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SUEÑOS LÚCIDOS, MEMORIAS DEL OTRO LADO Y FUTUROS PASADOS

 

INSOMNIO

Después de varios años, volvió a dormir en casa de sus padres. A media noche, se despertó sobresaltado. Creyó que había alguien en la habitación. Encendió la luz y comprobó que eran imaginaciones suyas. No había allí nadie para asustarlo. Tampoco para consolarlo.

 

 

 

 

DESORIENTADO

No importa que sea Nochebuena y haya discutido con mi mujer durante la cena. No importa que haya bebido vermut, vino, cava, ginebra y ron y ahora sienta el estómago revuelto. Tampoco que me despierte en mitad de la noche con la boca pastosa y me levante a buscar un vaso de agua. Ni que decida dejar la luz apagada y camine hasta la cocina con los ojos cerrados. No. Lo único que en esta historia importa es lo que ocurre después, cuando, al regresar a tientas hacia la cama, mi brazo no alcanza a tocar la pared y, por un instante, me desoriento en la oscuridad.
xxxNo es la primera vez que me sucede algo así. Me ha pasado en hoteles y en casas ajenas. Pero jamás me había ocurrido en mi hogar. Después de más de veinte años aquí, lo conozco como mi rostro en un espejo, cada rincón, cada pequeño saliente de la pared, cada leve desconchón de la pintura. Si algún día perdiera la vista, podría moverme sin problema guiándome con esas referencias sutiles.
xxxSin embargo, por alguna extraña razón, esta noche ese mapa mínimo no me sirve. La mano yerra al intentar tocar la pared y yo siento un vértigo momentáneo. El espacio se expande y me encuentro perdido en la oscuridad. Apenas dura un segundo, quizá menos, un instante fugaz que se prolonga eternamente hasta que un pequeño movimiento del brazo logra al fin acariciar la pared y todo vuelve a su sitio.
xxxHe alargado el brazo unos centímetros menos de lo habitual. Un mínimo error de cálculo. Nada más. La pared sigue ahí. Dónde, si no. Eso, al menos, quiero pensar.
xxxConsigo llegar a la cama y, tras dejar el vaso a tientas en la mesita de noche, logro acostarme. Tapo mi cuerpo con el edredón nórdico y siento las sábanas algo más rasposas de la cuenta. Hundo la cabeza en la almohada y mi cuello no logra ajustarse del todo. Es mi cama, es mi edredón, son mis sábanas, pero algo imperceptible parece no ser igual del todo, como si ese milisegundo de pérdida de espacio me hubiera introducido en una dimensión extraña.
xxxNo sé por qué se inicia este pensamiento, pero rápidamente me hace imaginar que esta no es mi casa y que el cuerpo que tengo a mi lado no es el de mi mujer. Una idea ingenua, lo sé, pero no por eso puedo evitar que cruce mi mente. Intento poner la cabeza en otras cosas, cerrar los ojos y dormir. Pienso en las luces del árbol —deberías haberlas dejado encendidas—, en los textos que tengo que entregar esta semana, en el coche mal aparcado, pienso en las nochebuenas rutinarias y en que a veces se me hace imposible escapar al déjà vu, pienso en la discusión tonta de esta noche y en que claro que comprendo que después de diez años es normal que el deseo se desvanezca y el amor se transforme en algo diferente. Pienso en demasiadas cosas a la vez, pero no puedo evitar dejar de pensar en lo que ahora más me preocupa: ¿Y si el espacio que se ha abierto esta noche es un portal que me ha introducido en una dimensión extraña?
xxxLa habitación continúa en la más completa oscuridad, aunque los ojos, ya acostumbrados, comienzan a percibir siluetas. Levanto un poco la sábana para mirar a mi lado y observo un bulto inmóvil. Es ella, sin duda. Aunque no la vea con claridad, la reconozco. Como también reconozco todos los contornos que poco a poco empiezan a formarse en mi retina. La mesita de noche con los libros apilados, la silla con la ropa desordenada, la hebilla del cinturón como un punto de luz apuntando al suelo, la ventana entreabierta por la que penetra la mínima claridad que me hace percibir todo esto… Con esa minúscula penumbra, la sensación de extrañeza empieza a desaparecer. Y siento que la habitación vuelve a su sitio, como si el esbozo de los perfiles y las sombras lo hicieran regresar todo al presente. Incluso siento que mi cabeza por fin logra acomodarse a la almohada.
