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Posts Tagged ‘abelardo linares’

POLVO SERÁN…

 

ANTONIO ABAD

FLUJO ÚLTIMO DE NIEVE

La lentitud del cuerpo sucumbió en la alcoba
mientras que el blanco paño dispuesto con cuidado
destacaba a imagen de la muchacha muerta.

Estaba la belleza inclinada en su vértigo;
la pálida mejilla huida en el vacío;
los familiares cerca —consumiendo quizá un sorbo de café
agrio bajo las sombras—, en un cuarto contiguo
donde la luz opaca del silencio fingía
callada soledad.

De repente el deseo asumió su costumbre
y en las lívidas carnes del ataúd mi cuerpo
retozaba cual brío de insensata locura.

Tendí así mi ardor penetrando en la oscura
calma del joven páramo
el júbilo creciente de todo mi delirio.

Era aquella profunda oquedad de sus piernas
un témpano de gozo
donde la sangre fría delataba en silencio
los aromas dormidos para siempre, pero que ayer mismo
entre vibrar de sábanas, lentos jadeos, besos,
caricias, derramaba su flor
en maneras que ahora el reposo del mármol
de sus manos lascivas derrumbadas
no saben.

La muerte fue también
momento de pasión.
Por sus caderas un flujo último de nieve
se fue haciendo invierno.

 

 

 

 

CARLOS ÁLVAREZ

LIEBESTRAUM

Fronda salvaje, trampa rumorosa
donde soy vencedor al ser vencido,
gruta que me adormece en el olvido
de mi roto vigor, pétalo rosa

de la rosa que hospeda mi ardorosa
presencia de varón, grato descuido
que me dejó adentrarme en ese nido
donde anuncias la vida milagrosa.

Tu cuerpo, que no yace junto al mío,
lo imagino muy lejos de la oscura
soledad de mi celda. Quiero amarte

y amarte: deshacerme de este frío
que mis nervios destroza, y la dulzura
de tu fruta bebérmela al sembrarte.

 

 

 

 

ALFONSO CANALES

xxSONETO EN EL QUE EL POETA TOMA PRESTADAS
LAS PALABRAS DE JOHN DONNE, PARA DESABRIGAR
xxxxxxxxxxxxINFUNDADOS TEMORES

¿Qué haremos en invierno, me preguntas,
sin un mal cobertor que nos defienda
del frío? ¿Qué participada prenda
abrigará las desnudeces juntas?

No te sé contestar. Y descoyuntas,
pura, abierta, entregada a la contienda
del amor, ese cuerpo, a suelta rienda.
Y se me escapa el alma por las puntas.

Aún es verano, y la calor es tanta
que no comprendo la frialdad. Y sudo
cuanta humedad rehuye la garganta.

¿Pero existe el invierno? ¿Y es tan crudo
su rigor? Si es así, ¿qué mejor manta
para tu desnudez, que yo, desnudo?

 

 

 

 

ISLA CORREYERO

LAS MEDIAS BLANCAS

xxxxxTengo unas medias blancas de encaje que me pongo
cuando me visto el traje negro de los recuerdos.
Son unas medias finas, hambrientas de fantasmas
que hacen juego con pájaros interiores, oscuros.
xxxxxLas piernas, penetradas por estas bocas blancas,
levemente se abren con signos vegetales.
xxxxxLos hilos amanecen mi piel,
brotan, perdiéndose, entre los elevados pensamientos más íntimos.
xxxxxEn derredor: imágenes de ocupación pelviana,
soberbias latitudes desde el puente atestiguan
la entraña y las enaguas levantadas al vuelo.
xxxxx¡Qué holgada está la tela de la falda de flores,
la rodilla suavísima con olor a naranjas!
xxxxxPor los muslos se agrandan los dibujos henchidos,
son copos invisibles calcinando altas cumbres.
Me infunden sobresaltos, me clavan dulces flechas,
tan finas son las mallas que saltan los engarces
y hasta el ocre desierto los poros me rezuman
feroces destinos, presagios entreabiertos.
xxxxxSiento flores y manos crecer entre las piernas
y más arriba el musgo
tapando el azulón vellón de la albufera.

xxxxxNo podría ponerme estas medias sabiendo
la gracia que se esconde, generosa en tu boca.
Espumosas persisten, sin causa me rodean,
temibles de tu roce, sin fatiga,
explorando.

