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MUJER QUE SOY – CARMEN CONDE

 

ELEGÍA

¿Por qué os derrumbáis, ciudades europeas?
Hubiéraos yo loado, con qué dicha
mi voz os arrullara. ¡Oh, palomas
en cúpulas doradas de prestigio!

Teníais hermosura, historia luminosa,
y me dejáis en mitad del yermo.
¡Ay! Lloro por vosotras. Un robo inesperado
parece ante mi amor que os citen los viajeros
de vuestras avenidas, jardines y palacios.

Toda la infancia en vilo. La juventud de lucha:
¡Por veros y sentiros, por cantaros a todas!
Trabajando de día, aprendiendo en la noche.
Vistiendo lino humilde, alimentando apenas
los años más voraces de la vida.

Entonces no importaba tener hambre de todo.
Llevar mezquinos lienzos, sufrir con lo precario.
¡Mi alma iluminada lo iluminaba todo,
de ensueños se prendía!
Hasta el amor buscaba su gracia en un poema,
y la Poesía poder amar sin fin.

¡No os puedo soñar más,
no caben en mi pecho tantos muertos!
Dolor de los jardines, dolor de los estanques…
Por cosas que se comen
pisáronse las rosas y los cisnes.
Por hambre cambiaron adelfas y sonatas:
augustas providencias vegetales
sumisas a los nobles de la tierra.
¿Y acaso los que comen del lecho de las flores
transforman en belleza la sangre que enriquecen?
¿No sirven a la muerte, no siembran desventura?
¿Algunos se detienen porque les duela un nardo,
un joven con su amor, las torres, las campanas?
Si no hemos de entregarnos, ¿por qué os amé a todas
las patrias que resuman los lutos y los llantos?
¿A qué sacar mis ojos del mundo mediocre?
¿A qué enfermar mi alma de amor a lo imposible?

De lejos y de oídas tenía que enamorarme
con un ardor inútil, de Europa derrumbada.
Y vivo a solas hoy Castilla, la rugiente
de tantos huracanes como galopan. Sola.

 

 

 

 

GIRANDO LA MIRADA EN TORNO

Nos iremos llevando las voces con nosotros.
Para ensalzar al mundo ya no nos sirvieron.
Algunos las cogimos de antorchas, señalamos
oscuros precipicios, tumbas de asesinados, flores,
y hasta el temblor de la fresca lluvia.

Han llegado los días que obligan al silencio.
Los muertos nos lo piden a tiempo que despeñan
su voz que ulula sombras…
Se quedan sin aurora las márgenes floridas.

Sin dulce ensalzamiento las aguas de los ríos.
Adolescentes hombres, las vírgenes, las aves,
transcurren sin sonrisas, ausentes de la gracia
que se paraba antes para loar sus vidas.

Todos los océanos engullen vorazmente
los mundos que los hombres engullen desde el cielo.
Abismos sin descanso consumen a oleadas
criaturas y criaturas tumultuosas, vivas,
que el hierro se incorpora haciéndolas su presa.

No queda ya quien cante, quien sueñe, quien medite.
En todos los umbrales cuajaron despedidas.
¡Las madres están huecas como campanas negras
que tañen siempre a muertos sin entierro!

 

 

 

 

EL MURO

Sí. Está ahí: no lo derribaron
ni lo derribarán.
Porque somos nosotros, los que estamos aún vivos,
ese muro ciclópeo, enorme,
contra el que todos disparan.
Y por uno que caiga, o por ciento,
siempre quedamos más
sosteniendo este muro
de la loca esperanza.

¿Quiénes hablan de irse?
¿Quién dispuso coger en la noche
un camino ciego, y que quedara solo
el muro de la sangre viva?
¡Estamos aquí, no nos vamos!
Estamos aquí, estaremos aquí,
vivos o muertos, sumando al futuro
un presente de mármol.
No es la tierra de nadie
salvación que redima.

¡Tú lo sabes, el muro de muertos, el muro
de la calcinación!
Hay que estar en un trozo de suelo,
el más ancho, y limpiarlo de sangre.
Nuestros muertos son todos los muertos.
Son todos,
sin clasificación.

Apoyados en ti esperaremos
a que el hombre que huyera en la noche
regrese a su casa…
¿Qué hace fuera de aquí, qué hace lejos de su guardia
del muro?
Cuando vuelva, yo espero que nunca
levante otro en frente.

 

 

 

 

VI

En la tierra de nadie se acumulan
ardientes soledades que acribillan
los puñales, ligeros, que estimulan
roncas voces que vida eliminan.

Hay que ser o no ser, y sin fisuras:
que vivir o morir es el dilema.
Uno va, ¿cómo va?, por la espesura
del acoso brutal del alma en pena.

¡Qué desgaste de bocas sin sonrisas,
qué llagarse los besos en los labios;
cuánto polvo sin agua, cuánta prisa
por hollar con la sangre el lodo fláccido!

Es andar y tenerse bien erguido,
es nacer a la duda a cada instante.
Es tesón de llegar a donde vamos,
con el sol, con la tierra, con el hambre.

¡Miradme atosigada por jaurías,
sentidme rechazada por rebaños;
oídme sollozando letanías
de semanas, de horas, de mil años!

 

 

 

VV. AA. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta (Introducción, selección y notas de Angelina Gatell). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

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