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MINA, DESTRUYE Y CORROE

 

La cultura de masas actual, a veces divertida y no siempre nociva, se caracteriza por no tener ni la menor idea de qué diablos es la vida espiritual. No sólo es incapaz de crearla, sino que la mina, destruye y corroe.

 

 

 

Zagajewski, Adam. En defensa del fervor (Trad. J. Sławomirski y A. Rubió). Barcelona; Ed. El acantilado, 2005.

 

LUCCA

 

ADIÓS A LAS VACACIONES –extracto–

xxxxLucca da la impresión de ser una ciudad homogénea; las fortificaciones centenarias que la ciñen aumentan la sensación de estar ante un fragmento del mundo de antaño que se ha salvado por un milagro. Pero cuando paseábamos por el centro histórico, sobre todo las tardes de julio, lo hacíamos en medio del vacío (las calles no se animaban hasta el anochecer). Parecía una ciudad abandonada por sus habitantes. Probablemente todos se habían trasladado a las playas más cercanas; Lucca está situada cerca de algunos balnearios de renombre: Livorno, donde Słowacki pasó su cuarentena, Viareggio o Forte dei Marmi. De modo que los forasteros del norte también nos sentimos tentados por el mar. Por cada día de monumentos uno de baño, decidimos. Pero no en Viareggio ni en Forte dei Marmi, donde las playas estrechas y aburridas dominan sobre unas aguas tan tersas que parecen el Mar Muerto más que el Mediterráneo, sino un poco más lejos, más allá de la frontera que separa la Toscana de la Liguria, en Bocca di Magra, un pequeño pueblo situado en medio de un paisaje un tanto diferente.
xxxxEl camino a Bocca corre a lo largo de la costa y recuerda el pasillo de un piso muy largo por donde a cada rato desfila alguien con chancletas, un albornoz húmedo y el pelo mojado. Jóvenes a caballo de sus inseparables vespas y ciclomotores, como si los hubieran sacado de una película del neorrealismo italiano, van y vienen a toda prisa entre la playa y la casa, y la casa y la playa. Todas aquellas playas interminables están atiborradas de gente y asediadas, como si la población de Italia se elevara a dos mil millones de personas. A la orilla de la autopista hay un cartel que anuncia el restaurante Shelley, llamado así para recordar que no muy lejos de allí, en Lerici, se halla el último hogar del poeta inglés que se ahogó al naufragar su velero en una tormenta (Shelley, a diferencia de Byron, no sabía nadar; hasta hoy los poetas siguen divididos en los que nadan y los que no se meten en el agua).

 

 

 

Zagajewski, Adam. En defensa del fervor (Trad. J. Sławomirski y A. Rubió). Barcelona; Ed. El acantilado, 2005.

 

MANO INVISIBLE (y II)

mano-invisible-adam-zagajewski

 

xxxxxxxxxII
JARDÍN BOTÁNICO

En el Jardín Botánico de Cracovia
me topé con un árbol asiático
de nombre metasecuoya china, un árbol bello,
de hojas digitadas, deshilachadas, agujadas.
Pero ¿por qué metasecuoya? ¿Por qué no simplemente secuoya?

¿Crece por encima de sí misma?
¿Descuella sobre otros árboles?
¿Será que las plantas ya han empezado a usar
la jerga pretenciosa
de los sabios de algunas universidades?

 

 

 

 

PERDIDOS

Perdidos, perdidos en grises pasillos. Por la noche
las bombillas silban como los pitidos de barcas hundiéndose.
Leemos libros olvidados por sus autores.
No existe la verdad, repiten los sabios.
Las tardes de verano: un festival de vencejos,
en los suburbios estallan las peonías.
Parece que las calles se acortan
por el calor, por la facilidad de la visión.
Lentamente, avanza el otoño sin hacer ruido.
Pero a veces emergemos por un momento
y sucede que brilla la puesta de sol
y aparece una seguridad pasajera,
casi una fe.

 

 

 

 

UN GRAN POETA NOS DEJA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[Pensando en C. M.]

Realmente nada cambia
en la habitual luz del día
cuando un gran poeta nos deja.
En las coronas de viejos olmos
siguen discutiendo con pasión
los grises gorriones y los delicados estorninos.

Cuando un gran poeta nos deja
la ciudad no se detiene, el metro y los tranvías
siguen buscando el moderno Grial.
En la biblioteca una chica guapa
busca en vano un poema que
le diga la verdad de todo.

Al mediodía se extiende el mismo bullicio de siempre,
por la noche domina un recogimiento silencioso;
entre las estrellas, una eterna inquietud.
Pronto abrirán las discotecas,
se abrirá la indiferencia
a pesar de que acaba de morir un gran poeta.

Pero cuando nos despedimos de alguien que amamos
por un largo tiempo o para siempre,
sentimos de repente que nos faltan las palabras
y que ahora tenemos que hablar nosotros solos,
ya nadie va a hacerlo por nosotros
porque nos ha dejado un gran poeta.

 

 

 

 

COMO EL REY DE ASINÉ

“Como el rey de Asiné en Seferis”, pensé,
recordando aquel increíble poema:
calor, un mar tranquilo, la nada bajo la máscara dorada,
dos personas en canoa, las rocas silenciosas,
un mundo sólido, y por otra parte sólo
“Asiné” y su soberano, una palabra en toda la Ilíada,
la mención más breve en el catálogo de embarcaciones.

Yo también busqué más de una vez a los ausentes,
en tantas ciudades, en el avión, en las ruinas
de alzamientos frustrados, de confederaciones,
durante una excursión malograda a Siracusa,
en los largos paseos por París,
a la orilla del mar en el que había
de hundirse todo el continente.