 

 

 

 

ROSA DÍAZ

SO-METO DE REPENTE

Un capullo me ofreces, y al instante
lo contemplo rosado, firme y prieto,
catorce veces palpo y acometo
y él, crece en vertical insinuante.

No hay regalo mejor, para la amante
que guardosa lo toma, con objeto
de someterlo a fondo y por completo
y hacerlo deseado y deseante.

Y, so-mételo al fin con ambas manos
con mimo de que el tallo no se encoja,
y en dura danza y perseguido antojo

del vértigo mayor de sus arcanos,
el capullo más sabio se deshoja
y con gusto se queda mustio y flojo.

 

 

 

 

CONCHA GARCÍA

EXTRAÑO ÉXTASIS

Cuando tardó lo vi todo o casi, nunca
pude decir unas largas tardes y fuego
ni tampoco pormenor, ni siquiera detectar
las sombras baldadas de aquello antañoso
que me abría las piernas muy abyecta
con rabia minuciosa en la perplejidad
de mi profusa lámina de clítoris progenie.

 

xxxxxxxxxxxxx* * *

 

Dánzame: es un día de curvas que se prolongan
al fragmentarse mi beso de saliva lluviosa
el trajín más artesano de la boca.

 

xxxxxxxxxxxxx* * *

 

La de veces que le digo: ven y vete
y que mojo las pestañas en la fila
de sus escalofríos y que como una angustia
que se me cae por las rodillas voy reptando
y silbo buscando los certeros anagramas del acoso
húmedo

 

 

 

 

FÉLIX GRANDE

Milagro de los pechos prodigiosas,
alba que rasga el oscurecimiento
de esta frente de penas aterida:
mis huesos silenciosos
junto a la hoguera de tu olor caliento
y a orilla de tu carne decidida.
En el silencio en el que la techumbre
en mi alma se desploma y en mi espalda
la inusitada fuerza de tu falda
a la ruina y a la pesadumbre
las barre diligente hasta la calle.
Qué fuerza en esa escoba:
tu cuello, tus mejillas y tu talle
además de imantar con miel mis dedos
ahuyentan la tristeza de mi alcoba,
recriminan y expulsan a mis miedos.
Al desconsuelo pones
en retirada al reclinar tu pelo
y le desgarras al cansancio el yelo
con los cuchillos malvas
de tus altos pezones
donde empujan las risas y las albas.
Y entre tus risas y tus albas chupa
velocidad mi corazón que gira
resurrecto, anhelante, mientras mira
el mágico volumen de tu grupa.
Y con mi corazón crecen mis manos,
nadan los tres por el jardín de algas
de tus dos océanos,
tus opulentas y sagradas nalgas.
Vasija de piedad, cuerpo rotundo,
misericordia impar de la materia:
en tu rotundidad comienza el mundo
y sólo en tu esplendor esta miseria
de ser mortal, casual, se desvanece.
De oscuridad el Universo escuece
sin las lunas eternas
que habitan la penumbra de tus piernas.
Dentro de esa penumbra y de esa llama,
sobre tu centro en el confín secreto,
a una inocencia súbita me aprieto
y se transforma en un altar la cama.
El gozo se derrama
entre la santidad de tu vagina
y de pronto la vida, el tiempo, todo
adquiere de este modo
humedad femenina.
Y el masculino horror de la unidad
perdida, se mitiga
en el clamor feliz de esa humedad
universal que mora en tu barriga,
y todo crece hacia la santidad
de la unidad y del origen, y esa
explosión de regreso y de candor
susurra y acaricia y lame y besa
a la profunda boca del dolor,
y así la eternidad
amable y enigmática regresa
entre tu amable y misterioso olor.
A este consuelo trágico y profundo
desde hace siglos se le llama amor:
eso que agranda y que perdona al mundo.

