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ELSINORE & SCHOLIA

 

PAS CE TOTAL DÉLUGE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxa Francisco Salas

Solo, al volante de un automóvil
—camisa almidonada, recién lavado espacio—,
percibir el acre aroma de la muerte
bajo el chaleco de seda.

(Descubrí una herida carmesí
de la que todavía brota sangre.)

 

 

 

 

IUS PRIMAE NOCTIS

Gacela mía,
sin amor poseí tu arquitectura.
Murió el bufón,
ardieron las espigas.
Mi corazón es una llaga sin palabras.

 

 

 

 

PITONISA FLORAL

He preguntado a las orquídeas
—dominaba el perfecto sopor del mediodía—
si tus cabellos eran sierpes
o sílabas de fuego adormecido.

 

 

 

 

AGAG DE AMALEQ

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxI Samuel, 15, 1-35

Agag, rey de Amaleq, fuerte guerrero,
recién vencido, y perdonado, dijo
para sí, arrodillando las palabras,
como quien rinde culto a la derrota:
«Se alejó la amargura de la muerte.»
Poco tiempo después, la daga curva
de Samuel trazaría en sus costados
el signo de la cólera divina,
profuso manantial de sangre noble.
Y del brillo inmortal de aquella frase,
solemne funeral de la esperanza
y de la fe, no quedarán destellos
en las antologías. Todo es humo.

 

 

 

 

THE GETAWAY

Recoge tu equipaje.
Ven conmigo.
Compiten en la selva la serpiente y el águila.
Los héroes envejecen en los museos.

 

 

 

 

DE Y POR MANUEL MACHADO

La felicidad no es, evidentemente, sólo un cuerpo,
ni el destello casi apagado de unos ojos sobre la cama.
De ser así, no hubiese sido necesario encontrar en Alberto Magno
cierta referencia a los bueyes atribuida a Heráclito.
Todo esto se me ocurre porque acabo de recibir un precioso ramo
xxxde serpientes
y tengo un libro de Manuel Machado abierto sobre la mesa.
El libro es una princeps de Alma, como era de esperar,
y está abierto por un poema llamado «Oriente».
En el poema se nos habla de Marco Antonio y de Cleopatra y de
xxxun siervo que muere al beber de una copa.
Ello me ha conducido, sin poderlo evitar, a Plutarco, escritor
xxxgriego de cierta fama durante el período de entreguerras,
y debo reconocer que he releído su Antonio con el mismo
xxxentusiasmo de aquellos días.
(Luego descubriría que había olvidado por enésima vez
que Shakespeare lo conoció en la versión inglesa de North,
y que Sir Thomas North conocía el griego aproximadamente igual
xxxque Unamuno.)

Mientras me asaltan todos estos fantasmas eruditos, los automóviles
xxxsiguen murmurando a mi alrededor.
El hecho de que la gran ciudad se vaya poniendo inhabitable, es
xxxalgo que no me disgusta,
como no me disgustan las chicas que aparecen en las pinball
xxxmachines,
ni las películas de Hawks con Cary Grant o Wayne, ni los
xxxguiones de Dash Hammet para el pincel heroico de Alex
xxxRaymond.
El poeta —recuerdo un topos de Petrarca— va caminando casi
xxxsiempre por campos muy desiertos,
y no negaré que estoy pensando en ciertos desiertos americanos
(me los recuerdan esos crótalos que acabo de alojar en un jarrón
para que nadie, nadie, ni siquiera mi perro, los vaya a confundir
con el bouquet de rosas que alguien dejó olvidado encima de la
xxxcama del dormitorio).
A veces —vuelvo a Shakespeare— una nube se parece a un
xxxdragón,
el viento a un oso o a una ciudadela relativamente expugnable.
Son imágenes, imágenes que se ciernen sobre nuestras cabezas,
posibles máscaras del invierno o velos del atardecer.
Lo que hoy es un caballo —sigue Shakespeare— puede ser luego
un pensamiento o un anillo de compromiso:
hasta los compromisos son, en el fondo, agua en el agua.

Si del poema «Oriente», una perfecta gema modernista,
he pasado a Plutarco en busca de la perdida adolescencia
y he llegado a fijar mis reales por una tarde en los cinco actos de
xxxuna tragedia que no había sabido leer,
no ha sido —lo prometo— para empañar el brillo de la joya
xxxprimera,
ni para convertirla en simple piedra, estampa o rata de
xxxlaboratorio;
permanece en mí todo su impacto argumental, la difícil tersura
xxxde sus palabras.
Y detrás del respeto que siento por lo inútil —amistad, gesto,
xxxgema—
puedo ver al poeta que ha repartido hoy su mentira conmigo,
puedo ver a Manuel Machado, sonriente en su princeps sobre la
xxxmesa,
a Manuel el prodigioso, a Manuel el funámbulo,
a quien debo querer hasta el final, porque así lo quisieron mis
xxxabuelos, y yo los obedezco en todo,
y, al cabo, sólo Marco Antonio será capaz de derrotar a Marco
xxxAntonio,
y todo esto no deja —no puede dejar— de ser bello en este
xxxmomento en el que sigo propagando por los desiertos del
xxxmundo, tal vez americanos,
las ondas de unos pasos tan tardos y tan lentos al menos como
xxxlos de Petrarca,
por este camino clausurado por donde voy, aunque los áspides
xxxme consuelen,
solo y recluso en esa bilis negra que vierte al castellano el
xxxcultismo ‘melancolía’.

 

 

 

de Cuenca, Luis Alberto. Los mundos y los días. Poesía 1970-2002. Madrid; Ed. Visor, 2007.

 

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