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NIGHT & DEATH

Habría que tener este libro en cualquier biblioteca; daría igual que fuera particular o pública. ¿Cómo se puede obviar a un poeta nacido en España que ha escrito un soneto que está solo por debajo de los sonetos de Shakespeare?
Pues en este libro se da una breve semblanza del autor, se publican varias traducciones hechas para la ocasión y se hace un repaso de las traducciones que a lo largo de las décadas se han hecho de ‘Night & Death’.

Dejo aquí el original y algunas de las traducciones.

 

 

NIGHT & DEATH (1825)

xxxMysterious Night! when the first man but knew
Thhe by report, unseen, and heard thy name,
Did he not tremble for this lovely frame,
This glorious canopy of light and blue?

xxxYet’neath a curtain of translucent dew
Bathed in the rays of the great setting flame,
Hesperus with the host of heaven came,
And lo! Creation widened on his view.

xxxWho could have thought what darkness lay concealed
Within thy beams, oh Sun! Or who could find
Whilst fly, and leaf, and insects stood revealed,
That to such endless orbs thou mad’st blind!

xxxWeak man! Why to shun death this anxious strife?
If light can thus deceive, wherefore not life?

 

 

 

 

YOLANDA MORATÓ

NOCHE INSONDABLE

¡Noche insondable! Cuando el primer hombre
oyó tu nombre sin saber de ti
¿no se agitó ante esta hermosa estructura,
gloriosa bóveda de luz y azul?

Tras la cortina de rocío etéreo,
inmerso en la gran llama del ocaso,
Héspero con su corte celestial:
La Creación se dilató ante el hombre.

Oh, sol, ¿cómo intuir la oscuridad
que ocultas en tus rayos, o pensar
que tras mostrar las hojas, los insectos,
nos cegarías ante eternos astros?

¡Blandos! ¿Por qué esquivar así a la Muerte?
Si la luz miente, ¿qué no hará la Vida?

 

 

 

 

ANTONIO RIVERO TARAVILLO

LA NOCHE Y LA MUERTE

¡Oh, Noche misteriosa! Cuando Adán,
oyó tu nombre aún sin conocerte,
¿nunca lo estremeció tanta belleza,
este hermoso dosel de luz y azul?

Mas tras de un claro velo de rocío,
bañado por las llamas del poniente,
Héspero vino con celeste séquito,
¡y vio que se ensanchaba la creación!

¡Cómo saber qué sombras escondías
con tus rayos, oh Sol, o imaginas,
a la vista de insectos, moscas y hojas,
que orbes ilimitados ocultabas!

¿Con la muerte porfías, hombre débil?
¿Así engaña la luz, y no la vida?

 

 

 

 

JENARO TALENS

NOCHE Y MUERTE

Cuando, nombrada por la voz divina,
Adán supo de ti por vez primera,
¡oh noche!, ¿no temió que se cayera
este dosel de luz tan cristalina?

Pero los rayos, tras de la neblina,
rasgaron su trasluz y en la carrera,
Héspero, el anfitrión de la alta esfera,
desplegó se grandeza vespertina.

¿Quién pudo imaginar, Sol, que ocultases
la oscuridad en ti, que con tus rojas
llamas el mundo inmenso lo mostrases
en un volar de insectos y unas hojas?

Si hasta la luz engaña, ¡ay!, Hombre, advierte:
¿es más verdad la vida que la muerte?

 

 

 

 

CLEMENTE DE ZULUETA

LA NOCHE Y LA MUERTE (1835?)

xxxCuando, advertido por la voz divina,
Supo el hombre de ti la vez primera,
¡Oh noche! ¿No temió despareciera
Esa bóveda inmensa cristalina?
xxxMas venciendo la niebla vespertina
Tinta del Sol que dobla su carrera,
Héspero, y la alta hueste reverbera,
Despliégase el espacio, y se ilumina.
xxx¿Y cupo imaginar que disfrazabas
Tal sombra, oh Sol, en resplandor tan fuerte?
¿Por ti la inmesidad así escondida
Cuando un átomo leve revelabas?
xxxHombre flaco, ¿qué tiemblas de la muerte?
La luz engaña, ¿es más verdad la vida?

