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DIVA DE MIERDA (II)

septiembre 8, 2016 Deja un comentario

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ARTURO GUTIÉRREZ PLAZA (Venezuela, 1962)

POÉTICA DEL EGÓLATRA

No soy lo que escribo,
sin embargo me parezco tanto a ello
que he optado por leerme.

 

 

 

 

ITZÍAR MÍNGUEZ ARNAIZ (España, 1972)

CASTING

Entre la admiración de pocos
o la envidia de muchos
lo segundo

entre el ego lleno
o el estómago vacío
lo primero

entre el verso soñado
o la palmada en la espalda
lo último

si esas son tus respuestas
el papel de diva es tuyo

si no
dedícate a la poesía

 

 

 

 

ELÍAS MORO (España, 1959)

DIVAS DE MIERDA

Genio
Era un escritor tan bueno —había quien lo tildaba de genio— que algunas veces decía exactamente lo que quería decir antes de ponerse a escribirlo.

 

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Con la absurda idea de que así le daba una sustancia que nunca tendría (“De donde no hay no se puede sacar”, sentencia la máxima popular con acierto), adornaba su pensamiento y su discurso con toda clase de piruetas y tirabuzones verbales.
Igual que las montañas rusas en los parques de atracciones: mucha velocidad y estruendo para terminar, al cabo, exhausto y sudoroso en el punto de partida sin haber avanzado ni un ápice hacia ningún sitio, condenado a repetir inútilmente un trayecto en espiral que no lleva a ninguna otra parte que no sea el punto de partida. Una vez tras otra.
Y para más inri, aburriendo a los pasajeros, sin ninguna gana ya de repetir el viaje.

 

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Escritor, olvídate de la inmortalidad. Ella no te corresponde en absoluto; es más, ya se ha olvidado de ti.
Y eso que ni siquiera te recuerda, que no has llegado todavía.

 

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Cuando un escritor declara el esfuerzo titánico, doloroso, que le ha supuesto escribir ese volumen buscando que apreciemos —y le agradezcamos, de paso, comprando su libro a mansalva— su tremenda contribución a la historia de la literatura, parece que le estuviera haciendo un favor decisivo e imperecedero a la cultura universal.
Se nota, pienso yo después de adentrarme en el libro también con esfuerzo y dolor, sudando la gota gorda y perdido en sus farragosas páginas como un explorador decimonónico tirando de machete y fusil en selvas ignotas para abrirse un mínimo y practicable camino hasta el río en medio de tribus hostiles.
Porque semejante engendro es completamente incomprensible.

 

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El poeta que se dice a sí mismo que lo es incurre en abominable arrogancia.

 

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Maniático de la pulcritud y de la higiene, se lavaba las manos con jabón veinte veces al día, iba rasurado al milímetro, las uñas pulidas con sumo esmero, el pañuelo de algodón perfectamente doblado e inmaculado, los zapatos lustrados a más no poder; lo que se dice un pincel, un figurín, un paradigma de la elegancia y el buen gusto.
Pero en cuanto cogía la pluma o se ponía al teclado y pergeñaba unas líneas cualesquiera,la ortografía, la sintaxis, la gramática entera, acobardadas en un rincón del desastre, se lanzaban a llorar a moco tendido, con un desconsuelo tan atroz que su lamento podía oírse verso a verso, entre capítulo y capítulo, una página tras otra sin desmayo.
Por no hablar de cuando intentaba echar mano de la oratoria y endosarnos alguna de sus insustanciales proclamas; entonces las palabras, las frases, con su prosodia maltrecha, se declaraban en rebeldía con todas las de la ley, se resistían con uñas y dientes a ser masacradas sin más por una causa inútil.

 

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Se sospechaba que era poeta, no por sus versos publicados —todavía tiritaba de inédito*— sino porque siempre iba por la calle sonándose y enseñando metáforas, sin recato ni vergüenza algunas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx*Rafael Pérez Estrada

 

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Los poetas —todos— deberíamos ser menos fatuos y presuntuosos de lo que acostumbramos, tener presente en todo momento y seguir humildemente aquello que decía Fray Luis: “Siempre estoy en sazón de recibir”.