 

 

 

 

ALMUDENA GUZMÁN

A cada contracción del espejo
se me iba poniendo la piel preciosa
mientras cumplía
—toda ojos velados—
aquella indecente promesa nuestra de las doce.

 

 

 

 

JUAN LAMILLAR

ARIADNA

Con ojos lascivísimos miraba aquella espalda
tras leves transparencias, aquellos muslos gráciles
y los ágiles músculos, su eternidad efímera,
el ajustado short pecaminoso,
la precisión graciosa de sus nalgas.
Sin rumbo iba la nave del deseo,
desnortadas las brújulas.
El pezón en esbozo tras un gesto,y la huida,
un oscuro perfume. Comprendí su victoria
e imploraba un instante de desnudez completa.
Radiante ninfa urbana, sin el menor sentido
de la misericordia ni del amor al prójimo,
su ondulación salvaje, inmarcesible,
hollaba el laberinto
—el claro laberinto de las calles—
en busca de Teseo.

 

 

Vive y jode en Venecia Marco Antonio,
el sutil Casanova de Tirana,
y entre coño y canal va, en la mañana,
prodigando al azar su patrimonio.

Primero las encama, el muy demonio.
Les enseña después la barbacana.
Siempre a la grupa de una cortesana,
su miembro de su ardor da testimonio.

Levanta encajes, sorprende nalgas prietas.
Con rigor veneciano abre canales,
triunfando con su esbelto campanile.

Ante táctica tal no hay quien vacile,
y todas dejan que entre en sus umbrales
y que las entretenga con sus tretas.

 

 

 

 

ABELARDO LINARES

BUCÓLICA

Dorada mies de un oro valiente y veronés
y un cielo con el mismo azul que el de Tiziano
sahumaban de égloga la tarde, yo  tus pies
deshojaba en caricias el lirio de tu mano.

La nuestra era una estampa de cuadro italiano
a la que alguna nube otorgara aire inglés.
El rústico silencio era igual que un hermano
y veló nuestros éxtasis unánime y cortés.

Yo soñando en vivir contigo una aventura
como aquellas que había leído en Aretino,
para mejor besarte estreché tu cintura.

Pero tú me esquivaste con además felino,
pues tus pocas lecturas no daban para cosa
que no fuera iniciar una novela rosa.

 

 

 

 

MANUEL MANTERO

SONETO

¿Quién no peca si habita un paraíso?

¿Quién, bajo el árbol inmortal, no quiso
amar a Eva, al acabar el día,
flor ansiada por polen circunciso
y más ansiada mientras más tardía?

Se acuesta Apolo, emocionado. Sabe
cuánto su luz pensada nos enciende.
Publica un triste éxtasis el ave
cuyo nido ningún verdor defiende.

Porque toda inocencia al tedio lleva
y un desnudo, si eterno, no es desnudo,
Eva y Adán pecaron. ¡Vida nueva
cuando Adán soñó el sexo, cuando pudo
desnudar por primera vez a Eva!

 

 

 

 

JOAQUÍN MÁRQUEZ

INVOCACIÓN INMORAL ANTE LAS RUINAS DE ITÁLICA

Esto Fabia, ay dolor, que ves ahora,
mustio de soledad y cabizbajo,
fuera en tiempo un pedazo de badajo
capaz de hacer sonar a una señora.

Y ahora ya ves, oh Fabia, como llora
declarado incapaz para el trabajo,
que, a penas jubilado, deja el tajo
donde otro con más ímpetu labora.

Ya ves que de milagro se sostiene,
y de amor propio, que otro ya no tiene
que remedie su eterna calentura.

Pero acércate Fabia, toca, toca.
Dile adiós con un beso de tu boca
y dale en ti romana sepultura.