“Como el rey de Asiné en Seferis”, pensé,
nada bajo la máscara dorada, una viva ausencia,
pero este vacío puede rellenarse en cualquier
momento, puede suceder perfectamente
que el rey de repente vuelva y el oro brille triunfal.
En el jardín se mece un húmedo grosellero,
sopla el viento. Has de saber que esperamos. Seguimos esperando.

 

 

 

 

LLEGÓ LA PRIMAVERA

Las naciones estaban cansadas de tantas guerras
y yacían tranquilas en lechos matrimoniales,
extensos como la cuenca del Danubio.
Empezaba la primavera, los primeros éxtasis.
En las ramas todavía desnudas de los árboles
arrullaban unas tórtolas turcas.
Nadie sabía qué hacer, qué pensar.
Éramos huérfanos porque el invierno
no nos dejó testamento;
una mariposa joven aprendía a volar
de manera caótica, desde el principio.
Las mariposas no tienen tradición.
Y nosotros tenemos que morir.
“Ésta es una manera poco elegante
de terminar el poema
—protesta R., y añade—:
el poema debería terminar
mejor que la vida. Para eso es”.

 

 

 

 

METÁFORA

“Toda metáfora es un fracaso”, dijo aquel
poeta muy viejo en el bar del hotel,
dirigiéndose a unos estudiantes fascinados.
El poeta muy viejo estaba de buen humor
y con una copa de vino en la mano dijo:
“Éste es el problema fundamental de la encarnación,
las cosas que amamos, las cosas invisibles
toman cuerpo, evidentemente, en lo que podemos
ver y decir, pero nunca de manera
absoluta, uno a uno, lo que significa
que siempre es o demasiado poco
o demasiado, los puntos quedan en la superficie,
sobresalen dedos, botones, paraguas, uñas,
cartas sin recoger en un sobre azul de correo aéreo,
queda una sensación de insatisfacción o de exceso,
alguien calla ominosamente, otro pide
ayuda, se rompe el hielo, viene una ambulancia,
por desgracia demasiado tarde, pero atención,
gracias a esto, gracias a esta desproporción,
gracias a esta inexplicable fisura,
nosotros podemos seguir persiguiendo la quimera de la metáfora,
durante toda la vida avanzamos en la oscuridad,
en un bosque oscuro, siguiendo la pista de la traslación,
imperfecta, como mi discurso, que ahora
está llegando a su fin, aunque seguramente
podría añadir muchas más cosas,
pero tengo miedo, estoy ya
un poco cansado, y me parece
oír cómo me llama el sueño”.

 

 

 

 

MURO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxIn memoriam Henryk Bereska

Parecía un joven,
siempre tenía nuevos proyectos, propuestas;
trabajaba sin descanso.
Le gustaba hablar de la ventana
de su anterior casa en Berlín,
la ventana del este desde la que durante años
pudo observar el Muro y Occidente,
un país misterioso, inaccesible.
El Muro cubierto de nieve, de escarcha,
liso en mayo, mojado por la lluvia,
oscureciéndose entrado el otoño;
el Muro, la cosa en sí misma,
un adorno de la filosofía del idealismo alemán.
Cuando llegó die Wende, o sea, ‘el cambio’,
Henryk rejuveneció todavía más,
decidió empezar una nueva vida,
la vida de un hombre libre,
de un habitante de un país libre.
Nunca pudo comprender a los que
lamentaban el final de una dictadura.
Estaba lleno de un entusiasmo moderado,
aunque el vecino del pueblo donde tenía
su casa de verano, un ex oficial de la Stasi,
no despertaba su afecto. Evidentemente.
Viajaba por Europa, en Polonia
le correspondieron honores y distinciones.
Parecía que iba a vivir muchos años más,
que como recompensa a aquella ventana del este
recibiría muchos años adicionales.
Pero otras fueron las decisiones. Otro el veredicto.
No hubo premios, ni castigo,
sólo nieve, escarcha y niebla.

 

 

 

 

NO PENSABA EN LA ESTÉTICA

Cuando en los años ochenta mi padre copiaba
para sus amigos mi poema “Ir a Lvov”
(me lo explicó pasado mucho, mucho tiempo,
un poco cohibido), no pensaba quizá en la estética,
en las metáforas, sílabas, en un sentido más profundo,
sólo en la ciudad que amó y perdió, en la ciudad
donde quedaron detenidas, como un rehén,
su juventud, su revelación, el encuentro con el mundo,
y seguramente golpeaba las teclas de su antigua y fiel
máquina de escribir con tanta fuerza que, si hubiéramos
conocido mejor las leyes de la conservación de la energía,
sobre esta base podríamos
reconstruir al menos una calle
de su primer entusiasmo.

 

 

 

 

POETAS FOTOGRAFIADOS

Poetas fotografiados,
pero nunca
cuando ven realmente,
poetas fotografiados,
estantes con libros como fondo,
pero nunca en la oscuridad,
nunca en silencio,
en la noche, en la incertidumbre,
cuando vacilan,
cuando la felicidad, como el fósforo,
cubre la cerilla.
Poetas sonrientes,
tranquilos, cultos.
Poetas fotografiados
cuando no son poetas.
Si supiéramos
qué es la música.
Si lo entendiéramos.

 

 

 

 

MI PADRE YA NO ME RECONOCE

Mi padre ya no me reconoce. Ni tan sólo
quedan aquellos destellos de la conciencia
con los que hasta no hace mucho podíamos consolarnos.
Está sumido en la oscuridad, acostado, duerme, dormita
como si ya nos hubiera dejado.
Y, con todo, aún hay breves momentos
en los que aparece su auténtica cara.

 

 

 

Zagajewski, Adam. Mano invisible (Trad. Xavier Farré). Barcelona; Ed. El acantilado, 2012.

 

MANO INVISIBLE

mano-invisible-adam-zagajewski

 

xxxixxxxI
NUEVO HOTEL

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[Cracovia]

En febrero los álamos, helados, son aún
más delgados que en verano. Mi familia
está dispersada por toda la tierra, bajo tierra,
en varios países, en poemas,en cuadros.

