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PANTALONES LARGOS

 

PANTALONES LARGOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCaía la niebla sobre París […]
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEl Sena se asfixiaba en el amarradero […]
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa niebla entraba en la boca, en los pulmones,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo si el aire llorara.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAdam Zagajewski

xxxAl abrir la puerta, una nubecilla de humo me esperaba en la escalera. Detrás, el gesto torcido de Ray antes de salir a escena.
xxxLos actores necesitan trabajar con un conflicto. Si no hay conflicto, no hay nada. Ni guion. Ni personajes. Ni escena. Nada. Eso lo sabe Ray aunque no es actor. O tal vez sí lo sea. Tal vez en la medida en que lo somos todos. Tal vez más. A mí me recuerda a Johnny Depp o a Skeet Ulrich. ¿No? Sí. Es clavado a Skeet Ulrich. Al menos en aquella época. También os puede recordar a una estrella del rock. O a un artista serbio. O a un fotógrafo de modelos. O a un modelo de fotografías. Al menos en aquella época. Me temo que Ray podría haber sido todo eso y más. Pero decidió ser escritor. Y guionista. Y director. Y venir a mi casa a aquellas horas de la noche porque, por lo visto, no estaba dispuesto a pasar por alto aquel agravio.
xxx—No has venido a la presentación.
xxxShhhh. Lo agarré del antebrazo con tal fuerza que —pensé— le iba a arrancar los tatuajes y le tapé la boca. Por nada del mundo quería que el renacuajo se despertara. Después tiré de él hacia el salón y lo empujé dentro con rotundidad. Se me antojó poca cosa. Cayó de rodillas y se golpeó la cabeza contra el sofá. Cerré la puerta de una patada y corrí las cortinas. Parecía bebido.
xxx—No has venido a la presentación —repitió.
xxxClaro que no, Ray. No he ido a tu maldita presentación. Ya sé que eres una leyenda viva y todo eso. Maldita sea. Esos pantalones negros tan ceñidos dicen que eres una leyenda. Y esos jodidos botines. ¿Son de color vino? Joder, Ray, ellos también dicen que eres una leyenda. Mis amigos dicen que eres una leyenda. De hecho, muchos te seguían como verdaderos fanáticos. Les molaban tus novelas y tu rollo. No sé si por ese orden. Lo de Christina lo entendían menos pero les encantaba el apellido. Venga, tío. No me mires así. Qué esperabas que hiciese. Tengo al crío enfermo y no podía dejarlo con nadie. Además, no te voy a mentir. Hoy echaban en la tele un reportaje que me interesaba mucho. ¿Sabías que en Tokio combaten la soledad con cafés en los que uno puede alquilar gatos por horas y jugar con ellos allí mismo? ¿O que tienen un nombre para la muerte por excceso de trabajo?
xxx—Karoshi.
xxxSí, Karoshi. Ya sé que te fascina Tokio y toda esa mierda, Ray. A mí también, joder. No te sientas tan especial. ¿Sabes cuántas novelas o películas llevan la palabra «Tokio» en su título? Leí ese libro, por cierto. No te voy a mentir. Me dejó tibio. Y luego, leí Héroes. Y luego, Caídos del cielo. Y luego, Ya solo habla de amor. Y luego, casi me suicido. Y, con todo, luego leí El hombre que inventó Manhattan. Y entre tanto vi La pistola de mi hermano, Teresa, el cuerpo de Cristo y La mujer del anarquista. Si hasta me vi la puta Master Class esa sobre improvisación que diste. ¿No la recuerdas? Sí, hombre, en aquel programa de televisión modernito de la 2. Joder, Ray, pero en qué estabas pensando. Me da igual que fuese por hacerle (o devolverle) el favor a algún amigo. Fue como ver agonizar una trucha en el suelo de un tiovivo. Por Dios. A mí también me flipa el patinaje sobre hielo y William Carlos Williams pero… Quién es de Algete ¿En serio? Bah. Bah.
xxx—Ésta te va a gustar.
xxxMira, Ray, no te lo tomes a mal. Me la suda el New York Times. Escribes bien y todo eso. Pero te he dado muchas oportunidades y no te perdono que me hayas aburrido tanto. Estamos en época de pantalones largos, ¿recuerdas? La vida es corta y tengo un millón de problemas encima. Y debajo. Y en la habitación del fondo. Especialmente en la habitación del fondo.
xxx—Hazme caso. Parece que no esté escrita por mí. Te gustará —repitió.
xxx¿No me estás escuchando? Te digo que tengo una vida muy jodida y poco tiempo para leer. Tengo una mujer enfermiza, un perro epiléptico y un niño que vomita cada quince minutos. Y lo peor es que no saben lo que tiene. ¿Me explico? Así que cuando me pongo a leer quiero que sea bueno. Quiero que sea cojonudo. No espero que lo entiendas.
xxx—Te entiendo.
