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TRISTEZAS Y ZONAS CERO

 

TRAS FICHAR AL SALIR

lo que mejor recuerdo es salir de aquella fábrica a la
noche
ninguno decíamos gran cosa
nos alegrábamos de largarnos
pero nos hacía falta el trabajo;
al montarnos en los coches viejos
se oía el estrépito de los motores de arranque
los súbitos bramidos y explosiones mientras
los motores hechos polvo se ponían en marcha una vez más:
mientras salíamos con aire cansado
del aparcamiento para
largarnos
dejando a nuestra espalda la fábrica;
cada cual hacia un sitio distinto:
unos con su esposa e hijos;
otros a habitaciones de alquiler vacías o a
pequeños apartamentos abarrotados:
por lo que a mí respecta
nunca sabía si mi mujer estaría o
no
o lo borracha que estaría
si estaba en casa;
pero a cada uno de nosotros
la fábrica nos estaba esperando allí
la tarjeta de registro fichada y pulcramente
colocada en su ranura.
para mí de alguna manera
el mejor momento era
el trayecto de la fábrica a donde vivía
parar en los semáforos
mirar el gentío
en suspenso
entre un lugar donde no quería estar
y un lugar al que no quería ir;
estaba atrapado entre dos vidas desdichadas
pero también lo estaba la mayoría de los demás
no solo en esa fábrica
de esa ciudad
sino en el mundo
entero:
no teníamos la menor oportunidad
y aun así todos nos las apañábamos para seguir adelante y
aguantar.

 

 

 

 

LAS PALABRAS MÁS TRISTES QUE OÍ EN MI VIDA

era cartero suplente
en Correos
y el supervisor
quería joderme
enviándome a las rutas
más difíciles de la ciudad
durante el día
y encargándome luego las
recogidas nocturnas.

entre unas y otras
bebía y peleaba
con mi parienta.

una tarde que entré tan cansado que
apenas podía
andar
me encontré a Ernie
el supervisor adjunto
sentado a la mesa.
era tan chungo como
el supervisor
y levantó la vista y
me vio
encender un pitillo
sonrió compasivo y
dijo: —sé que es
duro… pero para los tíos idiotas
como tú y yo
esta clase de trabajo de
mierda es la única
que está a nuestro alcance.

luego se inclinó hacia delante y
se puso con el
papeleo.

fui hacia el cubículo de mi ruta
pensé en ello
pensé en ello un poco más
dejé la saca del correo
con un suspiro
y
me senté.

 

 

 

 

EL CIERRE DEL BAR INAGOTABLE

la idea de que solo son capaces de
sentir ultraje moral los
que tienen talento y los ricos, los
inteligentes y
los sensibles y los
poderosos
es la mayor tomadura de pelo
que hay.
anoche hicieron una redada en el garito de striptease,
llevaban una orden del Tribunal Supremo en el bolsillo,
contaban con
el respaldo del tribunal más alto del país
y barrieron a las chicas de encima de las barras
como moscas muertas,
como servilletas sucias,
todas esas pobrecillas encantadoras lanzando
gritos de pánico
sus voluptuosos traseros retorcidos por la sorpresa,
se las llevaron de allí
medio vestidas en furgonetas y automóviles
para ficharlas, tomarles las huellas, fotografiarlas y
enchironarlas. qué
desperdicio. qué desperdicio de mercancía
de primera. hablando de indecencia
los polis fueron lo más indecente por allí
esa noche. una pobre chica ya no puede ganarse la vida
honradamente. lo único que hacían era ofrecer un poco de
diversión cachonda a unos tipos solitarios. no puedo por menos de creer
que a esos tipos del Tribunal Supremo
no les importa nada real y
ya no se les
empina.
bueno, chicas, lo solucionaremos, os sacaremos
bajo fianza, ya se nos ocurrirá algo.

el cuerpo humano no es ningún delito,
por lo menos esos cuerpos vuestros
no.

 

 

 

 

NO MIRES NUNCA

ahí está el secreto: no mires.

