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LA NIEVE

 

Primera reflexión sobre la nieve

El cielo ya no es nada.
Y de la nada emergen las cenizas,
blancas y lentas, exiliadas del tiempo.

No nos pertenece el milagro, ni el lejano incendio.
Pero, por un instante, nos cubre la alegría
aunque solo acertemos a decir:
Mira, está nevando.

Esta felicidad en silencio,
esta nostalgia de lo que no hemos conocido
y sin embargo aparece ante nosotros,
de la nada,
sobre el asfalto.

Hasta que los coches la convierten en barro
y todo vuelve a su sitio
como un reloj que vuelve a funcionar de repente,
un apagón que se arregla demasiado pronto.

Cuando todo esto arda,
cuando tú y yo ardamos de frío,
sobre qué otos campos caerán estas cenizas de invierno.
En qué otros mundos mirarán al cielo vacío
y verán aparecer de repente los copos ingrávidos,
como un don que no han pedido.

 

 

 

 

Cuarta .visión .sobre .“Kid A”. Nuestro héroe escucha la
canción “How .to .disappear .completely” (“Cómo .desa-
parecer completamente”). Al .otro .lado de la ventana, la
nieve hace tiempo .que .también .desapareció, completa-
mente, como un sueño inoculado por .algún .mecanismo
de control mental. Como habitante, real o paranoico (esa
diferencia desaparece a -3º), del Año 2000, nuestro héroe
siente, casi .a .diario, el deseo de desaparecer del mundo
y de sí mismo. La industria farmacéutica Kid A® está muy
cerca de conseguir un compuesto que dé respuesta a esta
demanda y, en breve, será comercializada.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxI’m not here
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxThis isn’t happening

Puedes empezar por cerrar los ojos.
Es un truco, una pequeña trampa, pero ayuda.

Deberías escuchar una voz.

Concéntrate en esa voz. No en las palabras;
en su nieve, en las ondas, en la espuma.
Escucha.
No dice nada. No cesa, y nunca ha cesado, y nunca va a dejarlo.
Siente esa voz vacía, ahora,
como si la nieve pesara sobre tus párpados cerrados.

Di esto:
No estoy aquí. Esto no está sucediendo.

Estarás tumbado en el sofá.
Es importante tu cuerpo en el sofá, las piernas extendidas.
Si quieres, ya puedes abrir los ojos.

Ese de ahí no soy yo. Dilo. Ese de ahí no soy yo.

Ahora piensa en el mundo.
Piensa en tu cuerpo, tendido en el sofá,
rodeado por el mundo.
Los metros que te separan del suelo
(el suelo de verdad, el de abajo)
donde crecen las raíces de tu edificio.
Y las alcantarillas también, y los sustratos
en capas de color y tiempo.
Y el centro de la tierra,
abierto en mil estrellas, ardiendo.

Piensa en tu cuerpo, tendido en el sofá.

Piensa en el cielo.
Y en las antenas de los edificios, con el lomo erizado
cuando sienten la ciega caricia de las nubes.
Sigue subiendo: el cielo se abre en estratos,
en capas de silencio y dioses muertos, que ardieron.
Piensa en tu cuerpo, tendido en el sofá,
en el centro del vértigo.
No sabes nada de agujeros negros.
Eso está bien.
Tu sofá es el mayor de ellos.

Piensa en tu cuerpo, tendido en el sofá,
absorbiendo constelaciones.

Di: no estoy aquí. Esto no está sucediendo.

Sabes que existe el mar. Te d igual que esté tan lejos.
Te han contado esto: tuviste cinco años.
Bebías leche. Lo has visto en los anuncios. Eras rubio.
Has estudiado Historia. Nunca cesa, nunca va a dejarlo.
Piensa en los cementerios. Miles de millones de muertos,
con sus nombres y sus apellidos.
Tu tumba es un agujero de gusano.

Ese de ahí no soy yo.
Dilo.
Ese de ahí, ese cuerpo tendido, no soy yo.

Ahora puede empezar la cirugía.
La grieta estuvo todo el tiempo.
Siempre lo has sabido.
Deja que se lleven tus órganos. No son tuyos.
Es una fábrica enferme de febriles turnos.
Un organismo hostil. Un invasor extranjero.
Te da miedo mirar su ritmo circular y asesino.
Olvida el terror de las fronteras.
No eres tú. Esto no está sucediendo.
Deja que la grieta siga abierta.
No respires. No es ese tu trabajo.
Escucha la voz. La extracción es lenta y ya no duele.
Escucha la voz, está ahí arriba, interviniendo.
Está aquí dentro, tiene la forma de una brazo.

Dilo, no dejes de decirlo.
No estoy aquí, esto no está sucediendo.

