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SIN MIEDO NI ESPERANZA

 

GILGAMÉS Y LA MUERTE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa Fernando Lanzas

Temí a la muerte más de lo que nadie
la haya temido nunca, y fui al extremo
del mundo en busca de la medicina
que me hiciese inmortal. Y fracasé
porque así estaba escrito.
Pero cuando volví, ya no temía
a la muerte, y cuando alguien ya no teme
a la muerte, ésta deja de existir
para él.
xxxxxxxxDe manera que no temas,
compañero, a la muerte. Te lo dice
el que perdió la planta de la vida
por bañarse en el río,
el amigo de Enkidu,
Gilgamés.

 

 

 

 

EL ROCE DE SU MANO

El roce de su mano, iun leve y casi imperceptible contacto de
su imano iderecha con el imuslo iizquierdo ide iella, estuvo a
punto de desencadenar iun iconflicto ique ihundía sus raíces
en ila iguerra ide iTroya y se proyectaba, como la seta de una
bomba de hidrógeno, hacia las expectantes estrellas. Pero no
pasó nada. iLa imano ibelicosa iencendió un cigarrillo. Y el ol-
vido siguió reinando.

 

 

 

 

ABRE TODAS LAS PUERTAS

Abre todas las puertas: la que conduce al oro,
la que lleva al poder, la que esconde el misterio
del amor, la que oculta el secreto insondable
de la felicidad, la que te da la vida
para siempre en el gozo de una visión sublime.
Abre todas las puertas sin mostrarte curioso
ni prestar importancia a las manchas de sangre
que salpican los muros de las habitaciones
prohibidas, ni a las joyas que revisten los techos,
ni a los labios que buscan los tuyos en la sombra,
ni a la palabra santa que acecha en los umbrales.
Desesperadamente, civilizadamente,
conteniendo la risa, secándote las lágrimas,
en el borde del mundo, al final del camino,
oyendo cómo silban las balas enemigas
alrededor y cómo cantan los ruiseñores,
no lo dudes, hermano: abre todas las puertas.
Aunque nada haya dentro.

 

 

 

 

BÉBETELA

Dile cosas bonitas a tu novia:
«Tienes un cuerpo de reloj de arena
y un alma de película de Hawks.»
Díselo muy bajito, con tus labios
pegados a su oreja, sin que nadie
pueda escuchar lo que le estás diciendo
(a saber, que sus piernas son cohetes
dirigidos al centro de la Tierra,
o que sus senos son la madriguera
de un cangrejo de mar, o que su espalda
es plata viva). Y cuando se lo crea
y comience a licuarse entre tus brazos,
no dudes ni un segundo:
bébetela.

 

 

 

 

OTELO, MOSCA Y GLORIA

Había una vez dos gatos persas que se llamaban
Otelo, como el moro que estranguló a Desdémona,
y Mosca, igual que el pícaro criado de Volpone.
Los dos eran de un negro subido, como bolas
de azabache o así, y tenían los ojos
azules, de un azul eléctrico y celeste
que no era de este mundo. ¡Qué fácil parecía
para Mosca y Otelo la difícil tarea
de estar vivos! Ni un músculo se les movía cuando
se quedaban dormidos, y no se adivinaba
en su sueño el más leve recelo, la más mínima
inquietud, la menor angustia. Era felices
porque estaban al cabo de la calle, de vuelta
de todo lo que puede amargarles la vida
a dos gatos como ellos.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLo que más les gustaba
a nuestros dos minúsculos tigres era posarse
en el tibio regazo de su dueña, una niña
que se llamaba Gloria y que emanaba gloria
por los cuatro costados. De manera que Otelo
y Mosca se pasaban la vida ronroneando
por ella y para ella, como dos zascandiles
partidarios del dolce far niente.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa muchacha
se dejaba querer y soñaba que Mosca
y Otelo, más que gatos, eran dos caballeros
a los que alguna Circe había reducido
al estado felino, porque Gloria leía
sin parar esos cuentos fantásticos en los que
todo puede ocurrir, y era muy natural
para ella que hubiese gatitos disfrazados
de héroes, como podía haber leones parlantes,
dragones voladores, sirenas o vampiros.
A sus casi once años, Gloria estaba segura
de que aquellos dos gatos eran sus paladines
y de que, si no había más remedio, darían
la vida por su dama (que, por cierto, era ella).
¡Qué estupendo triángulo amoroso formaban
Gloria, Mosca y Otelo: ellos ronroneándole
a su niña adorada, ella loca por ellos!

