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‘LOS SIGNOS DEL DERRUMBE’, DE ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ (y II)

 

RUINAS

Rostros inexpresivos en la puerta
del comedor. Negocios clausurados
y una tristeza extraña en los colegios.
En los parques del miedo
crece la planta de la indiferencia
y la resignación. ¿Qué te seduce
de este descenso al centro de las ruinas?
Alguien está limpiando los despojos
de la fiesta anterior, un agua turbia
se precipita por el sumidero
con lo que nunca fue,
la espuma de los mitos.
Y de nuevo la calma,
una aparente paz tras la derrota.
Mira cómo se extiende:
Es el silencio azul de la pobreza.

 

 

 

 

AVES MIGRATORIAS

Ya regresan las aves migratorias.
Vuelven de los helados humedales del norte,
de las estepas rusas.
Pero ellas poco saben
de la estela irisada de los barcos
que blanden la amenaza.
No encontraron inhóspitas las tierras
cercadas por la muerte.
Llegan a esta península intermedia
entre África y Europa
y no verán tampoco las señales
de la degradación. Tan solo siguen
las líneas de la costa,
la masa informe de las cordilleras.
Ellas son libertad y cuando ceden
al fin ante el cansancio
nada se altera; no es de nada símbolo
su cuerpo en la caída
hacia lo mineral, con la pureza
de toda finitud.

 

 

 

 

LÍNEA BAEZA-UTIEL

Desde el Guadalquivir hasta la gris Europa
del norte, fabril y turbulenta,
atravesando páramos y valles, la esperanza
de aquel ferrocarril, el sueño breve
de modestas fortunas, del tesón provinciano.
El camino más corto a la prosperidad,
la impronta del progreso.

Aún resisten los puentes, las bocas de los túneles;
aún se ofrecen al sol las estaciones
del color de la tierra.
¿Recordarán los montes el estruendo
de cada voladura,
la tediosa cadencia de los picos
o las vidas perdidas, disueltas en el tiempo?
El tiempo, que transcurre sobre muros de adobe,
sobre pobres techumbres de tejas o de amianto,
sobre generaciones de espaldas a este cauce
inútil y vacío.
No conocen la historia
de este rastro de piedras sin raíles,
de naves solitarias refugio del ganado.

Cuando vieron el tren para marcharse,
siempre sobre otro suelo,
aceptaron sin más la circunstancia
de esta línea dormida
del porvenir.
Un episodio más del triste canto
de lo que pudo ser, de todo lo perdido.

 

 

 

 

RESISTENCIA

Como el pez que ha mordido ya el anzuelo
y no quiere entregarse,
y colea con fuerza y tira y nada
con más brío que nunca
y sigue fuera
hasta quedar inmóvil
bajo el cielo más crudo;
así el poema
se resiste en la página,
sube y baja en la barra del procesador,
deshaciéndose, haciéndose
de nuevo,
dilatando el momento de ser tinta
quieta sobre el papel, aprisionada
en el olvido de las bibliotecas.

 

 

 

 

AHORA BUSCO EL POEMA DE LOS VERSOS DE FUEGO

Tuve ante mí los libros más hermosos.
Se quedaron temblando en la memoria
con la emoción de todo lo que intenta
permanecer, herirnos para siempre.
Aplaudí la ingeniosa irreverencia,
los hallazgos brillantes del acróbata
que se burla de todo,
y ahora busco el poema de los versos de fuego.
Hubo también mensajes descarnados
que brindaban refugio en la intemperie,
la voz universal de los que nunca
dicen nada;
admiré los felices despropósitos
que el tiempo convirtió en renovadores
moldes de la elocuencia,
y ahora busco el poema de los versos de fuego.
He conocido el éxito en las obras de otros,
los intentos vacíos y las tretas
hábiles del lenguaje.
Y ahora que —más que nunca— cabalgamos
escuchando el ladrido de los perros
y nos cerca el olor de la derrota,
ahora busco el poema de los versos de fuego.

 

 

 

Rodríguez Jiménez, Antonio. Los signos del derrumbe. Madrid; Ed. Hiperión, 2014.

