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MUJER QUE SOY – JULIA UCEDA

 

CASAS BAJO LA LLUVIA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¡Oh pobres campos malditos,
xxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxxxxpobres campos de mi patria!
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA. M.

Ciudad, tienes mil caras
en cada gota de agua.

De infinitas ciudades,
cercanas o lejanas,
de pueblos infinitos,
de infinitas Españas,
se rompe esta espaciosa
y triste piel exhausta.
Una por cada gota
de lluvia. Una por cada
lágrima.
Una ciudad por cada cerviz
ensangrentada.
Una ciudad distinta
por cada voz que clama
distintas cosas. Una
por cada
pupila sorprendida
desnuda frente al alba.
Todas bajo la lluvia,
en marcha
por silenciosos túneles
de estrellas apagadas.
Mudas y divididas
bajo la misma agua.
Todas vueltas —posturas
distintas de esperanza—
hacia la voz. ¿Sonido
de ayer o de mañana?
Casi sueño, luz casi
sin llama.
Ciudad bajo la lluvia.

Pueblos bajo las lágrimas
silenciosas de España.

 

 

 

 

VED A UN HOMBRE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxUna esperanza se ha ido del mundo,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxuna soledad ha comenzado para cada
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxhombre libre.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA. C.

Ved a este hombre.
La sombra de su cuerpo cubre todo el camino
y oscuros pájaros sin voz,
sin música, se estrellan, hojas solitarias,
a sus plantas. Lutos que giran
muy cerca de sus ojos arruinados,
de su mirada antigua que lucha contra el musgo
por seguir contemplando más belleza.
En su fondo se alzan
gestos purificados a través de los tiempos.
Mirad. No espanta
su postura de herido en pie, ahuyentando
los violentos plurales en acecho.
Pasa la cinta presurosa
de muchos que sonríen con labios estrenados,
agitando la ropa que, en serie, echaron fuera
de algún laboratorio, o sus gestos de eslogan
—todos iguales. Como en un espejo—.
Y le dicen adiós con muecas, apretándose
las caderas impuras.
No, no. No espanta.
Dan deseos
de caer de rodillas,
de acariciar sus pies casi raíces
y su inocente sangre
antes que cualquier bota lo derribe.

 

 

 

 

UN SEGURO APELLIDO

El mundo es de los otros.
Se hizo para ellos y ellos lo poseen.
Cantan y se apacientan
dulcemente contentos.
Tienen mitos y dioses,
tienen hogar y hermanos
y un seguro apellido
y una calle con nombre.
Pueden tenerlo todo.
Todo pueden quitarnos:
hasta el silencio breve
que madura los versos;
hasta el Dios que se asoma
temblando en nuestro fondo
(ese Dios al que obligan
a ser inteligente).
Guardan en el bolsillo
su entrada para el Cielo
—un lugar elegante,
de “gente conocida”—,
mientras otros estamos
de pie, haciendo cola.
Mientras nos empujamos,
mudos, ante la puerta.
Y hemos perdido todo,
y estamos como ciegos
frente a los luminosos
que anuncian la película.
Nadie nos mira nunca,
pero nos da vergüenza.

 

 

 

 

ESPERANZA

Aunque estoy de rodillas ante los Grandes Ídolos
y digo amén a todas sus palabras
con la boca de hiel, tratando
de resistir los golpes
de la sabia experiencia,
puedo alargar la mano hacia una rosa.

Aunque mi cuerpo, al fin de todo,
borrado quedará como ese rastro
de un avión entre las nubes, miro
sin miedo ni rencor el ancho cielo
donde me perderé
con un rumor agradecido.

Aunque huyo de los sueños
que me acompañan cada noche —robo
cartas, hablo con seres
casi imposibles por su lejanía
y lucho con las sombras—, cada noche
espero al sueño confiada
en su desdén hacia los hombres.

Ningún prodigio intento: oigo
puertas batidas por el viento
y trato de ajustarles sus pestillos.
Figuras de soledad ya no me asustan:
lo informe y los largos caminos
sin andar, me preocupan.

Los ídolos seguirán presidiendo
el limitado devenir, pero he luchado
contra ellos: cuando niña
matamos una Mantis Religiosa
y creo que me atrevo con los mitos.

Un hombre libre hay en algún lado
aunque yo no lo sepa.

 

 

 

 

HAY UN ROSTRO DETRÁS DE LA SOMBRA

Señor, si eres, yo sé cómo no eres.
Si juzgas, yo sé cómo no juzgas.
Si amas, yo sé cómo no amas.
Y no sé nada más. Y nada más deseo
saber: no siento
necesidad de ir a parte alguna.
Veo la muerte en los caminos.
Y algo peor: el vacío y el polvo…

No sé si para alguien
es útil este mundo
al que pude amar tanto.
(Pobre gloria Tu gloria si lo hiciste
para ella.) Debes de sentir náuseas
profundas de ese vaho
que sube hasta Tus círculos.
¿Reconoces Tu obra? ¿Firmarías
Tus palabras: esas
que dicen que Tú has dicho?

Quieren que imaginemos
a un Felipe II entre papeles,
organizando, dispensando
órdenes y más órdenes…
Rodeado de negros secretarios
que guardan tus secretos
celosamente —¡cuán celosamente!—;
alzando cárceles, corriendo
cerrojos,
frunciendo el ceño, dando,
indolente,
Tu mano al beso del vasallo.
Para ese Dios burócrata
no merece la pena
el dolor de este mundo.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY sin embargo
de nada sirve lo que yo sospeche:
ellos dicen que hablan por Tu boca.