 

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Podría haberme estado calladito —mejor me hubiera ido—, pero me puede el impulso de insultar a gritos a las palabras que me abandonan en mitad del acto. De escribir, aclaro.
A ellas, es obvio, no les importan un pimiento las injurias y amenazas que les lanza este inútil: siguen cantarinas y danzantes su camino y me dejan como herencia de su paso un poema huérfano, cojo, disminuido para siempre de fondo y forma.
Y así me va.

 

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Por mucho que te empeñes en ello, por mucho que las halagues o acaricies, por mucho que las saques de paseo por la página con oropeles de pluma y adjetivos, si ellas —hablo de las palabras—, y por lo que quiera que sea no quieren, olvídate del poema.

 

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El texto propio, como la fruta que compramos, hay que ponerlo un tiempo en el frutero, en la cestita, cabe decir en el cajón o la papelera.
Y a ver qué pasa; no vaya a ser que a las palabras, que tan lustrosas y apetecibles nos parecen en el momento de escribirlas (¡Es que me las comería!, me digo, glotón y satisfecho, en el calentón del momento), les suceda como a esas frutas, que a los pocos días empiezan a salirles mataduras en la piel y poco después se pudren para acabar de mala manera,y oliendo apestosamente, en la bolsa de los desperdicios.

 

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Para todos los que escribimos —o intentamos— poesía, en el recuento final de la obra de cada uno, un par de buenos poemas ya sería una cosecha considerable, una justa recompensa al esfuerzo empleado.
Pero la vida, ay, no siempre es justa ni recompensa así como así.

 

 

 

 

CARLOS RÍOS (Argentina, 1967)

CADA LIBRO MÍO

es
un tratado sobre la patria
un tratado sobre la política
un tratado sobre la filosofía
un tratado sobre el amor

un libro para lectores exigentes
una exigencia para lectores pasivos
un libro para lectores audaces

la realización más brillante y prometedora
del panorama literario contemporáneo

un libro ineludible
un libro conmovedor
un libro colectivo

una delicada pieza de orfebrería
una prosa que indaga sin respiro

un cross a la mandíbula
un gancho al hígado
un mazazo en la cabeza

y la muestra
de una escritura inflamable
de una escritura indeleble
de una escritura indomable
de una escritura increíble

un diamante de impecable ejecución técnica

un ready made
un exquisito collage
un trampantojo

tiene
algo de fábula sarmientina
algo del primer espronceda
algo del morbo lugoniano

un compendio de lo mejor del género
un thriller existencial que te deja sin aliento
un tratado sobre la insumisión y el deseo

un impulso inédito
una bocanada de aire
una fábula original

también
un libro insuperable
un libro increíble
un libro inesperado

un caos memorable
un croquis inusual
una apuesta salvaje

una radiografía social cáustica e hilarante
una satírica versión del arte contemporáneo
un golpe de gracia a las tripas del mercado

una máquina absurda
un artefacto explosivo
un dispositivo serial

y
last but not least
cada uno de mis libros es
el destino de una estética
a minutos del final

cada uno de mis libros
cada uno de mis libros
cada uno de mis libros

es todo eso
es todo eso
es todo eso
es más
que
eso

y es un error
y es una pena
y es una pérdida
y es una injusticia

que todavía
no se hayan
dado cuenta

 

 

 

 

JUAN PARDO VIDAL (España, 1967)

