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PEDRO-PABLO RUBENS DIALOGANDO CON HELENA FOURMENT, SU MUJER, DESNUDA DENTRO DE UN MANTO DE PIEL NEGRA

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La belleza habla con voz de mujer.
Ella se llama la belleza, belleza es femenino.
Los que hacen hablar a la belleza se llaman los pintores.
Piden a una mujer que se quede de pie ante ellos.
Quédese de pie, por favor, quédese de pie, no se mueva.
La belleza consiente, la belleza es consentidora, la belleza no protesta.
Esto es muy importante, la belleza es una mujer que consiente.
¿A qué consiente ella?
A que la miren, a que un hombre la mire detenidamente.
Un hombre, un modista un modelista un costurero un fotógrafo un pintor.
Lo mejor de todo es la pintura, en la fusión del trazo en el empaste.
En la fusión del difumino que el tejido expulsa, que recubre el color.
Una mujer aguarda consintiendo que un pintor la vista la desvista.
¿Hablan entre ellos?
Dialogan, de eso no cabe duda.
Aunque sólo intercambiasen con la voz dos o tres palabras, dialogan.
¿Qué otra cosa podemos hacer con la belleza sino dialogar con ella?
Se la toma entre los brazos como un hombre toma a una mujer, y la belleza se acaba.
La belleza deja de ser la belleza para ser deseo realizado.
El deseo de belleza requiere distancia, la distancia precisa.
La belleza es una imagen pintada de la belleza.
Una mujer ha estado en pie, sentada, acostada durante varias horas.
Varias sesiones varias posturas.
Varios días varias semanas, vuelva a verme mañana por favor.
E imaginamos que el pintor algunas veces no ha podido no ha debido resistirse, ciertamente.
Que se ha acercado suavemente a su modelo tras dejar los pinceles.
E imaginamos que la modelo ha pensado que quería corregir su postura.
Y nos representamos al pintor tomándole delicadamente el brazo.
Desplegarlo, desplegar lentamente el brazo del modelo de la belleza.
Más tarde con aliento entrecortado, colocar la mano palma abierta sobre el seno de la belleza.
Colocar la palma abierta dedos ligeramente presionando su seno.
La modelo, la belleza, se ha preguntado ¿es esto una corrección de postura?
Sorpresa, la belleza ha podido creer en una nueva indicación.
Y no, suavemente una vez, no dos veces, volved a vuestra postura de pintor.
Y no, la belleza no ha cedido acerca de la belleza, ni un solo dedo de una mano.
Recoged vuestros trebejos de pintor la espátula los pinceles, le ha dicho al pintor.
Cuando la belleza era realmente la belleza poniendo distancia al deseo.
¿Pero siempre ha sido así, estamos del todo seguros?
No, no del todo, no en cada ocasión, habrá habido excepciones.
Algunas veces la belleza no habrá resistido su propio deseo.
Alguna vez la emoción de la mujer habrá triunfado sobre las distancias.
Alguna vez sin duda, pero ¿y después?
Después de ponerse de nuevo en pie, ¿qué habrá pasado?
La belleza habrá vuelto seguramente a su postura.
Planteado al pintor la cuestión ¿seguimos?
Confuso él, encantado avergonzado liberado de haber pasado a través de la tela pintada del deseo.
¿Él, qué hace en esta situación, conserva todavía las distancias para sí?
¿Conserva él la tensión trágica necesaria para reanudar las distancias?
Dependerá de los casos.
Pero en el caso capital del recíproco respeto, se restablece el diálogo.
El diálogo de la mano con la tela, el lápiz el óleo, el ojo las formas.
El diálogo pues tiene lugar, sin embargo no se escucha nada.
Nada le dice nada a nada, el lápiz resulta ser de un mutismo total, dibuja escribe.
Y todo consiste en esa fuerza de diálogos callados, de gestos amorosos imitados.
Toda esa conversación a base de palabras convertidas en su silencioso contrario.
Todo ese largo suspense de palabras retenidas en las dos bocas cerradas.
Una de ellas fina y sonriente, como sonriendo hacia el interior de sí misma.
Crispada la otra, labios nerviosos a causa de la insatisfecha apreciación.
Será por supuesto esa retención de la palabra en provecho de los trazos aquello que proporcionará la belleza.
La belleza es una mujer que podría hablar, una mujer que va a hablar.
¡Pero silencio! porque no debe no puede, se lo prohíbe a sí misma.
La belleza es una prohibición realizada por la propia belleza.
¿Es por ello por lo que estamos vedados por ella, vedados por la belleza?
Vedados de la belleza, suspendidos en, suspendidos de la belleza?