 

 

 

 

CARLOS MURCIANO

NOCHE Y MUERTE (1991)

¡Oh misteriosa noche! Cuando un soplo divino
Dio a nuestro primer padre tu nombre y tu noticia,
¿No tembló, conmovido, por tan bello entramado,
Por dosel tan glorioso y encendido y azul?

Pero, tras la translúcida cortina de rocío
Que bañaban los rayos de un sol que se ponía,
Vino liviana Venus con sus huestes celestes
Ensanchando a los ojos del hombre lo creado.

¿Quién hubiera pensado que tu fulgor celara
Tales oscuridades, oh Sol, o quién creyera
Que, en tanto revelabas la hoja y el insecto,

Cegabas nuestros ojos a innumerables orbes?
¿Por qué entonces luchamos por huir de la muerte?
Si así la luz engaña, ¿no engañará la vida?

 

LA DAMA DE SHALOTT Y OTROS POEMAS

 

LOS LOTÓFAGOS

¡Ánimo!, dijo, y señaló hacia tierra,
“El océano nos llevará hacia la costa”.
Por la tarde llegaron a un país
que siempre parecía vespertino.
En la costa, el lánguido aire se desmayaba,
respirando como alguien con fatigado sueño.
Llena, la luna estaba sobre el valle;
como humo descendente, el riachuelo
semejaba caer y detenerse
y caer a lo largo del acantilado.

¡Un país de riachuelos!
Algunos, como un humo descendente,
iban lentamente soltando finísimos velos;
y otros, por temblorosas luces y sombras,
hacían rodar una soñolienta hoja de espuma.
Vieron al rutilante río ir hacia el mar
de tierra adentro: más lejos, tres cumbres,
tres silentes pináculos de nieve,
se alzaban bañados por el sol:
y, perlado con gotas de la lluvia,
el pino umbrío en el tupido soto.

Mágica, la puesta de sol se demoraba
en el poniente rojo;
por grietas de montaña el vallecillo
se hundía en la tierra, y la amarilla loma
se veía entre palmeras, y serpeantes navas
y prados que cubría fina juncia;
¡una tierra donde todo parecía siempre lo mismo!
Y en torno de la quilla, demudados,
oscuros rostros pálidos bajo la luz rosada,
con melancólico mirar vinieron los lotófagos.

Ramos llevaban del extraño tallo
cargado de flor y fruto, del que dieron a todos;
mas quien lo recibió y probó,
a éste el borboteo de las olas
remoto pareció delirar, lamentándose
en costas extranjeras, y si hablaba,
su voz era débil como voz de ultratumba;
y profundamente dormía, aunque despierto,
y música para sus oídos era el latir de su corazón.

Los hicieron sentarse sobre la amarilla arena,
entre el sol y la luna sobre el piélago;
y dulce era soñar con el hogar,
con hijo, mujer y esclavo; pero ya
parecía muy fatigado el mar, fatigado el remo,
fatigados los errantes campos de espuma estéril.
Entonces uno dijo: “Jamás regresaremos”.
Y todos a una cantaron: “Nuestra patria, nuestra isla,
lejos queda tras el mar, no seguiremos vagando”.

 

 

 

 

CANTO CORAL

VII

Mas, tendidos en lechos de amaranto y moly,
qué dulce (mientras cálidas auras nos arrullan, suaves),
aún con párpados medio caídos,
bajo un firmamento oscuro y sagrado,
observar al largo río brillante que lento trae
sus aguas de la cárdena colina,
oír llamar a los húmedos ecos
de caverna en caverna entre entrelazadas viñas,
observar el agua esmeralda que cae
entre mil guirnaldas divinas de acanto.
Sólo oír y ver la lejana marea,
sólo oír sería dulce, echados bajo los pinos.

 

 

 

 