MALA CONCIENCIA

xxEs muy fácil abandonar a tu vanidad en una carretera secundaria. Le pides amablemente a empujones que se baje del coche y la dejas ahí tirada, en medio del campo, sin nadie a quien poder meterle cizaña. No debes ser blandengue si te pone ojitos, porque a ella en realidad le importas un bledo, lo único que quiere es asistir a encuentros poéticos, a presentaciones indies y a conciertos grooppies en los que poder criticar la vacuidad del arte oficialista. Baja la ventanilla del coche, hazle una peineta y lánzale al San Cristóbal del salpicadero a la cabeza. La vanidad es muy cabezota, tiene la cabeza tan, tan gorda, que seguro que le aciertas de pleno. Y no te preocupes, pues a ella no le duele el impacto. Ni se inmuta. Se queda muy quieta en el arcén, como un gato de escayola, sin echar ni una gota de sangre, no sufre porque se cree que siempre tiene la razón y está segura de que vas a volver, así que no se altera. Para hacer tiempo, seguro que se pone a recitar a Cavafis y a tararear una melodía de Arvo Pärt que no recuerda bien e improvisa sobre la marcha.
xxNo tiene que darte mala conciencia deshacerte de tu vanidad, es mala, trabaja en El tren de la bruja literaria, da miedo y da risa, de patética que es. Es verdad que está contigo desde que te salió vello púbico, te acompaña desde aquel primer verso púbico, pero no por eso tiene que darte mal rollo dejarla tirada, porque ella también te ha abandonado a ti muchas veces cuando estabas en una reunión de gente más joven que tú y con barba trendy. En realidad, eres consciente de que tu vanidad está contigo porque no tiene otro autor de más éxito con el que estar, aunque es evidente que te pone los cuernos cada vez que tú dudas de tu propia obra. O al revés, no estoy seguro del orden de los factores, tal vez pueda aplicarse la propiedad conmutativa y tal vez no.
xxQue no te tiemble el pulso, abandónala en una carretera secundaria y no te preocupes si sufre, porque ella, además de indolente, es un poco pamplinas.
xxSi te fijas bien, la palabra “vanidad” tiene las mismas letras que “navidad”, en realidad son conceptos gemelos, ambos esconden algo perverso. Tu vanidad en navidad no se pone nerviosa si la abandonas porque tiene poderes y en esa época del año suelta un polvo (con perdón) como el que está adherido a las alas de las hadas. Si te cae ese polvo en la cabeza, te pones chulito, vuelas, te vienes arriba y estás seguro de que eres el mejor poeta incomprendido y no premiado del mundo. La verdadera fuerza de la vanidad radica en tu mala conciencia, sabe que tú no eres nada sin ella, que la necesitas para defenderte en esta jungla de antologías, que ella es tu Capitán América que te protege de las vanidades de otros superpoetas con superamigos, (la Masa, la Cosa, la Mujer elástico, Lobezno, ¿quién no tiene un amigo poeta con patillas?). Eso te hace volver a recogerla. La necesitas. Te arrepientes de haberla abandonado y, diez kilómetros después de haberte largado, dices “me cachis”, o “mierda”, según te pille, y te das la vuelta y la subes de nuevo al coche. —Venga sube, anda, sube. Recuerdas las palabras del poeta: “Vanidad, divino tesoro”.
xxY así se sale con la suya. De regreso te da la chapa todo el camino con que ella es muy sencilla, que parece mentira que no la conozcas bien después de tanto tiempo juntos, que ella es una vanidad de andar por casa, no como otras que yo me sé, y que si de algo puede presumir, es de modesta. Luego, harta de dar la brasa, se queda dormida sobre tu hombro y te molesta tanto al conducir que te pegas una hostia con el coche y te quedas manco como Cervantes o Valle-Inclán, y ella tan contenta. Viene la Guardia Civil y, encima, te multa, y quiere que firmes la denuncia con el brazo sano, porque la benemérita la tiene más grande que tú, la vanidad, digo. No abandones a tu perro, pero sí a tu vanidad, ella haría lo mismo por ti.

 

 

 

 

ADA SALAS (España, 1965)

SER
poeta no tiene
que ver
con saber
de poesía.
Ni con saber
de nada.
Con saber de la nada
tal vez
pueda tener que ver.
Pero sólo un poquito.