xxxEs entonces cuando la respiración de mi mujer me sobresalta. Más que una respiración parece un gruñido. Se levanta al aseo y contemplo su figura de espaldas. Enciende la luz del baño y puedo intuir su camisón blanco con flores. Es ella. No hay duda. Oigo en el aseo algo semejante a un gemido. ¿Qué te pasa?, pregunto. No me contesta y pienso que no me ha escuchado. Al poco, sale de allí y vuelve a la cama con las luces apagadas. Conoce la casa en la oscuridad. Igual que yo. Es ella. Sin duda.
xxxCuando se recuesta junto a mí, regresa el desconcierto. Y los pensamientos absurdos vuelven a mi cabeza. De nuevo, los intento apaciguar, pero no hay manera de hacerlo. ¿Y si mi mujer ya no es mi mujer?, vuelvo a pensar. Y mientras lo hago, noto cómo ella se gira hacia mí y comienza a palpar el pantalón de mi pijama. Mete su mano en mi calzoncillo y agarra con fuerza mi polla flácida. Yo me sorprendo al sentir cómo se endurece de repente. Hago el ademán de bajarme un poco el pijama y ella acaba la operación quitándomelo todo con violencia. Acerca su cabeza a mi sexo y lo introduce en su boca. Percibo la humedad de su lengua, pero también sus dientes afilados. Su respiración ronca cuando toma aire para seguir succionando.
xxxNo hablamos. Ninguno de los dos pronuncia una sola palabra. Ella deja de lengüetear y, con un movimiento rápido, se pone a horcajadas sobre mí. Húmeda como la primera vez. Es en ese momento cuando comienzo a percibir el hedor. Pienso al principio que se trata del cruce de sexos no aseados a esas horas de la noche. Pero el olor a podrido se hace cada vez más denso y yo apenas puedo contener el vómito.
xxxA pesar de ello, mi polla continúa erecta. Como cuando follábamos en el coche después de un concierto. Nos movemos en la penumbra y en ningún momento puedo siquiera intuir su rostro. El cabello largo cae sobre sus pechos y llega incluso a rozar mi vientre. Una maraña de cuerdas empapada en aceite. Me abraza con fuerza y sus uñas se clavan en mi espalda y en mi cuello. Me excito cada vez más, en el quicio sutil entre el dolor y el placer. Me gusta. Disfruto. Pero en todo momento soy consciente de que hay algo en ese cuerpo que no logro reconocer. Es mi mujer, pero no acaba de serlo del todo. Me cercioro por completo cuando soy yo quien toca su espalda y mis dedos comienzan a introducirse en su piel, como si estuvieran modelando arcilla mojada. En ese momento ella grazna con violencia y sus movimientos se vuelven aún bruscos. Y en ese instante también me posee el terror y pienso que es mejor permanecer en silencio. Obedecerla. Seguir allí, debajo de ella, sea lo que sea ella.
xxxEs lo que hago hasta el final. Hasta que exploto en su interior y, tras dejar por fin de estremecerse, se recuesta de nuevo a mi lado. Yo me quedo inmóvil, callado, en una esquina de la cama, sin coraje para moverme de allí, esperando a que amanezca y de una vez por todas se ilumine la habitación.
xxxConforme llega el día, la oscuridad se desvanece y la luz del sol comienza a entrar por la ventana. Miro temeroso hacia mi lado izquierdo y por fin puedo verla con claridad. Es ella. Mi mujer. No hay nada extraño en su rostro.
xxx—Feliz Navidad, amor —me dice al despertarse. Y me besa en la frente como si la noche no hubiera existido.
xxx—Feliz Navidad —le respondo.
xxxSe levanta al aseo y yo me quedo un momento en la cama.
xxxDesayunamos y abrimos los regalos. Unos guantes táctiles para usar el móvil en invierno. Una billetera nueva de las que no abultan en el bolsillo. Hemos sabido acertar como cada año.
xxxNos miramos a los ojos y sonreímos sin necesidad de hablarnos. Todo continúa igual, pienso. ¿Igual que cuándo?, no logro evitar preguntarme.