ULISES

De poco sirve que yo, un rey ocioso
junto a este mudo brezo, entre estos riscos baldíos,
con una anciana esposa, reparta y distribuya
leyes desiguales a una raza salvaje
que atesora y duerme, se alimenta y me ignora.
No puedo dejar de viajar: beberé
la vida hasta las heces, cada ocasión en que lo he pasado
en grande, en que grandemente he sufrido, lo mismo
con aquellos que me amaron como solo; en tierra y, cuando
arrastrado por la corriente, las lluviosas Híades
agitaban al lúgubre mar: me he convertido en un nombre;
pues, siempre vagando con corazón ávido,
mucho he visto y conocido; ciudades de hombres
y costumbres, climas, consejos, gobiernos,
y yo no sin estima, sino honrado por todos;
y bebí el placer de la batalla con mis pares,
lejos en los valles que rodean a Troya la de los vientos.
Soy parte de todo lo que he visto;
aunque toda experiencia es un arco por el cual
brilla el mundo que aún no he visitado, cuyo margen
se desvanece siempre cuando avanzo.
¡Qué triste es detenerse, llegar a un fin,
oxidarse desbruñido, no brillar con el uso!
Como respirar, era la vida. Vidas amontonadas sobre vidas
eran demasiado poco, y de una
poco me queda; pero cada hora se salva
de ese silencio eterno, un algo más,
un portador de cosas nuevas, y vil sería
que tres soles me guardaran y atesoraran
y este encanecido espíritu anhelante
persiguiera el conocimiento como una estrella que se hunde
más allá del último pensamiento humano.
xxxxxxxxÉste es mi hijo, mi Telémaco,
a quien dejo el cetro y la isla,
mi bienamado, capaz de completar
esta labor, apaciguar con lenta prudencia
a un tosco pueblo, y gradualmente
someterlo a lo que es útil y bueno.
Él es del todo intachable, centrado en la esfera
de los deberes públicos, decente para no fracasar
en delicadas misiones, y para ofrecer
la debida adoración a mis dioses domésticos
cuando me marche. Él hace su trabajo, yo el mío.
xxxxxxxxAllí se ve el puerto; la nave hincha su vela:
allí se oscurecen los vastos, sombríos, mares. Mis marinos,
almas que os habéis afanado y esforzado, y pensado conmigo
—que siempre con júbilo disteis la bienvenida
al trueno y al sol, oponiéndoles
libres corazones, frentes libres—, somos viejos.
Aún tiene la vejez sus honores y esfuerzos;
la muerte todo lo concluye: mas algo antes del fin,
una noble tarea aún puede hacerse,
no indecorosos hombres que luchasteis con dioses.
Empiezan a parpadear las luces de la costa:
el largo día se apaga, la lenta luna asciende,
en torno los hondos gemidos de múltiples voces.
Venga, amigos, no es tarde para hallar un nuevo mundo.
Desatracad y, sentados en perfecto orden, batid
los sonoros pliegues; pues es mi intención
navegar más allá de donde el sol se pone, y el baño
de los astros occidentales, hasta que muera.
Puede ser que los golfos nos devoren,
podría ser que alcanzáramos las Islas Afortunadas
y viéramos al gran Aquiles que conocimos.
Aunque mucho se nos fue, mucho nos queda;
y aunque no tengamos la fuerza que antaño
movía tierra y cielo, somos esto que somos;
un igual coraje de corazones heroicos
que debilitó el tiempo y el destino, mas fuertes en querer
luchar, hallar, buscar y no rendirnos.

 

 

 

 

POETAS Y CRÍTICOS

Esto, esto hace furor,
atropellada marcha la época;
en nuestra tierra las ideas
mudan como hojas y flores,
xxxxxxxxcreadas según ciertas leyes.
Cantes bajo o alto o dulcemente
no puedes abarcarlo todo.
xxxxxxxxUnos se irán, quedarán otros.

Al final se sabrá qué es verdadero:
pocos al principio verán tu sitio;
unos querrán que brilles bajo,
otros muy alto —no es culpa tuya—.
xxxxxxxx¡Ve a lo tuyo y crea a tu gusto!
Un año va al talón de otro año,
mas rara vez llega el poeta,
xxxxxxxxy más raro aún es el Crítico.

 

 

 

Tennyson, Alfred. La Dama de Shalott y otros poemas (Trad. Antonio Rivero Taravillo). Valencia; Ed. Pre-textos, 2002.

 

FÁBULA 20

Fábula 20

 

 

ANTONIO RIVERO TARAVILLO

TU VOZ Y TUS RELATOS me descubren
hálitos de un pasado que regresa
como ondas que atraviesan la acequia.
En las palabras tuyas, la memoria
del asombro infantil ante las pinzas
del arisco alacrán, los paseos
a la sombra solar de las palmeras,
la jofaina, los dátiles, el mimbre,
el plácido fastidio de la siesta
o el perfume de la alta madreselva.
Tus primos, las muchachas, los mayores
bajo la luna hablando, el embeleso,
los sueños de tus noches de verano…

Te escucho como un árbol a su lluvia.
Hablas de ti y me nombras sin saberlo.

