Inicio > Poesía > POEMAS DE LA PRIMERA SECCIÓN DE ‘LAS ÓRDENES’, DE PILAR ADÓN

POEMAS DE LA PRIMERA SECCIÓN DE ‘LAS ÓRDENES’, DE PILAR ADÓN

.

REGALARLO TODO. Cada prenda. Cada adorno.
Con mentalidad de pobre. Los dedos de harina
calentando el mismo tazón
y la sonrisa rota hacia la mesa
sin frutas ni flores en la fuente.
Sin estrenar nada, sin ambición de refugio.
Habiendo perdido la energía
y el asombro.
Queriendo decir: «¿Por qué no vuelves a casa?»
Cuando lo sabe. Que volver a casa es el miedo.
Que la huida del día es el miedo.
La tapia de ladrillo y la llamada al timbre sin prever
si podrá entrar.
Cada mirada de hembra.
Cada preñez. El miedo.
El cuerpo que no se acostumbra
y que, lejos de aumentar,
reduce su tamaño y se parte en dos.

.

.

.

.

.

¿QUIÉN
no ha querido abrir la ventana a los doce, trece años,
y saltar una tarde de sol
idéntica a todas las tardes en que el sol
se filtra por las persianas de madera
con un único verso
—Wake the serpent not—
alojado en el cerebro?

.

.

.

.

.

LA LLAMADA DEL DÍA. La misma voz con tono diferente.
Según el tiempo, el frío, el cansancio o la estación.
Cada mañana. A las diez. Preguntando si es que sigo en casa.
Si estoy escribiendo. Si he dormido bien.
Qué voy a comer. Si el perro se porta igual.
Tan listo. Tan despierto. Con las mismas ganas de salir a la calle
y correr
hasta reventar. Desatarse y correr.
En su intento de lograr lo que más anhela
y persigue
tras su roja perspectiva de ojos llorosos:
no regresar al hogar.

También yo correría, mamá. También yo me desataría y reventaría.
En esta interminable tentación del malestar
que araña y mira como si fuera lo más normal. Venir
y quedarse.
La nevera que chirría. Las pezuñas del animal resbalando,
con correa y chapa, sobre el parqué.
Las palabras del vecino en el rellano del portal
clamando a sus hijos, clamando al portero que no recoge la basura,
el ascensor abierto en el sexto,
al presentador de los informativos matinales.

Hasta cuatro veces, pase.
Cuatro veces. O tres.
Pero ¿más?
¿Más?

La atracción del aturdimiento.
El embeleso de la apatía.
Y la lentitud. Los líquidos que humean al fuego.
Y las evasivas.
En la boca. En su misión de desterrar el encanto.
El tono anaranjado de las cosas.
El cepillado del pelo. La voluntad de estar bien.
Con un malestar que se asienta en la complacencia
(¿es que os habéis peleado?)
a lo largo de una llamada que lo deja todo desgreñado.
Y la voz que no es conversación sino pregunta
en busca de un consuelo extraño
basado en habladurías y temores.

Azufre y agua.
Y la cal con la que untan a los perros plagados de larvas
para que desaparezcan con cada quemadura en la piel.

Sí. Yo también chirriaría, mamá.
También yo clamaría en el desorden en que hemos de sobrevivir.
Cuando lo normal es la transformación
y mi espíritu quiere lo permanente.
Cuando las horas se hacen cuidados
y no queda hueco para el reproche
en esta sumisión ante lo que puedan decir
esos labios llenos de llagas.
Esa voz.
La convicción de que han muerto las expectativas
ahora que ha desaparecido el pastor
y con él los mejores recuerdos.
Los preparativos. La ceremonia. Lo que vino después.
Cuando todos existíamos caminando
tras los pasos de la soñadora.

Ahora sabemos
lo que supieron los demás desde el principio.
Que los nuestros traicionan.
Que el entendimiento y el alma se hieren con la experiencia
y que el sentido es cero. El propósito, cero.
La utilidad. Cero.
Que la indiferencia no comete pecado
ni hay ruptura en la devoción materno-filial
por este hábito que nos libra de la gravedad.
Encogidas ante el fin de las llamadas
recorriendo la austera estética de los campos
cuando en los paseos se habla de temas generales.
Asuntos que no dañan a nadie. Que no se hunden
en los huesos, la raíz,
de madres e hijas que se lancean.
Sometida una a la voluntad de la otra
todas las mañanas. A eso de las diez.

.

.

.

.

.

EL AMOR EN BRUTO no sirve.
Hay que dosificarlo.
Saber domarlo y repartirlo
hasta que se extinga.

.

.

.

.

.

EL SILENCIO NUNCA es tan grande
como cuando algo lo rompe.

.

.

.

.

.

ESTIGMA

Nunca la vi llorar. A mi abuela.
Se le salió la matriz por la vagina
y ella se la curó con limón
porque todo lo trataba con limón. Y con saliva.
Barro, humedad y fuego.
La punta babeada de los pañuelos en el batín.
Las medias de algodón. Agujeros en su faldagris de abuela.
Y las capas de tela desdibujada
tras las que ocultar el calor enchufado a la trampa
que colgaba del techo.