 

 

LA DUCHA

Hace calor. La ducha. Y apareces
desnuda en claridad, como una espada.
Y me dejas la carne traspasada
cuando a la lluvia, cándida, te ofreces.

El agua pone el río y tú los peces.
Yo no sé qué poner. No pongo nada
más que un corvo deseo; una mirada
como un puñal que clavo muchas veces.

Y el agua cesa y se acrecienta el fuego
cuando la piel recorres con cuidado
agotando tu aseo y mi paciencia.

Y miras y te ríes, y hablas: ¿Luego?
No, luego no, mujer. Ahora el pecado,
que ha sido mucha ya la penitencia.

 

 

 

 

RAFAEL PÉREZ ESTRADA

EPIGRAMAS

No debes felar en mí
pues tu gula es voraz

 

xxxxxxxxxxxxx* * *

 

Tus labios tienen la O que mi verga desea
¡Pronuncia ya esa letra, amiga mía!

 

xxxxxxxxxxxxx* * *

 

Eh tú, muchachita, si quieres un buen cobijo
ven aquí, junto a mi méntula, que ya está calentita.

 

xxxxxxxxxxxxx* * *

 

Vanessa, ven si quieres gozar,
¡Anda, canta una cancioncilla a este ofidio
y verás cómo baila y cómo te complace!

 

xxxxxxxxxxxxx* * *

 

Lucila no te envanezcas
ni propales orgullosa la noche
que compartí contigo,
en ella supe
lo incómodo de lo holgado
y lo necesario de lo justo.

 

xxxxxxxxxxxxx* * *

 

¿No te parece razonable Davinia
que si tú me has atravesado el corazón
pretenda yo ahora traspasar tu coño?

 

 

 

 

FERNANDO QUIÑONES

LUISI DE ALICANTE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Rafael Alberti

Era el verano de Alicante.
Ella
sola
era todo Alicante,
era todo el verano.

Desbordaba del lecho con olas rosicleres
de carne, rollos de carne por lo visto
no imposibles y no deformes,
mareas armoniosas
de muslos, antebrazos, mejillas,
pechos universales, desfile suntuario
de carne y carne y carne, caucho tibio,
silencioso, aplicado,
multiplicadamente removiéndose
de los pies a la cabecera,
sumiéndote en un mar soberano de carne
activa, en marcha, maestra en todo,
un tren de carne que no acabara nunca de pasar,
sabiamente tenaz, indetenible
tren circular de astutos cambios, inversiones
inesperadas y eficaces
paradas y aceleraciones,
el azabache de los ojos
entrevisto y perdido al instante por esos
bultos afortunados, masas, nubes
de carne limpia y bien distribuida
cubriendo el mundo, toda
trabajadora, atenta, nata
apretada, punzantes pezones
igual que caperuzas de bolígrafo
como animales vivos, independientes,
redondas ancas ecuménicas,
espalda sin fin, súbitas,
mullidas asperezas del pubis:
carne enmudecedora y cegadora
carne ensordecedora aunque callada
como lana gomosa en que te hundieses y te hundieses
como si las Tres Gracias de Rubens
se fundieran en una y dispusieran a agotar sus eros
en ti, casi a parirte.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxO más:
como si aprovechando las fiestas y el estío
hubiera el Mare Nostrum consignado a la casa de putas aquella
el Estado Mayor de las diosas calientes
de Alicante.

 

 

 

 

ANA ROSSETTI

EMBRIÁGAME

Matarte sí, matarte:
desatar una cinta jugosa por tu pecho,
que salte fresca,
su tacto más sedoso apresurando,
que yo introduciré mis dedos desflecándola,
despeinándola, tomando su color,
guardando entre mis uñas sus húmedos ribetes,
haciéndome nacer, de repente, amapolas
o hibiscos en las manos;
embebiendo, empapando en tu herida
las ropas que me cubren, una a una.
Que a través de la alforza, del pliegue
—los bordados ahogando, inundando
la calada cenefa, hundiéndose
por las duras costuras y el tan entrecortado
diseño del encaje— llegue a mí
el don impetuoso de tu amor.
Señalado contigo mi estremecido cuerpo,
con la vida que enloquecidamente
de ti sale, y mi pelo salpica,
y corona y enreda de alhelíes…
Precipíteme yo a bebérmela ávida,
a beberte.
Embriagada de ti,
irrestañable flor, muévanse en tu costado
mis labios incesantes.