 

 

 

NACE EN TUS PIES la aurora y se levanta.
Se esconde su poniente en tus cabellos.
Tu carne es un fulgor, unos destellos.
Tu luz es una música que canta.

Tu luz es la materia que me imanta,
oro que atrae mi hierro hacia los bellos
hontanares de tu cuerpo, y desde ellos
proclamo mi vivir por tu garganta.

La lava de tu sed contra la mía
me empuja hasta abrasarme, y no me sacio
de dar muerte a mis labios que iluminas.

Limita tu perfil tu claro espacio
y siempre es en tu vientre mediodía.
La noche empieza allí donde terminas.

 

 

 

ESTA TARDE de alcohol y misticismo
la mesa camilla nos reúne;
su oscura intimidad gozan las piernas,
dialogan las rodillas en su idioma.
Las cartas del tarot, desparramadas,
nos dicen que el futuro se retrasa.
También lo callan, juntos, nuestros labios.

Incienso y gregoriano nos acercan
al dios que unos minutos es el otro.
Caen ropas al son de las caricias.
Sobre la alfombra son prendas vacías,
unida vestimenta de un cuerpo tan sólo:
el nuestro que ahora está, nuevo Narciso,
amándose a sí mismo sobre el lecho.

 

 

 

QUIERO ENTRAR EN EL CLAUSTRO callado de tu vientre,
ser la luz que traspase su hondo compás, abriendo
la vela que lo tiñe con tonos irreales
de esa luz amarilla que se posa en las losas
de mármol que vetean mil hilos de tu sangre.
Quiero colmar mi sed de luz siempre fogosa,
beber en la honda fuente que en tu interior rezuma.
Quiero dormir mi luz en tu quietud sin nadie.
En tu oscura soledad quiero poder ser sombra.

 

 

 

A NADA le encontramos el sentido.
Creemos entonces que el mundo está mal hecho
y vamos por ahí con nuestras quejas
diciendo que la vida es algo horrible.

Así es, es cierto, hasta que un día
del todo diferente a los demás
en unas piernas de mujer se hace palpable
la tersa perfección de lo creado.

¿Dijimos que la vida es algo horrible?
La mano, acariciando, se retracta
en nombre de la boca que desea
reparar con el beso su blasfemia.

 

 

 

DOS VERSIONES DE UN MISMO POEMA

xxI

Tu mano desolada en el andén,
tu cuerpo en el andén, en la estación,
en esa ciudad gris que detrás queda,
en un país que estuve aquel verano
más breve que los otros de mi vida.
Allí regresa a veces mi memoria
volviendo a los lugares y a los hechos:
las cerradas cortinas, y tu blusa
de par en par abierta a nuestro amor,
aquel sonrojo tuyo al desvestirte,
aquella inexperiencia deliciosa.
Y fue sencillo al fin eso de amarse,
y aún mucho más bello descubrir
que fuimos más humanos desde entonces,
que fuimos desde entonces más divinos
unidos o escindidos, como ahora.
Y tres años después de aquella historia
de épica de besos y paces de mordiscos,
montado en este tren sobre raíles
que son labios que no encuentran su beso,
observo este vagón de pasajeros:
asientos vacíos, estatuas huecas
de tu ausencia, que nunca me abandona.

 

xxII

Península brumosa, en la tristeza,
en cinco finisterres el adiós.

 

 

 

 

O’CAROLAN

Me acuerdo de la Irlanda que no hemos conocido
porque un arpista ciego esta noche nos llora.
A pesar de los siglos y las tierras en medio;
a pesar del alcohol que mis ojos empaña.

Porque un arpista ciego esta noche nos llora
con una melodía tan triste como hermosa,
tan bella como el lago que en tu risa hubo un día.
Con sus dedos recorre las cuerdas de tu ausencia.

Son látigos las cuerdas y cuerpo la memoria,
y la música es siempre un suplicio aceptado,
compases más punzantes cuanto más te recuerdo
porque un arpista ciego esta noche nos llora.

