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PASAJERO DE TRÁNSITO (2ª edición)

 

SOBRE AVIONES Y PÁJAROS

Los pájaros y los aviones
juegan a despistarnos.

Ayer tarde cayó, justo en mi patio,
un gorrión lleno de pasajeros.
Y antes de ayer sorprendí a un Boeing
piando y picoteando migajas del mantel.
Los pájaros y los aviones son metáforas nuestras,
carencias afectivas, que diría el psicólogo.
Las cigüeñas, por ejemplo,
llevan siglos transportando viajeros.
Y las gaviotas, las palomas, los zopilotes,
llevándose o trayéndonos lo que necesitamos.

No entiendo, entonces,
por qué si muere un ave
no sale en los periódicos.

 

 

 

 

UNA TARDE EN BARAJAS, I

Definitivamente, un aeropuerto
no pertenece a una ciudad concreta.
Es un país ecléctico, un desierto,
una ciudad portátil e indiscreta.
Un aeropuerto es frío e indulgente,
no hace amistad, no ríe, no saluda.
Su transparencia es blancamente muda,
su belleza es brutal, incoherente.
Un aeropuerto se maquilla tanto
—escalera mecánica, altavoces,
puerta automática…— que no tiene encanto,
que no es palpable, teme que lo roces.
Y tú te vuelves sombra y desencanto:
andas contigo y no te reconoces.

 

 

 

 

VISITA DEL PETIRROJO

Como si el mundo comenzara
bajo este árbol donde está el petirrojo
y nosotros fuésemos un grabado intemporal sobre la hierba,
mirándonos extáticos como dos colegiales.

Así, el agua de la alberca recita su mansedumbre líquida;
así, los niños corren sobre el césped;
así, el guarda silba su impaciencia monótona;
así, la sombra de los árboles endulza el paladar,
como si el mundo terminase bajo este mismo árbol.

 

 

 

 

LA OTRA VIOLENCIA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa Rafael Ángel Cos y Rafael Buzón

y todos nos tiramos contra el suelo, sobre la realidad,
porque nadie se creía culpable.
Vendedores de frutas y transeúntes,
muchachas de frágil coquetería,
niños “trabados” con sus propias caries;
todos hundimos la cabeza entre los brazos y el cemento,
imaginamos el agujero en el pecho de otro
y estrujamos entre los párpados la prensa de mañana.
Sólo la joven que tocaba el violín,
con el estuche abierto como una boca larga,
continuó su plegaria de jazz y desespero.
Se agujereó la música,
cayeron a sus pies los pedazos de aire,
se mezclaron arpegios, sangre, lágrimas.
Luego nos levantamos, nos sacudimos sobre la realidad
y nos marchamos con indiferencia
(porque nadie se creía culpable).
Sólo la joven que tocaba el violín
nos miraba, acusándonos.

 

 

 

 

ENCUENTRO LEJANO DE NUEVO TIPO

Las palomas de Plaza Nueva, en Granada,
son idénticas a las antiguas palomas de mi padre.
Recuerdo que él silbaba y las palomas parecían besarlo.
Yo no aprendí a silbar
—yo no pensé jamás venir a Plaza Nueva—
sin embargo, me miran y se acercan
con una docilidad inverosímil.
He de tener cierta manera de mirar,
cierto aire de viejo palomero.
Con un mínimo gesto de la mano,
con una leve variación del rostro,
abren las alas, comen, se enamoran.
A todos hace gracia que vengan donde yo,
que me rodeen con esa candidez de ave doméstica.
¿Sabrán acaso que mi padre ha muerto?
¿Tendrán las aves cierto código oscuro
para intuir el dolor de los hombres?
Dejo caer una lágrima y sólo así se van, se alejan,
como si oyeran aquel silbido familiar desde otra parte.

 

 

 

 

ÉL SOBREVIVE AL SOL TODOS LOS DÍAS

Un viejo de la vega de Granada
viene a ver el crepúsculo en el río
todos los días: un ritual sombrío,
un capricho final de la mirada.
Vigila su reloj. Una gastada
piedra sirve de asiento. El junquerío
y el agua del Genil siguen su frío
diálogo secular, como si nada.
El viejo anota a qué hora, en qué segundo
se oculta el sol detrás de la arboleda.
Se aburrió de mirar cambiar el mundo.
Se aburrió de vivir. Sólo le queda
el reloj, el crepúsculo, el profundo
deseo de mirarlo mientras pueda.

 

 

 

 

A LA SALIDA DE LA ALHAMBRA

Dame, gitana, el clavel,
y no me leas la mano.
Yo también seré gitano
si me escondes en tu piel,
si aceptas mi amor en el
último reducto moro.
Dime, gitana, si adoro
tu rostro, ¿qué hago conmigo?
Si empiezo a soñar contigo,
¿qué hago después?, ¿canto o lloro?

La suerte no está, gitana,
en estas líneas manuales,
ni en un clavel que regales,
ni en tu oratoria pagana.
La suerte no está, gitana,
sino en tu modo de hablar,
en tu arte para buscar
dádivas con la sonrisa.
Suerte: arena movediza,
trampa gitana, lunar.

 

 

 

 

FINAL DE VIAJE

Si has descubierto que todos los oráculos engañan,
que todos los caminos llevan a ti mismo,
qué harás con tus próximos miedos.

Si has descubierto que los astros mienten
—o quizás se equivocan—,
qué vas a hacer con tus maledicencias.

Si has descubierto
que la vieja gitana, la del pañuelo rojo,
lleva siglos timando a los viajeros,
qué harás con tantos manuscritos,
con tantas novias esperando flores.

Si has descubierto que en la vida también
eres un simple pasajero de tránsito,
qué harás, dónde lo harás y cuándo.

 

 

 

Díaz-Pimienta, Alexis. Pasajero de tránsito. Almería; Ed. Scripta Manent, 2018.

 

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