiera mis rivales: el resto de
patinadores. Cierro los ojos. Veo mi carrera. Los abro. Me
mido con el hielo. Lo Desafío. El hielo y yo. El frío contra
mi potencia. Un disparo. Explotan las voces de la gente, y el
cuerpo sale en busca del destino. Por delante, 1500 metros,
un futuro de gloria hacia el que avanzo. Las aspas de mis
brazos me propulsan a gran velocidad. Tomo distancia. Soy
un poderoso molino de tendones y sangre. Me persiguen.
Escucho los jadeos a mi espalda, la cuchilladas que los pa-
tines infligen al suelo, las órdenes en ruso, los ladridos. Pero
no me detengo. El sol arde en mis piernas. Me deslizo más
rápido. Una vuelta. Faltan 500 metros. Dejo atrás una granja
de renos, un río helado y una pieza de artillería; rota e inútil
como un cadáver. Otro tiro. Sobre la superficie, el reflejo de
mi figura. Dos patinadores. La misma fuerza. También el
mismo miedo. Ya no escucho las voces de las gradas. Sólo el
sonido de mi respiración. Todavía me buscan. No distingo
la meta en este bosque. Un árbol sigue a otro. Me he perdido.
Con los disparos se desprende la nieve de los árboles. Gano
segundos que no sé de qué me servirán en esta huida. Co-
rrespondí al afecto de mis compatriotas. Seguro que se sien-
ten orgullosos de mí, que sueñan con mi vida, con este
cuerpo ágil y veloz que está siendo abatido en este instante.

 

 

xxxxxV

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxMar Báltico

Varios minadores finlandeses salen del archipiélago de
Turku. Se dirigen a mar abierto, donde se libran dos com-
bates. Hay dos guerras en una. En el nivel superior: destruc-
tores, icargueros iy icorbetas iemulan ial isol ia icañonazos,
incendian el aire, toda forma de vida humana o animal. Bajo
la superficie líquida: la guerra es silenciosa, parece que trans-
curre como a cámara lenta, en un mundo dotado de otras
leyes marciales. Cientos de submarinos se evitan en el agua.
Su misión no consiste en lanzar torpedos. El juego es más
sutil debajo de las olas, más elegante, incluso: consiste en
poner trampas. A la suciedad, el ruido, el olor nauseabundo
de la pólvora mezclada con la sangre y el fuel, en el piso de
arriba, se contrapone abajo la limpieza de las operaciones, el
mutismo de los tubos lanzamisiles, acallado en ocasiones por
los coros solemnes de las tripulaciones de ambas flotas. Un
par de sumergibles avanzan en dirección opuesta. Son cetá-
ceos de acero. Uno pertenece a la Flota Roja del Báltico. Un
S-2 comandado por Gavriil Nikolajeritj. El otro es un im-
ponente minador finlandés de la clase Vatahinen. Ochenta
soldados hunden sus vidas bajo toneladas de agua. La oscu-
ridad y el frío los envuelven. A varias millas de Tallín, Esto-
nia, icomienzan ia iascender, icomo imedusas, ilas iboyas
explosivas finlandesas. El hielo las detiene. Allí se quedarán,
pequeños globos, hasta que un leve peso las detone. En el
mar de Aland, el submarino ruso realiza tareas de reconoci-
miento. Busca bases secretas frente a la costa sueca. Su mi-
sión es sencilla. A bordo de la nave, varios jóvenes aprenden
el oficio de la guerra, el manejo de la maquinaria y de sus
emociones. Controlan la presión del casco con la misma efi-
cacia que dominan sus nervios. Por eso, cuando la hélice roce
la mina que parta el sumergible en dos, no maldecirán ni llo-
rarán su suerte. Pensarán, con orgullo patrio, que se les ha
otorgado un gran honor: el descanso perpetuo en una tumba
helada.

 

 

xxxxxVI

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFrente de Tolvajärvi.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxIstmo de Karelia.

El deshielo del lago, en primavera, humillará a las aguas, que,
con pudicia, como si traicionasen el secreto de un niño o la
confesión de un sicario, desvelarán los horrores de la guerra.
Esto que flota inerte entre cascotes de hielo es un cadáver.
Cantarán de plano al mundo. Y estos bultos de aquí, que la
corriente mece bajo la niebla helada, son los restos de miles
de ilusiones que duermen boca abajo.

 

 

 

G. García, Ariadna. La Guerra de Invierno. Madrid; Ed. Hiperión, 2013.

 

ARIADNA G. GARCÍA – (TRAS)LÚCIDA

tras(lúcida) ariadna g garcía

 

TRANSFORMACIÓN

Han cerrado Au nom de la rose.

No se trata de una floristería cualquiera.
Allí compré las flores de mi ramo de novia.
Mi vida está ligada a aquel aroma,
a aquella variedad de colores y tonos.

Ya no existe Au nom de la rose.

La calle es más amarga y más oscura.
Ha sido sustituida por un espacio sin magia.
Ahora hay una tienda de telefonía móvil.
Un establecimiento gris,
despersonalizado y vulgar.
Se venden productos,
pero no se crean ambientes.
El barrio pierde sangre.
Palidece como un cuerpo vacío de alegría.

Ha muerto Au nom de la rose.

Y ni pétalos quedan para llorar su entierro.

 

 

 

VV.AA. (TRAS)LÚCIDAS. Poesía escrita por mujeres (1980-2016). [Marta López Vilar ed.] Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

DELFÍN

Graffiti Cartagena

 

Saltamos de la cama
con la resignación de quien conoce
el día que le espera
metida en el bolsillo
del pijama.

xxxxxxxxxxSin tiempo,
como los fugitivos,
preparo el desayuno
mientras miras tu rostro,
un poco más cansado
que ayer por la mañana,
bajo la luz del baño,
y los comercios abren
al público sus venas.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxSalimos a la calle
y empieza un día más.

Nos metemos, si hay sitio,
en autobuses llenos
donde se aprieta el odio
por la falta de lluvia.

Te dejo en el trabajo
y es como si tuviese
un esguince gritando
en el tendón del alma.

Los usuarios del metro
fabrican, con miradas
profundas como arpones,
un número impreciso
de espacios virtuales,
arquitecturas falsas,
laberintos de humo
en donde reinventar,
por escasos minutos,
el guión de sus vidas:
mosaico de instantáneas
con propensión al cáncer.

Fuman sus corazones
y el ácido del tiempo
escarba por el álbum
de sus tristes memorias.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPor mi parte,
cuando llega la tarde,
me pregunto qué harás.
Te imagino ya en casa
tumbada en el sofá
con el pijama puesto
escuchando tus compacts
en el disc-man.
xxxxxxxxxxxxxxMi vida
no es la misma a tu lado.
No se confeccionó
con una miscelánea de retales,
no es la estela apagada
de un buque, ni el andén
caducado del metro.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxEs un timón
que estalla en la tormenta,
una rosa de pólvora,
un verbo musculoso,
textura de diamante.

Entonces llego a casa
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxy tapizamos
nuestras bocas a besos.
Preparamos la cena
guardando las distancias
a la sartén, atentas
a los malabarismos del aceite.

Las horas
xxxxxxxxxparecen
xxxxxxxxxxxxxxxxxminutos.

La jornada no pesa
cuando nuestras miradas
se filman mutuamente,
y me acerco a tu cuerpo
con un poco de luz entre las manos:
erupciones de alondras
nos recorren las venas
y el pulso del amor
golpea la carótida del cuarto.

 

 

 

G. García, Ariadna. Napalm. Cortometraje poético. Madrid; Ed. Hiperión, 2001.

 

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