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CANTO TERCERO -extractos-

 

xxxHe aquí a la loca que pasa bailando mientras recuerda vagamente algo. Los niños la persiguen a pedradas, como si fuera un mirlo. Enarbola un bastón y con él les amenaza, pero continúa su carrera. Ha perdido un zapato y no lo advierte. Largas patas de araña circulan por su nuca, aunque no son más que sus cabellos. Su rostro ya no parece un rostro humano y emite carcajadas como la hiena. Deja escapar trozos de frases en los que, uniéndolos, muy pocos encontrarían un significado. Su vestido, con numerosas roturas, se mueve bruscamente en torno a sus piernas huesudas y sucias de barro. Camina hacia adelante, como la hoja del álamo, aventada (ella, su juventud, sus ilusiones y su pasada felicidad, que vuelve a ver a través de las brumas de una inteligencia destruida) por el torbellino de las facultades inconscientes. Ha perdido su gracia y su belleza primitivas; su caminar es innoble y su aliento exhala aguardiente. Deberíamos asombrarnos si los hombres fueran felices en esta tierra. La loca no hace reproches, pues es demasiado orgullosa para quejarse, y morirá sin haber revelado su secreto a los que se interesan por ella, a quienes ha prohibido que le dirijan la palabra. Los niños la persiguen a pedradas, como si fuera un mirlo. Ha dejado caer de su seno un rollo de papel. Lo recoge un desconocido, se encierra toda la noche en su casa y lee el manuscrito que dice lo siguiente: «Después de muchos años de esterilidad, la Providencia me envió una hija. Durante tres días me arrodillé en las iglesias dando las gracias al gran nombre de Aquel que al fin me había concedido mis deseos. Alimenté con mi propia leche a la que era más que mi vida y a la que veía crecer rápidamente, dotada de todas las cualidades del alma y del cuerpo. La niña me decía: ‘Quisiera tener una hermanita para divertirme con ella; pide a Dios para que me envíe una. Para recompensarle tejeré para él una guirnalda de violetas, hierbabuena y geranios’. Por toda respuesta la levanté hasta mi pecho y la besé con amor. Había aprendido a interesarse por los animales, y me preguntaba por qué la golondrina se conforma con rozar en su vuelo las chozas sin atreverse a entrar. Yo ponía un dedo sobre mi boca, como indicándole guardase silencio sobre esa grave cuestión, cuyos fundamentos aún no quería hacerle ver, con el fin de que las sensaciones excesivas no golpeasen su imaginación infantil, y me apresuraba a desviar la conversación sobre este asunto, penoso de tratar para cualquier ser perteneciente a la raza que ha impuesto una dominación injusta sobre los demás animales de la creación. Cuando hablaba de las tumbas del cementerio, diciendo que se respiraban en esa atmósfera los agradables perfumes de los cipreses y de las siemprevivas, evitaba contradecirla, aunque diciéndole que era la ciudad de los pájaros y que, allí, cantaban desde la aurora hasta el crepúsculo, y que las tumbas eran los nidos donde pasaban la noche con sus familias después de levantar el mármol. Yo misma le había hecho los hermosos vestidos que la cubrían, y también los encajes de mil arabescos que le reservaba para el domingo. En invierno tenía su legítimo lugar frente a la chimenea, pues ella se creía persona seria. Durante el verano, la pradera reconocía la suave presión de sus pies cuando se aventuraba, con su red de seda sujeta al extremo de un junco, detrás de los colibríes plenos de independencia y de las mariposas de irritantes zigzagueos. ‘¿Qué haces, pequeña vagabunda, mientras la sopa y la impaciente cuchara te esperan desde hace una hora?’ Saltando a mi cuello, gritaba que no volvería a suceder. Al día siguiente, se escapaba de nuevo a través de las margaritas y de las resedas, entre los rayos del sol y el vuelo zigzagueante de los insectos efímeros, conociendo sólo la prismática copa de la vida y no sus hieles, feliz de ser más grande que los pájaros, burlándose de la curruca que no canta tan bien como el ruiseñor, sacando con disimulo la lengua al desagradable cuervo que la miraba paternalmente; y graciosa como un gatito. No iba a disfrutar mucho tiempo de su presencia. Se acercaba el momento en que ella tendría, de forma inesperada, que despedirse de los encantos de la vida, abandonando para siempre la compañía de las tórtolas, de las gangas y de los verderones, abandonando los parloteos del tulipán y de la anémona, los consejos de las hierbas de los pantanos, el espíritu incisivo de las ranas y el frescor de los arroyos. Me contaron lo que había pasado, ya que no estuve presente en el suceso que tuvo consecuencia la muerte de mi hija. Si hubiera estado allí la habría defendido a costa de mi sangre… Maldoror paseaba con su buldog. Ve a una jovencita que duerme a la sombra de un plátano y la confunde con una rosa. No se puede saber qué pasó primero por su espíritu, si la visión de la niña o la resolución que tomó después. Se desviste rápidamente, como alguien que sabe lo que hace. Desnudo como una piedra se arroja sobre el cuerpo de la joven, le levanta el vestido para cometer un atentado contra el pudor… ¡a la luz del día! ¡No le importa nada!