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LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (LXXXVII)

Quiero agradecerle públicamente a Antonio Aguilar que quedara conmigo hace unas semanas y, con un café de por medio, me regalara un ejemplar de su último libro, ‘Canciones para el día de después’ (aquí pueden leer una de esas joyas que pertenecen al libro y que ya subí hace algo más de un año).

 

 

ENTRE EL AGUA SUCIA Y EL POLVO DE UNA VERDAD CUALQUIERA

 

AÑO DE NIEVES

Recuerdo cómo empezó a nevar,
los colores se habían refugiado
como el zureo sordo de palomas
en las cornisas del ayuntamiento.

Hacía mucho frío,
tenía entre mis manos
sus manos blancas y pequeñas
como caídas desde el cielo.

Aquella imagen era tan perfecta,
constelaciones de la nieve
por la calle del Arenal,
pequeños copos geométricos,
figuras imposibles
de la etérea arquitectura
de los sueños posibles.

Quizás entonces no entendimos la lección,
aquella nieve que al momento era tan solo
algo sucio y terroso,
un charco, un río de agua turbia,
que se colaba por los sumideros.

 

 

 

 

CANCIÓN DE CUNA

Su verdad se desgrana
como una gran mentira,
los días, las palabras
erosionan el mundo
que sale de sus labios.

Ya no hace sol, es frío
el día en que empezó
a hablar, es tan pequeña,
tan grande la mentira
a la que había ido
dando forma, que tuvo
que estallar, que romperse,
que hacerse mil pedazos.

Aquella misma historia,
los detalles confusos,
las mismas fechas,
como si todo hubiera de ser
verdad, como si el undo
necesitase nuestra
pobre y triste verdad.

 

 

 

 

CANCIÓN DEL MIEDO
(Balada del tío del saco)

En su voz, el tono ajeno y frío
de sus palabras, la manera de decir
esto te hará más fuerte,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxo ven ahora,
la noche cae como un árbol destazado.
Fue la tormenta, fue el cansancio, la desidia
y no fuiste capaz de presentirlo.

Entonces me sentía igual que cuando
era pequeño, una criatura desvalida
que ha perdido la mano de su padre
en el marasmo de los grandes almacenes.

Era el miedo a que nadie nos quisiera,
ni siquiera nosotros mismos.

 

 

 

 

CANCIÓN DEL SOLAR EN OBRAS

Ahora anidan los vencejos en el ala
de los andamios,
crece la madreselva entre las vallas
de la publicidad.
Miras absorto el alba,
el ajetreo del mercado
en las proximidades.

¿Qué te deparará este día?
¿Qué nueva y venturosa construcción
anidará en el solar?
¿Quién te amará que no seas tú mismo?

 

 

 

 

LA noche tuvo entonces su silencio propio,
los años, algo parecido a una habitación
vacía, huera, con total seguridad
deshabitada.
xxxxxxxxxxxxxPudo haber sido diferente,
han pasado diez años,
la mano aprieta en el recuerdo
la fruta verde en su sazón.
Ahora entre los dedos, ya sin rabia,
cae el polvo de una verdad cualquiera.

 

 

 

Aguilar Rodríguez, Antonio. Canciones para el día de después. Madrid; Ed. Huerga & Fierro, 2018.

 

CANCIONES PARA EL DÍA DE DESPUÉS

 

CANCIÓN DE BIENVENIDA

Se levantó y apenas hizo ruido.
Arrastró su maleta hasta la puerta.
Un tropel de caballos negros cercenó
la luz de la mañana.
En esa luz sin alba
no fue capaz de descender al hades
detrás del sueño de una eurídice cualquiera.
Fue un instante. De pronto la ciudad
con sus corceles se hizo dueña
del cielo y del infierno,
y una luz recorrió aquel otro cielo raso
con su fulgor.
xxxxxxxxxxxxxxAún quedaba un rato
antes de que sonasen las alarmas,
y ya no pudo conciliar el sueño.

 

 

 

 

LA BELLEZA DEL MARIDO
(Anne Carson)

De contar nuestra historia,
me dije, debes ser honesto, ser indulgente
en la medida en que esta
también es suya, la mitad que nadie
va a contar, la mitad de cada línea
que ahora duerme en otro cuarto
de otro poema de otro libro.

