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ESA BELLEZA

Es este uno de esos libros que uno no sabe por qué no se ha detenido antes a leerlo, a disfrutarlo. La mezcla de escultura, fotografía, filosofía y escritura lo convierte en uno de esos libros que hace que la propia biblioteca aumente unos cuantos enteros de calidad.

En el prólogo del libro, escrito por Jaime Priede -autor también de la traducción-, podemos leer:
xxxxx“A partir de las fotos de las esculturas de Giacometti, Berger reordena su apariencia basándose en un principio de colaboración, el mismo que persigue Trivier. La cámara de Trivier quiere encontrar la cara de lo que busca, persigue su expresión, que la escultura le devuelva la mirada. Berger considera que el artista no es un creador, sino más bien un receptor. “La creación no es sino el acto de dar forma a lo que se ha recibido”. Es uno de los principios que rigen el devenir de este libro, en el que la vista llega antes que las palabras.
xxxxx“La escritura, tal como yo la concibo, no tiene un territorio propio. El acto de escribir no es más que el acto de aproximarse a la experiencia sobre la que se escribe; del mismo modo, se espera que el acto de leer el texto escrito sea otro acto de aproximación”.
xxxxx(…) Trivier se plantea fotografiar las esculturas de Giacometti con la paciencia de un pintor. Cuando Trivier tenía seis años, Berger miraba la foto de Paris Match y anotaba: “Pensemos en una de sus esculturas. Delgada, irreductible, inmóvil, aunque no rígida; imposible de pasar por alto pero, al mismo tiempo, sólo es posible observarla, mirarla. Al hacerlo, la figura nos devuelve la mirada”.

 

 

Y aquí dejo algunos textos del libro.

 

 

xxxxxEscribe Gilles Deleuze a propósito de los filósofos estoicos: “Entre la profundidad de las cosas físicas y la superficie de los fenómenos metafísicos hay una estricta complementariedad”.

xxxxxDamos un salto desde los estoicos a los que se refiere Gilles hasta la piscina municipal. No la de Eastbourne sino otra en el suburbio parisino de Fresnes, donde se encuentra la célebre Maison d’Arret.

xxxxxViene a la piscina gente de todas las edades. Los padres traen a sus hijos. Muchos de los habituales vienen solos. Puede que se saluden con un gesto. A veces hay siete nadadores, a veces setenta. Depende del día de la semana, de la hora, de la estación. Los niños se dirigen a sus padres. Cualquier otra voz se considera innecesaria.

xxxxxLa mayoría de los nadadores llevan gafas oscuras para protegerse del cloro. El gorro es obligatorio, incluso para los calvos. Todo el mundo se concentra en el acto de nadar. Algunos se sumergen, otros descienden lentamente por la escalera. Nadan para mantenerse en forma, para perder peso, para fortalecer el corazón, por el placer de sentirse en el agua o por el íntimo y singular placer de llevar a cabo algo privado y solitario en compañía. De vez en cuando, hay un nadador que sueña con llegar a ser campeón local. Todo el mundo nada de lado a lado, largo tras largo, cada cual siguiendo su propia calle no señalada.

xxxxxCuando sales del agua, si has nadado sin gafas como yo, percibes un ligero halo alrededor de los que aún nadan o salen del agua para ducharse antes de vestirse y secar el pelo. El halo es fruto de la irritación de los ojos pero me gusta creer que sea también obra de la mente. Nunca he aceptado la idea de que el pensamiento clarifica sin más; llena un vacío también. El pensamiento tiene su propia opacidad.

xxxxxCuando las observo, las figuras que están quietas o moviéndose en la piscina de Fresnes son tan difusas como las figuras quietas y en movimiento de Giacometti en una de las fotos de Marc.

xxxxxUn hombre joven y alto enjabona bajo la ducha sus largas piernas. Una mujer madura se agarra al borde y mira atentamente el agua que le llega hasta la clavícula, como si fuera un libro que está leyendo. Un hombre de mi edad nada en estilo crol lentamente hacia su pasado. Una adolescente de once años camina por el borde de la piscina gozando del tesoro de sus caderas.

xxxxxNo hay cabida para el sexo aquí, el lugar no lo permite. Es un sitio con mucho deseo, gran cantidad de deseos, pero el sexo está de más.

xxxxxImagino al hombre joven, la mujer corpulenta, el septuagenario, la adolescente de once años que acabo de describir, volviendo a sus vidas privadas, reconocidos, recibidos por alguien con quien comparten la intimidad.

xxxxxEsa belleza.

