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CINCO POEMAS DE WISŁAWA SZYMBORSKA

 

EJEMPLO

La tormenta
arrancó anoche todas las hojas del árbol
menos una de ellas,
dejada
para que se columpiara sola en la rama desnuda.

En este ejemplo
la Violencia demuestra
que sí
que en ocasiones le gusta bromear.

 

 

 

 

IDENTIFICACIÓN

Qué bien que hayas venido — dice.
¿Oíste que el jueves se estrelló un avión?
Ajá, pues precisamente por ese asunto
vinieron a buscarme.
Parece que él estaba en la lista de pasajeros.
Y qué, igual se arrepintió.
Me dieron una pastilla para que no me desmayara.
Después me mostraron a alguien, no sé a quién.
Todo negro, quemado, menos un brazo.
Un jirón de la camisa, el reloj, la alianza.
Me enfurecí, porque seguro que no era él.
Nunca me haría eso, tener ese aspecto.
Y de esas camisas están llenas las tiendas.
Y ese reloj es un reloj corriente.
Y nuestros nombres en su alianza
son nombres muy comunes.
Qué bien que hayas venido. Siéntate aquí a mi lado.
Es cierto, tendría que haber vuelto el jueves.
Pero quedan muchos jueves todavía este año.
Ahora mismo pongo agua para el té.
Me lavo el pelo, y luego, y luego qué,
intentaré despertarme de todo esto.
Qué bien que hayas venido, porque allí hacía frío,
y él en ese saco de dormir de goma,
él, quiero decir, ese pobre infeliz.
Ahora mismo pongo agua para el jueves, me lavo el té,
es que claro, con lo comunes que son nuestros nombres —

 

 

 

 

NO LECTURA

A las obras de Proust
no les añaden en la librería un mando a distancia,
no podemos cambiar
a un partido de fútbol
o a un concurso donde ganar un volvo.

Vivimos más,
pero menos precisos
y con frases cortas.

Viajamos más rápido, más a menudo, más lejos,
aunque en lugar de recuerdos volvemos con fotos.
Aquí yo con un tío.
Aquel creo que es mi ex.
Aquí todos en pelotas,
así que seguramente es una playa.

Siete tomos: piedad.
¿No se podría resumir, abreviar,
o mejor mostrar en imágenes todo eso?
Una vez pasaron una serie que se titulaba La muñeca
pero mi cuñada dice que era de otro que también empezaba por P.

Además, seamos sinceros, quién es ése.
Al parecer escribió en la cama un montón de años.
Página tras página,
a una velocidad limitada.
Y nosotros con la quista puesta
y — toquemos madera — saludables.

 

 

 

 

ELLA FITZGERALD EN EL CIELO

Le rezaba a Dios,
le rezaba ardientemente,
para que hiciera de ella
una feliz chiquilla blanca.
Y si ya es tarde para esos cambios,
pues al menos, Mi Señor, mira cuánto peso
y quita de aquí como poco la mitad.
Pero el misericordioso Dios dijo No.
Simplemente puso la mano en su corazón,
le miró la garganta, le acarició la cabeza.
Y cuando todo haya pasado — añadió —,
me llenarás de júbilo viniendo a mí,
mi alegría negra, mi tonel cantarín.

 

 

 

 

VERMEER

Mientras esa mujer del Rijksmuseum
con esa calma y concentración pintadas
siga vertiendo día tras día
leche de la jarra al cuenco
no merecerá el Mundo
el fin del mundo.

 

 

 

Szymborska, Wisława. Aquí (trad. Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano). Madrid; Bartleby editores, 2009.

 

AQUÍ

 

AQUÍ

No sé cómo será en otras partes
pero aquí en la Tierra hay bastante de todo.
Aquí se fabrican sillas y tristezas,
tijeras, violines, ternura, transistores,
diques, bromas, tazas.

Puede que en otro sitio haya más de todo,
pero por algún motivo no hay pinturas,
cinescopios, empanadillas, pañuelos para las lágrimas.

Aquí hay un sinfín de lugares con sus alrededores.
Algunos te pueden gustar especialmente,
puedes llamarlos a tu manera,
y librarlos del mal.

Puede que en otro sitio haya lugares así,
aunque nadie los encuentra bonitos.