 

 

 

 

CRISTINA RAMÍREZ (Costa Rica, 1986)

PRIME TIME

Sentía un enorme respeto por aquellos que practicaron el harakiri, por Yukio, por Dazai, pero pensaba que estaba a salvo viendo a través de la tele, mientras otros jugaban a ser salvajes. En ocasiones se imaginaba a sí mismo recitando un discurso de agradecimiento por aquel o este premio, al tiempo que lo invadía una sensación de vértigo tremenda. Una vida contraria a ésta solo le hubiese servido para manifestar esa hostilidad que sentía hacia todos aquellos que habían logrado algo. Sabía perfectamente que si nadie lo conocía estaría a salvo de la condena del olvido.

 

 

 

 

VÍCTOR PEÑA DACOSTA (España, 1985)

xxEl ponente, cincuentón de marcado acento argentino con un mechón de pelo que le cae, cada momento, sobre los ojos y que ha de apartarse a cada momento de un manotazo, diserta casi con violencia sobre la importancia de Vargas Llosa en la ensayística contemporánea ante la indiferencia más absoluta del auditorio. En una de esas, se le caen varios papeles al suelo y los mira compungido, dudando si agacharse y tratar de ordenarlos o proseguir su conferencia sin ellos. Una de las azafatas, auxiliares o como quiera que se llamen, con gafas de pasta y un culo inmenso, cultivado con avaricia y muy probablemente en los solitarios años del doctorado, se acerca solícita y bamboleante al estrado, pero él la detiene mediante un gesto vehemente del brazo: vade retro, parece querer decir, Vargas Llosa y yo nos valemos y nos bastamos. Luego continúa, firme e incoherente, con su parlamento

xxEl ímpetu del último orador es tan desacostumbrado que resulta cuando menos sorprendente, pienso mientras consumo, sin ganas pero sin pausa, mi segunda cerveza del descanso, alejado de los corrillos concentrados en la entrada del sobrio bar caoba de la siniestra Facultad de Filología castellanoleonesa. Sin embargo, al intentar recordar alguna frase o idea concreta, llega la nada rebozada en silencio y compruebo que no por eso resulta más efectivo. Finalmente, concluyo tragando la croqueta incluida como raquítico pincho, dentro de un rato saldré yo con menor vehemencia, dejaré un recuerdo igual de vago y se quedarán los pájaros cantando. Debería al menos tirar también los papeles, perderlos incluso si es necesario, para levantar aunque sea una compasiva mirada mínima de la camarilla de compañeros que vagan entre la individualidad y el autismo.

xxEl “IV Congreso Mediterráneo de Jóvenes Escritores del Siglo XXI: La Generación Facebook”(sic de nuevo) parece no diferir mucho de todos los demás congresos, rumio tras recordar los dos a los que asistí previamente, hace nueve y trece meses, (uno es un autor joven o, más bien, novato): “Última Narrativa Española” y “Relatadores: Vivir del Cuento”. Al fin y al cabo, tal y como serán todos de aquí al final, especulo mientras garabateo en un folio fingiendo tomar apuntes: una disimulada autopromoción y un claro elogio a las cuentas pendientes con maestros que están muertos o en camino. Si acaso, si, tal vez, dentro de unos años, cuando me aburra en uno similar, recuerdo este sobre el resto, será porque el absurdo carácter internacional que se le ha querido otorgar y la obligada condición de lanzadera de “promesas que debieran ser ya realidades” (o algo así, también sic) hace que casi ninguno nos conozcamos entre nosotros y casi todos nos miremos con sospecha. Lo que acaba resultando divertido.