 

 

 

 

xxxxxEl deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hacen frente al resto de complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos.

xxxxxEl plan establecido es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor.

xxxxxEn todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos cosas se ensartan juntas. El deseo es inconcebible sin una herida.

xxxxxSi hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo.

xxxxxEl cuerpo humano realiza proezas, posee gracia, picardía, dignidad y otras muchas capacidades, pero también resulta intrínsecamente trágico como no lo es ningún cuerpo de animal (ningún animal está desnudo). El deseo anhelaproteger al cuerpo amado de la tragedia que encarna y, lo que es más, se cree capaz.

xxxxxLa conspiración consiste en crear juntos un espacio, un lugar de exención, necesariamente temporal, de la herida incurable de la que es depositaria la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. El deseo es un intercambio de escondites (hablar de “volver al útero” es una vulgar simplificación).

xxxxxTocar una pierna con mano de amante. Que sea para excitar o para relajar no supone diferencia alguna. El tacto aspira a alcanzar, más allá del fémur, la tibia o el peroné, el propio corazón de la pierna, y el amante al completo espera acompañar ese gesto y habitar en él. La pierna de Giacometti, la de la piscina de Eastbourne, tiene que ver (entre otras cosas) con el deseo.

xxxxxNo hay altruismo en el deseo. Al principio están implicados dos cuerpos y la exención, siempre y cuando se logre, les protege a ambos. La exención es inevitablemente breve y, sin embargo, lo promete todo. La exención suprime la brevedad y con ella las penas asociadas a la angustia de lo efímero.

xxxxxAnte la mirada de una tercera persona, el deseo es un breve paréntesis. Desde dentro, una inmanencia y una entrada en la plenitud. Normalmente la plenitud se considera una acumulación. El deseo revela que es un despojamiento: la plenitud de un silencio, de la oscuridad.

 

 

 

 

xxxxxUna vez hice un retrato de Andrei Platonov a partir de una fotografía en un periódico. Puede que surgiera también de alguna de sus palabras. Palabras que tuvieron que traducirme porque escribía en ruso, una lengua parecida al murmullo de las primeras horas del día. Nació en Voronez en 1899 y murió en Moscú en 1951. Al fondo del dibujo pegué un billete de tren y anoté una frase de uno de sus relatos: “Se marchaba lejos por mucho tiempo, quizá para siempre”.

xxxxxAhora Andrrei se ha unido a la fila india y Katrin se vuelve para escucharle.

xxxxxEn un libro titulado “Djann”, cuenta la historia de un grupo de nómadas varado en un desierto de sal (de desolación) en alguna parte cerca del mar de Aral en Uzbekistán. Lo han perdido todo: instinto de supervivencia, pertenencias, ganado, cualquier noción de futuro y toda ilusión.

xxxxxEscribió ese libro en 1935 y fue el primero en publicarse tras su muerte, en los sesenta. Andrei Platonov era un caballero andante del compromiso y de la miseria. Compartir, dijo una vez, te devuelve el sentido de la realidad. No puedo oír lo que le dice a Katrin. Él creía que los perdedores eran amados sin saberlo y que en esa ignorancia había algo más sagrado que en cualquier otra cosa sobre la tierra.

xxxxxHacia el medio del relato, una de las noches previas a la llegada del crudo invierno, el protagonista oye por casualidad el susurro de un hombre y una mujer en su desvalida choza.

xxxxx“Ya no servimos para nada, dice la mujer, tú estás delgado y débil, en cuanto a mí, me languidecen los pechos y siento dolor en la médula de los huesos.
xxxxxNo dejaré de amar lo que queda de ti, dice él.
xxxxxNo se dijeron más. Sin duda se tendieron abrazados en el lecho para tener en las manos su única dicha”.

xxxxxNo dejaré de amar lo que queda de ti.

xxxxxLo extremo de esas ocho palabras se aproxima a la pose extrema de Annette.