Es mediodía, estoy en la plaza Na Groblach.
A veces venía por aquí para visitar (un poco
por obligación) a mis tíos.
Ellos no se quejaban ni siquiera del destino

o del sistema, sólo que sus caras recordaban
una librería de viejo vacía.
Ahora en esa casa viven otras personas,
desconocidas, el olor de una vida ajena.

Cerca de allí construyeron un nuevo hotel,
habitaciones claras, desayunos sin duda comme il faut,
zumo, café y tostadas, vidrio, cemento,
olvido, y, de repente, sin saber cómo,
un momento de una penetrante alegría.

 

 

 

 

CAFETERÍA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[En Berlín]

En esta cafetería que se llama como un escritor francés,
en una ciudad extranjera, leí Bajo el volcán,
esta vez con menos entusiasmo. “Realmente, uno tiene que curarse”,
pensé. Quizá haya llegado a convertirme en un filisteo.
México estaba muy lejos y sus enormes estrellas
iluminaban, pero no para mí. Era el Día de Muertos.
La fiesta de las metáforas y la luz. La muerte como protagonista.
Algunas personas en las mesas de al lado, varios destinos:
Reflexión, Tristeza, Sentido Común. Cónsul, Yvonne.
Llovía. Noté una pequeña felicidad. Alguien entró,
alguien salió, alguien finalmente dio con el perpetuum mobile.
Estaba en un país libre. En un país que se quedó solo.
No pasaba nada, los cañones habían callado.
La música no diferenciaba a nadie; la música pop que fluía
de los altavoces iba repitiendo: “Aún pasarán muchas cosas”.
Nadie sabía qué hacer, adónde ir, por qué.
Pensé en ti, en nuestra intimidad, en cómo
huelen tus cabellos cuando empieza el otoño.
En el aeropuerto se elevó en el aire un avión
como un discípulo aplicado que cree
en lo que dijeron los antiguos maestros.
Los astronautas soviéticos afirmaban no haber encontrado
a Dios en el espacio, pero ¿lo habían buscado?

 

 

 

 

JARDÍN DE LUXEMBURGO

Las casas de París no temen al viento ni a la imaginación
(son sólidos pisapapeles,
el contrapeso de los sueños).

En el río compiten barcos blancos llenos de una multitud
que reclama un saludo de los que están en la orilla;
esa multitud está de un humor excelente y liquida el pasado.

De un taxi sale una pareja de turistas ricos
con ropas brillantes; los esperan camareros
con unas levitas que la moda no ha transformado.

Mientras, el Jardín de Luxemburgo empieza a vaciarse
y se transforma en un gigantesco herbario silencioso;

no recuerda a todos los que pasaron
por sus caminos sin percibir que ya no vivían.

Aquí vivió Mickiewicz, y allí August Strindberg
trabajó en la piedra filosofal
que no llegó a encontrar.

Está anocheciendo, viene una noche seria por el este,
recelosa y taciturna.
La noche viene de Asia y no hace preguntas.
Qué bello es lo extraño, qué fría la felicidad.

Se encienden luces amarillas en las ventanas sobre el Sena
(he aquí algo realmente misterioso: la vida de otras personas).

Lo sé, en esta ciudad ya no existe el secreto.
Pero existen los plátanos, las plazas y los cafés, las calles afectuosas
y la mirada clara de las nubes que se va apagando lentamente.

 

 

 

 

EL BELLO GARONA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[Para Agnès y Patrice Moyon]

Porque no fluías a través de mi infancia.
Porque no nadé en tus corrientes.
Porque incluso aquí, bajo la mano de un arqueólogo,
crece el mismo casco y la antigua esvástica
de la peor Roma. Porque podrías haber sido
mi hermana, mi prisión, mi
salvación, la felicidad de un día de verano.
Porque eres memoria, y tus
vocales entonan una canción
que no queremos entender.

 

 

 

 

SOÑÉ CON MI CIUDAD

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[Escribí este poema en las sesiones
xxxxxxxxxxxxxxxxxxdel Congreso sobre Herbert en Siena]

Soñé con mi antigua ciudad,
hablaba la lengua de los niños y de los humillados,
argumentaba con diferentes voces, apresurándose
y gritando como las personas llanas que de repente
están ante la presencia de un alto funcionario:
“No hay justicia—gritaba—. Nos lo han quitado
todo—se quejaba en voz alta—.
Nadie se acuerda de nosotros, nadie”;
vi a feministas de ojos negros,
se agolpaban nobles de olvidados abolengos,
jueces con togas que habían sido cosidas con ortigas
y judíos piadosos, cansados;
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpero lento, inexorable,
se acerca el gris amanecer y los oradores empalidecieron,
se apagaron, obedientemente volvieron a los cuarteles
como coroneles de soldaditos de plomo.
Y entonces oí unas palabras del todo diferentes:
“Pero los milagros existen, no todos creen en ellos,
pero los milagros ocurren…”. Y al despertarme,
cuando salí lenta y penosamente del búnker de aquel sueño
entendí que allí todavía duraban las disputas,
que todavía  no se había solucionado nada…

 

 

 

 

CLASES DE PIANO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[Tengo ocho años]

Clases de música con los vecinos, los señores J.
Estoy por primera vez en su casa,
huele diferente a la nuestra (la nuestra no huele,
así me lo parece).Aquí alfombras por todas partes,
gruesas alfombras persas. Sé que son armenios,
pero no sé qué significa eso. Los armenios tienen alfombras,

en el aire todavía se pasea polvo que ha llegado
de Lvov, polvo medieval.
Nosotros nos tenemos alfombras, ni Edades Medias.
No sé quiénes somos, quizá errantes.
A veces pienso que no existimos. Sólo los otros existen.
En la casa de nuestros vecinos hay una acústica excelente.

