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CANTO SEXTO -extracto-

 

xxxxxV

xxxEn un banco del Palais-Royal, del lado izquierdo y no lejos del estanque, un individuo, que llega de la calle Rivoli, ha venido a sentarse. Tiene los cabellos en desorden y su ropa delata la acción corrosiva de una larga indigencia. ha hecho un agujero en el suelo con un trozo de madera puntiagudo y ha llenado de tierra el hueco de su mano. Se ha llevado ese alimento a la boca para arrojarlo precipitadamente. Ha levantado y, apoyando su cabeza en el banco, ha dirigido sus piernas hacia arriba. Pero como esa postura funambulesca está fuera de las leyes de la gravitación que rigen el centro de gravedad, ha caído pesadamente sobre el asiento, con los brazos colgando, la gorra tapándole la mitad de la cara y las piernas sacudiendo la gravilla en una situación de equilibrio inestable, cada vez menos tranquilizadora. Durante mucho tiempo permanece en esa posición. Cerca de la entrada medianera del norte, al lado de la rotonda donde se sitúa el salón del café, el brazo de nuestro héroe está apoyado en la verja. Su mirada recorre la superficie del rectángulo, de forma que no deja fuera ninguna perspectiva. Después de finalizar la investigación y cuando sus ojos vuelven sobre sí mismos, descubre, en medio del jardín, a un hombre que hace una gimnasia titubeante en un banco sobre el cual se esfuerza en mantenerse, realizando prodigios de fuerza y habilidad. Pero ¿qué puede la mejor intención, consagrada al servicio de una causa justa, contra los desórdenes de la alineación mental? Se ha acercado al loco, le ha ayudado con benevolencia a que su dignidad recobre una posición normal, le ha tendido la mano y se ha sentado con él. Se da cuenta de que su locura es intermitente; el acceso ha desaparecido y su interlocutor responde con lógica a todas las preguntas. ¿Es necesario dar cuenta del sentido de sus palabras? ¿Para qué volver a abrir, con premura blasfema, una página al azar del infolio de las miserias humanas? No hay nada que contenga una enseñanza más fecunda. Aun cuando no tuviera ningún suceso verdadero que contar, inventaría relatos imaginarios para trasvasarlos a vuestro cerebro. Pero el enfermo no lo es por gusto y la sinceridad de sus informes armoniza maravillosamente con la credulidad del lector. «Mi padre era carpintero en la calle de la Verrerie… ¡Que la muerte de las tres Margaritas caiga sobre su cabeza, y que el pico del canario le roa eternamente el eje del bulbo ocular! Había contraído la costumbre de emborracharse; en ese estado, cuando volvía a casa, después de haber recorrido los mostradores de las tabernas, su furor era casi inconmensurable y golpeaba indistintamente a todos los objetos que tenía delante. Pero pronto, ante los reproches de sus amigos, se corrigió totalmente, aunque convirtiéndose en una persona taciturna. Nadie se le podía acercar, ni siquiera nuestra madre. Guardaba un secreto resentimiento contra la idea del deber que le impedía seguir su capricho. Yo había comprado un canario para mis tres hermanas; era para mis tres hermanas el canario que yo había comprado. Ellas lo metieron en una jaula, encima de la puerta, y los viandantes siempre se detenían para escuchar los cantos del pájaro, admirar su gracia fugitiva y estudiar sus sabias formas. Más de una vez mi padre había ordenado que hicieran desaparecer la jaula y su contenido, pues creía que el canario se burlaba de su persona, arrojándole lo mejor de las aéreas cavatinas de su talento de vocalista. Fue a descolgar la jaula del clavo y, cegado por la cólera, resbaló de la silla. Una leve excoración de la rodilla fue el trofeo de su empresa. Después de permanecer algunos segundos presionando la parte hinchada con una viruta, arregló el pantalón, con el ceño fruncido, y, tomando mayores precauciones, se puso la jaula bajo el brazo y se dirigió al fondo del taller. Allí, a pesar de los gritos y de las súplicas de su familia (queríamos mucho a aquel pájaro, que era para nosotros como el genio protector de la casa) aplastó con sus tacones claveteados la jaula de mimbre, mientras nos mantenía a distancia con una garlopa que blandía por encima de su cabeza. El azar hizo que el canario no muriera en el acto; ese copo de plumas vivían aún, pese a la mancha sanguinolenta. El carpintero se alejó  y cerró de un portazo. Mi madre y yo nos esforzamos por retener la vida del pájaro, a punto de escaparse; esperaba su fin y el movimiento de sus alas era como el espejo de la suprema convulsión de la agonía. Durante ese tiempo las tres Margaritas, al advertir que no quedaba ninguna esperanza, de común acuerdo se tomaron de la mano y la cadena viviente, después de haber apartado unos pasos un barril de grasa, fue a acurrucarse detrás de la escalera junto a la caseta de nuestra perra. Mi madre continuaba con su tarea, sosteniendo al canario entre sus manos para calentarlo con su aliento. Yo corría enloquecido por todas las habitaciones tropezando con muebles y pertrechos. Alguna que otra vez, una de mis hermanas asomaba la cabeza por debajo de la escalera para informarse de la suerte del infeliz pájaro y la retiraba tristemente. El animal había salido de su caseta y, como si hubiera comprendido la magnitud de nuestra desgracia, lamía, con la lengua del estéril consuelo, los vestidos de las tres Margaritas.  