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EL NADADOR

 

EL NADADOR

Se acerca un árabe negro en mitad de una terraza frente al mar.
Aún tiene la piel mojada, viene de bañarse y se sienta a mi lado
y me dice en un español envidiable, y en un tono secreto y sonoro:
sabes, no tengo nada, no poseo nada, y podría haberlo tenido todo,
los hombres se distinguen por lo que ambicionan: unos quieren
dinero y poder, otros renombre y méritos, triunfar, el éxito,
otros hombres buscan placeres, otros un trabajo honesto y fundar una familia,
otros ahorrar para cambiarse de coche, otros quieren divorciarse y casarse
con alguna más joven, pero yo, créeme, sólo quiero hablarte a ti,
que tú sepas por mi boca que todo es mentira, que hasta el arte
y la música son mentira, que hasta el aire que respiras es una mentira,
y de eso me he dado cuenta ahora, cuando salía del agua;
he estado toda la mañana en el mar, fíjate cómo tengo las manos
de arrugadas, he nadado hasta muy lejos, y luego he vuelto, me podría
haber quedado allí, pero he vuelto y al salir del mar, cansado,
triste, te he visto en esta terraza y he mirado tus ojos
y me has dado pena porque sé que estás completamente solo,
que duermes solo, comes solo, bebes solo.

¿Qué más viste allá, cuando estabas en mitad del mar, después de haber
nadado toda la mañana?, le pregunto. Y me contesta:
ya te he dicho que podría haberme quedado allí, muerto o vivo,
ahogado o convertido en una ola de sangre, vi que muerto
importo lo mismo que vivo, y vivo lo que muerto,
y en ese instante, me vinieron a los ojos los ojos de mis padres
el día en que nací, y me sentí muy libre, demasiado libre.
Pero si quieres saber lo que me dijo el mar, bien, esto es lo que me dijo:
“Ninguno de entre vosotros fue mejor que otro y todos moriréis.
Todos carecisteis de la mínima grandeza, ni uno sólo
de entre los vuestros fue excepcional, todos valéis lo mismo”.

El árabe negro se levanta de la silla y se marcha. Yo pido una ginebra
con hielo y limón y bebo hasta que llega la noche, casi en ayunas.
Borracho, terriblemente borracho pido la llave de mi habitación
en la recepción de mi hotel, estoy muy mareado, salgo a la terraza
de mi habitación frente al mar —me costaron tarifa doble las vistas al mar—,
y me entran unas dolorosas ganas de joder con tres mujeres juntas:
será que me estoy muriendo en medio del mar, pero, en efecto,
todas las instituciones de la tierra son una enervante mentira,
como el moro negro me dijo, aunque no me revelase lo peor.
Lo peor, sin duda, es que da igual, porque todo el mundo cree
firmemente en la mentira. Puede que los únicos que no creamos
en ella seamos él y yo, él en el agua, seis horas nadando,
como en la película aquella El nadador, de piscina en piscina,
de playa en playa, yo, bebiendo, de hotel en hotel, ginebra tras ginebra,
los dos completamente solos, ¿quién nos iba a querer,
si no creemos en nada, si estamos obsesionados con lo que fuimos,
pensando que en lo que fuimos se esconde la razón de esta falta de fe?
Ojalá no nos quiera nadie, y podamos seguir nadando, porque nadar
es bueno, porque nadar en el mar, en el mes de julio, es muy hermoso.

 

 

 

 

MALLORCA

Yo también estuve en Mallorca y compré la entrada de la Cartuja
de Valldemosa y me fui —gratis— a la tumba de Robert Graves,
que eligió España como quien elige una cubertería para la boda
de unos parientes lejanos.

Chopin y la viciosa de su novia anduvieron por aquí con pijama
de invierno, no se tocaron un pelo, ni soñaron los millones
de turistas que a Mallorca vendrían cien años después.
De haberlo sabido hubieran comprado media isla.