Me acuerdo de la Irlanda que no hemos conocido,
florida como mayo cuando besa las zarzas.
Por eso me conmueve con su música el bardo,
y bebo, por ejemplo, porque tú no estás cerca.

Porque un arpista ciego esta noche nos llora
y sus ojos nos miran porque tú ya no estás.
Porque ya nada queda y sus ojos nos miran.
Cuando yo nada soy, porque soy tu carencia.

 

 

 

TEDIO

Despacio se consume tu vivir,
a ritmo perezoso marcha el tiempo
y aún tu vaso está todo vacío.
Persiste su cristal en el que nunca,
por mucho que lo observes, hallas nada
que abrace su pared y llene el hueco.

No mengua con los años ese hueco
que va dando su forma a tu vivir.
Tú ya sabes que no sirve de nada,
que sólo es una pérdida de tiempo,
quimera que no puede darse nunca,
cegar de alguna forma ese vacío.

Discurre por tus venas el vacío
y en medio de tu pecho late un hueco.
Así constantemente. Siempre. Nunca
conoces otro modo de vivir.
Al compás que tú mismo, al mismo tiempo,
se va espesando en ti, densa, la nada.

En tu mar solipsista boga y nada
un torpe cascarón, un pez vacío
que hace singladura y cruza el tiempo
como un grano rojizo por el hueco
de un reloj de arena: tu vivir
lento se encamina hacia tu nunca.

Pues esta es tu condena: que si nunca
quisiste el nacimiento, hoy ya nada
te es posible; solamente vivir,
plantando cara, heroico, a tu vacío,
que proeza es combatir con ese hueco
resistiendo sus embates algún tiempo.

Siempre el hastío es íntimo del tiempo,
la ansiada plenitud no llega nunca;
la felicidad es un vocablo hueco
cuya razón jamás responde a nada.
Debajo de la piel se abre el vacío,
la más propia sustancia del vivir.

No otra cosa es vivir: matar el tiempo.
Ama, pues tu vacío, porque nunca
nada más será tuyo ni más hueco.

 

 

 

 

BEGOÑA CALLEJÓN

LA ENFERMEDAD DEL COLOR

Soy la descarnada
la que mira de frente a la muerte al suicidio a la sangre
la que se excita de placer cuando te acercas.

Soy la no-madre la no-viva
la amante de mujer
la que hace la noche mientras te espera
la que no cobra
la zorra que llora cada noche.

Soy la que un día persigue la vida y otro la olvida
soy la muerta la no-madre la no-viva
la enferma a la que todos miran la que todos señalan
la misma que hace un rato miraba por la ventana.

 

 

 

 

SAÚL FERNÁNDEZ

LA MUJER CANÍBAL DE LA CALLE BAYARD

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEl gemido inquieto de un niño de meses llegaba de un vestíbulo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxadyacente, donde, en la semipenumbra, se distinguían tres fi-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxguras acostadas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Jacob Riis, Cómo vive la otra mitad)

