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POÉTICAS DEL FANGO

 

ESTA NOCHE ES DIFERENTE

Apenas logras tenerte en pie. Un regusto amargo recorre tu garganta y casi no puedes contener el vómito. Necesitas aire. Juras no volver a meterte esa mierda. Son las cuatro de la mañana y no hay un alma en las calles. Tampoco hay nada en tus bolsillos. La opción del taxi queda descartada. Pero no importa. Son cuarenta minutos. No es tanto. Además, te viene bien andar. Quizá así logres despejarte por el camino. Tan solo debes tener cuidado. Como siempre lo tienes. Como siempre lo has tenido. Cuidado y ya está. Evita el callejón. Y ya está. Evita el callejón y ya está. Hay que rodearlo. Es más largo así, es cierto. Se tarda más. Pero es mejor ser cuidadoso. Como siempre lo eres. Como siempre lo has sido.
xxxSin embargo, esta noche te sientes diferente. Esta noche no tienes miedo. Esta noche eres valiente. Qué puede pasar. Es solo un callejón. Oscuro y estrecho, sí. Pero un callejón, al fin y al cabo. Así que decides atravesarlo.
xxxNada más entrar escuchas un murmullo. Deberías alejarte. Pero esta noche eres valiente. Esta noche no tienes miedo. Y sigues caminando. Es entonces cuando ves la escena: cinco adolescentes acorralan a un mendigo al final del callejón, justo debajo de una farola. En silencio, observas cómo se ríen de él, lo tiran al suelo y comienzan a darle patadas en el abdomen. Todos a la vez, sin ningún tipo de orden. Percibes los golpes secos y se te revuelve el estómago. El vómito agrio casi vuelve a subir por tu garganta. Y entonces te quedas paralizado. No sabes qué hacer ni cómo actuar. Así que intentas pasar desapercibido y volver por donde has venido. En ese momento uno de los jóvenes se da cuenta de tu presencia y te grita algo en un idioma que no entiendes. Luego, todos te miran y comienzan a reírse de ti. No te persiguen, ni te vuelven a gritar, solo se ríen. Te hacen gestos y se ríen. Y es eso lo que te descoloca. Que se rían. Que se rían de ti. Sin saber exactamente por qué, comienzas a correr hacia los jóvenes con la cara desencajada —eso crees, aunque no te ves— y los puños en alto. Pero cuando llegas a su altura, en lugar de abalanzarte sobre alguno de ellos, gritas algo cuyo significado ni siquiera tú puedes entender y golpeas con toda tu fuerza al mendigo, que emite un alarido que se te clava en los oídos. Entonces, sin pensarlo demasiado, comienzas a darle patadas en la espalda y los jóvenes salen corriendo.
xxxEl hombre llora y pide clemencia. Tú quieres parar. Por supuesto que quieres parar. Pero hay algo dentro de ti que no te deja frenar. Esta noche eres valiente. Esta noche es diferente. El mendigo consigue evitar una patada y te mira fijamente a los ojos implorando piedad. Y es en ese instante cuando descubres que su rostro te es familiar. Demasiado familiar, piensas. Ves en él los ojos de tu padre. Tu padre anciano, que lleva varios años desaparecido. Te estremeces por completo. ¿Es posible que este indigente sea el hombre que tanto tiempo has estado buscando? ¿Es ese tu padre? Y la formulación de esta pregunta te hace golpearlo aún con más fuerza.
xxxLe pisoteas la cabeza una y otra vez hasta que consigues desfigurarle el rostro, hasta que la sangre salpica tus pantalones. Sin embargo, cuanto más le desfiguras el rostro, cuanto más fuerza ejerces con tus pies sobre su cráneo, más se parece a ti. Y su rostro se convierte en un espejo. Tal vez por so poco a poco comienzas a sentir un tremendo dolor en el costado y en la cabeza. Y entonces te detienes súbitamente. Pero el dolor, en lugar de aminorar, se hace más fuerte. Piensas en ese momento que la única solución es seguir pegándole, rompiéndote por dentro en cada patada, en cada pisotón en el estómago, sintiendo su dolor en todos los rincones de tu cuerpo. Hasta la extenuación. hasta extraviarte por completo. Hasta no saber dónde acaba él y comienzas tú. Hasta perder el sentido.
xxxNo sabes el tiempo que dura todo esto. Pero ahora, al salir el sol, te sorprendes dando puntapiés a una pared, con los zapatos rotos, los pies llenos de sangre, y una masa de personas mirando fijamente hacia el lugar en el que estás. Te vuelves hacia ellos y preguntas por el indigente. Nadie te contesta. Algunos dejan caer unas monedas cerca de ti.

 

 

 

 

INCÓGNITA

Decía que yo tenía respuestas para todas las preguntas. Por eso estaba conmigo. Hasta que un día me preguntó por qué estaba yo con ella. Y no supe qué responderle.

 

 

 

 

CUESTIÓN DE DINERO

Me dijo que por treinta euros no podía besarla en la boca. Por eso le compré un anillo, un vestido blanco y una casa.
xxxLo he intentado todo, pero no he encontrado el modo de acercarme a sus labios. Algunas noches, cuando la puerta de la habitación se queda entreabierta, observo cómo la besan una y otra vez.
xxxMientras escucho sus gemidos, siempre me tortura la misma pregunta: ¿Será solo cuestión de dinero?

 

 

 

 

GENTE VIL

El domador descorrió el velo y mostró la bestia a los asistentes. «Damas y caballeros, amigos y enemigos, he aquí un hombre malvado. Contémplenlo y absténganse de escupir en su rostro. No es digno de nuestra saliva.»

 

 

 

 

DUALIDAD

Resistió todo lo que pudo a los designios del Oráculo. Durante años se esforzó en ser un buen cristiano. Se desprendió de todas sus riquezas, fue misionero en Ruanda, construyó un colegio, curó a enfermos, incluso cumplió condena por un desconocido. Pero al final de su vida, no pudo escapar de su destino y tuvo que violar y matar a aquella niña de ocho años.
xxxAlgunos le guardan rencor.

 

 

 

 

VISITA INESPERADA

Dijeron que eran amigas de mi mujer y que habían quedado con ella en casa. Aunque no tenía noticias de eso y conocía a casi todas sus amigas, tuve la cortesía de invitarlas a entrar.
xxxCuando me ataron a la silla y comenzaron a golpearme sin piedad, supe que no mentían y que mi mujer no tardaría mucho en llegar.

 

 

 

Hernández, Miguel Ángel. Demasiado tarde para volver. Barcelona; RIL editores, 2019.

 

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