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CECILIA

 

DUERMES bajo la piel de tu madre y sus sueños penetran en tus
sueños. Vais a despertar en la misma confusión luminosa.

Aún no sabes quién eres; estás indecisa entre tu madre y un tem-
blor viviente.

 

 

 

 

FLUÍAS en la oscuridad; era más suave que existir.

Ahora, cuando una lágrima demasiado viva podría herir tu ros-
tro,

vas cautelosa hacia ti misma.

 

 

 

 

BAJO los sauces

yo te llevo en mis brazos y te siento vivir.

Después salimos a la luz y, por primera vez,

tú ves el cielo y lo señalas y lo nombras.

x

Es verdad; en el extremo de tus manos,

el cielo es grande y azul.

 

 

 

 

ACERQUÉ mis labios a tus manos y tu piel tenía la suavidad de
los sueños.

Algo semejante a la eternidad rozó un instante mis labios.

 

 

 

 

ALGUNAS tardes el crepúsculo no enciende tus cabellos;

no estás en ningún lugar y hablas con palabras cuyo significado
desconoces.

Así es también mi pensamiento.

 

 

 

 

VAS a volver

«cuando nazcan las cerezas y despierte la tórtola».

Has dibujado el mundo en una mentira luminosa.

x

Yo vi los ojos de la tórtola enrojecidos por la ira,

sé que en el lauro habita el ácido prúsico

y que sus frutos inmovilizan el corazón de los pájaros.

x

Pero hay cerezas ocultas en la nieve y

oigo el gemido de la tórtola.

 

 

 

 

LLUEVE en hebras doradas

y envuelven nuestros cuerpos los perfumes de marzo.

x

Sucede como en tus ojos:

llueve a través de la luz.

 

 

 

 

CON tus manos conducidas por una música que vagamente re-
cuerdas,

dices adiós en el umbral. Ah insensata dulzura,

dices adiós en el umbral y de tus manos se desprende

un instante sin límites.

 

 

 

 

OIGO tu llanto.

Subo a las habitaciones donde la sombra pesa en las maderas in-
móviles, ipero ino iestás: isólo están las sábanas que envolvieron
tus sueños.

¿Todo en mí es ya desaparición?

No aún. Más allá del silencio,

oigo otra vez tu llanto.

x

Qué extraña se ha vuelto la existencia:

tú sonríes en el pasado

y yo sé que vivo porque te oigo llorar.

 

 

 

 

CON tu lengua atravesada por una ignorancia luminosa hablas
de una flor invisible. Hablas de ti misma.

Nunca tuve en mis manos

una flor invisible.

 

 

 

 

TUS icabellos ien imis imanos, su resplandor atravesado por en-
jambres invisibles, por instantes que no cesan de abandonarme;

tus cabellos entre dos falsas eternidades.

Ah extrañeza llena de luz: tus cabellos

en mis manos.

 

 

 

 

MIRAS la nieve prendida en las hojas del lauro. iRetienes ien itus
ojos la blancura y la sombra y adviertes el silencio de los pájaros.

Yo sé que los pájaros han huido, ique ino ivan ia ivolver iy que tú
existes más allá de mis límites.

Tú eres la nieve.

 

 

 

 

SOBRE el estanque

las palomas giran en torno a tu cabeza.

Cuando sus alas rozan tus cabellos yo me inclino y veo tu clari-
dad en el agua

y yo estoy en tu claridad y me desconozco:

estoy coronado de palomas

dentro del agua. En ti.

 

 

 

 

SUEÑAS.

Tienes miedo de lo que no existe y oyes gemidos en jardines ne-
gros.

Yo también tengo miedo de mi rostro que se va haciendo invisi-
ble.

Cesa de soñar, o, mejor, sueña los rostros que están fuera de ti:

mírame.

 

 

 

 

TEMES mis manos

pero a veces sonríes y te extravías en ti misma

y, sin saberlo, extiendes la luz en torno a ti

y yo adelanto mis manos y no llego a tocarte; únicamente

acaricio tu luz.

 

 

 

 

DICES: «va a venir la luz». No es su hora

pero tú desconoces la imposibilidad:

piensas la luz.

 

 

 

 

YO ESTARÉ en tu pensamiento, no seré más que una sombra im-
precisa;

habré iexistido ien iun iinstante ien que la alegría y la piedad ar-
dían en tus ojos.

Pero también quiero permanecer desconocido en ti.

Desconocido. Simplemente envuelto en tu felicidad.

Tú distraída en tu luz y yo apenas viviente en ella, iy iasí, imper-
ceptiblemente amado, esperar la desaparición.

Aunque quizá estamos ya separados ipor iun ihilo ide isombra iy
cada uno está en su propia luz

y la mía es la que tú vas abandonando.

 

 

 

 

ERES como una flor ante el abismo, eres

la última flor.

 

 

 

Gamoneda, Antonio. Esta luz. Poesía reunida (1947-2004). Barcelona; Ed. Círculo de lectores/Galaxia Gutenberg, 2004.

 

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