 

‘LOS SIGNOS DEL DERRUMBE’, DE ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ

 

LOS SIGNOS DEL DERRUMBE

Sus días son azules
o negros cuando el frío entumece los miembros
o rojos si las úlceras apremian con su aullido.
El tiempo es sucesión de sensaciones plenas
y cada hora el triunfo de la supervivencia.
Ha encontrado un periódico y lo mira
indiferente, examinando el tacto
del papel. No lo irritan los últimos caciques
en avivar la fe de los esclavos.
No intentéis explicarle los signos del derrumbe.
La libertad prefiere ungir solo a unos pocos
príncipes de los márgenes.
Solo los despojados y los dueños de todo
han probado las mieles del desprecio absoluto.
Libre de indignación, como un faisán
henchido de egoísmo,
coloca los papeles en el banco y se duerme
sobre la podredumbre de este mundo.

 

 

 

 

PARAJE DE CIUDAD REAL

Mira los tallos secos de los cardos,
las espinas que apuntan hacia quién,
hacia dónde,
la dureza solar de su flor muerta.
Una lengua de asfalto cuarteada se extiende
buscando un río distante
o imposible. Las nubes
ignoran la llamada
de la torre sin nadie, contra el viento.
Se diría que nunca dejaron las cigarras
de vibrar en la hierba, que los pájaros
no temieron jamás que se quebrara
este cielo vacío.
Ignora la hojarasca las letras en desorden
que alguna vez formaron la palabra aeropuerto.

 

 

 

 

NACIMIENTO EN SIRIA

Canta la buena nueva. Ya ha nacido.
Sin señales, sin esperar siquiera
la alineación propicia de los astros
ni el rumbo de su estrella. Sin que el poder
lo tema, ya ha nacido,
en la antigua ciudad de Emesa,
el esperado, el hijo
de mujer, que entre escombros
derramará su sangre sin que a nadie
le importe. Ya ha nacido
entre miseria y miedo, entre jjirones
de civilización. Ahora cantemos
sus alabanzas, fruto de la vida
que será cercenada inútilmente,
una vez más, en medio del silencio
sepulcral de la Historia.

 

 

 

 

EN LAS CAVERNAS

En Camerún están matando a un hombre
por declararse a otro en un mensaje.
Escribiría je t’aime o unas pocas palabras
en su lengua materna. Solo que para el resto
del mundo se enterara
de que a pesar de hallarse en el lugar erróneo
había elegido amar, vivir sin miedo.
Y ahora lo están matando.
El odio es el refugio de los desamparados,
y en las estrechas celdas de la fe y la barbarie
amar alarma siempre mucho más que un cadáver.

 

 

 

 

ÉXITO

Ahora eres una efímera promesa.
En Facebook resplandece tu mirada,
con Nueva York de fondo y un poema
sexual y vigoroso que enamora
a las hipnotizadas internautas.
La suerte te sonríe a cada paso;
hay lecturas y fiestas que terminan
de madrugada en camas diferentes.
A tu lado se tienden las metáforas
como animales dóciles; te buscan
vacías y brillantes, cegadoras,
con la banalidad de sus imágenes.
Siempre hay una canción que te acompaña,
junto a ese look casual y descuidado;
y las palabras flotan en el aire
de los bares marcando tu aureola.
Encantador y hermoso te sumerges,
te entregas a la alegre inconsistencia.
La marca de ginebra que ahora bebes
sabe a éxito y tiene los aromas
de la felicidad. Es tu momento
y en él no caben otras distracciones:
las tenaces preguntas de la vida,
la amenaza terrible de la nada.

 

 

 

 

INVISIBLE

llevo días oculto entre estos muros
esperando que vengan a buscarme.
No sé cuántos serán ni cuánto tiempo
tendré hasta que me encuentren.
Mientras tanto,
tecleo este poema que puede ser el último
y que no leerá nadie.

Sé que es un acto inútil,
pero sigo escribiendo
para llenar el aire de una casa
a la que nadie llega,
en la que no aparecen señales de peligro.

Quizá no vengan nunca.
Tal vez, todo este tiempo
haya sido invisible.

 

 

 

 

METAPOEMA

Mis últimos poemas hablan sobre el lenguaje,
sobre la trascendencia del signo y los intentos
de crear realidades intangibles
mediante la belleza.
Escribo mientras silban las balas en las calles
de Kiev y de Caracas.
Un grupo de personas intenta protegerse
de una lluvia de fuego.
Los he visto caer, uno a uno, abatidos
como las piezas de una cacería.
Los he visto caer y desangrarse sobre los adoquines
en muy pocos segundos.
Los he visto morir.
Alguien pudo grabar el horror en un móvil
para que yo lo viese.
Yo, que he estado escribiendo
sobre la validez de la memoria
y la naturaleza de las pérdidas.
Yo, que estoy preguntándome
cómo sigue el poema,
cómo sigue la vida.