 

 

 

 

JUAN JOSÉ TÉLLEZ

PLAYA NUDISTA

Abandona el cuerpo a la pereza del Austro,
la vulva abierta al sol que cicatriza.
Hasta el crepúsculo, hundida en la tumbona,
en pies descalzos, dedos humedecidos
por el mar que ronda como aquel que acecha
en la penumbra, el miembro yerto. Acaricia
suave colina, caderas poderosas, la calle
del amor donde ha llovido. Que el Aquilón
no llegue a entorpecer el reposo de la reina
dulce que el placer gobierna, rectora
de la dicha, soberana de seno rígido, sobre trono
de arena descansa como una tabla de viento
que ha navegado, en la tarde, océanos felices
y rendido amantes, junto a su vela erecta.

 

 

CALL GIRL

A las doce en la trescientas quince.
He encargado vino de rosas.
Sobre el lecho, tal vez, concluya la velada.
Amarás ante mí al rubio ascensorista
y honraré vuestro jadeo con versos inmortales.

 

 

FETICHES

Si dejases descalzar por mano torpe
tu deleitoso pie de absoluta reina,
pasear podrías, como el fakir exótico
sobre el ascua, mi corazón rendido.

 

 

MILAGROS Y MARAVILLAS

Ni a Fátima ni a Lourdes, pesaroso viaje,
o al supuesto sepulcro del Apóstol Santiago.
Sé de un enano que crece en cuestión de segundos
cuando ella se acerca con su falda ceñida.

 

 

 

 

MANUEL URBANO

VOCABULARIO

Putas, bagasas, puchas, cantoneras,
sotas, tusonas, izas, quilloteras,
rabizas, bujarras, piculinas, leas,
picañas, coimas, daifas, rameras,
burracas, currutacas, baldomeras,
fulanas, chuchas, hetairas, cellencas,
gabasas, meretrices, manflas, pencas,
suripantas, zamarros, cotorreras,
pelagartas, lumiascas, chuchumecas,
mozcorras, prostitutas, troteras,
lúas, trongas, guarichas, pajilleras,
¡marcas hhispanas de la A a la Z,
gozo del pijo, gloria de la lengua!

 

 

EL SOLITARIO VICIO

el solitario vicio de la forma
y estas manchas que dejo en el poema
mientras otros
pudorosos de masturbarse el alma
obscenamente
también insolidarios
sin estridencias
estrictamente se suicidan.

 

 

 

de Cózar, Rafael (ant.). Polvo serán… Antología de poesía erótica actual. Ed. El carro de la nieve; Sevilla, 1988.

 

LA PLATA DE LOS DÍAS

abril 16, 2013 2 comentarios

La plata de los días

 

Hacía tiempo que no releía este libro de Vicente Gallego, pero llevo un par de semanas enganchadísimo con él –qué quieren que le haga, cada uno tiene sus propias degeneraciones–, repaso algunos versos obsesivamente y releo varios poemas compulsivamente. Aquí dejo varios de ellos.

 

