Inicio > Poesía > DEL TIEMPO Y LAS SOMBRAS

DEL TIEMPO Y LAS SOMBRAS

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Te reconoces en cada página no escrita.
La única certeza
es lo que no ha sucedido todavía.

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Sabes que no existen las nubes ni la arena
y que al despertar comprobarás la soledad de todas las partidas.

Pero sigues tu viaje y te preguntas
si de nuevo hallarás otros cielos clausurados.

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Decir nunca más
será como querer que la huida se detenga
o despertar
con la flor del paraíso entre las manos.

No sabríamos qué hacer con tanta perfección.
Llevaríamos encendida la frente y radiantes los ojos.

A lo lejos,
sombras quemadas en un rostro que huye.

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No acierto a entresacar las hebras
que tramaron las dueñas del destino.

Adivino senderos aún no descubiertos
y sucedo, sin más,
en este renacer de cada instante.

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Vienes del Sur,
de las mañanas,
del frío culpable de intemperies.

Eliges los inviernos y esperas
porque sabes que cada aniversario se mece entre las hojas
vigilando raíces congeladas.

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Dejaré que mis ojos cierren el horizonte
xxxxxxy que renazca el mundo
xxxxxxmás allá del despertar.

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Tengo la edad de mis arterias
y una tersura de horas desvividas.

Hay en mi sangre un canto de jilguero fatigado.

Y todo es imposible, hasta el nombre
de este respirar sobrecogido.

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Escucha la lluvia cayendo en el jardín.
Sentirás cómo germina la noche
en la calma de una dad sin mañana.

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La casa nos reclama
y suplicamos un respiro a este empeño
de seguir andando a tientas…

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Al amparo de la casa habitada,
junto a un ascua pequeña,
el ayer se protege.

Las ventanas contemplan espesuras
donde duermen senderos
que guardan rumores de otros pasos.

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Aprenderé a cantar,
a cultivar rosales
y a recortar las hiedras de los muros.

Creo que cuidaré los nidos del alero,
juntaré violetas escondidas en las piedras
y encontraré la hoja más hermosa caída del árbol de mi calle.

Renaceré en el vuelo y en la nube de agosto,
me compraré un sombrero,
envolveré regalos.

Y seré otra vez, desde el principio,
la única imagen que me dejó el olvido.

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Magnolia deslumbrante
tras los tapiales de la noche de enero.

La muerte aún no había florecido,
la tierra era como nosotros.

Y solíamos acariciarnos,
atesorar el temblor de la piel,
el balbuceo de la sombra…

Y aquella invasión de blancura perfumada.

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El cielo se derrama en resplandor o en agua,
la llanura nos mira distraída,
los árboles prodigan sus adioses.

El andar confunde las distancias
en campos sembrados de preguntas.

xxxxxxxY seguimos el viaje,
xxxxxxxcon los ojos vacíos
xxxxxxxy los labios callados,
xxxxxxxcreyendo que alguien
xxxxxxxtodavía
xxxxxxxnos aguarda.

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Mi madre bordaba
ángeles y rosas,

encajes inquietos,
festones inocentes,
manteles y pañuelos.

La sangre y el rocío salpicaban la sombra de unos ojos
que se apagaban en las horas mudas.

Mi madre tenía
manos de canela
y sabía hermanarse con la savia
del ciruelo y de la higuera.

Cuando avivaba el fuego
parecía entenderse con la madera resignada,
con la chispa remota de un secreto
que sólo ella guardaba.

Mi madre guiaba los jazmines,
regaba los rosales,
cuidaba los canteros sembrados de romero y de albahaca.

Amiga del laurel y las palabras,
me regalaba sílabas y notas,
y una fragancia antigua
que bendecía los manteles y deslizaba reflejos en la casa.

Mi madre coleccionaba estrellas
y podía lavarse las manos con agua de la luna.

No supe en qué momento recogió sus tesoros,
que pesaban apenas lo que pesa una lágrima.
Fue apagando las luces,
desplegó su pañuelo con aquellos encajes impacientes,
y cerró las ventanas.

Tenía un resplandor pequeño en la mirada.
Tal vez, se volvió niña
para caber en el único beso que no pudo darme.
Se abrazó al lucero de la tarde
y partió hacia la noche,
con todos sus silencios.

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xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPorque ella supo enseñarme
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlas palabras del poema.

Y recordé la noche y tuve miedo.
Oía los clamores del sol y el silbido del viento
pero ya no había puertas que cerraran la casa
ni llaves ni cadenas.
La vida nos había dejado a la intemperie
y buscábamos dónde cobijarnos.

En el desierto blanco y silencioso
se oyó el balbuceo maternal,
la sílaba sedienta de lenguaje.

Un parto de savia y de latidos
fue arrancando alabanzas
en el tránsito oscuro de la sangre.

La voz extraviada
regresó al abrigo de la cuna,
a la canción antigua,
al madrigal sediento, a la eterna elegía.

Quiso conocer el nombre secreto del aire, del silencio,
el nombre de los sueños, de la noche,

y se amparó a la lumbre del poema.

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Martín Taffarel, Teresa. Del tiempo y las sombras. Barcelona; Ed. Candaya, 2009.

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