No preguntar. No saber.
Metió el pulgar en la tierra y lo sacó negro.
Barro seco y disperso. Pedazos de ladrillo bajo las plantas.
Restos pegados a las púas del tenedor.

Elevaba el cuchillo por encima de los hombros.
Lo bajaba y lo hundía en la madera.
Cortaba las uñas a las niñas recién nacidas.
para que cantaran bien, como ella.
Voz de ofrenda, voz de Pascua.
Conmigo no lo hizo.
Yo era de rodillas arañadas, picaduras de avispa.
Huida de insectos y huida de juegos.
Ser orgánico que crecía. Mudaba y crecía
al tanto de mi situación.

Con las manos alrededor, las cejas sobre las piernas.
O cruzada de brazos
caminando hacia el puente.
Botas altas al borde de la presa.
Sin admitir el abandono ni la pauta.
La cólera de la herencia.
El bálsamo del humo distante. La calidez y el resguardo
de la casa. Carretera arriba.
La incertidumbre y el temblor
por si nadie volvía a buscarme.
Las burriagas del bocadillo. Las lágrimas tras el coche
que arrancaba y desaparecía.

Tanta traición. Tanta reverencia.
Sus papeles con tersura de piedra, base en los cajones.
Paños de cuadros quemados. Vasos sucios.

Perdió un hijo y un marido.
Se quedó ciega. Y la atamos a una silla
para evitar que se tirara al suelo y reptara hasta su patio
lejos de ancianos tendidos sobre las mesas,
unidos por su calidad de ancianos.
Derribados sobre falsos sofás.
Envueltos en falsas mantas y en sonrisas postizas.
Con las uñas crecidas y los labios prietos,
entre voces conocidas que arropaban en tonos azules
y por la mañana entregaban desayunos.

La piel, cápsula gris, respondiendo al pliegue
de cada dedo.
En medio del orín y el desinfectante.

La niña se llamará Julia.
¿No ves la moto ahí fuera?

Siempre quiso estar en su casa, mi abuela.
Y ahora la van a vender por 30.000 euros.

.

.

.

.

.

LA IMAGINACIÓN PERSIGUE un acontecimiento.
Algo nuevo, algo limpio. La ingenuidad
que nos ha abandonado
y no se deja reconstruir.
Los ojos de antes
sumergidos en los de ahora.
La inexperiencia de un cuerpo
que siente que lo ha presenciado todo.
¿Qué le importa a la especie
que un útero reaccione o no?
¿Dé fruto o no? Exista.
Todo milimetrado en etapas: estudio, trabajo, enlace, piso.
Paso a paso. Superando cada fase.
Como en un cordel de esclavos.
Permitiendo que transcurra la estación
con la imagen de huir y cambiar
en una supervivencia que es solo a medias.

.

.

.

.

.

UNA MUJER POBRE con un niño en brazos
es una mujer dos veces pobre.

.

.

.

.

.

NO QUEREMOS ser madres.
La ausencia de un heredero
que deje borrones.
Seguir siempre hijas.
Que nos abracen como nos abrazaron.
Y nos peinen y presuman de nuestras notas
ante los vecinos.
Que cada libro sea para nosotras, cada pensamiento.
Para nosotras. En una habitación
de una sola cama.

.

.

.

.

.

DORMITORIO

La cabeza apoyada en el cristal
al ritmo del movimiento de las ruedas,
y un olor a desinfectante girando con el calor del motor.
El abrigo que ya sobra.
Casas de ladrillo en los bordes
por un paseo sin bancos.

Ningún cuerpo reluce. No hay rastro
de perfección
en el alargado espacio de este territorio
de materia orgánica y horas de espera.
Color berenjena en las mejillas.
Clínex en los bolsillos.
Zapatos de un marrón plástico.
Y el espacio de luz.
La supervivencia del espíritu
en este autobús que me habla: próxima parada.
Aunque solo haya tres.
Paseo de Extremadura.
Cortes de pelo sujetos en recogidos de goma
y las dudas en la cara.
Preparándome en el recibidor para entrar
y oír a mi madre exponer de nuevo
lo que ha comido mi padre a lo largo de la semana.
Purecito, verduras.
Pescado. Yogurcito. De fresa.
Detenida un minuto al pie del portal.
Sin teorías ni afirmaciones.
Añorando de mi yo joven
la noción de perspectiva. El pensar ya lo haré.
La amplitud de las horas. La observación de cada posibilidad.
En la distancia. Temporal. Espacial.
Yo
salvando vidas. Yo
oceanógrafa. Yo
espía.
Yo
embajadora en París.
Sin reconocer los ojos que me estudian
desde el espejo del ascensor.

Tanto tiempo ansiando escapar en cada trayecto
y ahora este regreso. Esta expedición de siempre
a la vida de siempre.