xxxxxI

xxUna mujer se comió a su bebé porque tenía hambre. Vivía en una escuálida habitación sin ventanas en la calle Bayard. Acompañaba a dos hombres llegados de Sicilia sin otra dedicación más que la que la muerte por encargo les proporcionaba.
xxLa mujer había desembarcado en Nueva York embarazada de cinco meses. Procedía de Liverpool. Hubiera debido encontrar en los muelles a un conocido de su familia encargado de facilitarle la vida en sus primeros días estadounidenses.
xxPero nadie la aguardaba.
xxMe llamo Martín Velasco, soy el secretario privado del Obispo Auxiliar de la ciudad. En la primera plana del “The Evening Sun” descubrí el nombre de la mujer caníbal: decía Valentina Hartime –así, con hache–, española, miserable, prostituta, borracha, asesina, caníbal. “Asturiana, de Luanco”, añadí yo para mis adentros. Nací hace cincuenta y nueve años en una aldea cercana al cabo Peñas, en el profundo norte español.
xxHe sabido que aquella mujer pretendía terminar su peripecia en la ciudad de Annmore, en Virginia Occidental; el padre del niño que tenía que nacer trabajaba para la Grasselli Chemical. La mujer era de Luanco y había iniciado su aventura en Gijón, diez meses atrás.
xxAl dejar el barco nadie la esperaba. Desconozco qué recorrido hay entre los muelles y la calle Bayard, entre la feliz mujer embarazada y la desalmada caníbal. Puedo imaginar que los dos sicilianos con los que compartía habitación pudieran explicar adecuadamente todos los cabos sueltos de la tragedia, pero ahora ignoro su paradero. Los bajos fondos de Nueva York son una frondosa selva, territorio perdido para forasteros.
xxLa calle Bayard, el lugar del crimen despiadado, cruza Mulberry, es la carretera que lleva al barrio judío y que termina en Little Italy. Los dos asesinos, al parecer, acompañaban a Valentina sólo las noches en que llovía, sólo cuando se escondían de otros sicilianos, sólo cuando la destrozaban ante un bebé hambriento que no paraba de llorar. Eran hermanos, Ricardo y Roberto di Marco, pasaban el día holgados en los portales convertidos en comercios para miserables del Bandit’s Roost. Fumaban lo que encontraban y discutían desorbitadamente sobre todos los temas. De vez en cuando visitaba aquel callejón algún vecino de la ciudad alta.
xxLa noche lluviosa de noviembre en que se descubrió el crimen de la mujer española Roberto y Riccardo llegaron demasiado pronto a la habitación compartida. Todo el edificio olía a guiso recién hecho. Abrieron la puerta del cuartucho y la descubrieron removiendo una cacerola. El horror fue salvaje: cocinaba al fuego el cuerpecito de un bebé y en el suelo había huesos descarnados, roídos con ansia. Los dos sicilianos la sacaron a rastras de su casa, la empujaron por la escalera y vocearon su crimen por todas las calles del distrito. La batahola que se formó fue inmediata. Junto al portal de la casa de vecindad se exigía justicia. Decidieron desnudarla, colgarla por el cuello y despedazarla como una bestia en el matadero.
xxSu apellido, Artime, llamó mi atención porque era muy común en mi tierra. Se escribe sin hache. Mi hermana reside en la ciudad de Avilés, muy cerca de Luanco. Todos los meses recibo una carta en la que me da noticias de mi pasado. Hace treinta años dejé Asturias y nunca he podido regresar. Su apellido y su nombre aparecían en aquellas cartas. Por mi hermana me aseguré la tristeza: la mujer caníbal de Nueva York había sido convecina de mi familia. Mi hermana asegura en una de sus últimas comunicaciones que yo casé a los padres de Valentina, a Aurelio y Elena, dos mineros pobres de la playa de Llumeres.
xxLas crónicas del crimen estaban firmadas por Rasmus Andersen. Envié una carta a la redacción de su periódico porque precisaba hablar con él. Rasmus Andersen era un danés de sangre gélida que ambicionaba tomar un barco hacia San Francisco, encontrar oro y olvidar sus años bullangueros entre Copenhague y Nueva York. Andersen describía en sus dos crónicas el canibalismo y posterior asesinato de Valentina Artime con la meticulosidad de un secretario municipal. Se defendió, cuando le interrogué, diciendo que él entendía que su trabajo no era el de enjuiciar ni a los vecinos desalmados, ni a la mujer caníbal.
xx-Los periodistas debemos contar los hechos tal cual han sucedido -explicó después de sorber un poco de la cerveza agria que había pedido en una taberna ilegal del Bend en la que habíamos concertado nuestro encuentro. -Usted no se asusta.
xx-La miseria no me asusta, me entra el pánico cuando descubro las consecuencias que la miseria trae consigo. Conozco estas calles.
xx-¿Qué es lo que le interesa de esa mujer? La ciudad de Nueva York oculta casos más tristes que este, se lo aseguro.
xx-No lo dudo. Valentina Artime nació en mi país, en mi pueblo, soy español.
xx-Todos los días fotografío estos arrabales. ¿Conoce a Jacob Riis? Él y yo somos los únicos que nos atrevemos. Nueva York entera es miserable: los ricos de la parte alta son ricos porque el sur es un nido gigante de ratas. La historia de la mujer caníbal ha pasado a formar parte de la estadística de la violencia. Hoy lo que de verdad interesa es saber quién de los dos candidatos llegará al Senado.
xx-Valentina Artime tenía veintiséis años.
xx-Le contaré una cosa: Dos días después de lo de la calle Bayard otra mujer se llevó a sus tres hijos al puente de Brooklyn con un solo deseo: tirarlos al río. Declaró a la policía que era incapaz de alimentarlos. ¿Había leído algo de esto?
xx-No sabía nada.
xx-Así todos los días. Al final te acostumbras -terminó el periodista danés camuflado en mendigo. Me explicó que cuando bajaba al Bend se disfrazaba con una chaqueta deshilachada y con un bombín demodé. El danés se liaba los cigarros con una velocidad pasmosa.
xx-El suyo es un trabajo desalentador.
xx-¿Qué hacía la mujer caníbal en Nueva York?
xx-No lo sé ahora mismo. Mi hermana me ha contado que se dirigía a Virginia Occidental, pero no estoy seguro. Sé bastante poco de todo esto: lo que usted ha escrito y que casé a sus padres hace treinta años.
xx-Me ha dicho que conoce estas calles. No le veo nunca por aquí.
xx-El Bend es un territorio salvaje. Cuando llegué a Nueva York me establecí en Five Points con un ímpetu evangelizador que duró apenas un año: no pude hacer nada y por eso decidí escapar de todo aquello. He luchado por la Unión, estuve en Bull Run. Soy americano: doctor en Teología.
xx-Le veo nervioso.
xx-Nadie se come a su cría.
xx-Sólo los pobres.
xx-No me sirve esa explicación. Nadie se come a su cría.
xx-Es usted un iluso.
xx-Usted quiere embarcar hacia California: ¿Quién es más iluso? ¿Por qué se disfraza con frialdad si sólo busca la huida?
xx-Llevo años por estas calles, ya se lo he dicho. He visto asesinatos, prostitución, atracos, pobreza, tristeza, siempre tristeza. Muchos de los que viven por aquí por no tener no tienen ni ventanas. Te acostumbras, por supuesto, pero eso no ahuyenta de tu vida el deseo de escapar. Me gustaría viajar hacia el oro de California, pero estoy aquí todavía. No me he movido.
xx-El oro se acaba.
xx-Pero habrá plata, estoy convencido.

