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SIETE POEMAS DE EVGUENI EVTUCHENKO

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EN EL PUENTE

Una mujer y un hombre solos, en un puente,
sobre el dormido Sena azul.
Debajo está el tumulto sin sentido,
las luces irreales.
Cambia el gobierno en algún sitio,
se pronuncian sabios discursos.
Pero ellos, desde el puente, apenas si lo ven:
tan sólo ven el Sena
xxxxxxxxxxxxxxxxxxturbio y lento.
Así están, sin palabras
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy sin besos,
hasta la madrugada, bajo un impermeable,
como un paquete envuelto en celofán,
¡un regalo del mundo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxpara el mundo entero!
¡Quiera Dios que no tengamos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxni casa
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxni hacienda,
ni aturdidora comodidad en nuestra vida!
¡Quiera Dios
xxxxxxxxxxxque, estemos donde estemos,
siempre nos encontremos en el puente!
En el puente
xxxxxxxxxxxpara siempre inscrito en el cielo.
En el puente que hace sagrado a quien le habita.
En el puente
xxxxxxxxxxxsobre el tiempo,
sobre toda
xxxxxxxxxxla vanidad y la mentira…

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LA MIEL

Voy a contarles algo de la miel.
Alguno se dará por aludido.
Mas no importa que alguien no comprenda
que se refiere a él.
Escuchad
xxxxxxxxxesta historia de la miel.
En el cuarenta y uno,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxen Tchistopol,
año sin pan ni sol,
en el mercado
xxxxxxxixxxxxnevado
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxsacaron un tonel,
un enorme tonel
xxxxxxxxxxxxxxxde miel.
Era un canalla el vendedor,
un negociante del dolor.
Y el dolor formó cola,
sencillo,
xxxxixxxamargo,
xxxxxxxxxxxxxxxdesvalido.
No cobraba en dinero,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsino en jerseys,
en relojes
xxxxxxxxxo en cortes de traje.
Su mano ensortijada de entendido
despreciaba con gestos harapos evidentes.
Todo lo examinaba a la luz, atentamente.
Mientras con una mano un pintor viejo
desataba el cordón de sus zapatos,
con la otra
xxxxxxxxxxtendía una botella.
Miró caer la espesa miel en ella,
sin protestar, curvado,
y luego, con su miel,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxpreciada mercancía,
se alejó por la nieve en calcetines remendados.
Formando un cerco de miradas frías,
mujeres de oficiales y soldados
esperaban de pie con tarros y con vasos,
silenciosas y tensas.
Y una niña,
xxxxxxxxxxcon mano transparente,
como en un sueño extraño,
tendía una copa diminuta
con un anillo de mamá al fondo.
De pronto se acercó
xxxxxxxxxxxxxxxxxxel ruido de un trineo
de costados ornados con rosas.
Poniendo un ceño en su importante frente,
se bajó del trineo un hombre
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxalto,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxximponente.
Tan solemne
xxxxxxxxxxxcomo un retrato
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdesde el marco,
sin una sombra de pesar, habló:
«Dame todo el tonel.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTe pagaré en alfombras.
Date prisa, buen hombre.
Ya nos pondremos de acuerdo después.
Ayudad a subirlo, hermanos. Venga».
Y se marcharon juntos.
Ellos siempre se pondrán de acuerdo.
Quedó la cola inmóvil y sombría
como si aquello nada le importase.
Y el anillo cayó de la copita
al surco que el trineo había dejado…

¡Qué muerto está ya aquel cuarenta y uno,
año de penas y retiradas!
Aún vive, sin embargo,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxaquel goloso de miel,
ha vivido hasta hoy, y dulcemente.
Cuando muestra con aire sosegado
su tripa bien henchida,
cuando mira el reloj,
cuando el bigote satisfecho se acaricia,
yo recuerdo aquel año,
recuerdo aquella miel.
Aquella miel que, entonces,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde ese mismo bigote,
abundante escurría.
Jamás podrá limpiárselos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde miel,
siempre
xxxxxxxle escurrirá
xxxxxxxxxxxxxxxxde los bigotes.

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CONVERSACIÓN CON UN ESCRITOR AMERICANO

«Me dicen:
xxxxxxxxxxxEres valiente.
No.
xxxYo nunca fui valiente.
Juzgaba indigno, simplemente,
rebajarme con mis compañeros cobardes.

No demolía instituciones.
Tan sólo me reía de lo falso,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlo engolado.
Escribía artículos.
xxxxxxxxxxxxxxxNo denuncias.
E intentaba decir todo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlo que pensaba.
Sí,
xxdefendía a la gente de talento,
señalaba a los que, sin tenerlo,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxquerían meterse a escritores.
Pero eso es un deber,
aunque hablen siempre de mi valentía.
Con amarga vergüenza recordarán
nuestros descendientes
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuando hayan vencido la infamia
aquellos tiempos
xxxxxxxxxxxxxxxextraños
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxen los que
a la simple honradez
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxllamaban valentía…»

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LA TERCERA MEMORIA

Todos tenemos un instante en que
nos entra una tristeza pegajosa,
y la vida, quedándose al desnudo,
se nos muestra como algo sin sentido.