Pon luego el telediario.
Deja que te devore lentamente.
Deja que llegue ella y mírala a los ojos.
Piensa en su vida. Estuvo en un colegio.
Y tuvo amigas y recreos.
Mírala mucho tiempo. Escucha la voz. No sabes nada.
No la conoces. Es tu mujer. No es tu mujer. No la conoces.
Está mirando el telediario. Siendo devorada.
Intenta hablarle. Mira tu cuerpo en el sofá. Escucha la voz.
Intenta hablarle. Es una extraña. Es una constelación sin bautismo.
Mírate desde allí, desde aquel silencio.
Mira tu cuerpo,
tendido en el sofá, en un lugar entre planetas.
Aprendiste Historia,
y nombres de personas que han muerto.
Escucha la voz, es un agujero negro.
Deja que tus palabras salgan.
No son tus palabras. No las conoces.
Mírate. Ese de ahí, ese que habla con una mujer en un sofá.
Ese que mira el telediario, ese rostro, que es una pantalla.
Ese no eres tú.
Esto no está sucediendo.

Mírate: ya hemos cerrado la grieta.
Tienes un alma nueva,
tienes el alma de los dibujos animados.
Ese eres tú, esto no está sucediendo.

 

 

 

 

Segunda reflexión sobre la nieve, titulada “El ejército blanco”.

La nieve, invisible,
ha estado cayendo durante siglos.

Nadie se dio cuenta, aunque a veces,
cuando las ruedas del carrito de la compra
deslizaban su tangencial susurro
sobre el vinilo del centro comercial;
o cuando, desde la ventana de la cocina,
fumabas un cigarro frente a la noche,
te parecía escuchar un silencio congelado,
en sigiloso descenso,
como si un ejército blanco tomara posiciones de guerrilla.

También (ahora es fácil mirara atrás y ver las señales)
te despertabas a veces congelado y, desde la cama,
mirabas el techo como si pesara demasiado,
y sentías el cuerpo entumecido, y tu nombre hecho añicos.

Una vez, al cerrar la puerta de tu casa,
estás casi seguro, escuchaste un alud de silencio
desmoronándose tras la puerta de tu dormitorio.

Pero ahora es demasiado tarde.
Por decir ahora, siempre ha sido demasiado tarde.
No intentes sacar la cabeza para respirar el aire que te falta.

Todo será blanco ahí fuera, todo será frío.
No habrá esquiadores sobre nuestras cabezas.
Ahí fuera
solo hay
pura nieve virgen, que nada anuncia.

 

 

 

 

Sexta visión de “Kid A”. Nuestro héroe escucha la canción
“Optimistic” (“Optimista”). En .el .año .2000 .toda .mani-
festación .es .severamente .castigada, así como cualquier
comentario que pueda .considerarse .subversivo. Nuestro
héroe conoció, .en .su .juventud, .tal .vez, .a gente que se
arriesga a luchar contra la Pirámide. Esta canción siempre
le hace pensar en ellos, esos ingenuos, optimistas.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxYou can try the best you can
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxThe best you can is good enough

Los buitres siguen girando y no vienen a por mí.
Yo ya he cerrado las ventanas.
He terminado mi turno.
La pirámide será inmensa.
Han sonado dos veces los cerrojos.
La noche está fuera y yo ya estoy dentro
de mi caja.

Alguien ha puesto todas esas bombas.
Esos optimistas de la dinamita,
haciendo ruido, como si me llamaran a las armas.
Yo he terminado ya mi turno.
Les dije que no me molestaran.

Esos personajes de película en blanco y negro,
disparando inútilmente contra los dinosaurios,
muriendo aplastados en la nieve,
con el gesto eterno de los soldados de juguete.

El pez grande se come al pequeño,
escrito cien veces en la libreta del colegio.
El pez grande se come al pequeño.
Les dije que no me molestaran,
somos buena gente,
y vine corriendo hasta mi casa.
Las bombas suenan lejos y sin nombres.

Esto de ahora debe de ser nostalgia,
y me avergüenzo.
Esto de ahora debe de ser vergüenza,
y me entristezco.
Pero aguanto bien, aguantamos bien,
somos buena gente.

Yo ya he cerrado las ventanas.
Aquí dentro el silencio se adormece.
La televisión brilla sin volumen.
Llaman en los cristales y es el viento:
gira y golpea todas las ventanas
como un borracho que cree conocerme
y tiene algo importante que decirme.

Me avergüenzo de mi nostalgia,
de mis metáforas,
de pensar siquiera.
Y también me avergüenzo de estar vivo.
Y la calle seguirá siendo negra,
de eso estoy seguro.
Y las columnas de humo
señalarán un fuego de esperanza,
que mañana se llamará ceniza.
Esos optimistas de las hogueras,
corriendo por los rincones de la noche,
perseguidos por los más negros buitres.
Su ceguera la aprendimos de pequeños,
en nanas cantadas por la radio de la infancia.
La televisión brilla con mudas explosiones,
con policías eficientes.
Yo ya he cerrado las ventanas.

Nadie, ahora mismo, está hablando de mí,
en ningún lugar del mundo.

 

 

 

Sánchez Aguilar, Diego. La cadena del frío. Cartagena; Ed. La estética del fracaso, 2020.

 

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