… No insistamos sobre este acto impuro. Disgustado, se viste precipitadamente, mira con prudencia el polvoriento camino, por donde no pasa nadie, y ordena al buldog estrangular con sus mandíbulas a la joven ensangrentada. Dirige al perro de la montaña hacia el sitio donde respira y grita la doliente víctima, y se aparta para no ser testigo de la penetración de los afilados dientes en las rosadas venas. El cumplimiento de esta orden pudo parecerle severo al buldog. Creyó se le pedía lo que ya había sido hecho y se limitó, ese lobo de hocico monstruoso, a violar a su vez la virginidad de la delicada niña. De su desgarrado vientre, la sangre corre de nuevo por sus piernas hasta la pradera. Sus gemidos se unen a los lamentos del animal. Para que la respete, la joven le muestra la cruz de oro que adorna su cuello; cruz que no se había atrevido a mostrar a los feroces ojos de aquel que había sido el primero en tener el pensamiento de aprovecharse de su frágil edad. El perro no ignoraba que, si desobedecía a su amo, un cuchillo lanzado desde dentro de la manga le desgarraría, sin avisar, las entrañas. Maldoror (¡cuánta repugnancia al pronunciar su nombre!) escuchaba la dolorosa agonía, asombrándose de la resistencia de la víctima, que aún no estaba muerta. Al aproximarse al altar del sacrificio, ve la conducta de su buldog, librado a sus bajas inclinaciones, con la cabeza levantada por encima de la joven, como el náufrago levanta la suya por encima de la furia de las olas. De una patada le parte un ojo. El buldog, enfurecido, huye arrastrando por el camino, durante lo que pareció mucho trecho, aunque en realidad no lo fue tanto, el cuerpo de la joven, que sólo se libera por los bruscos movimientos de la huida; pero teme atacar a su amo, al que no volverá a ver. Éste saca de su bolsillo una navaja americana de diez o doce hojas que sirve para distintos usos. Abre las patas angulosas de la hidra de acero y, provisto de semejante escalpelo, viendo que el césped aún conserva el color a pesar de la sangre derramada, se dispone, sin palidecer, a hurgar con decisión en la vagina de la desdichada joven. Del agujero ensanchado saca sucesivamente los órganos: los intestinos, los pulmones, el hígado y también el corazón mismo son arrancados de su lugar y trasladados a la luz del día por la espantosa abertura. El sacrificador se da cuenta de que la niña, pichón vacío, está muerta desde hace tiempo, abandona la creciente perseverancia de su destrozo y deja que el cadáver vuelva a dormir a la sombra del plátano. Recoge la navaja, caída a unos pasos. Un pastor, testigo del crimen, cuyo autor no fue descubierto, sólo lo contó mucho tiempo después, cuando tuvo la seguridad de que el criminal había pasado sin percance la frontera y de que no tenía que temer la venganza segura que hubiera caído sobre él en caso de descubrirlo. Compadecí al insensato que había cometido una fechoría que el legislador no había previsto y que no tenía precedentes. Le compadecí porque es probable que hubiera perdido la razón cuando manejó el puñal con la hoja cuatro veces triple, desgarrando completamente las paredes de las vísceras. Le compadecí porque, si no estaba loco, su vergonzosa conducta, al ensañarse así en la carne y las arterias de la niña inofensiva que fue mi hija, sólo podría explicarse por la incubación de un gran odio contra sus semejantes. Asistí al entierro de sus restos con muda resignación y vengo diariamente a rezar sobre su tumba». Al finalizar la lectura, el desconocido pierde sus fuerzas y se desvanece. Recobra el conocimiento y quema el manuscrito. Había olvidado ese recuerdo de su juventud (¡la costumbre embota la memoria!) y después de veinte años de ausencia regresaba a este país fatal. ¡No comprará buldogs…! ¡No conversará con los pastores…! ¡No irá a dormir a la sombra de los plátanos…! Los niños la persiguen a pedradas, como si fuera un mirlo.