Quizá como en ningún sitio, o en pocos sitios,
aquí tengas un torso separado
y con él los instrumentos necesarios
para añadir los propios a los niños de otros.
Y además brazos, piernas y una cabeza sorprendida.

La ignorancia tiene aquí mucho trabajo,
todo el tiempo cuenta, compara, mide,
saca de ello conclusiones y raíces cuadrados.

Ya, ya sé lo que estás pensando.
Aquí no hay nada duradero,
porque desde siempre hasta siempre está en manos de los elementos.
Pero date cuenta: los elementos se cansan rápido
y a veces tienen que descansar mucho
hasta la próxima vez.

Y sé qué más estás pensando.
Guerras, guerras, guerras.
Pero incluso entre las guerras a veces hay pausas.
Firmes — la gente es mala.
Descansen — la gente es buena.
A la voz de firmes se produce devastación.
A la voz de descansen se construyen casas sin descanso
y rápidamente se habitan.

La vida en la tierra sale bastante barata.
Por los sueños, por ejemplo, no se paga ni un céntimo.
Por las ilusiones, sólo cuando se pierden.
Por poseer un cuerpo, se paga con el cuerpo.

Y por si eso fuera poco,
giras sin billete en un carrusel de planetas
y junto a éste, de gorra, en un torbellino de galaxias,
en unos tiempos tan vertiginosos
que nada aquí en la Tierra llega ni siquiera a moverse.

Porque mira bien:
la mesa está donde estaba,
en la mesa una carta, colocada como estaba,
a través de la ventana un soplo solamente de aire,
y en las paredes ninguna terrorífica fisura
por la que el viento se te lleve a ninguna parte.

 

 

 

 

PENSAMIENTOS QUE ME ASALTAN EN CALLES TRANSITADAS

Caras.
Miles de millones de caras en la superficie del mundo.
Aparentemente todas diferentes
de aquellas que ha habido y habrá.
Pero la Naturaleza — cualquiera la entiende —
quizá cansada del incesante trabajo
repite sus antiguas ideas
y nos pone caras
de segunda mano.

Igual te cruzas con Arquímedes en vaqueros,
Catalina la Grande con ropa de rebajas,
un faraón con gafas y maletín.

La viuda de un zapatero sin zapatos
de una Varsovia aún pequeña,
el maestro de las cuevas de Altamira
con sus nietas camino del ZOO,
un vándalo peludo yendo al museo
a extasiarse un poco.

Caídos de hace doscientos siglos,
de hace cinco siglos
y de hace medio siglo.

Alguien transportado por aquí en una carroza dorada,
otro en un vagón al exterminio,

Moctezuma, Confucio, Nabucodonosor,
sus ayas, sus lavanderas y Semíramis
hablando sólo en inglés.

Miles de millones de caras en la superficie del mundo.
Tu cara, la mía, la de quién —
no lo sabrás nunca.
Quizá la Naturaleza tenga que engañar,
y para llegar a tiempo, y para dar abasto
empieza a pescar lo que anda sepultado
en el espejo del olvido.

 

 

 

 

ADOLESCENTE

¿Yo, adolescente?
Si de repente, aquí, ahora, se plantara ante mí,
¿tendría que saludarla como a una persona próxima,
a pesar de que es para mí extraña y lejana?

¿Soltar una lágrima, besarla en la frente
por el mero hecho
de que tenemos la misma fecha de nacimiento?

Hay tantas diferencias entre nosotras
que probablemente sólo los huesos son los mismos,
la bóveda del cráneo, las cuencas de los ojos.

Porque ya sus ojos son como un poco más grandes,
sus pestañas más largas, su estatura mayor
y todo el cuerpo recubierto de una piel
ceñida y tersa, sin defectos.

Nos unen, es cierto, familiares y conocidos
pero casi todos están vivos en su mundo,
y en el mío prácticamente nadie
de ese círculo común.

Somos tan diferentes,
pensamos y decimos cosas tan distintas.
Ella sabe poco,
pero con una obstinación digna de mejores causas.

Yo sé mucho más,
pero, a cambio, sin ninguna seguridad.

Me muestra unos poemas
escritos con una letra cuidada, clara,
que no tengo ya desde hace tiempo.

Leo y leo esos poemas.
A lo mejor este de aquí,
si lo acortáramos,
y lo corrigiéramos en un par de lugares.
El resto no augura nada bueno.