De hacerlo, dije, inventa un nombre,
una ciudad, escribe en la tercera
persona de los cuentos,
una distancia, dije, que te sea
si no un peso liviano al menos
una carga que puedas soportar,
sé indulgente con ella, dale el aura
de la inocencia, di que al menos
no supo lo que hacía.

 

 

 

 

CARACOLAS

Filtré la arena de la playa entre los dedos
para encontrar los pecios del naufragio,
pequeña caracola rota,
caja de música inservible.

Ya no guardaba la canción del viento,
era la boca desdentada del oráculo.

 

 

 

 

EL MAPA

De pronto tienes que construir un mapa,
doblar la superficie del papel
de tal manera que parezca viejo,
dibujar unas manchas de café,
el trazo de los dedos,
cruces, un punto de partida, extrañas
complicaciones que llamar el tiempo
pasado, el tiempo que vivimos.

Pero un mapa también
debe tener sus puntos cardinales,
no lo olvidas, un punto al menos
al que poder llegar, de noche,
con los ojos cerrados
como quien vuelve a casa.

 

 

 

 

CANCIÓN DE LOS PERROS

Es un lebrel y corre por mi cuerpo.
noche tras noche.
Dentro de mí sus fauces,
el jadeo continuo.

Perro que muerde a quien le ladra,
a quien le tira piedras
por los tejados,
con un anhelo sordo, eco del eco
de su voracidad.

No atienden a la tregua
sus ansias, ni el dogal
doblega su apetito.

Y te ahoga. Con los labios
romos de tanto amar la noche,
no aguarda a las cenizas,
y te ahoga y con qué suplicio.

 

 

 

 

HABITACIÓN DE HOTEL

Imagina un paisaje sórdido,
una calle de extraños ventanales,
de ojos oblicuos.

Piensa en Edward Hopper,
en una luz marina, en una carta.

La esperanza no tiene otras premisas:
nace como una flor,
como una flor se pudre.

 

 

 

 

CANCIÓN DEL FRÍO

Es como ir sobre un campo
agostando la nieve pura,
hollada apenas por los pies
de quien bajo la luz del alba
se ha levantado entumecido
a por leña.
xxxxxxxxxxxDespacio entra en calor,
los árboles con líneas
como hilos de antracita
dibujan una forma
de soledad aún no conformada.

Mandelstam, dices,
o ese relato en el que el joven Boris Pasternak
visita al moribundo Tolstoi
en el frío de Rusia.

Es algo así, sin forma,
como el olor profundo del café,
una promesa de la luz,
de que será algún día primavera
y de que entre las ramas volverá
a anidar nuevamente
lo que no es decepción,
ni hastío, ni derrota.

 

 

 

 

LAS PALABRAS ERAN EL LÍMITE

En el jardín, aún recuerdas
el día, estaba oscuro, las palabras
eran el límite.
Intentas recordar los nombres.
La luz de la mañana es limpia
pero hace frío.
No encuentras una forma para todo,
nadie podrá decir así pasó,
estas fueron las cosas que pasaron,
ya nunca más,
o al menos nunca más de esta manera.

 

 

 

 

CANCIÓN DEL OTRO

Mi nombre era otro,
otra mi casa,
otra la forma en que la luz
incidía en mis manos,
la canción, las palabras otras,
otra la melodía, la cadencia,
otro el ritmo, la música,
el tropel de los coches,
la rotación del alba,
otro mi amor,
otro mi cuerpo,
la forma de mi entrega,
otro este yo,
la segunda persona,
la tercera, la cuarta.

 

 

 

¿POR QUÉ ahora volver sobre estas cosas?
¿A quién complace esta canción de párvulos?
¿Este poema, por ejemplo,
por qué escribirlo?
¿Por qué abrir la pequeña caja de tormentas?
¿Quién la mira?
¿Qué entomólogo fija sobre el corcho blanco
las dimensiones del insecto?
¿Qué interés?
¿Quién necesita sobre el tacto amar
la cicatriz, sentir que ya eras otro,
fuerte y bello como un insecto acrisolado?

 

 

 

Aguilar Rodríguez, Antonio. Canciones para el día de después. Madrid; Ed. Huerga & Fierro, 2018.