 

* * *

 

xxxUna linterna roja, bandera del vicio, suspendida en la extremidad de una barra, balanceaba su armazón al látigo de los vientos sobre una puerta maciza y carcomida. Un corredor sucio que olía a muslo humano daba a un patio donde gallos y gallinas, más delgados que sus alas, buscaban su comida. En la pared situada hacia el oeste, que servía como cerco al patio, habían sido parsimoniosamente hechas varias aberturas cerradas con portillos de rejas. El musgo cubría esa parte del edificio que, sin duda, había sido un convento y se utilizaba en la actualidad, con el resto de la construcción, como residencia para esas mujeres que enseñan diariamente a los que entran, y a cambio de algo de oro, el interior de su vagina. Yo estaba sobre un puente cuyos pilares se hundían en el agua fangosa de un foso de circunvalación. Desde la altura contemplaba en el campo esa construcción, inclinada sobre su vejez, y los menores detalles de su arquitectura interior. A veces, la reja de un portillo se elevaba rechinando, como impulsada hacia arriba por una mano que violentaba la naturaleza del hierro. Un hombre asomaba la cabeza por la abertura practicable a medias, avanzaba los hombros sobre los que caía el yeso desconchado, y hacía seguir, en esa extracción laboriosa, su cuerpo cubierto de telarañas. Poniendo sus manos como una corona sobre las inmundicias de toda clase que hollaban el suelo con su peso, mientras aún tenía la pierna enganchada en las curvaturas de la reja, recuperaba así su postura natural y sumergía sus manos en una tambaleante cubeta, cuya agua jabonosa había visto levantarse y caer a generaciones enteras, alejándose después, con la mayor rapidez posible, de las callejuelas del suburbio para ir a respirar el aire puro en el centro de la ciudad. Después de salir el cliente, una mujer completamente desnuda aparecía también del mismo modo y se acercaba a la misma cubeta. En ese momento los gallos y las gallinas, atraídos por el olor seminal, acudían en tropel desde los diversos rincones del patio, la tiraban por tierra a pesar de sus vigorosos esfuerzos, pisoteaban su cuerpo como si fuera estiércol, desollando a picotazos, hasta hacerlos sangrar, los labios fláccidos de su vagina hinchada. Las gallinas y los gallos, con su gaznate lleno, volvían a escarbar la hierba del patio; la mujer, limpia ya, se levantó temblando, cubierta de heridas, como quien se despierta después de una pesadilla. Dejó caer el trapo que había traído para secar sus piernas y, no necesitando ya la cubeta común, regresó a su cubil de la misma manera que había salido para aguardar a otro cliente. ¡Ante ese espectáculo, yo, también, quise entrar en la casa! Me disponía a bajar del puente cuando vi, sobre el entablamento de un pilar, esta inscripción en caracteres hebreos: «Caminante que pasas por este puente, no vayas a esa casa. El crimen y el vicio residen en ella. Un día, los amigos de un joven que había franqueado la puerta fatal, lo esperaron inútilmente». La curiosidad venció al temor. Al cabo de unos minutos, llegué delante del portillo cuya reja tenía sólidos barrotes que se entrecruzaban estrechamente. Quise mirar al interior a través del espeso tamiz. Al principio no pude ver nada, pero pronto comencé a distinguir los objetos que estaban en el cuarto oscuro, gracias a los rayos de sol que ya disminuían su luz y estaban a punto de desaparecer por el horizonte. La primera y única cosa que atrajo mi vista fue un bastón rubio, compuesto de cornetillas que penetraban unas en otras. ¡El bastón se movía! ¡Caminaba por el cuarto! Sus sacudidas eran tan fuertes que el suelo oscilaba; con sus dos extremos hizo dos enormes boquetes en el muro, como si fuera un ariete al que se lanza contra la puerta de una ciudad asediada. Sus esfuerzos eran inútiles, ya que los muros estaban