 

 

 

 

xxxxxNo hace mucho estuve en Florencia. La nieve caía sobre el Duomo y el Arno fluía bajo los puentes con el color de una vieja calavera. La ciudad estaba tan fría como una fortaleza en invierno. Normalmente el tiempo y las colinas sembradas de Toscana encubren el hecho de que Florencia haya sido (es) la más afilada y menos complaciente de todas las grandes ciudades italianas.

xxxxxEn un momento dado, me refugié de las calles heladas en el Museo del Bargello y allí me topé con la cabeza de porcelana de un joven santo —¿o sería un ángel?— de Luca della Robbia. Andaba por los sesenta cuando la hizo. Utilizó solamente tres colores. Un ocre pajizo para el cabello, un verde de acedera para el cuello de la túnica y el inimitable azul de Della Robbia para la propia túnica y la capa. La piel, el blanco de la porcelana. ¿Cómo describir el azul de Della Robbia? Combinar el mar Egeo con el vestido de la Madonna, atrae a la memoria; es el azul de la música. Los colores no tienen vida pero el ángel parecía estar vivo.

xxxxxCuando Luca era joven, antes de ponerse en marcha el negocio familiar de producción de bustos coloreados, relieves y medallones para que la ciudad pareciera más inocente de lo que en realidad era, le consideraban un escultor del bronce a la altura de Donatello. Su tribuna de la Cantoría, una serie de altorrelieves que representan a músicos, cantores y danzarines haciendo música, es asombrosa. No conozco otra obra que muestre con tanta precisión el poder de la música para arrebatar a los músicos y a quienes les escuchan. Observándoles, llegas a pensar que Elvis, Morrison, The Bird, Ferré o Piotr ya han sido anunciados en bronce a principios del quattrocento.

xxxxxLuca se ha unido a la fila y Andrei le explica que su padre trabajaba en el ferrocarril como maquinista y que él mismo, antes de convertirse en ingeniero, realizó sus estudios en la Escuela Politécnica.

xxxxxLuca della Robbia fue contemporáneo del pintor Masaccio. Éste murió a los 29 y él vivió 82 años. El fresco de Masaccio sobre Adán y Eva en la iglesia de Santa María del Carmine, a diez minutos andando del Museo del Bargello, es uno de las más bellas evocaciones de la tragedia inherente al cuerpo humano.

xxxxxAhora Luca está hablando con Katrin. Ella tiene los ojos verdes.

xxxxxEl ángel era bello. Me refiero a su presencia, no al resultado como obra de arte. Hice un dibujo para intentar entender la expresión de su rostro. Y mientras dibujaba esa expresión, me di cuenta de algo muy distinto.

xxxxxSu rostro afirma que es él quien te está mirando. La belleza no procede aquí del placer de mirarle, sino de la necesidad de que te mire. La belleza procede de la esperanza de que te reconozca, y te incluya, la existencia de lo que estás mirando.

xxxxxEsa esperanza de ser mirado y reconocido no se da solamente ante los retratos de los florentinos con su erotismo. El trazo de un león sobre la oscura pared de una cueva hace treinta mil años ofrece, además de la elegancia de su silueta, una inclusión en su propio mundo. Y quizá sea válido igualmente para la belleza que no es obra del hombre, la belleza presente en una puesta de sol, una planta, un animal o una montaña. Todas estas cosas son bellas cuando responden a la misma esperanza que el rostro del ángel parece colmar.

xxxxxEstamos esperando que Annette nos mire.

xxxxxDeja de leer. Busca la foto. Su cuerpo nos mira directamente a los ojos.

 

 

 

Berger, John; Trivier, Marc. Esa belleza (Trad. Jaime Priede). Madrid; Bartleby editores, 2005.

 

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