EL PARAÍSO TERRENAL

Es esta la mañana
del día más hermoso, el sábado.
No debo trabajar, y he madrugado.
Después de ese placer
intenso y cotidiano que es el pan recién hecho,
he salido a fumar a la terraza.
El mismo sol que vio correr mi infancia,
que iluminó los días de mi vida y los convierte hoy
en una sensación luminosa y ardiente,
ha empezado a lamerme las heridas,
su saliva amarilla va manchándolo todo,
y a lo lejos el mar, igual que un carrusel,
pone en marcha su rueda de reflejos.
He encendido la pipa,
ese humo me eleva, me acomoda en la calma
que ahora mismo es el día, y soy casi feliz.
La mañana se exhibe y me confirma
que el mundo es un lugar inmejorable
para ser muy dichoso, que si hubiera sabido
reunir las monedas con que comprar mi tiempo,
y comprar esas cosas que a menudo le faltan,
hoy mi tiempo sería un paraíso,
porque todo se compra, o casi todo:
la libertad, los cuerpos, el descanso, la fiesta,
la emoción del viaje, la emoción
de la música, todos esos placeres
que están en venta y son del alma.
A menudo los sábados –temiendo que muy pronto
será lunes de nuevo y tendré que vender
mi tiempo al enemigo para seguir viviendo,
para seguir soñando con la belleza en vano–
me atormenta pensar que aún es posible,
que el único paraíso en el que yo he creído
sigue estando en la tierra, y que la llave son
unas simples monedas que la suerte
se resiste a poner en mi camino.
Mis mañanas de sábado tienen algo de lunes,
porque a veces las pierdo imaginando
cómo sería el mundo cada día
si yo hubiera sabido reunir
dos cosas tan corrientes:
juventud y dinero al mismo tiempo.

 

 

 

LUNARIO SENTIMENTAL

Esta noche la luna es cada luna
que yo he visto en la noche,
las que leí en los libros,
y también esas lunas que todavía espero.
A partir de una edad, la memoria
va cargando las cosas con su propio pasado,
ese peso de sombra las agranda,
les añade estatura
y, una vez aumentadas, las proyecta
en la frágil pared del corazón.

A partir de una edad, que va siendo la mía,
la vida se convierte en una brasa
que pisamos descalzos,
una hermosa tragedia con su tiempo solemne
donde cada segundo, cada mínimo gesto,
va adquiriendo el fervor que le contagia
el saber que tenemos nuestras lunas contadas.

Esta noche la luna es muchas cosas:
es un disco que alberga mi memoria
y en el que a veces suena
lo que voy conservando de esperanza,
y es también,
ingerible y prensado como en una pastilla,
cuanto queda en mi mundo de alegría y tristeza.

Esta noche la luna es estar vivo,
aún, después de todo.
Y parece motivo suficiente
para que un hombre tiemble de emoción.

 

 

 

LA LLAMADA DE LA SELVA

Siempre fue la tristeza
un dócil animal de compañía
con el que yo he jugado algunas tardes.
Sin apretar los dientes me tiraba del brazo,
paseaba conmigo, se sentaba a mis pies
en los fríos inviernos.
En los días aciagos, por probar su obediencia,
le lanzaba mi alma, y ella me la traía
dulcemente empapada en su aliento doméstico.
Siempre fue la tristeza
un dócil animal de compañía,
que hace tiempo ha adoptado
esta fea costumbre de morder a su amo.

 

 

 

LAS ÚLTIMAS CENAS

Lo que ahora nos une es una fecha
pactada cada mes, poco más que un esfuerzo
por seguir la amistad. Lo que ahora nos une
no es aquel entusiasmo, esa antigua alegría de estar juntos.
Y cuando os digo esto me salís
con que las cosas cambian, con que a todos nos pesan
otra edad y otros frenos: las mujeres, los hijos,
madrugar, el trabajo; hasta a veces el hígado de alguno
se interpone en los planes
con que aún procuramos engañar la ilusión.

Ha llegado muy pronto ese momento
que juramos mil veces retrasar, este momento
en que estar entre amigos es hablar con nostalgia
de lo que fue en su día ser amigos;
y en estas cenas frías de los jueves
todo el mundo recuerda aquellas cenas
gloriosas de los sábados. Se iluminan los ojos
con las viejas historias –esas locas hazañas,
con alcohol y mujeres, que hoy parecen ajenas y propician
una dulce arrogancia en las voces de todos–,
y renace el orgullo en cada uno
por la amistad del otro, cuando recuerda alguien
aquel honor de hombres agraviados
que defendimos juntos ciertas noches
peleando. Y entre tantas victorias
–recordamos ahora con la sonrisa triste–,
llegamos a pensar que también venceríamos
sobre el destino incluso, sin saber que el destino
no se rinde a la fuerza ni al empeño,
ni que tantos propósitos en las cenas del sábado,
todo aquello que íbamos
a hacer con las mujeres y la vida,
sería más bien esto que los jueves
no deja de asombrarnos que hayan hecho
la vida y las mujeres con nosotros.