construidos con sillares y, cuando golpeaba la pared, lo veía doblarse como una hoja de acero y rebotar como una pelota. ¡El bastón no era, pues, de madera! Pronto noté que se enrollaba y desenrollaba con facilidad, como una anguila. Aunque era tan alto como un hombre, no se mantenía derecho. Lo intentaba a veces, y enseñaba una de sus puntas delante de la reja del portillo. Daba saltos impetuosos y caía de nuevo a tierra sin poder derribar el obstáculo. Me dispuse a mirarlo con más atención ¡y me di cuenta de que era un cabello! Después de una fuerte lucha con la materia que le rodeaba como una prisión, fue a apoyarse en el lecho que había en el cuarto, con la raíz reposando sobre una alfombra y la punta adosada a la cabecera. Después de unos instantes de silencio, durante los cuales oí unos sollozos entrecortados, alzó la voz y dijo: «Mi mano me ha olvidado en este cuarto y no viene a buscarme. Se levantó de este lecho en el que estoy apoyado, peinó su cabellera perfumada sin darse cuenta de que yo había caído al suelo. No obstante, si me hubiera recogido, no me habría parecido sorprendente ese acto de simple justicia. me abandona entre las cuatro paredes de este cuarto, después de haberse arrebujado entre los brazos de una mujer. ¡Y qué mujer! Las sábanas todavía están sudorosas de su tibio contacto y conservan, en su desorden, las huellas de una noche de amor…» ¡Y yo me preguntaba quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos se pegaban a la reja con más energía…! «Mientras la naturaleza entera dormitaba en su castidad, él se apareó, con abrazos lascivos e impuros, con una mujer envilecida. Se rebajó hasta dejar acercarse a su augusto rostro unas mejillas ajadas, despreciables a causa de su impudicia habitual. No se avergonzaba, pero yo me avergonzaba por él. No hay duda de que era dichoso al dormir con semejante esposa de una noche. La mujer, asombrada por el aspecto majestuoso de su huésped, besándole el cuello con frenesí, parecía gozar de voluptuosidades incomparables». ¡Y yo me preguntaba quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos se pegaban a la reja con más energía…! «Durante esos momentos, sentía que unas pústulas envenenadas, que crecían cada vez más a causa del ardor insólito de los goces de la carne, rodeaban mi raíz con su bilis mortífera, absorbiendo, con sus ventosas, la sustancia engendradora de mi vida. Cuanto más se abandonaban a sus movimientos insensatos, más sentía decrecer mis fuerzas. En el instante en que los deseos corporales alcanzaban el paroxismo del furor, advertí que mi raíz se doblaba sobre sí misma como el soldado al que hiere una bala. Al extinguirse en mí la llama de la vida, me separé de su cabeza ilustre, como una rama seca. Caí al suelo, sin ánimo, sin fuerza, sin vitalidad, ¡pero con una profunda lástima por aquel al que pertenecía, pero con un eterno dolor por su voluntario extravío…!» ¡Y yo me preguntaba quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos se pegaban a la reja con más energía…! «¡Si hubiera, al menos, prodigado su alma en el seno inocente de una virgen, ella habría sido más digna de él y la degradación habría sido menor! ¡Sus labios besan esa frente cubierta de lodo que los hombres han pisoteado con sus talones polvorientos…! ¡Aspira, con sus narices desvergonzadas, las emanaciones de esos dos sobacos húmedos…! Vi contraerse de vergüenza la membrana de los sobacos mientras, a su vez, las narices rechazaban esa respiración infame. Pero ninguno de los dos, ni él ni ella, prestaban atención, ni a los solemnes avisos de los sobacos ni a la repulsión pálida y lúgubre de las narices. Ella levantaba aún más sus brazos y él, con mayor empuje, hundía la cara en sus huecos. Era el cómplice obligado de esta profanación. Yo era el espectador obligado de ese inaudito contoneo, al