«nunca miras directamente a la gente», me
decía una novia.
tenía buenas razones, no quería ver lo que en realidad
había allí, me sentía mejor sin esa
realidad.

podría poner cientos de ejemplos de lo que quiero decir
pero voy a describiros unos
pocos:
pongamos por caso, si subía a un avión y veía la cara del
piloto tranquila y distraída
entonces pasaba muchos apuros durante el
vuelo.
o digamos, en una carrera de trotones, si veía los ojos inertes
del que iba a llevar las riendas del caballo que había
elegido
entonces sabía que no tendría que
haber apostado por ese caballo.
o digamos, si casualmente en la tele
veo un primer plano del rostro de la
ganadora de un concurso de belleza
casi siempre me quedo
aterrado.
por último, sé que es terrible decir algo así pero
cuando veo cientos de caras de seres humanos congregadas en un acontecimiento
deportivo me mareo de náuseas e
incredulidad.

por lo visto estoy fuera de lugar entre las multitudes, no
encajo.

estoy mejor a solas observando a mis tres gatos,
para mí
son ejemplos puros de vida
real.

puedo
mirarlos
sin que
me den
miedo.

 

 

 

 

ZONA CERO

hay consenso respecto a que corren tiempos difíciles,
tal vez los tiempos más difíciles:
grandes grupos de personas en ciudades
por todo el mundo
protestan porque preferirían que no los
trataran de puta pena.

pero los que mandan, sean quienes sean,
no escuchan.

se sugiere que, claro, no es
más que un poder que lucha contra otro
y el auténtico poder, claro, está en manos
de los pocos que dirigen las naciones
y tienen la necesidad de proteger todas esas cosas
que les pertenecen.

es concebible que esos pocos dirigentes
escapen
cuando comience la erupción final;
huirán a sus refugios seguros
donde contemplarán la
erupción hasta el final,
y luego tras una espera razonable
volverán
de nuevo y
empezaremos a construir
un nuevo futuro ridículo y
escandalosamente injusto.

cosa que, a mi modo de ver, no es una perspectiva
muy halagüeña
mientras abro una lata de cerveza
una calurosa
noche de julio.

 

 

 

 

EXACTAMENTE ESO

siguen llegando gatos extraviados: ahora tenemos 5
y son listos, espontáneos, ensimismados,
serenos por naturaleza, de una belleza
impresionante.

una de las virtudes de los gatos es
que cuando te sientes mal, muy mal,
si miras a un gato en reposo,
la manera en que se sienta o se tumba y espera,
es una gran lección sobre la perseverancia
y si miras a 5 gatos a la vez es 5
veces mejor.

da igual las exigencias adicionales que hagan
da igual las pesadas bolsas de comida
da igual las docenas de latas de atún
del supermercado: todo eso no es más que combustible para su
asombrosa dignidad y
su afirmación de una existencia
vital
que los humanos solo
podemos envidiar y
admirar desde
lejos.

 

 

 

 

LA PROFESIONAL

allá en San Francisco
un editor me dijo: —Hank, tú traes una
maleta cuando vienes a dar un recital. el caso es que,
cuando viene Diane a dar un recital no lleva más que
un bolsito de viaje, no necesita
más.

bueno, Diane era un bombón, lo único que le hacía falta eran
unas braguitas blancas limpias y la minifalda.
yo no tenía tan buen
aspecto.

dije: —bueno, estoy acostumbrado a ir de vagabundo
por la vida, siempre llevo una
maleta.

—da igual —repuso—, tienes que aprender de
Diane, es una profesional.
había oído hablar de Diane, ya era famosa a los
24, se levantaba y recitaba poemas sobre
derrocar al gobierno y aun así le
concedían ayudas
gubernamentales
todos los años. Pero era preciosa,
sinuosa y la melena rubia le llegaba al culo.
mientras se cimbreaba y aullaba sobre la
Amérika fascista
todos los hombres del público se ponían
cachondos
y algunas mujeres
también.

y entre un recital y otro daba
clases
en una
universidad.

ahora,
ese editor está
muerto y
Diane se ha esfumado.
igual también
murió.

coincidí con ella solo
una vez;
por suerte
para mí
estábamos en el mismo
programa.
me gustaron dos cosas de ella:
1) durante la cena antes del
recital bebió tanto
como yo
2) y el pelo se le metía una y otra
vez en la comida.