Pero el tiempo pasó, que es lo que siempre pasa,
y Gloria fue perdiendo su condición de niña
gloriosa y convirtiéndose en una damisela
curvilínea, pragmática y adicta al maquillaje.
En cuanto a Otelo y Mosca, fueron envejeciendo
poco a poco, sin prisa, pero también sin pausa,
y en sus ojos azules ya no había aquel brillo
que no era de este mundo, y turbaban sus sueños
terribles pesadillas, y ya no eran las bolas
de luciente azabache que fueran el orgullo
de su dueña y la envidia de todas sus amigas
cuando los dinosaurios habitaban la tierra.
El día en que murieron,
Gloria no estaba en casa.

 

 

 

 

LA NOCHE MADRILEÑA

Recuerdos de la noche madrileña, en agosto,
cuando todos se habían ido de veraneo,
y no había mensajes en el contestador,
y no llegaban cartas de nadie (ni siquiera
sueltos de propaganda), y el calor invadía
tu casa como un brote de cáncer incurable
(no habías puesto aún aire acondicionado),
y ella estaba con otro en el sur o en el norte
(nunca supiste dónde), y de repente echabas
a andar, sin rumbo fijo, por las calles desiertas
con ganas de morirte, pensando que la vida
era un cuento de Kafka o de Edgar Allan Poe
(por lo menos), y entonces, sin que supieras cómo,
más allá de las tiendas cerradas y los bares,
veías un espectro de luz que se acercaba
y, una vez junto a ti, te decía: «Muchacho,
soy tu ángel de la guarda. Dios dice que te diga
que te envidia: tú solo, y en Madrid, y en agosto,
sin novia y sin amigos, con calor y sin cartas,
¿no deberías dar gracias al Rey de Reyes
por tanta dicha junta?», y desaparecía,
y a la noche siguiente volvía a aparecer,
diciéndote lo mismo, y tú estabas a punto
de morirte de risa, y una vez más la noche
madrileña lograba liberar tu cerebro
de ansiedades estúpidas.

 

 

 

 

SÓLO EL SILENCIO SALVA

Sólo el silencio salva, compañero.
Sólo el silencio salva. Si has tenido
una noche gloriosa en que Afrodita
te ha sonreído y Baco te ha llenado
la copa sin cesar, piensa que luego,
cuando la oscuridad se desvanezca,
tus amigos se marchen a sus casas
y empiece a amanecer, sólo el silencio
va a salvarte, muchacho. Tenlo en cuenta.

 

 

 

 

PELIRROJA FANTÁSTICA

Ni un temblor, ni una arruga en el vestido,
ni una ojera de más: la pelirroja
del poema presenta el formidable
aspecto de quien ha dormido al menos
diez horas, y lo cierto es que ha pasado
toda la noche en vela y no se tiene
en pie. Pero resiste, porque sabe
que es una de las chicas que iluminan
la oscura galería de mis sueños.

 

 

 

 

EL ENEMIGO OCULTO

Cómo quisieras despertar del sueño
que te sepulta en la desesperanza.
Buscas culpables en el territorio
desolado y sombrío de tu alcoba,
y golpeas la nada. Al fin y al cabo,
qué otra cosa es la vida sino dar
palos en el vacío, herir el polvo,
apuñalar el aire y dejar suelto
al enemigo oculto que nos ronda.

 

 

 

 

IMÁGENES

Imágenes, imágenes, imágenes.
Idílicas, obscenas, horrorosas.
Más veloces que el viento, más heroicas
que una canción de gesta, más estúpidas
que el dolor, la piedad y la traición,
más lentas que la espina que atraviesa
el corazón del pájaro, más locas
que el amor, más sutiles que el deseo.
Conmigo vais y moriréis conmigo.

 

 

 

de Cuenca, Luis Alberto. Los mundos y los días. Poesía 1970-2002. Madrid; Ed. Visor, 2007.

 

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