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GENTE QUE TRABAJA EN LOS TEJADOS

 

BRINDIS

Por la chica que caminando como una yegua empapada
dejaba en la arena huellas de ánsar cojo.
Por las fotos color sepia de nuestros antepasados,
ocultas en cada una de esas huellas.
Por los cuadros de Nikolas Lekuona colgados
en tu apartamento titanlux recién renovado.
Por palabras anaranjadas que, al rozarse,
se convierten en veneno y humo.
Por el vendedor de queroseno,
cuando predicó inspirado que el perdón
no cabía en los relojes.
Por el buscador de la palabra definitiva
—él vino en son de paz agitando una toalla blanca—.
Por el brujo que tras bosquejar un bisonte en la cueva
despellejó al lobo oscuro
y bebió su sangre de un trago.
Por el lobo que bebió después
la sangre del brujo desollado.
Por todos los homo homini y lupus lupi
que se admiraron ante el bisonte pintado,
arte y fin de toda lucha.

Por el emigrante que, encogido en forma de esvástica,
se ocultaba en el piano de Casablanca.
Por el arrepentimiento no expresado
o por la satisfacción inconfesa
del iceberg que chocó contra el barco,
por el joven concertino que abandonó el clarinete y saltó al agua,
por los ojos abiertos de las reses en los mataderos
bautizados Titanic.
Por una rana de la colección de anfibios disecados de Jon Mirande.
Por todos aquellos que, alguna vez, tartamudearon
—aun mentalmente— palabras como
«Espera, espera un momento» o «voy a perder el tren, vida mía».
Por el falso reino en el que, en vez de piedras,
brotan entre los raíles fresas gigantes.
Por los suicidas ahítos de coloradas bocas.
Por una explotación juiciosa
de los derechos de imagen de James Dean.
Por la última calada del Ducados que se fumó un sherpa novato
a seis mil metros de altura.
Por la cama deshecha en la que se sentara Jennifer Jason Leigh
en el cartel de Georgia.
También por Jennifer Jason Leigh, claro.
Por el abrazo tierno e inesperado
que rememora vagamente una catástrofe aérea.
Por el alambre que cada amanecer amordaza
el pico de los gallos.
Por los cobardes equilibristas Philippe Petit
que se escoran en los bares.
Por el niño que no necesita aclararse la garganta
antes de la cálida oración apuntada
por los primeros rayos de luz.
Por el cepillo de dientes de cualquier cantante de blues.
Por aquellos que, sin perder nunca su buen humor,
saben desesperarse.
Por el líquido no identificado de la botella que Raymond Carver
arrojó contra su máquina de escribir,
o por los caballos empapados por la lluvia que el mismo Carver
atrapaba con lazo desde un barco de vapor.

Por todo esto, y por otras razones
que no entran en esta copa,
ni en las diminutas huellas
que tú vas dejando
en la arena,

brindemos.

 

 

 

 

SEÑALES DE HUMO

¿De dónde vendrá multiplicado tanto humo?
Nadie lo sabe. Desde que se llevaron las camas
se hace el amor en los hornos de las cocinas,
a la vez que entran los trenes de mercancía
por ventanas clausuradas.

Aparté tu voz para que no se enfriara el café.
El silencio salía de entre las piedras
mientras el día inauguraba sus alambiques.
Los primeros habitantes de la mañana
traían en bolsas de papel sus caras quemadas.
Enfiladas sobre las aceras se quejaban,
tan vacías como los teatros, las botellas.
La gente se apresuraba como si alguien
hubiese robado a la noche todos sus semáforos.
El amanecer era el rastro de un renco
en la acera cubierta de nieve que es la vida.

¿De dónde vendrá multiplicado tanto humo?
Solo se sabe que,
desde que se llevaron las camas de la ciudad,
se hace el amor
en los hornos de las cocinas.

 

 

 

 

GITANOS

Aquellos gitanos siempre
bailando sobre los tejados planos de las casas;
algo incomprensible,
porque aquellas casas no tenían por dónde subir,
ni siquiera tenían tejados.

Los gitanos vivían en Urbate,
al otro lado del cementerio de bicicletas,
acaracolados entre los esqueletos raquíticos
de los edificios.
Las obras llevaban paralizadas muchos años,
meras estructuras grises que dejaban entrever
cajas de escalera, vigas al vuelo, pilares retranqueados.
Todas las noches encendían la hoguera,
y llegaba hasta el pueblo
el olor a camisa de labor y a neumáticos calcinados.

Un amigo nos dijo una vez que sudaban oscuro,
que el sudor de los gitanos era como la tinta,
descendientes como eran de los caníbales.
Nosotros lo creímos.

Contaban las malas lenguas
que eran diablos a cientos, aves de rapiña que la alcaldesa
había traído al pueblo para ganar de nuevo las elecciones,
dándoles cobijo contra la tormenta a cambio de sus votos.
Parían a sus hijos al otro lado del cementerio de bicicletas,
allí enterraban a los muertos de noche
en grescas afiladas con puñal y espada;
allí enterraban a los hijos de los muertos,
que tenían los mismos nombres que sus hijos vueltos,
allí los enterraban, en un cuadrilátero de ceniza,
a espaldas del mundo, entre ladridos y sueños
de perro.

Nosotros los temíamos.
Robaban nuestras bicicletas
y las pintaban de un negro caníbal,
para que ya nunca más pudiésemos volver
a reconocerlas.

Eran Los Gitanos.

Había uno llamado Federico García,
al que sin embargo todos llamaban Agoacao,
y quería ser bailarín de claqué.