 

‘ANNE CARSON’, DE ANTONIO AGUILAR RODRÍGUEZ

agosto 10, 2018 1 comentario

 

ANNE CARSON

xxxxxI

Estás leyendo La belleza del marido
de Anne Carson,
y anotas para un libro cosas sueltas,
frases, ideas, por ejemplo:

Su telegrama (al día siguiente) decía
xxxxxxPero no llores por favor
nada más.
Cinco palabras por un dólar.”

O el título del tango séptimo:

PERO iPARA iHONRAR iA iLA iVERDAD iQUE iES
LLANA Y DIVINA Y VIVE ENTRE LOS DIOSES DE-
BEMOS (CON PLATÓN) iINVITAR iA iBAILAR A LA
MENTIRA iQUE iVIVE xALLÍ xABAJO xENTRE xLA
MASA iDE iLOS iSERES iHUMANOS iTRÁGICOS Y
TOSCOS

Aquí has dejado el lápiz,
son tantas las palabras que podrías
subrayar: “La primera.
Hay algo de filo nuevo y ardiente en la primera
infidelidad conyugal.
Taxis para arriba y para abajo.
Lágrimas.
Grietas en la pared que recibe el golpe.
Luces encendidas hasta altas horas de la noche.
No puedo vivir sin ella.
Ella, la palabra que estalla.
Luces todavía encendidas de mañana.

O cuando lees,
casi al final del libro:
Esperando el futuro y a los dioses,
marido y mujer descansaron,
como descansan los jugadores transgrediendo
las reglas del juego,
si fuera un juego, si conocieran las reglas,
xxxxxxy lo era y las conocían“.

 

 

xxxxxII
(Variación sobre el final de un poema de Anne Carson)

Si esto fuera una enfermedad.
Si esto no fuera una enfermedad.
Y lo era.
Y no lo era.
Y estábamos.
Y no estábamos
enfermos.

 

 

 

Aguilar Rodríguez, Antonio. Canciones para el día de después. Madrid; Ed. Huerga & Fierro, 2018.

 

PRESENTACIÓN DE ‘CANCIONES PARA EL DÍA DE DESPUÉS’, DE ANTONIO AGUILAR

 

Esta tarde, a las 19:30, en la librería Diego Marín de Murcia, se presenta el nuevo libro de Antonio Aguilar Rodríguez, ‘Canciones para el día de después’, publicado por la editorial Huerga & Fierro.

 

LA NOCHE DEL INCENDIO

Es este un libro que respira templanza por los cuatro costados. Templanza a la hora de mirar el mundo, o de que el yo poético lo describa. Hay en el libros instantes que poseen ese algo que sube de la tierra/ y que no necesita de palabras/ para existir en el poema. Da igual, Antonio Aguilar les da forma y, no importa que hable de un derrumbe vital o del (re)descubrimiento del amor, con una acertadísima mirada nos muestra que de pronto algo ha cambiado, es algo imperceptible./ Ha cambiado la luz, que es siempre lo primero/ que cambia. El “personaje” que cruza las páginas de este poemario se sienta y con ardid desteje/ los hilos de la vida, también la tela/ de su contrario, pero -se pregunta- ¿cuál es su contrario?
Hay en este libro, que exuda calma a borbotones, magníficos momentos de una gran altura poética. Pero si no fuera así (que repito que lo es), el poema que cierra el libro valdría por el libro entero. Cuánta verdad y cuánta poesía, cuánta verdad poética en esos versos finales.

 

Aquí tienen una pequeña selección del libro.


Antonio Aguilar

 

ES LA MANERA DE GUARDAR EL EQUILIBRIO

La manera en que tiendes la colada
-el pelo recogido,
el olor a café-,
la forma en que te adentras en el bosque
de la ropa tendida. Te deslizas,
fluyes, vas en volandas. Es lo fácil
que parecen las cosas en tus manos,
lo fácil que haces esto o aquello.

Es también la mañana, el patio, los vencejos
sobrevolando la espesura de la noche.

Es la manera de guardar el equilibrio,
mientras el universo gira imperceptible
y tiendes las constelaciones
con apenas un movimiento de tus brazos.

Es la canción que tarareas,
algo más que un deseo,
lo que pone cordura a la mañana,
la manera en la que entras
y con tus manos húmedas
desordenas mi pelo.

 

 

 

 

SEGUÍ LA GUÍA DE LOS ÁRBOLES

Seguí la guía de los árboles
a través de la acera.
Todo estaba tranquilo.
Miré por la ventana.
La casa estaba a oscuras.
Los platos de la cena
se amontonaban en la mesa.
Al final del pasillo
alguien cantaba.