 

 

 

 

DEFINICIÓN

Hormiga: insecto
himenóptero. Su cuerpo
se estrecha por dos veces:
unión de la cabeza con el tórax,
de éste y abdomen.
Antenas acodadas, patas largas.
Viven en sociedad,
con sus soldados y sus basureros,
machos, hembras y agrícolas obreras
organizadas hitlerianamente.

El niño mira sorprendido
en las veredas pardas,
la hilera decidida,
el idioma que late en las antenas,
suponiendo el cansancio,
el temor a los dioses,
a las leyes no escritas
y a los ciegos destinos.

El niño mira a las hormigas
y las ve detenerse
y proseguir. Y no se explica.
El niño, el hombre, se levanta
irritado, ignorado por el mundo
que transcurre a sus pies, y bruscamente
rompe la hilera que supone un cosmos
que se esparce, deshecho, sin motivo.
Después se va, olvidándolo,
a buscar la merienda y los deberes.

Hombre: animal solitario
que vive en sociedad.
Extremidades, tronco
doblado poco a poco por el tiempo.
Tiene leyes, idiomas y ciudades.
Con frecuencia
extermina a otros hombres.
Cree poseer un alma,
pero no sabe dónde
ni por qué ha de morirse.
Machos, hembras y obreros
también privados de las alas.
Se dice que no existen
variedades notables entre ellos,
pero vemos que algunos
huyen de la manada y se destierran
con gritos de dolor que no se oyen.

¿Dónde está el niño que nos mira
y piensa: “De qué extraña
manera se comportan…”
y va a pisarnos y a correr riendo
a buscar su merienda y sus deberes?

 

 

 

 

UNA PATRIA SE VE DESDE LA CUMBRE

Lo que os voy a decir es como un grito.
Y es urgente esta forma entrecortada
—para que oigáis los golpes
de un corazón oculto—
porque responde a una pregunta
que no sé si me han hecho.

No puedo precisar en dónde
comenzó todo: hace edades o siglos
(siglos o edades
de irrompibles silencios).
Para mí sobrevino
en un lugar inesperado:
París, mil novecientos
cincuenta y nueve. La frontera
me había desnudado de la firme
protección de la patria
y sus conceptos nunca comprobados.
Ya no tenía
visillos de humo
para mis ojos: Carlos V
murió efectivamente; Don Quijote
era un libro
hermoso. Yo vivía, por fin,
no en el pasado, no
sobre el colchón de plumas
amargas, sino
en París mil novecientos
cincuenta y nueve.
Ardían
mis ojos nuevos, arrasados
de un aire de otro mundo.
Inesperadamente había
encontrado mi tiempo.

Allí, en París, vi
por primera vez al enemigo
de Don Quijote,
de toda la cultura
occidental. No hablaba
como en el cine
de mi país.
xxxxxxxxxxxSu voz
me recordaba aquellas voces
que levantaron Grecia.
Su rostro, rudo,
puro, de campesino cordobés
y su viejo uniforme (había
olvidado decir que la película
narraba una sencilla historia
rural,
de la última guerra),
velaban por completo
sus oscuros propósitos
contra mí —contra el espíritu
occidental y sus valores
eternos…—. Sólo
supe la historia de un soldado,
de su hogar entre campos
de trigo —¿Ucrania? ¿Andalucía?—,
de su madre, arropada en lutos
y viuda como
las mujeres de Lorca.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSi me hubiese
tapado los oídos; si la lengua,
extraña, melodiosa,
se hubiera dejado oír, aquella dulce
historia, aquel
paisaje, los soldados,
rotos, alegres,
habrían sido
los de la patria; aquellas
estaciones, el trayecto
desde Sevilla a Córdoba,
no de Ucrania, no
de donde fuesen.
xxxxxxxxxxxxxxxxxY aquel amor
entre dos seres casi niños,
habría merecido
un 1 a la censura.
xxxxxxxxxxxxxxxxxNo podía
a través de la húmeda cortina
de mis ojos, adivinar
los oscuros propósitos
contra mí.
xxxxxxxxxxEntonces supe
que no era libre;
que nunca nadie
había sido libre.

xxxxxxxxxxxxxxxxSi yo fuera
filósofo extraería
consecuencias, tal vez heterodoxas,
sobre el dolor del mundo, sobre
cierto pecado del mundo y algo
no sólo del país que vi desde la cumbre,
sino del hombre contra el hombre.
Probablemente haría
un estudio científico
de ciertos individuos
borrachos de poder.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY es posible que entonces
hubiésemos llegado
a la raíz del pacto de silencio
entre los siglos.
xxxxxxxxxxxxxxxxPuede
que entonces comprendiéramos
que la manzana sigue y sigue
rodando sobre
nuestras cabezas erguidas de
miembros de la cultura
occidental.
xxxxxxxxxxxPero eso
tal vez no es cosa mía. Os cuento
en forma de poema, un poco
entrecortadamente para
que oigáis los golpes
de un corazón oculto,
esto que sobrevino
contra mí
en un lugar inesperado:
París mil novecientos
cincuenta y nueve. Era
mirar desde la cumbre
una imposible patria.

 

 

 

VV. AA. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta (Introducción, selección y notas de Angelina Gatell). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

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