Hay silencio en esa casa. En la habitación está el piano
como una fiera perezosa, domada,y en él,
en el mismo centro, descansa la negra bola de la música.
La señora J. me dijo justo al acabar la primera
o la segunda clase que sería mejor que estudiara lenguas,
porque no mostraba dotes para la música.
No muestro dotes para la música.
Mejor que estudie lenguas.
La música siempre estará en algún otro lugar,
inalcanzable, siempre en una casa ajena.
La bola negra estará escondida en algún otro lugar,
pero quizá habrá nuevos encuentros, nuevos descubrimientos.

Volví a casa con la cabeza baja,
algo triste, algo contento, a la casa
que no olía a Persia, con cuadros de aficionados,
acuarelas, y pensé, con amargura, con satisfacción,
que sólo me quedaba la lengua, sólo las palabras, los cuadros,
sólo el mundo.

 

 

 

 

CASA FAMILIAR

Vienes aquí como un extraño,
pero ésta es tu casa familiar.
Los groselleros, los manzanos y los cerezos no te reconocen.
Un árbol magnánimo prepara con tranquilidad
un nuevo lanzamiento de nueces,
y el sol, como un estudiante de primero nervioso,
está ocupado en colorear atentamente las sombras.
El comedor imita la cripta de un sepulcro,
aquí ya no hay ningún eco conocido,
las antiguas conversaciones no han perdurado.
Allí, donde seguramente se concibió
tu vida, tartamudea un televisor ajeno.
Y en el sótano se encuentra el almacén de la oscuridad,
desde que te fuiste todas las noches
se han apiñado como el estambre de un viejo jersey
en el que anidan gatos salvajes.
Vienes aquí como un extraño,
pero ésta es tu casa familiar.

 

 

 

 

IMPOSIBLE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[5414 S. Blackstone, Chicago]

Cuán difícil es intentar escribir, da igual
si en casa, en el avión, sobre el océano,
sobre una selva negra, en un atardecer silencioso.
Empezar siempre de nuevo, despertarse
para una gran carrera y al cabo de un cuarto
renunciar afligido, rendirse.
Espero que al menos tú me escuches,
porque, como bien sabes, los teóricos nos aseguran
sin parar, casi cada día, que todo lo entendimos
mal, que como siempre no captamos
el sentido más profundo, no leímos
los libros adecuados, que, por desgracia,
no sacamos las conclusiones debidas.
Afirman: la poesía es en principio imposible,
un poemas es como una sala donde las caras se difuminan
en la niebla dorada de los focos, donde el salvaje
murmullo de la multitud airada apaga
las voces individuales, indefensas.
Así pues, ¿qué? Las palabras elegantes se apagan pronto,
y las normales seguro que no convencen a muchos.
Todo parece mostrar que el silentium
sólo puede contar con un puñado de fieles.
A veces tengo envidia de los poetas muertos:
ellos ya no tienen “días malos”, no conocen
“la melancolía”, se despidieron del “vacío”,
de la “retórica”, de la lluvia, de la tensión baja,
dejaron de seguir las “reseñas penetrantes”
y no obstante siguen hablándonos.
Sus dudas se fueron con ellos,
su entusiasmo vive.

 

 

 

 

27 DE ENERO

Un día helado. Un sol frío. Un blanco aliento.
Pero aquel viernes no estábamos seguros
de qué teníamos que celebrar y qué lamentar,
porque se conmemoraba a la vez
el Día en Memoria de las Víctimas del Holocausto
y el solemne aniversario de Mozart.
Nuestra memoria no sabía qué hacer.
Nuestra imaginación estaba perdida.
La vela en el alféizar lloraba
(nos pidieron que encendiéramos velas),
pero de los altavoces llegaba la música tranquila
del joven Mozart, rococó,
la época de las pelucas argentadas, y no de los cabellos grises
que conocimos en Auschwitz,
época de grandes vestidos, y no de la desnudez,
de la esperanza, y no de la desesperación.
Nuestra memoria no sabía qué hacer,
la imaginación se perdía en conjeturas.

 

 

 

 

TERMINÓ LA REVOLUCIÓN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[En recuerdo de los tristes revolucionarios
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde Julian Kornhauser]

Terminó la revolución. En los parques se podía pasear
libremente, los perros daban regulares vueltas
como dirigidos por una mano invisible.
Hacía buen tiempo, caía una lluvia como diamantes,
las mujeres con sus vestidos estivales, los niños como siempre
un poco enfurruñados,melocotones en la mesa.
En el café estaba sentado un hombre viejo y lloraba.
Tronaban los motores de los coches deportivos,
gritaban los periódicos y, en general, hay que decir
que la vida mostraba una tendencia ascendente,
por utilizar un término neutro
y no ofender ni a los vencidos ni a los vencedores,
ni a aquellos que todavía no sabían
en qué bando se encontraban,
es decir, prácticamente todos nosotros
que escribimos y leemos estas palabras.

 

 

 

Zagajewski, Adam. Mano invisible (Trad. Xavier Farré). Barcelona; Ed. El acantilado, 2012.

 

DESEO

deseo-adam-zagajewski

 

MÍSTICA PARA PRINCIPIANTES

El día era apacible, la luz, agradable.
Un alemán en la terraza de la cafetería
tenía un pequeño libro en sus rodillas.
Conseguí ver el título:
Mística para principiantes.
Al acto entendí que las golondrinas,
patrullando las calles de Montepulciano,
con unos silbidos muy penetrantes,
y las apagadas charlas de los tímidos
viajeros de Europa del Este, llamada Central,
y las garcetas que estaban (¿ayer? ¿anteayer?)
como monjas en los campos de arroz,
y el ocaso, lento y sistemático,
borrando los contornos de las casas medievales,
y los olivos en las pequeñas colinas,
a merced de los vientos y los incendios,
y la cabeza de la Princesa desconocida
que vi y admiré en el Louvre,
y los vitrales de las iglesias como alas
de mariposa embadurnadas de polen,
el pequeño ruiseñor que ensayaba su recital
justo al lado de la autopista,
y los viajes, todos los viajes,
eran sólo mística para principiantes,
un curso inicial, una introducción
para el examen que quedó aplazado
para más adelante.