Yo sólo tuve que poner los labios.

 

 

 

 

CANCIÓN DE LOS GATOS

Nunca pensé que en una vida se pudiera
vivir dos veces. Retornar a casa,
vestir de nuevo las habitaciones,
apuntalar el corazón en el jardín,
decirte buenos días, y que sea cierto,
escuchar esa música que es nueva,
las notas de tus pasos diminutos
a media noche en el pasillo,
decirte amor a ti, de quien apenas sé nada,
amor mío, y que sea cierto.

 

 

 

 

ABRES DE PAR EN PAR LAS VENECIANAS

Me das los buenos días
y abres de par en par las venecianas.
Entra la luz.
A la hora del café
desayunamos luz,
comemos con las manos
sobre un mantel de sábanas y ropas
desordenadas.

Desde la cama me regalas
el ventalle de cedros,
amor, yo con amor te pago,
uso los dedos para rebañar
tu cuerpo.
xxxxxxxxxxApenas hace un rato
era de noche
y estábamos dormidos.

Ahora es esta luz
la que ha traído cuanto deseamos
después de la emboscada de las sombras:

tiendo mis brazos y te toco,
tengo sed y me sacias.

 

 

 

 

HABLA CON LA VOZ DEL CUERPO

Hubo una fiesta en la mañana.
Descalza, con los pies descalzos
por el pasillo, hasta el cuarto de baño.
Toda la casa fría,
menos tu cuerpo,
toda la casa que no era tu cuerpo.

No hay más, me dices.
Tampoco hay menos.
Hay dos cuerpos, hay una cama,
hay ropa en el pasillo.

No hay más. Cierras los ojos. Te acaricio.
El alba huele a noche abierta.

 

 

 

 

HOY HA MUERTO MI ABUELA

Hoy ha muerto mi abuela,
un ser pequeño, exangüe,
horizontal.
Una sábana blanca y una mantilla,
que alguien le regaló en vida,
tapaban su cuerpo enjuto.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo estaba hermosa.
No se podría decir que estuviera en paz.
Estaba allí simplemente
a expensas del dolor.

Todos sabíamos que aquel cuerpo
era el cuerpo sin vida de alguien
a quien habíamos amado,
a quien habíamos conocido,
de quien habríamos oído hablar en algún momento.

Observé a través del cristal
su nariz pronunciada por la delgadez extrema,
los pómulos descarnados,
la piel flácida.
Un ser único e irrepetible,
frente a esa masa informe
que poco a poco iba llenando la sala de espera,
diluyendo el dolor
en un dolor compartido en fracciones minúsculas,
en porciones de un pastel de cumpleaños.

Luego en la homilía
al cura le sonó el móvil.
Un hombre obscenamente gordo
que levantaba los brazos
como marcando unas comillas imaginarias
sobre la palabras de dios.

Tan sólo en una ocasión citó su nombre,
y luego habló de un padre y un hijo,
-de Agamenón y de Ifigenia-,
habló de cosas extrañas
que en algún lugar
dentro de muchos años
tendrán sentido,
cuando ya no nos importen,
cosas que se esclarecerán para tener algo que ver
con los que estábamos allí,
con la que estaba allí,
frente al altar,
dentro de la caja cerrada.

No dijo que el dolor era como un eclipse,
que llega poco a poco,
que lentamente da su bocado seco,
que luego se aleja dejando un rumor
de hojarasca pisada,
que es áspero como una cicatriz.

En aquel momento, en mitad de la homilía,
sólo sentí el estómago vacío,
los pies cansados,
nada que ver con mi abuela,
nada que ver con nadie que estuviese allí,

y aún menos con aquel hombre
que miraba la pantalla de su móvil
mientras recitaba los Evangelios
de una memoria aburrida y monótona.

No dijo que el dolor nada tiene que ver
con quien lo provoca,
que el dolor es cosa nuestra.

Más tarde en el coche
me eché a llorar,
me eché a llorar por mi abuela muerta,
mientras sonaba la música
en el coche
de vuelta a casa, solo,
con esa emisora,
escuchando el adagio de la sonata II
para viola de gamba y clavecín
de Juan Sebastián Bach.