La conversación no fluye.
En su pobre reloj
el tiempo es barato e impreciso.
En el mío mucho más caro y exacto.

Al despedirnos nada, una especie de sonrisa
y ninguna emoción.

Sólo cuando desaparece
y olvida con las prisas la bufanda.

Un bufanda de pura lana virgen,
a rayas de colores,
hecha a ganchillo
por nuestra madre para ella.

Todavía la conservo.

 

 

 

 

MI DIFÍCIL VIDA CON LA MEMORIA

Soy mal público para mi memoria.
Quiere que continuamente escuche su voz,
y yo no dejo de moverme, carraspeo,
escucho y no escucho,
salgo, regreso y vuelvo a salir.

Quiere ocupar mi atención y mi tiempo por completo.
Cuando duermo le resulta fácil.
De día, depende, y eso le molesta un poco.

Me desliza insistente antiguas cartas, fotografías,
trata hechos importantes y sin importancia,
pone la mirada en paisajes inadvertidas,
los puebla con mis muertos.

En sus historias siempre soy más joven.
Es agradable, sólo que para qué seguir insistiendo en eso.
Los espejos me dicen otra cosa.

Se enfurece cuando me encojo de hombros.
Y, vengativa, me echa en cara todos mis errores,
graves, luego fácilmente olvidados.
Me mira a los ojos, espera a ver qué digo.
Al final me consuela con que pudo haber sido peor.

Quiere que viva ya sólo con ella y para ella.
De preferencia en una habitación oscura y cerrada,
y en mis planes hay siempre un sol presente,
nubes actuales, caminos en curso.

A veces estoy harta de su compañía.
Le propongo separarnos. Desde hoy y para siempre.
Entonces sonríe compasiva,
pues sabe que para mí también sería una condena.

 

 

 

 

MICROCOSMOS

Cuando se empezó a mirar por el microscopio
se desató el pánico y hasta hoy anda suelto.
La vida había sido hasta ese momento suficientemente delirante
en tamaños y formas.
Y así creaba también seres diminutos,
mosquitas, gusanitos,
pero que al menos se dejaban ver
a simple vista humana.

Y de golpe, bajo la lente,
seres distintos hasta la exageración
y ya tan poca cosa
que lo que ocupan en el espacio
sólo por compasión puede llamarse lugar.

La lente ni siquiera los oprime,
sin obstáculo parecen duplicarse, triplicarse
completamente a sus anchas y al azar.

Decir que son muchos, es decir poco.
Cuanto más potente el microscopio,
más precisa y exactamente aumentados.

Ni siquiera tienen entrañas de verdad.
No saben qué es el sexo, la infancia, la vejez.
Quizá no saben ni si son, o si no son.
Sin embargo deciden sobre nuestra vida y nuestra muerte.

Algunos permanecen inmóviles momentáneamente,
aunque no se sabe qué es para ellos un momento.
Como son tan pequeños,
igual la existencia
está en su caso proporcionalmente disminuida.

El polen que lleva el viento es a su lado un meteoro
del cosmos profundo,
y la huella de un dedo, un extenso laberinto
donde se pueden reunir
en sus silenciosos desfiles,
sus ciegas iliadas y sus upanishads.

Hace ya tiempo que quería escribir sobre ellos,
pero es un tema difícil,
dejado siempre para más tarde
y quizá digno de un mejor poeta,
todavía más sorprendido que yo por el mundo.
Pero el tiempo apremia. Escribo.

 

 

 

 

DIVORCIO

Para los niños el primer fin del mundo de su vida.
Para el gato un nuevo dueño.
Para el perro una nueva dueña.
Para los muebles escaleras, golpes, carga, descarga.
Para las paredes claros cuadrados tras los cuadros descolgados.
Para los vecinos de la planta baja un tema, una pausa en el hastío.
Para el coche mejor que fueran dos.
Para las novelas, la poesía — de acuerdo, llévate lo que quieras.
Peor para la enciclopedia y el vídeo,
ah, y para el manual de ortografía,
donde tal vez se explique el tema de los dos nombres:
si todavía unirlos por la conjunción “y”,
o ya separarlos con un punto.

 

 

 

Szymborska, Wisława. Aquí (trad. Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano). Madrid; Bartleby editores, 2009.

 

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