xxAún así, o quizá por eso, la prensa ha acudido en buen número y a lo mejor acaba mereciendo la pena. Falta, pues, ver si Perifáñez, simpático agente merodeador de una editorial mediocre que me interesa mucho, cumple su promesa del primer día y me invita a una copa para “hablar en serio”. Puesto en la hipótesis, no sé cómo tendría que comportarme: ¿una copa con un editor viene a ser como una entrevista de trabajo? ¿Si me sugiere una cifra por un libro debo rechazar siempre la primera oferta? Es mejor, no obstante, no hacerse excesivas ilusiones: seguro que con ademán y verbo parecido ya se ha dirigido a dos de cada tres eternas promesas y postergadas realidades. De hecho, creo que por eso nos llaman así: porque no oímos más que promesas (ya sé que es muy malo, pero insertado en la ponencia creo que queda un poco mejor). En fin, como primer resumen amargo anoto en mi libreta que los escritores venimos a los congresos a aburrirnos a cambio de intentar sacar algo y los editores a intentar sacar algo sabiendo que, al menos, van a divertirse con nuestros anhelos y nuestras ansias. Es como un circo romano pero con una tensión sexual ligeramente menor, que no se puede ir de culto y de salido al mismo tiempo si estamos a plena luz del día. Pero, en fin, recapacito mirando alrededor, quizá tras las dos novelitas de juventud y el libro de relatos algo menos infame pueda hallar mi hueco entre todos estos hijos de puta muertos de hambre.

xxEs entonces cuando descubro que el tipo sentado a mi derecha, un tío bastante gordo y algo calvo, pugna por aguantarse la risa tapándose la boca con una mano. Me pregunto si me he perdido algún chiste pero estoy casi seguro de que el resto del auditorio ha permanecido tan impasible como yo. No puedo evitar indignarme divertido: ¿será posible que todo el mundo esté haciendo garabatos o recreando su propio cuento de la lechera? Así va la literatura, conducida por egocéntricos aislados en campanas de cristal. La sorpresa hace que intente prestar atención: igual este ponente no está tan mal. Miro para adelante y, mientras escucho una voz tan pausada como nerviosa, observo que sí hay algunos compañeros prestando o simulando prestar atención. Y que no se ríen. Mi compañero de la derecha, en cambio, sigue risueño mientras el conferenciante (reconozco que no le conozco, reconozco no haber leído nada suyo y reconozco no tener la menor intención de hacerlo) un joven mexicano con larga melena, delgado y pálido habla (y es, como mínimo, el cuarto) sobre Roberto Bolaño. La charla, prolija en bibliografía y datos, no parece especialmente divertida, pero de nuevo distingo la risa ahogada de mi camarada, como la de un dibujo animado de hace tiempo. Busco entonces alrededor algo que pueda ser la causa de su hilaridad y al final acabo mirándole de nuevo sin respuesta. Así se cruzan por primera vez nuestras miradas y le veo intentar ponerse serio y lograrlo, con esfuerzo, solo un momento, hasta que le vuelve a zarandear un espasmo nervioso, incontenible, que le sacude como a un flan epiléptico y que casi me hace romper a reír con él. Desde luego hay gente a la que no se puede sacar de casa. Todavía convulsionado se inclina un poco hacia mí y yo, como si fuera su reflejo, hago lo propio. Entonces me dice entre risas:

xx—Jaja, lo siento, es que…, me he…jaja colado.

xx—¿Disculpa?

xx—Que… me he colado… yo, jaja, no soy… escritor ni jaja, nada.