 

 

 

 

CORRER HACIA NINGÚN LUGAR

Paré de correr cuando oí el pitido del pulsómetro. «ASCI no puede encontrar su latido, vuelva a empezar.» Probablemente el dispositivo se había movido. Quizá el sudor había bajado un poco el cinturón del pecho.
xxxVolví a colocarlo sobre el esternón. Apreté el botón de comenzar y, de nuevo, el mismo mensaje: «no se encuentra latido.» Quizá sea el transmisor, razoné. Sí, seguro, el transmisor. Lo desconecté, abrí el compartimento de la pila, la recoloqué, cerré el dispositivo, lo volví a abrochar al cinturón y presioné de nuevo el botón. «No se encuentra latido.»
xxx¿Te imaginas que estoy muerto?, pensé. Y seguí corriendo antes de enfriarme y perder el ritmo. ¿Te imaginas que estoy muerto?, me repetí varias veces mientras reemprendía la carrera. Esto, consideré, como poco, da para un cuento. Y en ese momento se me empezó a ocurrir un relato sobre un corredor al que de repente le falla el pulsómetro, intenta arreglarlo por todos los medios, pero no puede. El pulsómetro no encuentra el pulso porque su corazón ha dejado de latir. Está muerto, pero sigue corriendo. Se da cuenta de que está muerto cuando se cruza con otros corredores por la carretera y nadie lo mira, cuando llega a casa, toca el timbre y nadie le abre, cuando espera en la acera a que salga su mujer, pero ella no lo ve, cuando poco a poco el mundo se va vaciando de gente y tan solo quedan las calles. Las calles y él, con su ropa de deportista, sus zapatillas y su pulsómetro que no marca el latido, pero sí el tiempo de ejercicio.
xxxNunca tiene sed y nunca se cansa. Así que sigue corriendo. Lo hace todos los días, en línea recta. No tiene la necesidad de parar. Cuando corre se siente vivo. El pulsómetro sigue sin marcar el ritmo cardiaco, pero él siente latir su corazón, o algo parecido. Es prodigioso. Lo único que le aflige es que ya nadie lo verá correr, ni jamás podrá contar sus hazañas. A nadie podrá decir que lleva ya más de doce años corriendo sin cesar, día y noche, que ha salido de España y ha recorrido toda Europa, que no le han frenado los vientos, el frío, la nieve, el desierto o las montañas, que ha cruzado incluso el océano y que hoy, solo hoy, ha llegado de nuevo al punto donde todo empezó y que ni siquiera se ha parado. Porque ya no hay meta. El mismo viento que antes acariciaba su rostro y aliviaba el sudor de su frente. El viento que lo propulsaba y lo hacía correr más deprisa. Eso ahora es él. Pero ya no hay nadie para verlo.
xxxEste es el cuento que escribí mentalmente mientras corría, o algo así, quizá era más largo, quizá más poético, quizá no acababa con el corredor convertido en el viento, pero el caso es que mientras yo corría los minutos que me faltaban y regresaba a casa tuve el cuento en la cabeza. Y también, durante todo el tiempo, el pulsómetro continuó sin poder encontrar mi ritmo cardiaco.
xxxJusto antes de llegar a casa, también yo noté que no estaba demasiado cansado y que podía seguir corriendo. Di tres vueltas más a la manzana y demoré la entrada al piso para no encontrarme con mi mujer y que me sacara de esa sensación de no estar en ninguna parte y pensar que ya todo se había acabado.
xxxAl final, sin embargo, la sed y el cansancio me vencieron y tuve que subir a casa. Abrí la puerta con sigilo y, sudado, antes de ducharme, me senté al ordenador para escribir el cuento. Lo hice directamente, sin pararme demasiado a pensar, sin detenerme mucho en las figuras y en la retórica. Quería escribirlo rápido. Por alguna razón, intuía que el pulsómetro estaba a punto de volver a funcionar. De nuevo iba a volver a la vida.
xxxFue entonces cuando mi mujer entró en la habitación y me dijo:
xxx—¿Qué mierda estás haciendo?
xxx—Cariño, estoy muerto —respondí irónicamente.
xxx—Desde luego. Para mí hace tiempo que lo estás.

 

 

 

 

DESTINO

Todas las noches la misma historia. El marido entra en la cocina, la tira al suelo y la acuchilla una y otra vez. Luego, como si nada hubiera sucedido, ella se levanta, ordena la casa y limpia los rastros de sangre. No sabe por qué sigue ocurriendo. Lo único que tiene claro es que debe limpiar con esmero. Los niños no deben enterarse de nada.

 

 

 

 

REFUGIO

Cuando vimos llegar a los hombres, propuse que nos escondiéramos en el sótano. Allí estaríamos a salvo. Aun así, lograron encontrarnos. Sin mostrar piedad alguna, nos amordazaron, nos violaron y seccionaron nuestros cuellos. Pasado el tiempo, sigo creyendo que el sótano era el lugar más seguro de la casa. Por eso me empeño en no dejarlas salir de aquí.

 

 

 

 

REENCUENTRO II

Siempre he tenido miedo de los espejos, sobre todo cuando aparece el señor calvo sin ojos que imita todos mis movimientos.

 

 

 

 

EFECTOS SECUNDARIOS

Con el lógico nerviosismo de la primera noche, el hijo del sepulturero ayudó a su padre a colocar la lápida de una tumba. Mientras sostenía el mármol, escuchó golpes y gritos en el interior del panteón. Miró a su padre con el rostro desencajado por el terror. Pero la voz de la experiencia logró tranquilizarlo:
xxx—No te preocupes. Es normal. Enseguida se les pasa.

 

 

 

 

FUTURO

Estamos llegando. Ya sabes lo que hay que hacer. Cierra los ojos y no hagas caso a nadie. Y, sobre todo, oigas lo que oigas, no pares de correr.

 

 

 

Hernández, Miguel Ángel. Demasiado tarde para volver. Barcelona; RIL editores, 2019.

 

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