asistir a la unión de dos seres cuyas distintas naturalezas separaba un abismo inconmensurable». ¡Y yo me preguntaba quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos se pegaban a la reja con más energía…! «Cuando se hubo saciado de respirar a la mujer, quiso arrancarle los músculos uno a uno, pero, por ser mujer, la perdonó y prefirió hacer sufrir a alguien de su sexo. Llamó, de la celda vecina, a un joven que había venido a pasar unos momentos despreocupados con una de las mujeres y le ordenó colocarse a un paso de sus ojos. Por mi parte hacía tiempo que yacía en el suelo y, sin fuerzas para levantarme sobre mi raíz ardiente, no pude ver lo que hicieron. Sólo sé que, apenas el joven estuvo cerca de sus manos, jirones de carne cayeron junto a mí, a los pies de la cama. Éstos me contaron, sin alzar la voz, que habían sido arrancados de los hombros del adolescente por las garras de mi amo. Al fin, después de algunas horas, durante las cuales había luchado contra una fuerza superior, se levantó del lecho y se retiró majestuosamente. Literalmente desollado de los pies a la cabeza, arrastraba por las losas de la habitación las colgaduras de su piel. Se decía a sí mismo que se carácter era muy bondadoso, que también tenía por buenos a sus semejantes y que por todo esto había accedido a la pretensión del distinguido extranjero que lo había llamado a sus presencia, pero que nunca, nunca, hubiera creído que iba a ser torturado por un verdugo. Por semejante verdugo, añadió después de una pausa. Por último, se dirigió hacia el portillo, que se abrió piadosamente hasta el nivel del suelo ante la presencia del cuerpo desprovisto de epidermis. Sin abandonar su piel, que aunque sólo fuera como capa aún podía serle útil, intentó desaparecer de ese sitio peligroso. Después de alejarse del cuarto, no pude ver si había tenido fuerzas para ganar la puerta de salida. ¡Oh, las gallinas y los gallos, a pesar de su hambre, se alejaban respetuosamente del largo reguero de sangre que empapaba la tierra!». ¡Y yo me preguntaba quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos se pegaban a la reja con más energía…! «Entonces, aquel que debería cuidar más su dignidad y su justicia, se levantó, penosamente, sobre su fatigado codo. ¡Solo, sombrío, asqueado y horrible…! Se vistió lentamente. Las monjas, sepultadas desde hacía siglos en las catacumbas del convento, al despertarse sobresaltadas por los entremezclados ruidos de esa noche horrible, que venían de una celda situada encima de sus sepulturas, cogiéndose de la mano vinieron a formar una ronda fúnebre en torno suyo. Mientras buscaba los restos de su antiguo esplendor, mientras lavaba sus manos con un escupitajo secándolas después en sus cabellos (era preferible lavarlas con el escupitajo que no lavarlas, después de una noche entera dedicada al vicio y al crimen), las monjas entonaron las lamentables oraciones previstas para cuando los muertos descienden a la tumba. En efecto, el joven no debía sobrevivir al suplicio infligido por una mano divina y agonizó durante el canto de las monjas…» Recordé la inscripción del pilar, comprendí lo que había sucedido al adolescente soñador, al que sus amigos aún esperaban cada día desde que desapareció… ¡Y yo me preguntaba quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos se pegaban a la reja con más energía…! «Los muros se separaron para dejarle pasar. Las monjas, al verle emprender el vuelo con las alas que hasta entonces tenía escondidas bajo su vestido de esmeralda, volvieron a colocarse en silencio bajo la losa de sus tumbas. Ha partido hacia su morada celestial dejándome aquí, y eso no es justo. Los demás cabellos permanecen en su cabeza y yo yazgo en este cuarto lúgubre, sobre el piso cubierto de sangre coagulada, de jirones de carne seca; este cuarto se