xxDice que se llama José Antúnez y que trabaja en una empresa de extintores. Que cuando vio lo del Congreso se le ocurrió la travesura de intentar colarse a ver cómo era eso de la literatura desde dentro. Y que aquí está. Que se lo está pasando bien. Todo eso dice mientras tomamos una cervecita en el descanso. Le pregunto que cómo es posible, que qué identidad está suplantando, de hecho, simultáneamente me inclino hacia su solapa para comprobarlo por mí mismo. José Antúnez, pone. Eso es lo mejor, me dice con una sonrisa de oreja a oreja, como un niño orgulloso de una gesta trivial, como copiar en un examen o matar un pájaro, yo llegué aquí y desenvuelto les dije que era José Antúnez, que me había llegado la invitación y la reserva de hotel, que tenía preparada mi conferencia pero que no me veía en el programa. Se organizó un lío de mil pares de cojones, me dice riéndose de nuevo, hubo voces, carreras y disculpas. Tanto que pensé que podían echar a alguien por mi causa y que tendría que confesar, que yo no quería molestar a nadie ¿eh? Pero al final nada, un poco de nervios, más disculpas, una tarjetita como la vuestra y aquí estoy. Como uno más. Pienso si no será un escritor que me esté gastando una broma (aunque he de confesar que, por no tener, no tengo ni enemigos literarios) pero Antúnez lo niega con frenesí: “quita, quita, yo no me he leído un libro en mi vida”. Miro a Perifáñez al final de la barra, seguramente alentando vanamente a algún iluso o dejándose pagar las cervezas, y pienso lo divertido que sería que intentara fichar a Antúnez, la auténtica revelación del congreso.

xx—Bueno, ha sido un placer —me dice José interrumpiendo mis elucubraciones— pero creo que me voy a ir yendo.

xx—¿Y eso? ¿Te has hartado de jugar a los escritores?

xx—Qué va, si estoy aprendiendo un montón pero es que ahora me toca a mí dar la conferencia y no sé muy bien qué contaros, jejeje…

xxCasi me atraganto con la chistorra.

xx—¿Que te toca a ti ahora?

xx—Claro, por eso me daba la risa floja, es que me estaba poniendo nervioso. No sabía si al final iba a haber descanso entre medias o si tendría que salir corriendo. Pero al final me ha salido bien la cosa. Sin escándalos y con cañita —dice brindando lozano—.

xxMiro el reloj. Compruebo que de la hora de descanso (Antúnez, el muy hijo de puta, no solo interviene, sino que inaugura cambio de bloque) han transcurrido apenas diez minutos. La vida es una cosa extraña, ustedes ya lo sabrán. Las oportunidades y encrucijadas, el destino, los augurios y los azares, todos promiscuos amantes infieles. La gloria y el fracaso, vanos alientos en la nuca, frágiles caricias en el alma, casquivanas amantes intangibles. Vislumbro entre la grasa del platillo los augurios lóbregos como aceite de colza y en la espuma de la cerveza (tal ver por ser la quinta de la mañana) la posibilidad inconcreta de una redención. Quizá, incluso, un guiño improbable del abismo, la amenaza recóndita de la nada. Soy consciente de encontrarme en uno de esos momentos que exigen tomar una decisión. No hay, pues, tiempo que perder. Apuro la caña y pido la cuenta con un gesto expeditivo. Cojo a Antúnez por la solapa y lo llevo hacia la salida. En el medio se planta la sonrisa amarilla de Perifáñez y sus suaves ademanes de diplomático de república bananera educado en colegio bilingüe.

xx—Hombre, a ti te andaba yo buscando…

xx—Lo siento Perifáñez, ahora no tengo tiempo —digo con la satisfacción con que se cierra la puerta a un testigo de Jehová. Y le palmeo el hombro con fuerza—. Ya hablaremos.

xxEmpujo a Antúnez y salimos.