 

 

 

MIS TERRORES FAVORITOS

No le temo a la muerte, lo que temo
es sólo el deterioro, que nos niegue
su favor nuestro cuerpo y así haga
que todos los favores se nos nieguen.
Aunque a veces asuste o importune
hay grandeza en la muerte, pues sin ella
este mundo sería como un juego
donde no se permiten las apuestas
y no importan victorias ni derrotas.
Yo prefiero los juegos peligrosos
porque el riesgo es la puerta de la gloria,
y el temor a perder, la garantía
de que no cabrá el tedio entre las reglas.
No le temo a la muerte, lo que odio
es sólo el deterioro, que la vida
nos inyecte en la vena sin reservas
esa droga del juego, y que enseguida
nos condene sin cartas a mirar
cómo siguen los otros la partida.

 

 

 

AJUSTE DE CUENTAS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Abelardo Linares

Te llamamos Deseo, y ese nombre
va encubriendo tu alma de canalla.
Se ha escrito que por ti se mueve el mundo,
y es posible que el mundo a ti te deba
sus andares grotescos de borracho.
Tienes fama también de constructor,
pero no has levantado ni una choza
sin derribar primero un edificio.
Tu pasión verdadera son las ventas,
y todo lo que vendes lleva oculto
un preciso reloj con dinamita.
Con algunos has sido generoso,
mas tu gesto recuerda al de ese tipo
que regala heroína en un colegio.
Hay incluso quien piensa que eres bueno
porque ve que fomentas la ilusión:
y el malestar, el daño, la impotencia.
Por tu poder podrías ser un dios,
el budismo te tiene por demonio,
como demonio tientas implacable
e implacable condenas a un infierno
al que cree en tus promesas de tramposo.
Y encima tu oratoria te ha buscado
un extraño prestigio entre poetas
que te tratan de forma piadosa:
impío hijo de puta que jamás
tuviste compasión de mi cansancio.

 

 

 

ÉCHALE A ÉL LA CULPA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA José María Álvarez y Carmen Marí

Hoy te has ido de fiesta con amigas,
y sin que tú lo sepas me regalas
un tiempo de estar solo que ya empieza
a ser raro en mi vida, un tiempo útil
para intentar pensar en ti como si fueras
lo que siempre debiste seguir siendo
cuando pensaba en ti: aquella persona,
en todo semejante a cualquier otra,
que una noche lejana tuvo el gesto
generoso y extraño de entregarme su amor.
Pero el amor nos cambia, nos convierte en espías
ridículos del otro, en implacables jueces
que condenan sin pruebas y comparten
sus estúpidas penas con el reo.
El amor nos confunde y trata ahora
de que vea en tu fiesta una traición.

Por huir de esa trampa me amenazo
con los nombres que cuadran al que cae en su vacío:
egoísta, ridículo, inseguro, celoso…
Y como un ejercicio de humildad pienso en ti
divirtiéndote sola: te imagino bailando
y mirando a otros hombres;
al calor del alcohol
confiesas a una amiga algunas cosas
que te irritan de mí sin que yo lo sospeche,
y por unos instantes saboreas
una vida distinta que esta noche te tienta
porque eres humana, aunque no me haga gracia.

Ahora caigo en la cuenta de que dudas
como yo dudo a veces, y que también te aburres,
y que incluso algún día habrás soñado
follar como una loca con el tipo que anuncia
la colonia de moda.
Para calmarme un poco
tras la última idea, yo me digo
que el amor es un juego donde cuentan
mucho más los faroles que las cartas,
y procuro ponerme razonable,
pensar que es más hermoso que me quieras
porque existen las fiestas, y las dudas,
y los cuerpos de anuncio de colonia.