Frío de muerte llena las entrañas.
Pero, para vencerlo, golpeamos
sin fuerza apenas a las puertas de la memoria,
como quien va a una hermana de la caridad.

A veces, sin embargo, hay dentro de nosotros
tanta noche y es tanta la ruina,
que ayudarnos no puede la memoria,
ni la del corazón, ni la de la razón.

Se nos apaga el brillo de los ojos.
Y la conversación, los movimientos…
todo se apaga. Pero existe aún
la tercera memoria: la del cuerpo.

Que recuerden los pies
el polvo y el calor de la carretera,
la hierba fresca
cuando descalzos caminaban.

Que recuerde la mejilla con ternura
cómo, tras una riña, la consolaba
la agradable aspereza de la lengua
del perro, que todo lo comprende.

Que recuerde la frente, avergonzada,
cómo, bendiciéndola,
un beso la rozaba, apenas la rozaba,
descubriéndole toda la ternura de madre.

Que los dedos recuerden los pinos, el trigo,
y la lluvia casi imperceptible,
y el temblor del gorrión,
y las crines nerviosas del caballo.

Que los labios recuerden otros labios.
Hay hielo y fuego en ellos. Hay tinieblas y hay luz.
Todo el mundo contienen, impregnado
de aroma de naranjas y de nieve.

Y entonces pedirás a la vida perdón,
y le dirás: «A ciegas te acusaba.
Absuélveme del grave
pecado de mi absurda irritación».

Y si la maravilla de este mundo
es preciso pagarla
con un precio cruel,
no importa, yo lo acepto.

Pero ¿acaso el capricho del destino,
los golpes y las pérdidas,
son un precio tan alto por gozar
las maravillas que la vida ofrece?

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LA CÓLERA

Me dicen,
xxxxxxxxxxmoviendo la cabeza:
«Tienes que cambiar…
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEres muy colérico…»
Yo he sido bondadoso.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPero no mucho tiempo.
La vida me hizo añicos.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxMe golpeó en la boca.
Viví
xxxxcomo un estúpido cachorro.
Me pegaban
xxxxxxxxxxxy yo ponía la otra mejilla.
La cola de la bondad,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxpara hacerme más colérico,
de un solo golpe
xxxxxxxxxxxxxxalguien me la cortó.

Les voy a hablar ahora de la cólera,
de esa cólera con la que se va de visita
y se sostienen conversaciones ceremoniosas,
mientras, con unas pinzas, al té se le echa azúcar.
Cuando me invita usted a tomar té
yo no me aburro:
xxxxxxxxxxxxxxxxle estudio.
Me bebo humildemente hasta el té del platillo,
y, ocultando las garras,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxle estrecho la mano…

Les hablaré también de otra cólera…
Cuando, al comienzo de una reunión, me susurran:
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx«Déjelo…
Es usted muy joven,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxlo mejor es que escriba.
No tenga prisa por buscar pelea».
¡yo no cedo en absoluto!
Sentir cólera ante la mentira es ser bueno.
Les prevengo
xxxxxxxxxxxxque mi cólera no cederá.
Sepan
xxxxxxque hay en mí cólera para mucho tiempo.
Ya no tengo la timidez de antes.
Y, además,
xxxxxxxxxx¡es tan interesante vivir
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuando se es colérico!

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EL MUSEO DE CERA DE HAMBURGO

