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CON LA CAL EN LOS DEDOS. ANTOLOGÍA (1982-2010)

 

Y es verdad que el vacío
pesa en el alma como el ruido incesante de los escarabajos;
es verdad que no creo
en la promesa inútil de infinito
que mi sangre proyecta
lejos del accidente de mi cuerpo vencido.
Es verdad que los años tienen garras y aristas
que socavan mi piel, estrella para nunca.
Y no hay un despertar de los sentidos,
ni un amor embustero,
ni el olor recobrado de jardines sin mármol
que me salve del roce
cruel de aquella edad insobornable.

 

 

 

 

Sé que no debo
esperar la sonrisa de la vida encerrada
entre cuatro paredes de sucios sinsabores.
Que el camino se talla en la distancia
de un fracaso a un fracaso,
en la entrega insensata, en cada vencimiento.
Sé que cuando anochece
la luz de las estrellas multiplica el instante
y los ojos reflejan
derrotas de metal, túneles de caricias,
y no hay música gris poniendo un fondo intenso
que llene las muñecas del pulso de la sangre.
Saber no es suficiente,
hace falta la savia,
la voz del corazón descubriendo certezas,
arrancándole al trote persistente del tiempo
el beso resignado, la palabra admitida,
el nuevo resplandor del amor convocado.

 

 

 

 

Probablemente
no me muero por ti (ya sé que es una hipérbole),
pero no hay duda
de que el día se ofrece con un gesto distinto
cuando tú pasas cerca.

 

 

 

 

Sentada en la oscuridad con los ojos abiertos,
los ojos desnudos muy abiertos. Viendo sin ver,
viendo pasar el tiempo que no cesa.
Oscura la mirada. Oscuro el sentimiento
de los ojos absurdos, dilatados,
viendo sin ver las horas por mi cuerpo
lo irreal
lo distinto.

 

 

 

 

MUNDOS DISUELTOS

xxxxxI

Si me creí elegida por alguien
—no sé quién—.
Si me creí distinta
a la que cada día empuñaba la vida y la vivía a sorbos
o a bocanadas grandes de ansiedad;
si una vez fui otra cosa
que esta sonrisa esquiva que aguza la intención
y emplea las palabras como flechas,
y padece la herida sin alterar el gesto.
Si acaso he sido joven, tuve fe, sentí miedo
de luchar y luché con todas mis preguntas,
es tarde para todo. Lo que pasó —cenizas
de un futuro irreal que nadie ha conocido—
no volverá a pasar: siempre es agua distinta
la que renueva el mar y da forma a las nubes.
Lo que no sucedió se ha quedado en el limbo
donde se pudren las oportunidades
que el azar descuidó.
Y a esto llamamos vida
y este afán nos extingue.

 

 

xxxxxII

Ahora que aquí, varada
en un atardecer que apaga los racimos
del día y sus promesas muertas,
presiento que la vida no guarda para mí
aquellos fugitivos destellos de pasión.
Ahora que
desnuda,
con los ojos desnudos también y el pensamiento,
me adelanto a mirar lo que el mañana esconde
detrás de su disfraz.
Ahora, sí,
cuando ya boca arriba
se han mostrado las cartas, las marcadas
etapas por jugar que me entregó el destino,
mis pies no me responden
—torpes radiografías de voluntad—,
no hay paso hacia adelante que pueda consumar, no hay retroceso limpio,
todo comprometido,
toda vida vivida, agotada,
sorbido el dulce zumo que en la copa
de renuncia y olvidos
manó del interior de dos mundos disueltos.

 

 

 

 

Si supieras que a veces
me cuesta respirar, garganta a la deriva
remontando el abismo líquido de las aguas.
Si supieras
del ansia de no hundirse,
la lucha permanente del cuerpo braceando
por mantener el ritmo de la respiración,
por desoír la dulce llamada de lo oscuro
—sirenas escondidas acechando mi sangre,
conduciendo hasta el fondo la lava de mis venas,
afilando en mis ojos su maraña
de líquenes y erizos—,
si supieras…
El peso del cuerpo oprime los pulmones,
el roce de la vida araña hasta la encía,
el goteo del alma desangra todo empuje,
todo sueño gastado,
toda alba de futuro presentida.
Ay, si supieras
que vivo a flor de agua y no sé cómo,
y ya no sé nadar
ni mantenerme.

 

 

 

 

CUALQUIERA TIEMPO PASADO

Hay momentos —la vida es un mosaico
de días y momentos—
en que no hay marcha atrás:
posar el pie supone adelantar el gesto,
seguir trazando senda, saltar en equilibrio
de una tesela a otra, cumplir años, ser tiempo
que se escapa en arena de los dedos cerrados.
Hay momentos en que todo es fluir
sin conciencia
y otros en que el sol pesa sobre la frente, abruma
con su vejez ardiente de planeta.
Abajo
donde nos agitamos, bullimos, somos vida
de criaturas atroces («¡creced, multiplicaos!»),
sufre nuestra estatura forzada al ras, al suelo,
porque alguien, niño o dios, nos arrancó las alas
jugando en una tarde de verano infinita.

