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LITURGIA DE LA PROFANACIÓN

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CANTO II

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDe la vida tomé todas las palabras
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEnrique Lihn

Cuando muere la luz al filo de tus ojos,
cuando arrecia el otoño en los campos,
cuando la garza exhibe
el esbelto equilibrio de su vuelo,
cuando acarician mis manos
la incertidumbre de tu belleza,
de tan puro carnal y palpable, impalpable;
cuando ahonda la vida su sentido,
cuando se estrechan del mar y el horizonte
los vínculos, entonces, en la esclavitud
deseada, vuelven de la infancia
los ritos y la culpa.

Los ritos y la culpa
y la casa del padre, y los campos
sembrados de rutina y derrota.
Y el tedio de la araña que teje en los bolsillos.
Y la monotonía que gotea del grifo
y desborda los vasos, los ríos, los estanques
donde el nenúfar tiembla
de mirarlo tan sólo. Los estanques
donde hundo mis manos que seducen leopardos
y rescato el cadáver de Narciso
para seguir llamando muerte a lo que más amo.
Para seguir llamando muerte a lo que más amo
estorban las palabras,
los gestos, los milagros, los amigos
que nunca tuve o que no tendré nunca.
Incluso si no fuera así, así sería.
Incluso las palabras apelan al suicidio.
Son tan perfectas, tan frágiles,
tan esquivas que desafían la prudencia
afilada del silencio en otoño
cuando mayo o abril.

Cuando mayo o abril,
toco tu cuerpo y el cielo toco.
Acaricio la humedad del fuego,
el frío de la sangre de mis antepasados,
la lujuria procaz de las estatuas
y la vida, la vida en los libros.
Porque late, late la vida en las palabras,
y respira en las piedras
que, celosamente, guardan
la oscura quietud concéntrica del agua.

La oscura quietud concéntrica del agua
donde giran estáticos los nombres,
el miedo circular a las esquinas,
el reloj de arena de la droga
que marca las horas que bordean el insomnio,
la noria de la feria de septiembre
donde en cada vuelta envejecí un minuto
hasta desembocar en un presente
que erosiona la pureza de otros tantos instantes.
Crece el niño. Y el mito del niño solitario.
Golpea la gota de agua
en la tensa región del recuerdo.
Crea ondas que se expanden
y de la verdad se alejan.

Y de la verdad se alejan
mi corazón y tus ojos.
Miro dentro de cada palabra
y todo lo veo a través de tu mirada.
Claudican los espejos, claudican
en el humo que espesa la distancia
y la tristeza empaña.
Y enturbia los estanques.
Espesa, empaña, enturbia el humo
que nace de la hoguera donde mi padre
quemaba los rastrojos del jardín del alma
en los meses que clavan anzuelos en el agua del sueño.

En los meses que clavan anzuelos en el agua del sueño,
los tenedores tiemblan y muerden las cucharas
la sal de las estatuas.
Los caracoles lamen del poema el tronco
y de las ramas más altas
se suicidan la cigüeña y la garza.
Y en los meses que clavan anzuelos como estrellas
recojo las colillas, las botellas vacías,
los vasos de papel donde bebimos ebrios
el vino incorruptible de nuestra adolescencia.

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CANTO IX

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDetrás de las palabras que no son
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxmás que un simple ejercicio de escritura
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFelipe Benítez Reyes

No manda heraldos el destino.
No concede un respiro.
No nos besa en la frente
para calmar la fiebre.
Severamente nos juzga y, sin embargo,
va de perdonavidas.
No se vive.
Mayoritariamente se existe
en una isla del yo profundo.

En una isla del yo profundo
escribo este poema.
Este poema y otros que dibujan mi rostro.
En cada verso pongo la vida.
Cada verso me cuesta una muerte,
mas la muerte no es un precio muy alto por un verso,
cuando cada verso propone una plegaria,
un dulce incendio arrebatado que prende
en los arbustos del corazón más torpe.
Nadie quiere aplacarlo.
En él, nadie perecer quiere.

En él, nadie perecer quiere;
mas ha de anegar la ceniza
tumbas y mausoleos.
La ceniza y el llanto
serán de mis versos la herencia.
Gozosamente las palabras quedan,
dudan, inquietan, turban,
hieren donde no duele
y donde duele curan las palabras.

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Y donde duele curan las palabras
cuando atienden nuestras plegarias.

Cuando atienden nuestras plegarias,
la plenitud se palpa con las manos,
el gozo nos eleva por los aires
y al mirar en los ojos del amado,
pletórica, la vida nos invita
a fundirnos con lo desconocido,
a besar al traidor, a sentirnos
culpables del crimen de los otros
antes que inocentes de los nuestros,
a perdonar al verdugo,
a comulgar con el árbol podrido
en la naturaleza muerta del deseo.

En la naturaleza muerta del deseo,
cuando la luz declina al filo de tus ojos,
el vino incorruptible de nuestra adolescencia
el brillo de su aroma escancia.
ebrios de luz, anhelamos respuestas.
¿Es posible acariciar
de un fantasma la furtiva sombra?
¿Que las palabras callen cuando hablan?
¿Que el frío de la llama queme como la nieve?
¿Es posible vivir sin haber muerto?
¿Y morir sin haber vivido?
¿Puede el amor provocar tanto daño?
¿Tanto naufragio y zozobra tanta?
El amor por siempre, para siempre y desde siempre.
El amor que nos condena a nuestro propio infierno.

Y de nuestro propio infierno nos redime
el poema, aunque apenas nos salva
del tedio del ángel de los días,
de la monotonía de los parques de mayo
cuando mayo es octubre,
de la luz y la sombra
donde principio y fin se funden.

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Bascuñana. Ramón. Liturgia de la profanación. Sevilla; Asociación Poética Cultural «Sin Fronteras», 2002.

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