Había otro de carrillos rojizos, conocido
como Tonetti,
y también otro, de mirada esquiva, que se hacía llamar
El Malasnoticias,
porque esa era su forma de saludar:
—Amigos, traigo malas noticias—,
bien para añadir a renglón seguido entre sollozos:
—Pronto la va a diñar el hermano Pepe—,
o bien para decir preso de enajenada alegría:
—Se va a casar la Carmencita, vayámonos de romería.

Empecé a quererlos
(demasiado tarde, lo reconozco)
cuando El Malasnoticias, calado hasta los huesos,
se acercó despacio hasta mí
y preguntó, tras aquel traigo malas noticias de rigor,
si era yo de verdad el payito de la zapatería.
Así le habían dicho, así había oído.

Era un día lluvioso
y El Malasnoticias quería un par de zapatos
para enterrar al Agoacao.

—Para que los perros no le muerdan los sueños, payito.

Para que los perros no le muerdan los sueños.

 

 

 

 

ELOGIO AL CONTRABAJISTA

Ni arco ni flechas: la nobleza obliga a las manos.

Mingus decía que lo tenían por menos que a un perro.
Amarillo, humilde, discreto, segundón.
Pero créeme: un contrabajista daría la vida por ti.
El bueno de Charles afirmaba que aprendió a tocar con la funda puesta:
«Una vez que puedes hacerlo así, sin funda es un juego de niños».

Momento de epifanía: muchacha atraviesa en bicicleta la ciudad
acarreando a hombros su contrabajo.

El contrabajista que deambula jamás va solo.

El contrabajo, único instrumento que, como la cucaracha, sabe caminar.
Camina con los talones bien firmes: no pendonea como el piano
—tan aéreo y autosuficiente—,
capaz de pegártela con cualquiera a la primera de cambio.

«Ven conmigo, cielo», tienta el contrabajo al piano,
«yo te mostraré las puñaladas de las afueras,
las cloacas del alma y las de las fábricas derruidas,
la seca humedad de la colada al viento, el temblor de los cables de alta tensión,
la puerta trasera de cabarés sin champán regados por rancia sidra;
tugurios en los que incluso las lluvias de estrellas apestan a orines.
Conocerás el mundo real si me acompañas.
Entiéndelo de una vez, chaval:
en la vida no tendrás tantas opciones como teclas tienes.
Bien mirado, cuatro cuerdas son muchas,
y una sola basta para ahorcarse».

 

 

 

 

BOOKFACE

Incluso en el caso de los literatos,
el físico importa.
Que no existiesen Facebook ni Instagram
cuando Rimbaud se instaló en la eternidad
desafiando con la pajarita torcida
a la impostura y al buen gusto.
Que Marguerite Duras fuese el retrato
salvado in extremis
de una adolescente que alguien arrugó
para tirar a la papelera demasiado pronto.
Que Harold Pinter recibiese a la prensa
con una tirita en la ceja
cuando le dieron el premio Nobel.
Beckett, su frente y sus mejillas de nuez intacta.
Sontag y el magisterio congelado de su pelo.
El lacio desaliño de Houellebecq,
entre escéptico y descreído,
traicionado solamente por su fe
en las ingenuas artes novelescas.
Paul Auster: un Kafka guapo que pudo
envejecer en América.
Salinger y la furia en su única foto robada.
Saramago y su sabiduría de tortuga sapiens.
El cráneo rapado de Maiakovski,
recordatorio de tantas calaveras que reivindican
su sitio en la historia de la literatura.
Y, por supuesto, Highsmith, felina y perversa,
siempre en compañía
de gatos para despistar. O la barba
de Walt Whitman, donde hubo enjambres.
O Lorca y su sonrisa a juego con la chaqueta de lino.
Anne Sexton y sus maldiciones de lisa belleza.
Cheever, anunciando relojes de pulsera en revistas,
tras haber medido el tiempo en la escala
de las botellas.
Qué decir de Bukowski
y de su barba descuidada, esa laca y esa gomina
de marca blanca.

Incluso en el caso de los literatos,
el físico importa:
pues pocos leerán tus poemas, mas
muchos escrutarán tu rostro para decir,
«yo le entiendo: su cara
ya era un poema».

 

 

 

 

LA PRIMA DE SYLVIA PLATH

Caminabas segura de ti misma,
confiando en el suelo que pisabas,
también tu forma de vestir era radiante, enérgica,
pura felicidad: chaqueta chillona, pantalones holgados.
Me despedías desde el balcón
cuando me veías marchar al trabajo.
Hombro que sujetaba nuestro ánimo decaído,
siempre dispuesta a un café si te llamábamos,
tan agradecida con todo lo concedido por la vida
como lo arrebatado por ella.
Nunca nos restregabas tus problemas,
nunca vi asomo de queja en tus labios.
Rostro alegre, relajado;
en tus ojos, una candidez que duraba desde la prehistoria.

¿Y sabes qué es lo que más me fastidia?
Que son aquellos como tú quienes, al final,
levantan el codo y recogen en aros
la soga para rescatar a los náufragos,
para con esa soga
ahorcarse en lo alto de una rama.

 

 

 

 

LOS MEJORES AÑOS DE NUESTRA VIDA

Retrasa alguna certeza.
Impulsa la inercia de alguna mentira.
Siembra un manojo de intuiciones.
Deja que tu valentía ruede cuesta abajo.
Confía ciegamente en ese amor.
Desactiva alguna que otra duda.

Fuma, emborráchate, vacía tu rabia a puro trote.

Y que entre las manos nada te explote.

 

 

 

Cano, Harkaitz. Gente que trabaja en los tejados. Badajoz; Fundación Ortega Muñoz, 2019.

 

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