 

 

 

 

DA DOLOR

Quisiera no creer que todo pasa
y todo deja herida.
Quisiera que mis ojos conservaran la lumbre
azul de la quimera, la sed de su esperanza inagotable.
Que mis brazos no crucen el gesto de defensa,
tan solo el del abrazo descuidado.
Y quisiera que nunca
el mar creciera hasta anegar el campo,
que el campo nunca fuera nuestra ilusión mermada.
Pero ¿quién ha elegido por mí la vida mía?
¿Quién decide en su fábrica lo que el cuerpo responde?
Huida, siempre huida, atrás o hacia adelante,
buscar eternamente el movimiento,
el que impide que eche el árbol raíces
y un hombre hable de tierra
donde se afianza el pie y se concibe el hijo.
Siempre de paso y lejos. Sin elección. Destino.
Siempre solo y de otros. Sin arraigo. Destino.

 

 

 

 

LA CENIZA

Del alma devastada
no surge ya la llama. Es la ceniza.

 

 

 

 

SOPLO DE EDAD

Es tan tenue la vida,
tan torpe el argumento con que atrapar deseamos
sin cesar su naufragio,
tan inútil la búsqueda de un grial prodigioso,
de un sueño construido con hilachas de viento,
que arden incombustibles nuestros días,
creemos
que lo fugaz es siempre y el presente contraste,
y caen hojas-gacela y arden bosques,
se eclipsan los paisajes que crearon
nuestros sueños de infancia,
los astros envejecen
a su pesar.

 

 

 

 

LA NADA AUSENTE

Si me arrancas los ojos
vivir bajo el volcán será condena
que tendré que cumplir.
Buscar del laberinto la salida,
saberme sed de todos mis naufragios,
hablar desde la herida
luminosa, desde la nada ausente,
desde el beso cortado.
Recobrar la palabra.

 

 

 

 

LA FIEBRE

La mujer que se esconde
detrás de estas palabras como el fruto
del almendro o la promesa tierna que eriza los castaños
no tiene ya otra voz
que este oficio insensato de decirse.
La mujer que guardaba
tras velo y celosía
todo el sol del verano
y granaba las mieses de su jardín secreto
sin ofrecer el pan, sin calmar los afanes
de los que peregrinan en busca de otra sed
y agua para abrevarla y palabras de arena.
Esa vibra e irrumpe
sin más garganta y aire que este oficio
que bautiza la niebla y le da forma
y nombra lo que es.

 

 

 

 

TRABAJOS FORZADOS

Y cada amanecer
alguien que no soy yo se incorpora en la cama
y sujeta la cuerda con la que arrastra el día
su torpe circular de azar y horas.
Cansinamente, obligatoriamente,
tirando con las manos desolladas del día.

 

 

 

 

AFASIA

Cuando ya no hay palabras en el taller del verbo
para denominar, para escupir al vértigo difuso,
brutal de la creación, siempre falsa y cambiante,
no basta moldear las letras alfareras,
la lengua se sumerge
en una soledad que arrastra en su oleaje
el silencio y su antídoto,
la espina que atraviesa la carne y es pincel.
Sentiremos, entonces, a ciegas, sin oído,
con los labios resecos por el fuego y la nada
que en el hueco que deja la voz en la memoria
vive la eternidad en su mudez de orilla.

 

 

 

 

EL MIEDO

Vivimos un ensueño de seres derrotados, de fantasmas fugaces
que buscan un aliento, un alma que no habita
sus cuerpos aturdidos.
Como niños que escapan un día del colegio
y acaba la aventura
y están solos y la noche los cerca.

 

 

 

 

EL VIAJERO

No alterar la hermosura,
vivirla.
Pasar luego de largo y que allí quede.

 

 

 

 

EL HACEDOR DE PALABRAS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTejí la oscura guirnalda de las letras: hice una puerta para
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpoder cerrar y abrir, como pupila o párpado, los mundos.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJosé Ángel Valente

Tú me dirías
que las palabras cruzan el desierto y lo engloban,
que el infinito mar
cabe en una palabra
(sal, aroma,
oleaje
y espesor líquido, el verde equivocado
y el magnético azul
y todas las sirenas con su arrullo).
Dirás que el universo se pliega ante el hechizo
que lo describe y nombra y crea al mismo tiempo.
Miro a mi alrededor y en la mañana espesa
que moja los almendros y hace llover su albura
solo
veo
palabras.

 

 

 

 

EL MANANTIAL

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEntregado a la nieve que es silencio
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJosé Luis Puerto

Cuando la vida amaine
y queden solo su eco o su espejismo,
la sal cristalizada de la lluvia,
el ascua de la estrella.
Cuando los años lleven a tierra sus pedazos
y toda conjetura sea ceniza,
los restos del milagro evaporándose.
Cuando no esperes más y esperes lo infinito,
recupera la nieve.
Su silencio.

 

 

 

Blanco, Pilar. Con la cal en los dedos. Antología (1982-2010). León; Diputación de León, 2012.

 

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