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MUJER QUE SOY – MARÍA ELVIRA LACACI

 

LA PALABRA

Yo te quiero sencilla. Acaso pobre.
A veces, vas a brotarme de organdí vestida (sin querer
me florece el lenguaje de otros seres).
Con amor te desnudo.
Quedas como mi carne.
Como mi corazón y sus latidos.

A menudo,
igual que los pequeños
ante una tienda de juguetería,
pego la cara
a las brillantes lunas
donde se venden las palabras bellas.
Las admiro.
A otros le sientan bien. Si me las colocara…
Las aparto al momento
porque a mí no me sientan.

Y de nuevo voy cogiendo brazados de palabras
entre la hierba fresca
y bajo el cielo.

 

 

 

 

LA POSTERIDAD

Con frecuencia, oigo hablar a poetas
de la posteridad.
“Tenemos que intentar —dicen con énfasis—
que las generaciones venideras…”
Y yo digo que sí —siempre me incluyen—. Pero mi corazón
sonríe
al tiempo virgen para sus latidos.

Yo quiero vivir al día,
lo mismo que las aves.
Ser pan de todos, sí
de los que conmigo muerden la agonía.
Y ya no aspiro a más.
Sólo a pudrirme —cuando llegue la hora—
junto a mis letras húmedas y doloridas.

 

 

 

 

AL ESTE DE LA CIUDAD

Infinidad de niños por la calle jugando.
Cada mujer que pasa es templo
frutecido.
Mucho polvo. Gitanos.
Hormiguero de seres. (Cada casa
alberga, por lo menos, tres familias.)
Miseria.
También trabajo recio.
Un defenderse cotidianamente.
¿Quién les ayuda?

Los alimentos, por el mismo precio,
son de clase inferior a los del centro.
Las calles no las riegan jamás;
la tierra chirría entre los dientes.
Muchas —la mía por ejemplo—
no tienen pavimento.
Y, con las lluvias,
el barro sobrepasa los tobillos.

Los tranvías antiguos;
los autobuses viejos,
jubilados del centro
por mal estado: ¡Para los suburbios!
(Si al menos el billete lo hubieran rebajado.)

No sé por qué estas cosas.
Tal vez porque hasta aquí
no llegan los turistas con sus “leicas”.

Sólo Dios nos iguala.
Él no destina para los humildes
los pedazos de Gracia que, en su día,
han disfrutado ya
los hombres ricos.

 

 

 

 

LOS OBREROS

He crecido sintiendo
que teníais veneno dentro de las venas.
Mi educación burguesa…
Os temía.
Si estabais reunidos más de cuatro en una plazoleta
creía adivinar
el sonido estridente de vuestro lenguaje:
“Revolución”. “Venganza”. “Cuando cambie…”.

Ya he calado en lo hondo de vuestra inocencia.
Y sé el significado de vuestro oscuro gesto,
porque en mí ha florecido. Es dolor solamente.
Ahora,
si os veo reunidos más de cuatro
en cualquier descampado, callejuela o taberna,
pienso
que estaréis comentando
lo tarde que este año llegó la primavera,
el dientecillo tierno que nació a vuestro hijo,
o, tal vez,
encajaréis con rabia las mandíbulas
sintiendo
que la injusticia os besa. Y os posee.

 

 

 

 

ORACIÓN DEL TABIQUE

Un tabique, Señor,
para las largas naves
de tantos hospitales. Gratuitos.
Un tabique, Señor.
Aunque sea muy leve.
De apenas cal, cemento. Sin ladrillo.
Un tabique, Señor, para que los defiendqa
de la queja más próxima,
de la lágrima ajena,
de la muerte cercana…
Un tabique, Señor.
Aunque haya en los jardines menos flores,
menos fuentes preciosas
y menos avenidas
espaciosas.
Un tabique, Señor,
para las largas naves
de tantos hospitales. Gratuitos.

 

 

 

VV. AA. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta (Introducción, selección y notas de Angelina Gatell). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

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