xxA veces preguntarse por qué actuamos de una determinada forma no es más que un entretenimiento absurdo. En realidad, actuamos y punto. No se dejen engañar: no estamos movidos por subconscientes, traumas, ni tan siquiera por impulsos arrebatados: mentimos, matamos y nos acostamos entre nosotros porque sí, y luego nos alegramos o arrepentimos según cómo hayan salido las cosas. El resto es filosofía o, lo que es peor, literatura. El caso es que Antúnez y yo hemos llegado a tiempo y ahora está en el estrado leyendo mi conferencia. Bastante desenvuelto. Y solo me ha costado hacerle tragar un par de chupitos de hierbas mientras eliminaba las alusiones a mi bilbiografía en un bar un poco más alejado. Estoy orgulloso de mi obra (me refiero, por supuesto, a Antúnez, no a las dos novelitas sonrojantes y al libro de relatos algo menos infame). Miro a mi alrededor y no parece que nadie se dé cuenta del ardid. Incluso algunos asienten con la cabeza sus afirmaciones. Como monos hipsters. Como alumnos que creen que poner buena cara, qué demonios, tiene que influir de alguna manera. Aunque, ahora que me fijo, el impostor parece demasiado seguro. Vuelvo a dudar, ¿no será un escritor gracioso que me ha gastado una broma o que, tahúr taimado, no ha querido prepararse una puta conferencia? Nota mental: debería leer más a mis contemporáneos. O al menos mirar las solapas. Mandaría pelotas que a Perifáñez le gustase y, dentro de un rato, se acercara a ofrecerle “hablar en serio”, ¿se imaginan? Pero qué más da. Quién sabe si el mensaje (mi mensaje), sin zarandajas ni revestimientos, también es válido: sí, el mensaje permanece por encima del autor porque es óptimo o porque nadie lo escucha, eso no importa. Entonces quizá está de más participar en el circo de la elegancia y la humareda de las vanidades. Fantaseo con crear un auténtico alter-ego, llevarme a Antúnez a todos los Congresos a los que me inviten en un futuro, siempre con un par de chupitos a las espaldas, para leer ingrávido y osado mis frivolidades plagiadas entre alguna clarificadora pero sutil cita de Pessoa o de Cañeque, para cubrirme las espaldas si alguien me pillara. Pero,¿qué digo? Está visto que ya he bebido demasiado: ¿quién va a un congreso a escuchar?

xxAntúnez está ahora con lo del humor como escudo y la amargura como arma (que, bien mirado, resulta de una simplicidad intolerable). Está pues, concluyendo. Empiezo a reír sin poder evitarlo, en espasmos que, a diferencia de los de Antúnez, me sacuden como si, y perdonen la licencia, condujera una furgoneta renqueante hacia un precipicio. Miro el programa para certificar las sentencia ineludible: ahora me toca a mí y Antúnez está leyendo mi plática. La verdad que es para partirse. Noto cómo, la risa transmutada en materia, me caen lágrimas de los ojos y siento la mirada censora del tío de mi izquierda. Intento sobreponerme pero la situación me hace aún más gracia. Se me escapa una carcajada que, a duras penas, retengo con las manos y aspirando con la garganta. Vuelve a mirarme, entre atónito y, casi, muy a su pesar, ligeramente divertido. Como malamente puedo, imagino que rojo y risueño como un niño acribillado a cosquillas, me inclino hacia él para disculparme entre intermitentes carcajadas incontenibles:

xx—Es que… jaja… me he…jaja… colado…

 

 

 

 

ELENA ROMÁN (España, 1970)

SÚPER POESÍA

Osea,
esto es una poesía súper chula
sin rimas ni significados ocultos,
¿sabes?,
en la que aparecen, porque sí,
Maneki-neko y Tarta de fresa,
Leticia Sabater y sus mierdas,
en las que oso juntar las palabras
hez-contemplativa-para-nada-hosca,
en la que increpo a Dios
por, enresumidas cuentas,
no haberme creado más divina,
y me esmero en recitarla súper bien
para que me aplaudan mis iguales,
pero soy única.

 

 

 

VV. AA. Diva de mierda. Una antología alrededor del ego. Cáceres; Ed. liliputienses, 2014.

 

ADA SALAS – (TRAS)LÚCIDA

tras(lúcida) ada salas

 

RECUERDA nada es
lo que parece. Ni siquiera
la nada. Así por qué habrías
de temer. Si se arranca la carne
aún
quedan los huesos. Y los huesos
qué son. Tal vez
no sean nada pero entonces
recuerda
que nada —los huesos
ni la nada— es
lo que parece. Y que lo vivo
crece
donde crece la muerte.

 

 

 

VV.AA. (TRAS)LÚCIDAS. Poesía escrita por mujeres (1980-2016). [Marta López Vilar ed.] Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

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