 

 

 

 

EL DOLOR DE VERDAD

Definir la tristeza.
Escribir las palabras dolor, angustia, duelo,
incluso en varias lenguas.
Y todo sería en vano.
El dolor de verdad no tiene nombre.

 

 

 

Rodríguez Jiménez, Antonio. Los signos del derrumbe. Madrid; Ed. Hiperión, 2014.

 

EL PELIGRO Y EL SUEÑO – ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ

el-peligro-y-el-sueno-antonio-rodriguez-jimenez

 

ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ (Albacete, 1978) es autor de los libros de poesía El camino de vuelta (Pre-textos, 2012), Insomnio (Fractal Poesía, 2013; Origami, 2015), Las hojas imprevistas (Ayto. de Alhaurín el Grande, 2014) y Los signos del derrumbe (Hiperión, 2014). Ha recibido los premios Antonio Machado en Baeza, Arcipreste de Hita, Antonio Gala y Festival Fractal. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca y trabaja como profesor de Lengua castellana y Literatura en un instituto de educación secundaria. Colabora con revistas como La Galla Ciencia o El coloquio de los perros. Algunos de sus poemas, traducidos al inglés, han sido publicados en revistas como Osiris Poetry, Asheville Poetry Review o Cimarron (EE.UU.).

 

Aquí tienen su poética y algunos poemas suyos de los que aparecen en la antología.

 

POÉTICA

Siempre he considerado la poesía como un pro-
ceso de comunicación y, por tanto, el poema
como un mensaje breve y contundente envuel-
to de una forma característica: lo que llamamos
lenguaje poético. Pensaba que el poema debía
distinguirse, al alguna manera, de los demás
géneros, sobre todo de los textos en prosa. Con
el tiempo, cada vez creo más en la importancia
del contenido y tiendo a una mayor sencillez
en la dicción. Me gusta imaginar qué elementos
del poema, vertido en otra lengua, seguirían
siendo apreciables. Es posible que en ellos re-
sida la poesía.
Me gustan los poemas que surgen de forma
anárquica y encuentran su propio orden, o algo
que se parezca a un orden: una azarosa sime-
tría, un sistema de inesperadas recurrencias,
un hallazgo feliz. Puede ser que esa ausencia
de planificación, su vaguedad inagotable y esa
exquisita inutilidad la hagan imprescindible.

 

 

LOBOS FRENTE A CORDEROS

xxxxxxxxxxxxxxxA Javier Lorenzo Candel

No os extrañéis si oyerais el balido
de un cordero atacado por los lobos,
pues estos obedecen a un instinto
contra el que nada pueden. Espantaos,
en cambio, si los lobos
ya saciada su hambre, asesinasen
solo por el placer o la codicia.
Pero pensad, entonces, si el rebaño
disgregado no es cómplice
de esa crueldad, del canto victorioso
de la sangre y del miedo.

xxxxxxxxxxxxx(de Las hojas imprevistas)

 

 

 

 

INVENCIBLE

xxxxxxxxxxxxxxxxPara Vega y su abuelo

Con cuidado te acuno entre mis brazos.
Te susurro al oído una canción cualquiera
y ya no tienes miedo.
Me fijo en tus pestañas,
en los ojos pequeños que miran confiados
porque me ven muy fuerte,
tan fuerte como yo veo a mi padre
después de tantos años,
con el torso desnudo, el vello blanquecino,
tumbado en esa cama rodeada de cables,
sin temores ni dudas,
tan fuerte como tú me ves ahora,
tan seguro y tan cierto
como siempre. Invencible.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(inédito)

 

LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (XVI)

noviembre 16, 2013 Deja un comentario

Amalia Bautista y Antonio Rodríguez Jiménez

 

Por el mismo motivo que comentaba ayer, el jueves por la noche un par de amigos me regalaron los dos libros que pueden ver en la imagen: ‘Falsa pimienta’ de Amalia Bautista e ‘Insomnio’ de Antonio Rodríguez Jiménez.