xxxxxII

xxSupe que Valentina Artime, la hija de Aurelio y Elena, había sido despedazada en plena calle con sólo veintiséis años. Elena y yo paseamos juntos muchas tardes por la playa de Bañugues, ella era amiga de mi hermana.
xxValentina conoció en Avilés a Juan Manuel Briz, un obrero de la Real Compañía Asturiana. La relación se fue consolidando sin aceleraciones indebidas. Me ha dicho mi hermana que una larga huelga en la compañía trajo la pobreza a la comarca. Juan Manuel y otros compañeros supieron de una industria química en Estados Unidos. Decidieron partir en busca de su futuro. Valentina se quedó en Asturias prometiendo tomar pronto el barco que la conduciría a Virginia Occidental y a su futuro marido. Ella debía quedarse. En aquel entonces Elena veía la muerte de cerca.
xxValentina empezó a servir en una casa linajuda de Gijón. Gracias a este trabajo logró reunir rápidamente el dinero del pasaje que le iba a llevar a los Estados Unidos: El Musel, La Coruña, Liverpool, Nueva York.

 

xxxxxIII

xxRasmus Andersen, a pesar de su aparente desinterés por el caso de la mujer caníbal ha seguido investigando los crímenes de la calle Bayard. Me ha dicho que mi insistencia es estremecedora. Me ha contado que gracias al empeño que he puesto en este asunto, y a una llamada del Arzobispo, el alcalde de la ciudad ha ordenado la detención de los dos hermanos sicilianos compañeros de habitación de Valentina.
xxVolvimos a quedar una tarde el periodista y yo, aunque esta vez, en mi terreno, en mi casa, sin cerveza agria, sin bombín demodé.
xx-¿Quién es Valentina?
xx-Ya se lo dije: la hija mayor de un matrimonio al que casé antes de conocer Nueva York.
xx-Su insistencia es inaudita.
xx-¿Qué insinúa?
xx-Un cura se embarca hace treinta años para desaparecer tras oficiar una última boda. ¿Quién es Elena?
xx-Elena ha muerto.
xx-¿Sabe lo que creo?
xx-No quiero saberlo.
xx-Elena y usted y Valentina…
xx-No vaya por ahí.
xx-No fue a recibirla cuando llegó de Europa, no se atrevió.

 

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