Al canario no le quedaban más que unos instantes de vida. A su vez, una de mis hermanas (la más joven) asomó su cabeza en la penumbra formada por el enrarecimiento de la luz. Vio que mi madre empalidecía y que el pájaro, en la última manifestación de su sistema nervioso, levantaba el cuello por un instante, para volver a caer inmóvil para siempre. Dio la noticia a sus hermanas. No dejaron oír ningún murmullo, ni la menor queja. El silencio reinaba en el taller. Tan sólo se oía el crujido intermitente de los fragmentos de la jaula que, en virtud de la elasticidad de la madera recobraba en parte, su posición primitiva. Las tres Margaritas no dejaban caer ni una sola lágrima y sus rostros no perdían su purpúrea lozanía; no… solamente permanecían inmóviles. Se arrastraron hasta el interior de la caseta y se tendieron sobre la paja, una al lado de otra, mientras la perra, testigo pasivo de sus maniobras, las observaba con asombro. Mi madre las llamó varias veces, sin que tuviera ninguna respuesta. ¡Probablemente dormían, fatigadas por las emociones anteriores! registró todos los rincones de la casa sin descubrirlas. Siguió a la perra, que le tiraba del vestido, hasta la caseta. La mujer se agachó y metió la cabeza por la entrada. El espectáculo que tuvo ocasión de presenciar, dejando aparte de las exageraciones malsanas del miedo maternal, no podía ser sino desgarrador, según suposiciones de mi espíritu. Encendí una vela y se la di: de esa manera no se le escaparía ningún detalle. La madre retiró su cabeza cubierta de paja del prematuro sepulcro, y me dijo: “Las tres Margaritas están muertas”. Como no podíamos sacarlas de ese sitio, pues, daos cuenta de esto, estaban las tres estrechamente abrazadas, fui a buscar un martillo al taller para romper la vivienda canina. Me puse inmediatamente a la obra de demolición, y los viandantes pudieron creer, por poca imaginación que tuvieran, que no faltaba trabajo en nuestra casa. Mi madre, impaciente por la demora que, no obstante, era inevitable, se rompía las uñas contra las tablas. Por fin se terminó la operación del rescate negativo. La perrera rajada se abrió por todos lados y pudimos retirar de los escombros, una después de otra y tras haberlas separado con dificultad, a las hijas del carpintero. Mi madre abandonó el país. Yo no he vuelto a ver a mi padre. Dicen de mí que estoy loco e imploro la caridad pública. Lo que sé es que el canario ya no canta». El oyente aprueba en su interior este nuevo ejemplo que viene a apoyar sus repugnantes teorías. Como si a causa de un hombre, en otro tiempo esclavo del vino, se tuviera derecho a acusar a todo el género humano. Tal es al menos la reflexión paradójica que quiere introducir en su espíritu, pero sin que ésta logre expulsar del mismo las importantes enseñanzas de la grave experiencia. Consuela al loco con fingida compasión y le enjuga las lágrimas con su propio pañuelo. Le lleva a un restaurante y comen en la misma mesa. Van a casa de un sastre de moda y viste a su protegido como si fuera un príncipe. Llaman a la portería de un gran edificio de la calle Saint-Honoré e instala al loco en un lujoso apartamento del tercer piso. El bandido le obliga a aceptar su dinero, y tomando el orinal de debajo de la cama lo coloca sobre la cabeza de Aghone. «Te corono rey de las inteligencias —exclama con énfasis premeditado— y acudiré a ti a la menor llamada: saca a manos llenas de mis cofres, te pertenezco en cuerpo y alma. Por la noche devolverás la corona de alabastro a su sitio habitual, con permiso para utilizarla, pero al llegar el día, cuando la aurora ilumine las ciudades, póntela de nuevo sobre la cabeza como símbolo de tu poder. Las tres Margaritas revivirán en mí, sin contar con que yo seré tu madre». Entonces, el loco retrocedió unos pasos como si fuera la presa de una insolente pesadilla; las líneas de la felicidad se dibujaron en su rostro, arrugado por las penas; se arrodilló, lleno de humildad, a los pies de su protector. ¡El agradecimiento se había introducido, como un veneno, en el corazón del loco coronado! Quiso hablar y su lengua se detuvo. Inclinó su cuerpo hacia adelante y cayó sobre las baldosas. El hombre de labios de bronce se va. ¿Cuál era su propósito? Conseguir un amigo a toda prueba lo bastante ingenuo como para obedecer cualquiera de sus órdenes. El azar le había favorecido, pues no podía haber encontrado nada mejor. El que encontró tendido en un banco ya no sabe, a raíz de un suceso de su juventud, distinguir el bien del mal. Es precisamente Aghone la persona que él necesita.

 

 

 

Ducasse, Isidore. Los cantos de Maldoror (Trad. Ángel Pariente). Valencia; Ed. Pre-textos, 2000.

 

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