 

Aquí dejos algunos poemas del último libro de Amalia Bautista.

 

MADRID

Mira Madrid, tan gris, tan silencioso,
tan asustado.
Parece un burro viejo que lame sus heridas
y barrunta tormenta.

 

 

 

TAMBIÉN ESTO

También esto es Madrid, este lugar mugriento
en el que casi todo está prohibido.
La luz y las basuras
y todo lo bendito y lo inservible.
La sumisión y la anarquía,
la multiplicación de las preguntas,
la fiebre, la oración,
el echarnos de menos. El perdernos
de vuelta a casa. Y no encontrar la llave
porque nunca hubo llave.
Esto es también Madrid. O simplemente
estaba hablando de mi alma.

 

 

 

PLAZA DE ARRIBA ESPAÑA

Una plaza anacrónica y una edad de frontera.
Los primeros cigarros y los primeros besos
en la boca y con lengua.
Escaparse de clase y jugar a las prendas,
creer que algo sabemos sobre el sexo,
saber que no sabemos nada.
Llorar con las amigas, mojarse con la lluvia,
intercambiar secretos y leer el horóscopo.
Sentirse sola, sola, siempre sola.
Algunas cosas siguen
instaladas en el anacronismo
de una plaza cualquiera
en medio de una vida.

 

 

 

COMPAÑEROS DE VIAJE

Un hombre duerme junto a mí. Le miro,
pero no le conozco. No sé si está soñando
con alguna mujer que se asemeje
a la que soy ahora o a la que no fui nunca.
Por la ventana veo el mar en calma,
de un azul tan intenso que parece mentira.
Pero él ya no lo ve, ni me ve, ni ve nada.
Parece casi muerto de cansancio,
no hay ninguna expresión en ese rostro
y tampoco la había con los ojos abiertos.
Tiene las manos grandes y morenas,
supongo que su tacto no resulta agradable,
y suda por el cuello y por la frente.
Está entrando en la zona más profunda del sueño,
empieza a abrir la boca y a roncarme muy cerca
de la oreja. Sus piernas se separan
y con su muslo izquierdo está tocando el mío.
Verle dormido me da sueño. Y asco.
Es una mezcla extraña que jamás he sentido.
Necesito dormir, pero no quiero
dormir con él. Así que me incorporo
y busco otro lugar. Es fácil.
El autobús está medio vacío.

 

 

 

 

De ‘Insomnio’ –I Premio Internacional Festival Fractal de Poesía– de Antonio Rodríguez Jiménez, dejo aquí el poema que abre el libro.

 

PRELUDIO

En Puerto Príncipe adornan las fachadas
con colores alegres en los barrios
más devastados por el terremoto.
Debemos preservar el optimismo,
dicen los responsables.
Desde su hotel observan los turistas
las chabolas como un mosaico hermoso:
azul celeste, añil, burdeos, oro…
El verde, sin embargo, está muy lejos
de confundirse allí con la esperanza.

Por todas partes se habla de desahucios.
La masa estulta rasga sus vestiduras
porque alguien quiso huir de la injusticia
con un salto al vacío.
Antes que las endémicas especies carroñeras,
todos los magazines de este país enfermo
hallaron el cadáver.

El sufrimiento como trending topic.
La tragedia como un gran espectáculo.
El circo de la vida.
¿Quién puede comprenderlo?
¿Alguien tiene aún ganas de asomarse
al aleph de este mundo?
¿Qué podríamos ver sino la imagen
de los esclavos?

Formados en hileras, acarrean
grandes bloques de piedra hasta la falda
de la pirámide. En silencio,
meticulosamente, soportando
cada uno su parte de la cuerda.
Sin miedo ni esperanza. Sin el látigo
del capataz egipcio restallando
sobre la piel desnuda. Es su azote
su propia inercia, su moral de esclavos.

Son felices –incluso– porque saben
historias no lejanas en que el hambre
era atroz y la muerte recorría
desbocada los valles.
Nunca han visto la mano
que les da de comer, pero confían
en su benevolencia, en esa exigua
sombra de protección con la que sueñan.

Y así transcurre el tiempo,
como un barco herrumbroso
encallado en la arena de la melancolía,
oyendo los rumores cercanos de la dicha,
recibiendo los golpes de mar sobre su casco.

Así transcurren ellos, extendidos
por todos los rincones de la Tierra.

 

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