ha vuelto maldito después de su venida, nadie entra y, mientras tanto, aquí estoy encerrado. ¡Nadie puede socorrerme! No volveré a ver a las legiones de ángeles marchando en formación cerrada, ni a los astros paseándose por los jardines armónicos. Bien, sea…, sabré soportar mi desdicha con resignación. Pero no dejaré de decir a los hombres lo que ha pasado en esta celda. les daré permiso para rechazar su dignidad, como si se tratara de un vestido inútil, pues tienen el ejemplo de mi amo. Les aconsejaré chupar la verga del crimen puesto que otro ya lo ha hecho…» El cabello se calló… ¡Y yo me preguntaba quién podía ser su amo! ¡Y mis ojos se pegaban a la reja con más energía…! Seguidamente estalló la tormenta y un resplandor fosforescente penetró en el cuarto. Retrocedí, a pesar mío, por no sé qué instintiva advertencia y, aunque estaba alejado del portillo, escuché otra voz, humilde y suave, temerosa de que se la oyera: «¡No des esos saltos! ¡Cállate…cállate…! ¡Si alguien te oyera! Te volveré a poner entre los otros cabellos, pero debes esperar a que el sol se acueste en el horizonte para que la noche oculte tus pasos… No te he olvidado, pero si te vieran salir me pondrías en un compromiso. ¡Si supieras lo que he sufrido desde ese momento! De vuelta al cielo, más arcángeles me rodearon con curiosidad. No quisieron preguntarme el motivo de mi ausencia. Ellos, que nunca habían osado levantar la vista hasta mí, echaban, esforzándose por descifrar el enigma, miradas estupefactas sobre mi rostro abatido, y, aunque no descubrieran el fondo del misterio, intercambiaban en voz baja sus temores al observar en mí cambios insólitos. Vertían silenciosas lágrimas; comprendían vagamente que ya no era el mismo, que me había vuelto inferior a mi identidad. Hubieran querido saber qué funesta resolución me había hecho franquear las fronteras del cielo, para venir a caer sobre la tierra y gozar las efímeras voluptuosidades que ellos mismos desprecian profundamente. Observaron sobre mi frente una gota de esperma, una gota de sangre. ¡La primera había salido de los muslos de la cortesana! ¡La segunda había saltado de las venas del mártir! ¡Estigmas odiosos! ¡Indelebles rosetas! Tendidos en los matorrales del espacio, mis arcángeles han encontrado los restos resplandecientes de mi túnica de ópalo que flotaba sobre los pueblos asombrados. No han podido reconstruirla y mi cuerpo permanece desnudo delante de su inocencia. Castigo memorable de la virtud abandonada. Mira los surcos que se han trazado un lecho sobre mis mejillas descoloridas: son la gota de esperma y la gota de sangre que pasan lentamente a lo largo de mis secas arrugas. Al llegar al labio superior, con un esfuerzo inmenso, penetran en el santuario de mi boca, atraídas, como por un imán, por las fauces irresistibles. Esas dos gotas implacables me ahogan. A mí, que hasta ese momento me había creído el Todopoderoso. Sin embargo, debo bajar la cabeza delante del remordimiento que me grita: ¡No eres más que un miserable! ¡No des esos saltos! ¡Cállate… cállate…! ¡Si alguien te oyera! Te volveré a poner entre los demás cabellos, pero debes esperar a que el sol se acueste en el horizonte para que la noche oculte tus pasos… He visto a Satán, el gran enemigo, enderezar el desorden óseo del esqueleto por encima de su entumecimiento de larva y, erguido, triunfante, sublime, arengar a sus tropas en formación, burlándose de mí, lo que sin duda merezco. ha dicho que se asombraba de que su orgulloso rival, atrapado con éxito en delito flagrante como consecuencia de un continuo espionaje, hubiera podido rebajarse hasta el punto de llegar a besar el vestido de la bribonería humana, en un largo viaje a través de los arrecifes del éter, y de provocar el deceso, con una lenta agonía, de un miembro de la humanidad. Ha dicho que este