Lloré por mi abuela
en el coche
de vuelta a casa, solo,
cuanto no había llorado por mi abuelo,
al que quise con locura,
como el amor que hay entre dos amantes.

Lloré por mi abuelo.
Lloré por mi abuela.
Lloré por mí.
Espacios estancos.
Eso era todo.
Dolor por dolor.

 

 

 

Aguilar Rodríguez, Antonio. La noche del incendio. Madrid; Huerga & Fierro editores, 2015.

 

ANTONIO AGUILAR

Si siguieran mirando mi biblioteca particular, justo después de la pequeña joya de José Luis Abraham López de la que les hablaba en mi último post, encontrarían varios libros de Antonio Aguilar, el poeta y escritor murciano autor de títulos como ‘El amor y los días‘ (Accésit del Premio de Poesía García Lorca de la Universidad de Granada en 1997), ‘El otoño encarnado de Ives de la Roca‘ (ERM, Premio Antonio Oliver Belmás 1997), ‘Allí donde no estuve‘ (Accésit del Premio Adonais 2003),  ‘Pequeña caja de tormentas‘ (Plaquette publicada por Tres Fronteras ediciones en 2009) o ‘Dame tus manos‘ (libro publicado conjuntamente con César Cerón, con textos de Antonio e imágenes de César). Yo prefiero callar en este instante y que sea el propio Antonio Aguilar el que hable a través de sus poemas…

 

IN MEMORIAM

xxxxxxxxxxxxxxxA Ives de la Roca

Tú me decías que la soledad
era esto: todo el tiempo de la vida,
y nada para hacer con ella.

 

 

 

TIEMPOS MEJORES

 

Coge, niña, las rosas.

La mañana es propicia,
y pronto será tarde.

Coge esa gracias de la edad
como un regalo que tú me haces
y que yo acepto.

Coge las rosas,
y dejaré la pluma
sobre estas líneas
para tiempos peores.

 

 

 

VIAJE AL SUR

xxxxxxxxxxxxxMezcla con tu prudencia un poco de locura.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHoracio

Mezcla con tu prudencia
un poco de locura,
coge ese coche viejo y elegíaco
y pon rumbo a otra tierra
donde la noche austral
seduzca a tu nostalgia,
y que el poema de Kavafis,
no La ciudad, sino Ítaca,
sea tu compañero.

Olvida por un tiempo
toda delectación en la derrota.
Vive el día y acepta
los dones de la noche,
sé generoso entonces
con el placer, no pongas
trabas a la emoción,
ni midas tus desmanes.

Tiempo tendrás más tarde,
cuando la vida sea
un poso de prudencia
y la locura algo imposible,
de sentarte a excribir
de cuanto día y noche te ofrecieron.

 

 

 

CANCIÓN PARA LOS DÍAS DE TORMENTA

 

Duermen los libros en la estantería.
Un silencio de vértigo apagado
los rodea, les da las letras grises
de un porvenir sin música y sin pistas
de baile, con la orquesta demudada,
como los coches que dormitan viejos
y abandonados por las calles lentas,
hexámetros de la modernidad
que lloran bajo el peso de los árboles.

Con sus alturas desiguales, bajos
unos, otros esquivos al volumen,
de un macilento extraño como el sueño
del poeta que traza unas palabras
que ahora guardan un silencio huérfano.
Son el perfil de una babel extinta,
de una fruta sabrosa que perdió
la sazón, que perdió su pulpa amarga
en un dulzón jarabe de instantáneas
que se solapan con la cara de otro
a quien nadie recuerda ya de nada.
Un skyline de polvo sin ocaso.

Ese monstruo o ese olvido. La premura
del tiempo por volver espurias cosas
que creímos eternas. El dolor,
las formas que deforma el abandono,
los nombres, las palabras, los poemas,
que de memoria has olvidado, todo
eso y nada, la voz de otra memoria,
unas ondas concéntricas sin piedra,
una piedra sin voluntad, la mano
que se escinde del cuerpo, que dormita
sobre las tapas negras de difuntos.

 

 

 

Son un telar,
y un arpa,

cada línea su música
y su tejido.

Enhebrar música,
también cantar
silencio

para que no despiertes,
para que sigas a mi lado.

 

 

 

Ahora, si les apetece, pueden pasarse por cualquiera de los dos blogs que mantiene abiertos Antonio: éste y éste.

 

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