.

.

.

.

.

ELLOS NO lo advierten
pero arrastramos un rencor en los genes
heredado de cada mujer.
Su hacha clavada en el cuerpo,
integrada en él. Donde persiste.
Observadoras y observadas.
Actuando a solas y ante el mundo.
Ansiando un descanso
sin saber descansar.
Acusando un odio que no se cura
por palabras que no tendrían que existir.
Sin responder tal sin comportamientos cual,
aprovechando más.
Sin enfrentarnos a.

.

.

.

.

.

ESO ESPIRITUAL que ves en mí es miedo.

.

.

.

.

.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo descuido la escritura,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsino a mí misma.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxIngebor Bachman

¿QUIÉN ME VA A CUIDAR cuando sea vieja?
¿Quién me va a esperar, feliz de verme?
Cabello de nudos. Sin cepillados nocturnos.
Peines y espejos de plata.
Sola en mi sillón. Harta del cansancio y los sermones.
Sin hijos que me bañen,
me cocinen asado con puré,
me traigan jerséis de talla grande,
me laven los pies y las axilas
cuando queden ya pocos motivos para existir.
vencida por los razonamientos
sobre aquello de recoger lo que se ha sembrado.
Celebraciones, cumpleaños y fiestas
en perspectiva de una soledad redonda.
¿Quién va a venir a verme
los fines de semana?
Si no soy madre.
Si vivo sin reconocer la devoción, el auxilio.
La ternura. Las visitas a los amigos dolientes.
Entre evasivas, papeles y libros,
alejada del sentimiento original.
Escapando de la llamada primera.
Sin saber qué es la entrega.
Qué la piedad. Qué la delicadeza
de los niños fotocopia. Su mente dulce y sencilla
como trozos de manzana asada. Como bolsas de osos Haribo.

¿Quién va a abrazarme cuando sea vieja?
Y esté sola. Y no haya quien quiera hablarme. Y las cortinas se prendan fuego
y las llamas asciendan al techo. Y nadie pueda acercarse
al teléfono. Para llamar al servicio de extinción de incendios.

.

.

.

.

.

SOLO QUIEN TIENE el amor
lo cree prescindible.

.

.

.

.

.

DOS LÍNEAS en cada mejilla.
Dos más en el cuello, en el centro de la frente.
Pintura de guerra sobre una piel en trazado imperfecto.
Rayas
de color granate. Y el rezo aprendido
del que no desentrañamos la lógica,
el significado ni las consecuencias.
Elegimos las piedras y las cargamos en la mochila
aunque lo único que pueda salvarnos
sea la ligereza.

Demasiada luz es ceguera.
Cuando siempre se ha sido hija
y de pronto hay que renunciar a serlo.
Sin dejar de repetirnos que si no nos esforzamos lo suficiente,
nadie se esforzará en nuestro lugar.

.

.

.

.

.

ES UNA PULSIÓN: un hombre encuentra agua
y tira una piedra.

.

.

.

.

Adón, Pilar. Las órdenes. Madrid; Ed. La Bella Varsovia, 2018.

.

  1. No hay comentarios aún.
  1. No trackbacks yet.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Daftar Harga Mobil Bekas

Literatura, música y algún vicio más

El lenguaje de los puños

Literatura, música y algún vicio más

Hankover (Resaca)

Literatura, música y algún vicio más

PlanetaImaginario

Literatura, música y algún vicio más

El blog tardío de Elena Román

Literatura, música y algún vicio más

El blog de Ben Clark

Literatura, música y algún vicio más

DiazPimienta.com

Literatura, música y algún vicio más

El alma disponible

Literatura, música y algún vicio más

Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

Literatura, música y algún vicio más

Las ocasiones

Literatura, música y algún vicio más

AJUSTES Y OTRAS CUENTAS

Literatura, música y algún vicio más

RUA DOS ANJOS PRETOS

Blog de Ángel Gómez Espada

PERIFERIA ÜBER ALLES

Literatura, música y algún vicio más

PERROS EN LA PLAYA

Literatura, música y algún vicio más

Funámbulo Ciego

Literatura, música y algún vicio más

pequeña caja de tormentas

Literatura, música y algún vicio más

salón de los pasos perdidos

Literatura, música y algún vicio más

el interior del vértigo

Literatura, música y algún vicio más

Luna Miguel

Literatura, música y algún vicio más

VIA SOLE

Literatura, música y algún vicio más

El transbordador

Literatura, música y algún vicio más

naide

Literatura, música y algún vicio más

SOLIPSISTAS DEL MUNDO

Literatura, música y algún vicio más

MANUEL VILAS

Literatura, música y algún vicio más

El fin de las siestas

Literatura, música y algún vicio más

Escrito en el viento

Literatura, música y algún vicio más

un cántico cuántico

Literatura, música y algún vicio más

Peripatetismos2.0

Literatura, música y algún vicio más

Hache

Literatura, música y algún vicio más

A %d blogueros les gusta esto: