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A FLOR DE AGUA

 

SU ÚNICO DISCURSO era el silencio,
supresión
de lo que de superfluo esconde la palabra.
Su única mentira era escapar
de sí mismo,
su excusa más baldía fingir normalidad,
levantar cada día
su cuerpo de la cama,
sus dudas de la almohada confidente,
maquillar su desgana,
ser, un momento más,
mirada transeúnte en la existencia.

 

 

 

 

POR VELOZ que pase el tiempo, que los hilos del aire nos empujen
hacia ninguna parte —inquieto vendaval a la deriva—,
no existe certidumbre,
no hay trazado un sendero perceptible
ni la sonrisa de las personas muertas, su huella congelada
en grumos de papel
conseguirá ayudarnos. Cada error es primero,
cada existencia única,
cada amor, pasajero,
cada miedo real, irrepetible, nuestro.

 

 

 

 

¡CÓMO PASAN los días!
Con qué celeridad
estallan sus enigmas —besos huecos,
sorpresas sin mensaje,
prometidos excesos imposibles—.
A lo largo del verso
un creciente rumor, un clamor de alfileres
—que es la sombra—
descuelga sus orígenes de hierro.

 

 

 

 

HOY, por primera vez, he respirado nieve
y el agua de las cumbres ha limpiado mis sueños
como la mano fresca de una madre lejana
que posara en mi frente su sosiego, su mimo.
Hoy, por primera vez, la cara contra el cielo,
con la paz del espíritu cayendo blandamente
en mis ojos cerrados,
con los brazos abiertos también —oración muda—
en pacto con el frío, he pensado en ayer,
en lo oscuro, en lo líquido,
en tanta eternidad que el invierno convoca,
en los ojos sumisos, en la velocidad,
en lo que es irreal, en lo que será siempre.
Gotas de lluvia tecleando nerviosas
mensajes imposibles.

 

 

 

 

EL FILO DE LA ESPADA de la melancolía
ha templado los días que he vivido
y el tiempo
que queda por vivir.
(Estertores de un alma
que sabe su condena y que se empapa
en la inmortalidad. En viejos blues de niebla.)

 

 

 

 

ACASO sea el alma —sólo el alma,
no piel— la que envejece,
y los cuerpos conserven indefinidamente
la sed ultraterrena de su siempre,
de extenderse perpetuos, inalterables,
limpios.
El alma se desprende, mientras tanto,
de fulgor y barruntos,
crece en su soledad de hábito manso,
el dolor la calcina.

 

 

 

 

LA ESCARCHA de los días va dejando
un grumo más de miedo que apelmaza la piel,
una derrota menos que prever, que espera a que surja y nos vulnere,
una esperanza más que hundir bajo su losa.
Cada día el rocío tiene menos fulgor,
son menos dulces su agua y sus enigmas.

 

 

 

 

MIENTRAS haya preguntas
tendré contradicción con que nutrir mis venas,
tendré ese dolor áspero que brota de la esencia,
que provoca el fulgor con que lo cotidiano
se transfigura a veces en eterno.
Del vigor de la duda
dependemos. En ello arraiga el alma su firmeza.

 

 

 

 

POESÍA del témpano,
urdida a la intemperie de las almas,
palabra ensimismada en su propio fulgor,
absorta en su misterio enmudecido.
Poesía de lumbre
ardida contra el cuerpo, poro a poro,
impregnada en sudor,
en temblores lascivos y calientes.
Poesía de áridos
sequedales,
plasmación pedregosa de la idea
en tenaz nomadeo, sed intacta
de eternos manantiales de belleza.
Poesía, en resumen, completa, repetida,
tal vez abrumadora
en su temperatura única o previsible
para quien sólo escucha las voces que lo empujan
desde adentro, del fondo,
hacia el gesto trivial que traza la sonrisa.

 

 

 

 

LOS SALONES sombríos,
las bóvedas ajadas,
lágrimas de humedad enlutando rincones,
desluciendo deseos decadentes, lejanos.
Nada te espera ya. Tu recuerdo está muerto.
Si es la patria la infancia, a la que regresamos
tras tanto andar errante, peregrinos del tiempo.
Si guardamos intactos su sabor y sus pétalos
entre hojas de ese libro que, a ciegas, escribimos,
¿por qué la vida entera es un fluir?
¿Hacia dónde nos llevan nuestros pies
presos de involuntad? ¿Qué fuerza nos arrastra?
¿Qué sangre nos agita? ¿De qué muerte
morimos
sin volver hacia atrás nuestros ojos exhaustos?
¿Qué cantar de sirena nos embauca en su círculo?
No, no hay patria posible
ni lo que quedó atrás existe realmente
más que en la obstinación,
ni las sombras consiguen tener más densidad
que su propia materia
de espíritu sin cuerpo, de anhelo sin raigambre.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Nicolás Pardo

SÉ QUE EL CIELO no existe
y que la luz dorada que las tardes regalan
no es más que una ilusión que los sentidos crean.
Ya sé que el corazón es una triste víscera
en la que no arde amor ni caben sentimientos
(sólo bombear de sangre).
Todo lo sé. Y sé que todo es máscara,
poco más que antifaz del héroe que no somos
y que quisimos ser: achaques de una infancia no del todo vencida.
Pero creer y saber no suelen conjugarse
con igual densidad. Son conceptos distintos,
y no vale engañarse
y no vale mentirse
y no vale escribirlo. Ser poeta es mentira.

 

 

 

 

BUSQUÉ EN EL UNIVERSO respuesta a los enigmas
que no tienen respuesta ni confín.
Busqué fuentes, rasgué con insistencia tanta pregunta,
tanta,
que no olvidé averiguar con los ojos, con el latir del día.
Olvidé que el más allá, sin duda,
se llama más acá y nos roza la frente,
que somos los muñecos que el viento de la historia zarandea o agrupa.
¡Quise mirar tan poco
en la amarga comedia del amor y sus ritos!
Actuamos
como los arlequines ocupan con melindres su rincón de la escena,
fingimos la sonrisa,
recitamos papel, sufrimos y lloramos, nos sentimos felices
como indica el guión.
Nada necesitamos. Nadie es imprescindible.
Nuestro cuerpo desnudo no requiere más piel
que la que el sol acuna y la brisa moldea,
la nuestra, la de dentro que ser exterior finge.
Y ese disfraz con el que nos conocen
los demás, es mentira, superfluo en su vejez usada
y no nos pertenece. (Son poco más que trapos que ondean a la espalda
dictándonos un paso que nuestros pies no siguen.)
He tardado cien años en descubrir que hablaba
la lengua de los otros, una que no era mía.
He tardado cien años y he comprendido al fin:
No sé vivir sin mí. No más. Eso era todo.

 

 

 

Blanco, Pilar. A flor de agua. Madrid; Ed. Visor, 2000.

 

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