joven, triturado entre los engranajes de mis refinados suplicios, quizás hubiera llegado a ser una inteligencia genial, consolando a los hombres de este mundo, con cantos admirables de poesía y de valor, contra los golpes del infortunio. Ha dicho que las monjas del convento-lupanar no logran conciliar el sueño, dan vueltas por el patio, gesticulan como autómatas, aplastan con el pie los ranúnculos y las lilas, volviéndose locas de indignación, aunque no lo bastante para no recordar la causa que engendró esa enfermedad en su cerebro… (Helas aquí que se adelantan, revestidas con su blanca mortaja, sin hablar, cogidas de la mano. Sus cabellos caen en desorden sobre sus hombros desnudos; un ramillete de flores negras cuelga de su seno. Monjas, volved a vuestros nichos, la noche no ha llegado del todo y estamos aún al final del crepúsculo… ¡Oh cabello, lo ves por ti mismo; estoy asediado por el enfurecido sentimiento de mi depravación!). Ha dicho que el Creador, que se vanagloria de ser la Providencia de todo lo existente, se ha comportado con mucha ligereza, por no decir otra cosa, al ofrecer semejante espectáculo a los cielos estrellados, y afirmó claramente su intención de ir a contar a los planetas orbiculares de qué modo conservo, con mi propio ejemplo, la virtud y la bondad en la vastedad de mis reinos. ha dicho que el gran aprecio que tenía por un enemigo tan noble había desaparecido de su imaginación, y que prefería poner la mano sobre el pecho de una joven, aunque esto sea un acto de maldad execrable, antes que escupir sobre mi rostro cubierto de tres capas mezcladas de sangre y de esperma, por no manchar su escupitajo baboso. ha dicho que se creía, con pleno derecho, superior a mí, no por el vicio, sino por la virtud y por el pudor; no por el crimen, sino por la justicia. Ha dicho que sería preciso atarme a una columna, a causa de mis innumerables delitos; hacerme quemar a fuego lento en la brasa y arrojarme después al mar, siempre que el mar quiera recibirme. Y puesto que me jactaba de ser justo, yo, que le había condenado al castigo eterno por una rebelión menor y sin graves consecuencias, debía pues hacer severa justicia sobre mí mismo y juzgar imparcialmente mi conciencia, cargada de iniquidades… ¡No des esos saltos! ¡Cállate… cállate…! ¡Si alguien te oyera! Te volveré a poner entre los demás cabellos, pero debes esperar a que el sol se acueste en el horizonte para que la noche oculte tus pasos». Se detuvo un instante y, aunque no lo viese en absoluto, comprendí, por ese tiempo de pausa forzosa, que una ola de emoción agitaba su pecho, como un ciclón giratorio agita a una familia de ballenas. ¡Divino pecho que un día mancilló el contacto amargo de las tetas de una mujer impúdica! ¡Alma egregia, entregada en un momento de olvido al cangrejo del libertinaje, al pulpo de la debilidad de carácter, al tiburón de la bajeza individual, a la boa de la moral ausente y al caracol monstruoso de la idiotez! El cabello y su amo se abrazaron estrechamente, como dos amigos que se vuelven a ver después de una larga ausencia. El Creador continuó, igual que un acusado que compareciera delante de su propio tribunal: «¡Y qué pensarán los hombres de mí, que tanto me estimaban, al conocer los extravíos de mi conducta, el paso titubeante de mi sandalia por los laberintos enfangados de la materia, y la dirección de mi tenebrosa ruta a través de las aguas estancadas y de los húmedos juncos de la ciénaga, donde, inmerso en la niebla, azulea y muge el crimen de pata sombría…! Me doy cuenta de que es necesario de ahora en adelante trabajar duramente en mi rehabilitación, para poder así recobrar su estima. Soy el Gran Todo y, no obstante, siendo así, soy inferior a los hombres que yo mismo he creado con un poco de arena. Cuéntales una mentira audaz y diles que nunca he salido