El mar confunde al atardecer, pues me devuelve héroes de la antigüedad,
de mi pasado, y me veo con barbero en un recreo de los Padres Escolapios,
me veo haciéndole el amor a una china, que me pagó un camarada del ayer.
Me veo trabajando de albañil para pagarme los estudios
que, claro está, no me sacaron de pobre.
Me veo con los ojos llorosos cuando supe que Anabel, mi novia
de los quince años, murió en la carretera, estampada contra un camión,
y toda la clase asistió al entierro y ella quedó allí, en su penumbra,
en su mala suerte, en el robo o rapto de su vida. Ya no gozaría
de lo que yo iba a gozar, y el mar de la existencia nos separó para siempre.
Ella quedó muerta, y yo vivo, ella paralizada, yo creciendo como un árbol.
Sus ojos eran como lilas, ella se fue al gran reino de la nieve
enterrada en la tierra, nieve dentro de una tumba que no se deshiela,
y yo me quedé por aquí, por las calles, por las tiendas y los bares.

Alquilé un Ford K con aire acondicionado y me fui a Porto Cristo.
Estuve toda la tarde en el agua, y me hervía la piel, y no podía
calmar ese calor, y salí del agua y bebí ginebra con hielo
y pagué una cuenta de ochenta mil pesetas, estuve bebiendo y comiendo
mejillones de roca y doradas y almejas y langosta,
hasta que se hizo de día, y luego, con arena en los ojos y en los labios,
nadé hasta el horizonte y vi mi piel arder y era el mes de julio,
eterna nube de verano, cómo me gusta que vayas sin bragas,
que te sientes en la mesa del hotel, morena y dichosa, medio desnuda
de cintura para abajo, que comas la ensalada ilustrada
sabiendo que debajo del vestido está lo que a Pedro Salinas tanto entusiasmara
y no supo muy bien cómo llamar sino usando lo de siempre: las metáforas.

Y mañana te vas a Nueva York y me dices que no me olvidarás nunca
y las dos cosas son ciertas, y para eso sirven desde siempre las playas de España.
Vuelves a tu trabajo de azafata en las tiendas de Carolina Herrera de Manhattan.
Nueva York es un sitio con quince millones de rostros, perderás el bronceado,
colgarás el póster de las Cuevas del Drac y esconderás la fotografía
que me hiciste en mitad de la arena, cuando dijiste que la tenía
como el Faro de Alejandría. Yo no tengo dinero para ir a Nueva York,
lo gasté todo en una semana en Mallorca, yo soy un señor de la península,
yo sólo tengo lo justo para mandarte esta postal del cielo, como dijo otro poeta.
Y tú, como todas las Navidades y en señal de memoria,
desde América me mandas un lote completo
(gel, colonia, after shave) de Carolina Herrera for men.
Y no sabes lo bien que me viene y lo mucho que me dura.

 

 

 

 

EL BOSQUE DE LAS HAYAS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Valle del Aspe, agosto del 98)

Dios dio a la clase media el buen tiempo y el verano
para que gozasen del baño, del agua y de la luz,
como esperanza y anuncio de un futuro inigualable,
superior al esplendor y el gobierno de los tiranos.
La vida y España siempre estuvieron llenas de tiranos.

Así llegaban los obreros y los empleados a la orilla del mar,
del río o del lago, con sombrillas y hamacas baratas,
con la comida hecha en casa, con la bebida en la nevera
portátil, con las sandalias nuevas, con las flores del gorro
de agua, con el periódico, el cigarro, y el bigote sobre el labio.

No quiero seguir escribiendo poesía. No creo en ella.
Es una dedicación de cobardes, de legisladores menesterosos.
La poesía dejó de servir a la vida para servir a la historia
de la poesía, una vieja tentación de los hombres,
un ridículo aburrimiento, un vaso vacío en la medianoche.
Me paso la vida comprando navajas.

Me miro en el espejo del hotel Bernadette,
voy vestido de blanco, con corbata de seda,
como un comulgante, con el rosario y la cruz
en las manos, telúrico, claro, exaltado y ni siquiera
son las once de la mañana y ya he bebido
con indebida abundancia, mano fastuosa en la botella.

Me miro en el espejo sucio del hotel Sahara Inn,
en Marraquech, la moqueta roja del suelo es casi sangre,
las toallas no quitan el sudor de los cuerpos,
y el agua quema y está contaminada.

El bosque de las hayas está ofendido y me acuerdo del pasado.
En el bosque de las hayas busco frambuesas y arándanos.
Quisiera estar aquí, sobre la tierra, como están las hayas,
los robles, los serbales y los abetos blancos.
Los árboles son como los muertos.

Mi pasado es un río, un molino, una navaja, una caña de pescar.

 

 

 

Vilas, Manuel. El cielo. Barcelona; DVD ediciones, 2000.

 

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