—más vale que te lo tomes con calma, Diane, o tendré
que recitar por los
dos.

me miró. —y una mierda —dijo—,
y una mierda vas a recitar por los
dos.

—puedo aullar —dije— y puedo
cimbrearme. ¡me encantaría recitar por ti!

—lo que te encantaría, Chinaski —repuso—,
es echarme
un polvo.

los dos recitamos bien esa noche,
me
parece.
y de eso hace más de dos
décadas
y el gobierno sigue
aquí y yo
también
y
recuerdo a Diane con especial
cariño
aunque no quiso dispensar sus
favores a un hombre que casi le doblaba
la edad.

recuerdo su
bolsito de viaje
su lengua afilada
su sentido del humor
su perseverancia
sus agallas
su energía
¡eso sí que era un
espectáculo!

en realidad no le hacían
falta la minifalda ni
las braguitas blancas
de muda.
no eran necesarias.

la auténtica poesía
era ella.

 

 

 

 

A VECES CUANDO ESTÁS DEPRIMIDO ES POR ALGO

solo hace falta 6 u 8 líderes políticos ineptos
u 8 o 10 escritores, compositores y pintores en plan artistas para
que el curso natural del progreso humano
retroceda
50 años
o más.
lo que igual no te parece mucho
pero es más de la mitad de tu vida
durante la que no vas a poder
oír, ver, leer ni sentir ese
don necesario del gran arte que
de otro modo podrías haber experimentado.
lo que igual no te parece trágico
pero a veces, tal vez, cuando no te sientes muy
bien por
la noche o por la mañana o a
mediodía,
igual lo que sientes que te falta es
lo que debería estar
a tu alcance
pero no está.
y no me refiero a una rubia en
pantys,
hablo de lo que te reconcome las entrañas
incluso cuando la tienes
ahí mismo.

 

 

 

 

LOS CABALLOS NO APUESTAN POR LA GENTE Y YO TAMPOCO…

busco un asiento a solas pero un par de filas
delante de mí hay sentado un viejo calvo con jersey
gris.
tiene una voz que se escucha a 40 metros.
corre el año 1980 y está hablando de un
caballo que ganó una carrera en 1958.
había apostado a ganador.
«¡LAS APUESTAS ESTABAN 1 A UNO! ¡EL CABALLO NO HABÍA CORRIDO NUNCA
MÁS DE 7/8 DE MILLA Y LO HABÍAN PUESTO
EN UNA CARRERA DE UNA MILLA Y 1/8! ¡PUES SE PLANTÓ
EN PRIMER LUGAR Y ASÍ ESTUVO TODA LA CARRERA, LOS OTROS
CABALLOS NI SE LE ACERCARON! ¡VAYA CARRERA FUE!»

el tipo con el que habla vuelve la cabeza y
palidece, de pronto vomita.
me levanto y me alejo, busco otro asiento,
la persona más cercana es una mujer a tres asientos de mí
y ni siquiera tiene un Formulario de Apuestas, está
haciendo un crucigrama.
levanta la cabeza: —eh, ¿una palabra de seis letras
para «fallecido»?
—¿muerto?
—no, eso no encaja.
—¿inerte?
—ah…, sí, eso es. oiga, ¿no lo he
visto en alguna película? ¿no es una estrella de cine?
—no.
—¡sí, era una película de terror, hacía de un hombre
que se caía de un campanario!

me levanto y voy al ascensor
y bajo en busca de un asiento al sol. me siento
y entonces me doy cuenta de que he perdido el programa así que me acerco a uno de los
vendedores y le compro otro programa.

—¿qué, compra otro programa, colega? —me pregunta.

—sí. me recuerdas ¿eh?

—¡sí, claro! ¡le recuerdo!

regreso a toda prisa al ascensor, calándome la gorra
sobre los ojos.
mientras estoy en el ascensor, el tipo a mi lado
lleva un transistor y lo tiene puesto
a todo volumen.

alguien canta por la radio.
es Barry Manilow.

 

 

 

Bukowski, Charles. La noche desquiciada de pasos (Trad. Eduardo Iriarte). Madrid; Ed. Visor, 2014.

 

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