Macizos de grandeza,
altivos y ramplones,
ceñudos ante el comunista ruso,
los Kürfürst alemanes.
Todos los presidentes
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy cancilleres,
con multiforme vulgaridad,
miran sombríos
xxxxxxxxxxxxxxdesde su estirpe,
y su estirpe
xxxxxxxxxxes la ruindad.
Por haber mutilado a la vida,
por haberla retorcido
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy aplastado,
los inmortalizaron aquí
o, mejor dicho,
xxxxxxxxxxxxxxlos cerificaron.
Entre engolados,
xxxxxxxxxxxxxxxgordos
y flacos monstruos malvados,
¿cómo estás aquí tú,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxSchiller?
¿Cómo estás aquí tú,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxMozart?
Deberíais estar
xxxxxxxxxxxxxxen prados luminosos.
Deberíais estar
xxxxxxxxxxxxxxentre flores del bosque.
A vosotros os siento
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo a mis compañeros.
Y a todos los demás
xxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo a enemigos.
Los enemigos me lanzan miradas asesinas,
pero no me molesta
disgustar a Bismarck
ni a Hitler, desde luego.
Veo entre ellos, sin embargo,
como a sombras fatídicas,
enemigos
xxxxxxxxxaún vivos
en figuras de cera.
Miren allí
xxxxxxxxcierto premier,
y un poco más allá
xxxxxxxxxxxxxxxxxaquel otro,
y este de aquí,
xxxxxxxxxxxxxtan poco ejemplar,
y este otro,
xxxxxxxxxxque tampoco es un ejemplo.
Pero sí, son ejemplos,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsí,
pero ejemplos de lo vil,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde lo falso.
Habría que traerlos hasta aquí,
a este museo de cera,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxarrastrándolos de las solapas,
ponerlos en su sitio a cada uno
y cubrirlos de cera.
¡Faltan en este museo
tantos sinvergüenzas!
Estamos hartos de su juego.
¡Basta ya de mentiras, canallas!
Ya hace mucho que ha llegado la hora
de cubrirlos vivos
xxxxxxxxxxxxxxxxcon cera.
Que les tape la boca.
Que les ate las manos.
Que se queden sin respiración,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxmuertos
como niños formalitos.
Yo me rebelo.
Llamo a todos
para arrancarlos de las tribunas
entre risas y silbidos del público.
¡Seamos
xxxxxxxxtodos
xxxxxxxxxxxxxmás coléricos!
A todos esos canallas ya es hora de arrancarlos
de una vez
xxxxxxxxxxcomo a clavos
de los sillones entre el regocijo de todos.
Ya es hora de colocar la colección
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde sus jetas
en palcos iluminados
con focos potentes
como peces de colores en
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxestanques.
Ya es hora, en fin,
de librarnos de tanto cachivache.
¡Al museo de cera
xxxxxxxxxxxxxxxxcon los mentirosos,
con los sacerdotes del templo de la vergüenza!
¡Que la gente
xxxxxxxxxxxxalce
xxxxxxxxxxxxxxxxla voz!
¡Que nadie quede mudo!
¡Al museo de cera
xxxxxxxxxxxxxxxxcon todos los cabecillas
sin cabeza!
Y si alguien miente,
aunque mienta con mentiras nuevas,
vosotros
xxxxxxxxtapadle la boca con cera:
¡al panóptico,
xxxxxxxxxxxxal panóptico con él!
¡A trabajar,
xxxxxxxxxxabejas!
¡Nos hace falta mucha cera!

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TRES MINUTOS DE VERDAD

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA la memoria del héroe nacional cubano
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJosé .Antonio .Echevarría, cuyo .nombre
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxclandestino era «Manzana».

Vivía un muchacho llamado «Manzana»
con los ojos tan puros como un manantial
y el alma tan ruidosa
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo una buhardilla
atestada de lienzos, guitarras y palomas.
Le gustaban las mazorcas de maíz,
el béisbol,
xxxxxxxxxlos niños,
xxxxxxxxxxxxxxxxxlos árboles,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxlos pájaros,
y, entre el enloquecido vaivén de la pachanga,
el azar de encontrar dos milagros con pestañas.
Pero en el muchacho llamado «Manzana»,
tan parecido a un niño, comenzaba a sonar
la campanilla de la severidad
ante la falsedad y la mentira.
Y la mentira en Cuba tenía muchas máscaras.
Bailaba en todos los salones,
y en el coche del presidente iba
sentada
xxxxxxxcomo ama y señora.
Hablaba la mentira por todos los periódicos.
Y desde la mañana, enfurecida,
mezclándose
xxxxxxxxxxxxa veces
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxcon el rock and roll,
la mentira gritaba
xxxxxxxxxxxxxxxxpor los altavoces
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde las radios.

Y el muchacho llamado «Manzana»,
no por la gloria,
xxxxxxxxxxxxxxsino por bien de todos, simplemente,
para que toda Cuba supiera la verdad,
con sus amigos decidió ocupar la emisora.
Pistola en mano,
xxxxxxxxxxxxxxxapareció de pronto,
le arrancó a los cantantes el micrófono,
y fue su voz la voz de Cuba, del valor y la fe
diciendo a todo el pueblo la verdad.
¡Tres minutos tan sólo!
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¡Nada más tres minutos!
Y se escuchó un disparo…
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDespués, sólo silencio.
La bala batistiana puso punto
a aquel discurso que no pudo terminar.
Y de nuevo, puntual, sonó el rock and roll,
y él,
xxxxya invencible,
él, que había dado su vida por tres minutos de verdad,
yacía con un rostro joven y feliz…
Me dirijo a los jóvenes del mundo:
cuando en algún país gobierna la mentira,
cuando la prensa miente sin descanso,
recuerda tú a «Manzana»,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxjuventud.
Así hay que vivir,
xxxxxxxxxxxxxxxsin divertirse inútilmente.
Ir a la muerte,
xxxxxxxxxxxxxdejando la vida cómoda,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxtranquila,
para decir,
xxxxxxxxxxaunque sólo sea tres minutos,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxla verdad.
¡Aunque sólo sea tres minutos!
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¡Después, que venga la muerte!

.

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Evtuchenko, Evgueni. Entre la ciudad sí y la ciudad no (Trad. Jesús López Pacheco). Madrid; Alianza editorial, 1968.

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