 

 

 

 

A MI HERMANO MAYOR

Con qué tranquilidad avanzamos
a través de días y meses,
y cantamos en voz baja
una negra canción de cuna,
cuán fácil los lobos secuestran
a nuestros hermanos,
con qué levedad
respira la muerte,
con qué rapidez
navegan los barcos
por las arterias.

 

 

 

 

MI ESTUDIO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Derek Walcott

El estudio donde trabajo tiene seis
caras como un dado.
Hay una mesa de madera de tercas
formas rústicas, un sillón
perezoso y una tetera con el labio
prominente de los Habsburgo.
Desde la ventana veo árboles escuálidos,
finas nubes y niños de la guardería,
gritando, siempre contentos.
A veces, a lo lejos, brilla la luna de un coche
o, arriba, la cáscara plateada de un avión.
Es evidente que otros no pierden el tiempo
cuando yo trabajo, buscan aventuras
en la tierra y en los grandes espacios.
El estudio donde trabajo es una camera obscura.
Pero, ¿en qué consiste realmente mi trabajo?
En una larga espera inmóvil,
en remover folios, en una paciente meditación,
en la pasividad que no convencería
a un juez de ansiosa mirada. Lentamente
escribo, como si tuviera que vivir doscientos
años. Busco imágenes inexistentes,
y si existen están enrolladas y guardadas
como la ropa de verano durante el invierno,
cuando el frío corta los labios.
Sueño con lograr una concentración absoluta;
si la encontrase tal vez dejaría de respirar.
Quizá mejor que consiga tan poco.
Aunque oigo silbar la primera nieve,
oigo la delicada melodía de la luz del día
y el amenazante gruñido de la gran ciudad.
Bebo de una fuente pequeña,
mi sed es mayor que el océano.

 

 

 

 

HOUSTON, A LAS SEIS DE LA TARDE

Europa ya duerme bajo la áspera manta de sus
fronteras y viejas hostilidades; Francia arrimada
a Alemania, Bosnia en los brazos de Serbia,
la solitaria Sicilia en el azul del mar.

Aquí anochece, se enciende una lámpara
y al instante se apaga el oscuro sol.
Estoy solo, leo un poco, pienso un poco,
escucho un poco de música.

Estoy allí donde hay la amistad
sin que haya amigos, donde crece
el encantamiento, sin que haya magia,
allí donde ríen los muertos.

Estoy solo porque Europa duerme. Mi amor
duerme en un piso alto cerca de París.
En Cracovia y en París mis amigos
se abren paso en el mismo río del olvido.

Leo y reflexiono; en un poema he encontrado
¡Hay golpes en la vida, tan fuertes!… ¡No preguntes!
No pregunto. En el silencio de la tarde
irrumpe un helicóptero de la policía.

La poesía invoca un mundo sublime,
pero lo que es bajo también es elocuente,
más audible que la lengua indoeuropea,
más fuerte que mis libros y mis discos.

Aquí no hay mirlos ni ruiseñores
de cantilena triste y dulce,
tan sólo un pájaro burlón, que imita
y remeda todas las otras voces.

La poesía invoca la vida, el valor
frente a la sombra que se agranda.
¿Sabrías mirar tranquilamente a la Tierra,
como un astronauta perfecto?

Dela inocente indolencia, de la Grecia de las lecturas
y de la Jerusalén de la memoria emerge de pronto
la isla del poema, una isla deshabitada
que algún día descubrirá un nuevo Cook.

Europa ya duerme. Los animales nocturnos,
feroces y melancólicos,
van de caza, hacia la muerte.
Pronto América también se dormirá.

 

 

 

 

“SENZA FLASH”

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx“Senza flash!” (Sin flash)
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(prohibición que se oye con frecuencia
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxen las galerías de Italia).

Sin llamas, sin noches de insomnio, sin brasas,
sin lágrimas, sin una gran pasión, sin convicción,
xxxasí viviremos; senza flash.

Tranquila y regularmente, soñolientos y obedientes,
manchadas las manos con la tinta negra de los periódicos,
xxxcaras grasientas de crema; senza flash.

Turistas sonrientes con sus impecables camisas,
Herr Lange y Miss Fee; y Monsieur et Madame Rien
xxxentrarán en el muse; senza flash.

Se situarán ante el cuadro de Piero della Francesca
en el que Cristo, casi enajenado, emerge de la tumba,
xxxresucitado, libre; senza flash.

Y quizá entonces ocurra algo imprevisible,
oculto en suave algodón, el corazón se conmueva,
xxxse haga el silencio, brille un flash.

 

 

 

 

LA MUERTE DEL PIANISTA

Mientras otros se sumían en guerras
o en negociaciones, o yacían
en camas estrechas de hospitales
o en campos forzados, él día tras día

ensayaba las sonatas de Beethoven;
y sus escuálidos dedos, como los de un avaro,
tocaban grandes riquezas
que no eran suyas.

 

 

 

 

FRÁGIL GLORIA DE LAS AMAPOLAS

El asfalto se derrite al sol bajo una rueda estrecha
de bicicleta y gritan los pájaros en los árboles del camino
(con cerezas, verdes y duras).
¿Serás capaz de perdonar?
Quizá en los negros bosques aún vivían lobos.
El trigo era verde, se reían las alondras,
debajo tenían la frágil gloria de las amapolas,
iglesias de madera, capillas
donde las flores silvestres se convertían en hierbas,
el agua de una pequeña fuente olía a promesa.
Y al fin el destino de la expedición, una colina
con una torre de triangulación, paralizada
en la tierna observación de un cielo claro.
¿Serás capaz de perdonarle al tiempo
esta vileza, esta traición?

 

 

 

 

LÍNEA NÚMERO 4

Escribo sólo sobre los muertos,
me dijo un clochard.
Pronto llegará el verano.
En la línea Porte de Clignancourt-
Porte d’Orléans siempre se propaga el olor
a papel quemado; en la parada Saint-Michel
una rata fisgona parece preguntar:
¿en qué siglo estamos, señores míos?
He ido abriéndome paso por este día.
Se me ha vuelto a escapar lo esencial.

 

 

 

 

EUROPA YA SE ESTÁ DURMIENDO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Gosia

Europa ya se está durmiendo; en Lisboa todavía
arrugan la frente viejos jugadores de ajedrez.

Sobre Cracovia se levanta una niebla gris
y borra los contornos de las venerables velas.

El Mediterráneo de balancea ligeramente
y pronto se convertirá en una canción de cuna.

Cuando Europa por fin duerma profundamente,
América velará

sobre el pobre y callado mundo,
con recelo, como una hermana pequeña.

 

 

 

 

VER

¡Oh! muda ciudad mía, mieldorada,
sepultada en los barrancos, allí donde los lobos
corrían en silencio siguiendo el frío meridiano;
si tuviese que explicarte, ciudad que dormitas
bajo un montón de hojas muertas,
si tuviese que describirte la piel del océano, donde
los barcos escriben largos versos de claros poemas,
y los yates ostentan sus altas velas como pavos reales,
y el Mediterráneo, detenido en una concentración salina,
y las metrópolis de torrecillas afiladas, brillantes
en el sol penetrante de la mañana, y la fuerza
salvaje de los aviones que desaparecen en las nubes,
el desprecio eterno de los funcionarios hacia la gente,
las calles estrechas de Umbría (como en una cisterna
se detuvo en ellas el tiempo antiguo con sabor a vino dulce),
y la colina donde crece el árbol más tranquilo; el tono
grisáceo de París, allí fluye el río del perdón; Cracovia;
en domingo, cuando hasta las hojas de los castaños
parecen alisadas con una plancha invisible,
los viñedos en los que penetra el ávido otoño
y las autopistas repletas de temores;
si tuviese que describirte la solemnidad de la noche,
cuando ocurrió aquello,
y el ruido de un tren que avanza hacia la nada,
y el brillo de los patines en una pista de hielo
improvisada; escribo y estoy de viaje, pues
quería ver y no sólo saber, ver claramente
los incendios y las imágenes de un único mundo,
y tú sigues siendo una ciudad petrificada, inmóvil,
mis hermanos están en una arena poco profunda;
sobre vosotros no deja de girar la tierra
y desfilan legiones de soldados romanos,
y un zorro polar agudiza el oído al viento
en el blanco desierto donde se desvanecen los sonidos.

 

 

 

 

CÓMO TERMINAN LOS PAYASOS

Un viejo payaso reparte folletos en la estación, anuncian
un circo ambulante.Sin duda, es así como terminan
los payasos: sustituyendo una máquina (o a un niño).
Lo observo atento: quiero saber cómo terminan los payasos.

Entre la melancolía y la salvaje risa contagiosa
desaparece lentamente el equilibrio lleno de encanto;
año tras año el surco delas mejillas es más profundo,
y al final queda la desesperanza de una nariz demasiado grande

y movimientos torpes de anciano, ya no son una parodia
delos saludables e irreflexivos, son un panfleto que culpa
la imperfecta constitución del cuerpo, el error
del arquitecto. Queda la luz de la ancha frente, la lámpara

de una tez demasiado blanca (ahora sin polvos), unos labios
finos y unos ojos por los que mira ya un extraño, se asoma
con frialdad alguien que podría ser el futuro inquilino del rostro
(si se consiguiese prorrogar el alquiler de esta tristeza).

Es así como terminan los payasos, cuando se adentra en nosotros
la gran indiferencia del mundo, amargamente, como plomo en la boca.

 

 

 

 

UNA LLAMA

Señor, danos un largo   invierno
y música tranquila, y labios pacientes,
y un poco de orgullo antes
de que se acabe nuestro siglo.
Danos el asombro
y una llama alta, clara.

 

 

 

 

PARA GABRIELA MÜNTER

Un invierno benigno este año, las manchas
grana de las casas no se helaron, no palidecieron,
y las manzanas siguen llenas de ternura.
Una haya roja recuerda la dulzura del verano
y los lobos no osan acercarse al altar
de nuestras oscuras casas.
Detrás de la pared se oye una respiración.
Sólo sabemos que la vida es cálida.
Pero ya se tambalean los mástiles de los veleros
y las esbeltas antenas,
de las jarras se vierte vino
y quizá quede anegado este silencioso valle
oculto a los ojos de los cazadores;
seguro que quedará anegado, Gabriela.

 

 

 

 

LA COLINA

Un instante de silencio cuando el viento está absorto…
Esta colina violeta, propiedad de un caballo bayo,
se detuvo en su marcha.
Llegan débiles campanadas de una aldea cercana, acaba
de despertar de su sueño una pequeña iglesia románica.

 

 

 

 

UN PEQUEÑO VALS

Los días son tan deslumbrantes, tan claros,
que hasta las escasas y delgadas palmeras
se cubren de un polvo blanco de inatención.
Las serpientes se deslizan en silencio por los viñedos,
pero al atardecer el mar se oscurece y las gaviotas,
suspendidas en el aire como la puntuación
de un escrito superior, apenas se mueven.
En tus labios queda impresa una gota de vino.
En el horizonte poco a poco se desvanecen
las montañas de calcio y aparece una estrella.
De noche, en la plaza, una orquesta de marinos
con uniformes impecablemente blancos
toca un pequeño vals de Shostakovich; lloran
los niños pequeños,como si intuyesen
de qué trata la música alegre.
Nos encerraron en la cajita del mundo,
el amor nos liberará, el tiempo nos matará.

 

 

 

 

PANADERÍA

Un joven y orgulloso panadero con su camiseta sin
mangas (en los brazos tiene marcas de harina, como
polvos en la cara de un actor) observa con amabili-
dad a los clientes. Sonríe sutilmente. Él, que conoce
el secreto del pan…

 

 

 

 

HABLA SUAVEMENTE

Habla suavemente, eres mayor que el
que fuiste durante tanto tiempo; eres mayor
que tú mismo (y sigues sin saber aún
qué son la ausencia, la poesía y el oro).

Un agua parda inundó la calle; una tormenta
fugaz sacudió la ciudad lisa y soñolienta. Cada
tormenta es una despedida,  cientos de fotógrafos
parecen voltear encima nuestro, con el flash
inmortalizan los segundos de temor y pánico.

Sabes qué es el luto, una desesperanza tan súbita
que ahoga el ritmo del corazón y el futuro.
Lloraste entre extraños, en una tienda moderna
donde no paraba de circular el ágil dinero.

Viste Venecia y Siena, y en las telas, en la calle,
Madonnas tristes y jóvenes que querían ser
chicas normales y bailar en los carnavales.

Viste también pequeñas ciudades que no eran bellas,
viejas personas hartas del sufrimiento y del tiempo.
En iconos medievales brillaban los ojos de los santos
morenos, ojos ardientes de animales salvajes.

Cogiste guijarros de la playa, la Galère,
y a veces sentías una gran ternura
(hacia ellos y el pino esbelto, hacia aquellos
que estaban contigo y hacia el mar
que siendo tan fuerte está muy solo),

tan grande como si todos fueran huérfanos
del mismo hogar, separados para siempre
y entregados a los breves instantes de visión
en las frías prisiones de la contemporaneidad.

Habla suavemente: ya no eres joven,
la revelación debe negociar con semanas de ayuno,
tienes que elegir y renunciar, tomarlo con tiempo

y hablar muchas horas con enviados de secos
países y labios agrietados, tienes que esperar,
escribir cartas, leer libros de quinientas páginas.
Habla con más calma. No renuncies a la poesía.

 

 

 

 

ALLÍ DONDE EL ALIENTO

Está solo en el escenario
sin ningún instrumento.

Se pone la mano en el pecho
allí donde nace el aliento
y donde se apaga.

No son las manos que cantan,
ni tampoco el pecho.

Canta lo que está callado.

 

 

 

Zagajewski, Adam. Deseo (Trad. Xavier Farré). Barcelona; Ed. El acantilado, 2005.

 

TIERRA DEL FUEGO

septiembre 30, 2016 Deja un comentario

tierra-del-fuego-adam-zagajewski

 

CAMBIO

Hace meses que no escribo
ni un solo poema.
Vivía humildemente leyendo los periódicos,
pensando en el enigma del poder
y en las causas de la obediencia.
Contemplaba puestas de sol
(escarlatas, muy inquietantes),
sentía cómo callaban los pájaros
y cómo la noche iba enmudeciendo.
Veía girasoles que agachaban
la cabeza al ocaso, como si un desatento
verdugo paseara por los jardines.
En el alféizar se iba acumulando
el polvo dulce de septiembre
mientras las lagartijas se escondían
en los salientes de los muros.
Salía a dar largos paseos,
y deseaba tan sólo una cosa:
relámpagos,
cambios,
a ti.

 

 

 

 

ANTOLOGÍA

Por la tarde leía una antología.
Detrás de la ventana pacían nubes escarlatas.
El día había desaparecido en un museo.

Y tú, ¿quién eres?
No lo sé. No sabía
si había nacido para la felicidad.
O para la tristeza. ¿Para una larga espera?

En el aire puro del crepúsculo
leía una antología.
En mí vivían antiguos poetas, cantaban.

 

 

 

 

PINTORES HOLANDESES

Escudillas de estaño repletas y pesadas de metal.
Gruesas ventanas hinchadas por la luz.
Materialidad de plomizas nubes.
Vestidos como colchas. Ostras húmedas.
Objetos inmortales, pero que no nos sirven.
Andan solos los zuecos de madera.
Las baldosas nunca se aburren,
y juegan al ajedrez con la luna.
Una chica fea estudia una carta
escrita con tinta simpática.
¿Será de amor o de dinero?
El mantel huele a moral y almidón.
La superficie no conecta con la profundidad.
¿Misterio? No hay misterio alguno,
sólo el azul del cielo, hospitalario
e intranquilo como gritos de gaviotas.
Absorta, una mujer pela una manzana roja.
Los niños sueñan con la vejez.
Alguien lee un libro (un libro es leído),
alguien se duerme y se vuelve un objeto
cálido, que respira (como un acordeón).
Les gustaba habitar. Y lo habitaban todo,
el respaldo de madera de una silla
y en hilos finos de leche como el estrecho de Bering.
Puertas de par en par, el viento era afable,
las escobas descansaban tras el trabajo a conciencia.
Descubiertas las casas. Pintura de un país
donde la policía secreta no existía.
Sólo una sombra prematura entró
en el rostro del joven Rembrandt. ¿Por qué?
Pintores holandeses, decid, ¿qué pasará
al pelar la manzana, cuando falte la seda,
cuando todos los colores sean fríos?
Decidnos, ¿qué es la oscuridad?

 

 

 

 

BUSCA

Volví a la ciudad
donde fui niño
y adolescente y un viejo de treinta años.
La ciudad me recibió con indiferencia,
los megáfonos de sus calles murmuraban:
¿no ves que el fuego todavía arde?,
¿no oyes el estrépito de las llamas?
Vete.
Busca en otro lugar.
Busca.
Busca la verdadera patria.

 

 

 

 

REFUGIADOS

Encorvados por una carga
que a veces es visible, otras no,
avanzan por el barro, o arena del desierto,
inclinados, hambrientos,

hombres taciturnos con gruesos caftanes,
vestidos para las cuatro estaciones,
ancianas con caras llenas de arrugas
llevando algo, que puede ser un bebé, una lámpara
(familiar), o quizá la última hogaza.

Esto puede ser Bosnia, hoy,
Polonia en septiembre del 39, Francia
(ocho meses después), Turingia en el 45,
Somalia, Afganistán, Egipto.

Siempre hay un carro, o como mínimo un carretón
repleto de tesoros (colchas, tazas de plata,
y el aroma de casa que se evapora rápidamente),
un coche sin gasolina, abandonado en la cuneta,
un caballo (será traicionado), nieve, mucha nieve,
demasiada nieve, demasiado sol, demasiada lluvia,
y esta inclinación tan característica,
como hacia otro planeta mejor, un planeta
que tiene generales con menos ambición,
menos cañones,menos nieve, menos viento,
menos Historia (este planeta, por desgracia,
no existe, sólo existe la inclinación).

Arrastrando las piernas
van despacio, muy despacio
al país de Ningún Sitio,
a la ciudad Nadie
en la orilla del río Nunca.

 

 

 

 

CARTA DE UN LECTOR

Demasiado sobre la muerte,
sobre las sombras.
Escribe sobre la vida,
sobre un día normal,
sobre el deseo de orden.

La campana de la escuela
puede ser un modelo
de templanza,
hasta de erudición.

Demasiada muerte,
un exceso
de negro deslumbramiento.

Mira,
naciones amontonadas
en estadios apretujados
cantan himnos de odio.

Demasiada música,
falta armonía, tranquilidad,
cordura.

Escribe sobre los momentos
cuando los puentes de la amistad
parecen ser más duraderos
que la desesperación.

Escribe sobre el amor,
sobre los largos atardeceres,
sobre el amanecer,
los árboles,
sobre la infinita paciencia
de la luz.

 

 

 

 

VOSOTROS SOIS MIS HERMANOS SILENCIOSOS

Vosotros sois mis hermanos silenciosos,
muertos.
No os olvidaré nunca.

En viejas cartas veo huellas de vuestra letra,
que se encarama al extremo de la página
como un caracol por la pared de un psiquiátrico.

Direcciones, teléfonos que acampan
aún en mi agenda, esperan, dormitan.

Ayer estuve en París, vi centenares de turistas
cansados y helados. Pensé que se os parecían,
no pueden encontrar su lugar, vagan intranquilos.

Y creía que esto era muy fácil: ¡vivir!
Basta con un puñado de tierra, un barco, un nido, una prisión,
un poco de aire, unas gotas de sangre y nostalgia.

Vosotros sois mis maestros,
muertos.
No os olvidéis de mí.

 

 

 

 

VIENTO DE DICIEMBRE

El viento de diciembre te mata la esperanza,
pero no permitas que te arrebate
la niebla azul que existe sobre el mar
y una benigna mañana en verano.

¿Cree alguien que todavía existen
ligeras e invisibles islas,
y manchas de un brillo solar
en el entarimado de madera?

El sueño lleva un vestido andrajoso
y va pidiendo una limosna,
mientras se apaga en una celda,
como María Estuardo, la memoria.

 

 

 

 

ESCRIBÍA EN LA OSCURIDAD

xxxxxxxxxxxxxxxxxxA Ryszard Krynicki

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCuando vivía en Estocolmo, Nelly Sachs
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtrabajaba por las noches con una luz apagada
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpara no despertar a su madre enferma.

Escribía en la oscuridad.
La desesperación le dictaba palabras
tan pesadas como colas de cometa.

Escribía en la oscuridad,
en silencio, que sólo interrumpía
el reloj de pared con sus suspiros.

Hasta las letras eran soñolientas,
sus cabezas caían en las hojas.

La oscuridad escribía
tras coger esta mujer ya no joven
como si fuese su pluma.

La noche se compadecía de ella,
sobre la ciudad se erigía
una gris prisión del alba,
la aurora de dedos rosa.

Cuando se dormía ella
los mirlos ya despertaban
y no hubo ninguna pausa
en la tristeza y el canto.

 

 

 

 

ÚLTIMA TORMENTA

Alguien se va.
Alguien ha bebido silencio.
Sólo en agosto gritan las tormentas
como dementes en una ambulancia.
Las ramas nos golpean las mejillas.
Huelen hojas de alisios a aceite de heno, a sueño.
Cabe escuchar, escuchar, escuchar.
Bajo el agua respiran manantiales cansados.
A las cuatro de la mañana
un solitario y último relámpago
con rapidez dibuja algo en el cielo.
Dice “No”. O “nunca”.
O tal vez: “Valor, no se apagó el fuego.”

 

 

 

 

¿QUIERES LLORAR?

Pasaba bajo los toldos de los árboles
y a veces me alcanzaban las gotas de lluvia
como preguntando:
¿quieres sufrir?
¿Quieres llorar?
Había humedad en el aire,
brillaban las hojas,
olía a primavera y a desgracia.

 

 

 

 

AQUEL DÍA LA NADA

Aquel día la nada
como para llevar la contraria
se convirtió en fuego
y quemó los labios
a los niños y a los poetas.

 

 

 

Zagajewski, Adam. Tierra del fuego (Trad. Xavier Farré). Barcelona; Ed. El acantilado, 2004.

 

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