Lo que quiero que sepas es que entiendo
mejor de lo que piensas ciertas cosas,
que soy tu semejante, que he pensado besarte
cuando llegues a casa; y que es el amor
–ese tipo grotesco y marrullero–
el que va a hacerte daño con palabras
absurdas de reproche cuando vuelvas,
porque ya estás tardando, mala puta.

 

 

 

LA HISTORIA INTERMINABLE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Carlos Marzal y Felipe Benítez Reyes

La discoteca flota como un barco,
y tú tomas pastillas con alcohol.
Todo el mundo lo sabe,
todo el mundo te mira de esa forma,
y tus propios amigos ni se enteran.
Estás sudando, tiemblas, los dientes apretados,
los pómulos ardiendo, y las pupilas
desenfocan un mundo de penumbre y de brillos.
Tú sabes que te espían, disimulan muy mal,
aunque bailen lo sabes,
aunque algunos retiren la mirada
cuando a veces los retas con la tuya.
Es preciso que escapes hacia el baño
y procures andar con cierto aplomo:
como hienas escrutan en tus gestos
cualquier debilidad.
No puedes orinar, el prepucio te escuece,
y sientes en el pene un cosquilleo
que te hace pensar en las hormigas
y desear a muerte a una mujer.
La cabina cerrada te protege un instante,
la música te llega desde el centro
de tu propio cerebro, y puedes escuchar
cómo crece ese odio que te tienen.
Buscas otra pastilla en el bolsillo,
es amarga y redonda como el odio,
y sigues escuchando claramente
todas y cada una de las conversaciones
de esa gente sin alma que te mira.
Todos hablan de ti, y tú sigues oyendo
cómo suena el desprecio, y qué extraño ruido
hace el asco al crecer en sus entrañas.
Sales luego a la pista, disimulas bailando,
tus amigos te miran y sonríen.
Empiezas a temer una traición.
Dirías que tu alma es una rata
completamente abierta a la luz de un quirófano,
todos hurgan en ella,
y hasta sientes el frío de las pinzas
que rebuscan con asco en su interior
una prueba que firme tu sentencia.
Si te marchas a casa han de seguirte,
ya lo han hecho otras veces,
bucean en el whisky que te bebes
y aprenden a vivir entre tus tripas
cual si fueran pirañas en un río de sangre.
¡Si arrancándote el tímpano
se apagaran sus risas, las palabras de burla,
ese ruido que hace al crecer el desprecio!
Quisieras que la tierra te tragara
y sueñas con insectos sin dormir.
Estar vivo te asusta, y te envuelve
esa cosa terrible que es el miedo
cuando nace de dentro de sí mismo
sin motivo ni causa, ese miedo que es miedo
a que el miedo te venza. El verdadero miedo
que es ahora otro ruido en tu cabeza.
Tomas otra pastilla y te deseas suerte:
sabes que alguna esconde un paraíso
en el que tú has estado muchas veces,
y serías capaz,
por volver a encontrarlo un solo instante,
de pasar mil infiernos como éste.
Intentas convencerte de que todo es mentira,
de que el odio y la burla, el desprecio y el miedo,
son sólo paranoias
que habrán de esfumarse, como las otras veces,
con el día que llega.
Pero el infierno crece alrededor de ti
y su hedor contamina cada palmo de aire.
Ya no pueden tardar, parece que se animan
los unos a los otros, y tu cara de imbécil
les exige venganza. Ojalá ya no tarden.
Que te escupan ya pronto uno por uno
en el centro del alma,
porque en esa saliva corrompida
podrás lavar de nuevo
el asco que ahora sientes de ti mismo,
y esperar a otro sábado,
y volverlo a intentar.

 

 

Gallego, Vicente. La plata de los días. Madrid; Ed. Visor, 1996.

 

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