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LOS CUARENTA LIMONES -extracto-

 

xxxSer uno no es fácil.
xxxSer ese uno.
xxxAunque sea lo que más deseemos. A veces buscamos toda una vida que nuestro nombre y nuestro yo sean traducidos al idioma del mundo, que todos coreen nuestras canciones y reconozcan los límites de nuestro rostro. Pero a veces la traducción es puro ruido, y nos consume. Y entonces no suele haber marcha atrás.
xxxNo la hay.
xxxA pesar de todo.
xxxAlgo parecido tuvo que pensar Juan Antonio Castillo mientras comprobaba la tensión del nudo con sus dedos. Un ligero cálculo entre la vertical de la soga y el fardo de una vida equivocada. Uno es lo que le dejan ser, precisamente lo que ha buscado. La tiranía del sueño. Uno es, y de eso no se puede escapar. Juan Antonio Castillo era un niño bien de la Córdoba posfranquista, familia con dinero y buenos vinos en la bodega. Pero les salió rana. Artista. Una enfermedad incurable cuyos síntomas son múltiples. Por ejemplo. Que por los callejones y los bares cordobeses todos te llamen el Patuchas y que haya un reino lisérgico en cada recoveco de la Judería. Ocurre que lleva gafas redondas como de beatle muerto, pero el cristal es enorme para que la muerte se confunda y lo esquive, o simplemente para ver más más lejos, más adentro de las cosas. La enfermedad de Juan Antonio Castillo. El Patuchas. Lidera un grupo de punk festivo e incongruente llamado Pabellón Psiquiátrico, que le canta a la flauta de Bartolo con su solitario agujero y recuerda que las momias no tienen novia. Que no tienen nada. Y así, entre risas y caras de loco, concierto tras concierto, disco tras disco. Y algún que otro fan. El Patuchas canta, baila sobre el escenario como si le dieran ataques, se retuerce dentro de una camisa de fuerza. Un chiste fino y gamberro que le hace quemar las carreteras de España en su furgoneta e incluso cruzar el charco y probar las drogas del otro lado del mundo. Tenía gracia. Pero tampoco es que hubiera mucha gente en su casa rezando por un nuevo vinilo de Pabellón Psiquiátrico. Así que echaron el cierre.
xxxPero el Patuchas no se había curado de su mal.
xxxAsí que decidió estudiar y leer cosas que le agrandaran el paladar y el alma. El tipo de la camisa de fuerza escribía cuentos, poemas y obras de teatro. Argucias para cambiar el mundo.
xxxEntonces a su aire ya. Nada de estridencias punk ni de chistes malsonantes. Ahora el Patuchas se recorre las cafeterías con su guitarra y un disfraz de cantautor autista. Sus canciones son poemas, o alegatos por la pertinencia de una nueva realidad. La primera vez que se presenta, casi sin querer pero ya para siempre, como el crooner de la Córdoba tóxica es en un local llamado El Limbo. A veces las palabras no se equivocan. En el limbo empezó y puede que nunca saliera de él.
xxxJuan Antonio Canta.
xxxY canta serio. Y canta denso. La ironía es un perro invisible que muerde y lame. Ya no necesita una camisa de fuerza para reclamar atención, las palabras y la mirada son suficientes. La guitarra y el ingenio. Entonces. Paremos la máquina y congelemos la imagen: este momento lo cambia todo, y nadie es consciente mientras sucede. Alguien entra en el bar, mira la actuación, y cuando acaba se acerca y le ofrece la llave de una puerta con su nombre dentro de una estrella. La televisión. El programa de máxima audiencia de la noche española. Juan Antonio tiene ante sí la oportunidad de que millones de personas ausculten las arritmias de su enfermedad. La oportunidad de ser, y de que el resto del universo implore que sea. Artista. Irremediablemente. Pero la televisión tiene sus normas, y Pepe Navarro ha escrito unas cuantas de ellas. Esta noche cruzamos el Missisipi. El presentador medio sentado sobre su mesa con una taza en la mano. Con vosotros: Juan Antonio Canta.
xxxUna canción facilona, con un estribillo voluntariamente idiota. Él piensa que es un látigo, una aguja sutil que se clava y duele al rato, pero la gente corea y baila la absurda danza de los cuarenta limones. Y no hay látigo ni agujas. Un limón, medio limón. Las bailarinas del programa vestidas como un mal sueño de ácido, revolotean a su alrededor con una coreografía obscena y estúpida. Su cara simula una esfinge del desierto. Juan Antonio Canta. Y triunfa. Ese verano no se oye otra cosa en las terrazas y las fiestas, los conciertos se suceden porque todo el mundo quiere bailar la danza de los cuarenta limones. Juan Antonio Canta. Los limones. Todo el mundo. El éxito es esto: tu nombre en los carteles y dinero en la cuenta.
xxxPero no.
xxxYo soy un artista, escribo con el corazón goteándome en la boca, cada palabra y cada acorde tiene un peso y un sentido. No podéis obligarme a eternizarme en esos malditos limones. ya. Pero Juan Antonio Canta es el tipo de los cuarenta limones. El Patuchas no es nada, el enfermo del arte tampoco. Debes darle a la gente lo que necesita de ti. Lo que eres. No hay marcha atrás.
xxxTodo es ruido. Nada es verdad.
xxxPasarán los guitarrazos y el caos y quedará la belleza, dice en una carta a Martirio, unos días antes de que el 22 de diciembre de 1996 su familia lo encuentre ahorcado en su casa de Córdoba.
xxxY así es.
xxxSer uno no es fácil.
xxxSer uno mismo a veces es imposible.

 

 

 

Quinto, Raúl. Yosotros. Barcelona; Ed. Caballo de Troya, 2015.

 

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