del cielo, siempre encerrado, con las preocupaciones del trono, entre los mármoles, las estatuas y los mosaicos de mi palacio. Me he presentado ante los celestes hijos de la humanidad, y les he dicho: ‘Expulsad el mal de vuestras chozas y dejad que entre al hogar el manto del bien. Aquel que ponga la mano sobre alguno de sus semejantes y le haga en el pecho una herida mortal con el hierro homicida, no espere nunca los bienes de mi misericordia y viva con temor la acción de la justicia. Irá al bosque a ocultar su tristeza, pero el ruido de las hojas, en medio de los claros, cantará en sus oídos la balada del remordimiento; y huirá de esos lugares, pinchado en la cadera por el matorral, el acebo y el cardo azul y obstaculizando su rápido caminar por la flexibilidad de las lianas y las mordeduras de los escorpiones. Se dirigirá hacia los guijarros de la playa, pero la marea alta con sus espesas nieblas y su peligrosa cercanía le recordarán que no ignoran su pasado; y se precipitará ciegamente hacia la cima del acantilado, mientras que los estridentes vientos del equinoccio, al introducirse en las grutas naturales del golfo y en las canteras excavadas bajo las paredes de las rocas resonantes, mugirán como los rebaños inmensos de los búfalos de las pampas. Le perseguirán los faros de la costa, hasta los límites del septentrión, con sus reflejos sarcásticos, y los fuegos fatuos de la ciénaga, simples vapores en combustión, con sus danzas fantásticas harán estremecerse los pelos en sus poros y verdecer el iris de sus pupilas. Que el pudor se deleite en vuestras cabañas y se encuentre seguro en vuestros campos. De este modo vuestros hijos serán bellos y se inclinarán ante sus padres con reconocimiento; si no fuera así, enfermizos y raquíticos como el pergamino de las bibliotecas, caminarán a zancadas, dirigidos por la revuelta, contra el día de su nacimiento y el clítoris de su madre impura.’ ¿Por qué iban a obedecer los hombres estas severas leyes, si el propio legislador es el primero en conculcarlas…? ¡Y mi vergüenza es tan grande como la eternidad!» Oí al cabello perdonarle humildemente su secuestro, ya que su amo había actuado así por prudencia y no por ligereza; y el último pálido rayo de sol que alumbraba mis ojos se retiró de los barrancos de la montaña. Vuelvo hacia él, le vi plegarse como un sudario… ¡No des esos saltos! ¡Cállate… cállate…! ¡Si alguien te oyera! Te volverá a poner entre los demás cabellos. Y, ahora que el sol se ha acostado en el horizonte, viejo cínico y cabello suave, arrastraos ambos lejos del lupanar, mientras la noche, extendiendo su sombra sobre el convento, cubre vuestros pasos furtivos por la llanura… En ese momento, el piojo, surgiendo repentinamente de detrás de una colina, me dijo, esgrimiendo sus garras: «¿Qué piensas de esto?» Pero yo no quise contestarle. Me retiré y llegué hasta el puente. Borré la inscripción que había y la reemplacé por la siguiente: «Es doloroso guardar, como si fuera un puñal, este secreto en el corazón; pero juro no revelar nunca aquello de lo que fui testigo cuando penetré, por primera vez, en este torreón terrible». Arrojé, por encima del parapeto, el cortaplumas que había utilizado para grabar las letras y, haciendo algunas rápidas reflexiones sobre el carácter infantil del Creador que aún haría, ¡ay! durante mucho tiempo, sufrir a la humanidad (la eternidad es larga), bien con el ejercicio de la crueldad, bien con el innoble espectáculo de los chancros que ocasiona un gran vicio, cerré los ojos, como un borracho, ante el pensamiento de tener a tal ser por enemigo y continué, tristemente, mi camino, a través del dédalo de las calles.

 

 

 

Ducasse, Isidore. Los cantos de Maldoror (Trad. Ángel Pariente). Valencia; Ed. Pre-textos, 2000.

 

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