La belleza es un acto de amor dolorosamente amorosamente diferido.
Sólo con esa condición, sólo con ella, la belleza habla.
La belleza habla en la pintura, callemos ahora para escucharla.
Escuchémosla por nosotros mismos cómo habla todas las palabras que conserva dentro de ella.
Porque la pintura es como la palabra en una conversación sagrada.
Porque la pintura es como la consagración de la palabra en una conversación profana.
Contemplad a la mujer envuelta en un manto de piel de Pedro-Pablo Rubens.
La belleza hecha mujer en la mirada del pintor de Amberes.
Por no hablar de todo lo que Rubens dice aquí, antes de Rembrandt.
Dejemos esto, dejemos a la historia la encarnación profana de la belleza.
La propia historia de la pintura lo escribirá en los libros, lo hablará en los micrófonos.
Dejemos a los demás hablar de esto, hablar esto.
Otra conversación tiene lugar por debajo, más allá, por dentro.
Escuchemos a Rubens, como hubiera dicho Paul Claudel el antiguo embajador en Amsterdam.
Hay que escuchar la pintura con la oreja, el ojo ligado a la oreja.
Escuchemos a Pedro-Pablo Rubens, ¿podéis escucharlo hablar en voz baja?
Habla, habla mientras pinta, llama en voz baja.
Llama a su modelo, Helena su mujer, Helena Fourment su mujer.
Él tiene cincuenta y nueve sesenta años, tiene aproximadamente esa edad.
No le quedan más que dos años de vida, no lo sabe, lo sabe.
Lo sabe como hombre de esa época que ha logrado llenar su vida.
Pinta a su mujer contra el horizonte de la muerte, la limita.
La llama en voz baja, es su alma de enamorado la que habla a su pesar.
Tú que tienes dieciocho veinte años quizá alguno más, Helena oh Helena,
¿Me oyes llamarte como te llamaré cuando ya no esté?
Mañana dentro de un rato ya no escucharás mi voz ya no te escucharé.
Ya no habrá palabra alguna entre nosotros, estaré entre las nubes del cielo.
Volaré subiré entre las ascensiones celestes que ya he prefigurado.
¿Estaré muy lejos en el azul en la opacidad de los vapores, quién sabe?
Habrá mucha gente allá arriba, no he pintado el Infierno, habrá una multitud.
Ya nunca más me escucharás hablar, el concierto de los ángeles oscurecerá mi voz.
¿Por qué boca en qué lengua seguiremos conversando?
¿Avecilla mía mi carne mi desnudez profana, me escuchas hablarte en voz baja?
¿Me escuchas hablarte a través del manto de cibelina que extiendo sobre tu espalda?
Nos hablaremos eternamente a través del manto negro de tu toisón.
Déjame enrollarte envolverte hasta el final en un tejido de caricias.
Helena eres la hija de los tapiceros de Amberes, eres manto eres de piel espesa.
En nuestro palacio genovés de Amberes, cuando te pasees, aguza el oído.
No escucharás mi voz ni en el cielo ni en la tierra ni desde cualquier ribera del Escalda.
No te llamaré por la desembocadura del río que fluye a nuestras espaldas.
Pero ven hasta la tela, ven al retrato de ti misma tu belleza envuelta en pieles.
Het Pelsken, Het Pelsken, acuérdate del día en que posamos, tú y yo.
Posamos a ambos lados de la tela, de la mampara de colores nuestra piel.
Te hice el Reverso de mí, te pinté al envés de ti mi bella mujer de Amberes.
Te vestí dentro de la desnudez de Eva nuestra madre, la inversión de la ropa.
Al mirarte azul de azur mío, mi terrícola nebulosa, me escucharás hablar.
Al escucharme hablar me sentirás acariciarte, seré yo pintándote con las manos.
La belleza es el recuerdo anticipado de todos los gestos de amor que nos callamos.
La belleza es el toisón negro de todas las noches que habrán atravesado nuestro cuerpo.
La belleza es el envés de nuestras pieles animales, de nuestras mucosas mortales.
La belleza, abrazamos la palabra entre los labios, guardará silencio.

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Darras, Jacques. Arqueología del agua. Antología 1988-2001. (Trad. Miguel Veyrat). Madrid; Ed. Libros del aire, 2011.

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  1. junio 12, 2021 a las 12:36 pm

    Sin palabras. Cualquiera rompería la dimensión de la belleza que nos acaba de entregar este poema. Me inclino ante Rubens y ante Jacques descubridor de lo velado, con celeridad de océano. Celebro al traductor que nos navega como un bajel por los invulnerables caminos del amor. . Y elogio a Héctor por este increíble regalo forjado de sagrado misterio, de pura revelación.

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