xxxQué vas a entender tú. Estoy hasta la polla de ti y de los tuyos, joder. Que si leo seis periódicos. En inglés. Que si no tengo móvil. Que si ahora voy a traducir un escrito prepúber de Thomas Bernhard. Que si ahora me obligan a hacer el chimpancé. Oh. Qué putada. Oh. Pobrecito. Oh. Que estoy de promoción. Que si me van a traducir al hebreo. Que si cómo has podido vivir ignorando a Walter Benjamin. Que si tienes que leer a este. Que si tienes que leer a aquel. Harto. Me tenéis harto. Además, ¿por qué carajo escribís libros de trescientas, cuatrocientas y seiscientas páginas? ¿Tan importantes os creéis? ¿No sabéis contar una puta buena historia en doscientas? ¿Qué ha sido del Ray que prefería hablar de otros escritores antes que de él?
xxx—Sigue aquí.
xxxPues eso, Ray, qué cojones haces aquí. ¿No ha ido bien? Lo dudo mucho. Habrá ido mucha gente con ganas de aprender la diferencia entre rendición y derrota. Ya sabes, gente interesante. Gente del tipo que, cito, está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas. Ya me entiendes.
xxx—Ahora es diferente. Lo que quiero es volver al hotel y descansar.
xxxShhhh. Calla. ¿Oyes eso? Es mi hígado retorciéndose. ¿Tú estás cansado? No me jodas, Ray. ¿Cuántas horas has dormido en esta última semana, eh? ¿Cuántos kilómetros llevan tus piernas? ¿Y tus brazos, cuánto peso han cargado? ¿Tu jefe te humilla? ¿Te ha rechazado tu mujer? ¿Cuántas veces? ¿Has ido a urgencias, quizás? ¿Has temido por la vida de tu hijo? ¿Él también vomita y tienes que inyectarle metoclopramida? No me jodas, tío. Descansar.
xxx—No voy a pedir perdón por mi suerte. ¿Lo haces tú por tus desgracias? Solo creo que te gustaría. La novela, digo. Te oigo y cada vez lo tengo más claro. ¿Puedo fumar?
xxxNo, no puedes fumar, Ray. En esta casa antes se fumaba. Y se follaba. Y se bailaba al ritmo de la Hot 8 Brass Band. Pero ahora mi mujer tiene los bronquios delicados y un sueño muy ligero. No te costará visualizar mi día a día. Me gustaría decirte que siento no haber podido asistir a la presentación de tu maldito libro. Me gustaría decirte que me encanta tu obra. Pero no puedo, Ray. No puedo. No digo que no seas bueno, solo que no eres mi tacita de té. ¿Recuerdas?
xxx—Podré vivir con eso.
xxxApuesto a que sí, Ray. De verdad. No es nada personal. Pero no puedo con los autores cuyas vidas intuyo más interesantes que sus novelas. Una biografía tuya sí que me leía, ¿ves?
xxx—Pero no si la escribo yo.
xxxExacto. Biografía. No autobiografía. Venga, Ray. Qué es lo que quieres saber realmente. Se está haciendo tarde. ¿Quieres saber los gustos literarios de este insignificante escritor? ¿El libro que tengo en la mesilla de noche? Pues la verdad es que ninguno. No puedo leer en la cama porque despierto a mi mujer y no quiero molestarla. Y durante el resto del día me es totalmente imposible. Así que me meto en el baño en torno a las cinco de la madrugada y no salgo hasta las seis y media. Me gustan los rusos y Roque Dalton. Me gustan Lorca, Luis Rosales, Cheever, Flanney O’Connor, Fitzgerald, Pound. Me gustan Whitman, Emily Dickinson, Cernuda y Gil de Biedma. Hemingway, Houellebecq, Nothomb, Rimbaud. No sé, me gustan Rilke, Dylan Thomas, Fante, Conrad, Wilde, Shakespeare. Me gustan Idea Vilariño y Ángel González, Cavafis y esa poeta polaca de nombre impronunciable. Luego están Olivier Adam, Stendhal, Pavese, Kobayashi, algunas cosas de MUrakami, Alberto Olmos y casi todo lo de Iván Onia y José Pedro García Parejo. Estos te digo ahora. Dentro de un rato pueden ser otros.
xxx—No conozco a los dos últimos.
xxxSon autores locales, Ray. Si es que eso existe. Y no van por ahí lamiendo culos. Ya los conocerás, espero. Es cuestión de tiempo. Muchas gracias por la visita pero a menos que me quieras contar un cuento mientras me duermo, ha llegado la hora de que te vayas.
xxxVenga, pero qué hostias haces. Lo decía de broma. ¿Vas a contarme el cuento de verdad? Bueno, si insistes, toma, léeme alguno de Cheever. Deja que me ponga el pijama y me tumbe en el sofá. Es agradable que te lean a media voz. Mi padre lo hacía. No solo antes de ir a dormir. También por las tardes, al volver del colegio. En fin, Ray, no te voy a mentir. En aquellos tiempos ya prefería la voz de una mujer caliente. Y ahora también.
xxx—Cierra los ojos de una puta vez y déjate llevar.
xxxDe acuerdo, Ray. Ya voy. Léeme El tren de las cinco cuarenta y ocho.
xxxOkey, amigo. Dice así:
xxxNuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo pueda mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba, después de un beso, de una charla, de un buen vino, aunque de eso ya casi no nos queda.

 

 

 

Torrero, Carlos. Lejos del champagne. Palma de Mallorca; Ed. Sloper, 2019.

 

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