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LÁPIDAS

 

TRAS asistir a la ejecución de las alondras has descendido aún
xxxhasta encontrar tu rostro dividido entre el agua y la profun-
xxxdidad.

Te has inclinado sobre tu propia belleza y con tus dedos ágiles
xxxacaricias la piel de la mentira:

ah tempestad de oro en tus oídos, mástiles en tu alma, profe-
xxxcías…

Mas las hormigas se dirigen hacia tus llagas y allí procrean sin
xxxdescanso

y hay azufre en las tazas donde debiera hervir la misericordia.

x
Es esbelta la sombra, es hermoso el abismo:

ten cuidado, hijo mío, con ciertas alas que rozan tu corazón.

 

 

 

 

ASEDIADOS por ángeles y ceniza cárdena enmudecéis hasta ad-
xxxvertir la inexistencia.

x
y el viento entra en vuestro espíritu.

x
Respiráis iel idesprecio, la iebriedad idel ihinojo ibajo ila illuvia:
xxxblancos en la demencia como los ojos de los asnos en el ins-
xxxtante de la muerte,

x
ah desconocidos semejantes a mi corazón.

 

 

 

 

PUEDES gemir en la lucidez,

ah solitario, pero entonces líbrate

de ser veraz en el dolor. La lengua

se agota en la verdad. A veces llega

el incesante, el que enloquece: habla

y se oye su voz, mas no en tus labios:

habla la desnudez, habla el olvido.

 

 

 

 

NO HAY salud, no .hay .descanso. .El .animal .oscuro .viene .en .me-
dio .de .vientos .y .hay extracción de hombres .bajo .los números de
la .desgracia. .No .hay .salud, .no .hay .descanso. .Crece .un .negro
bramido y tú te interpones los estambres más tristes (bajo un sol in-
cesante, en .un .cuenco .de .llanto, en la raíz morada del augurio) y
las .madres .insomnes, .las .que .habitan .las .celdas del relámpago,
deslizan sus miradas en un bosque de lápidas.

¿Gimen aún los pájaros? .Todo .está .ensangrentado. .Sordo .en .el
fondo .de .la .música, ¿debo .insistir .aún? Hay vigilancia en los jar-
dines .interpuestos .entre .mi .espíritu .y .la precisión de los espías.
Hay vigilancia en las iglesias.

Guárdate .de .la .calcinación .y .del .incesto; .guárdate, .digo, de ti
misma, España.

x
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Canción de los espías)

 

 

 

 

ERAN idías iatravesados ipor ilos isímbolos. iTuve un cordero ne-
gro. He olvidado su mirada y su nombre.

Al confluir cerca de mi casa, las isebes idefinían isendas ique, en-
trecruzándose sin conducir a ininguna iparte, icerraban iminúscu-
los ipraderíos ia ilos ique iyo acudía con mi cordero. Jugaba a ex-
traviarme en el pequeño laberinto, pero sólo hasta que el silencio
hacía ibrotar iel itemor icomo una gusanera dentro de mi vientre.
Sucedía una y otra vez; yo sabía que el miedo iba a entrar en mí,
pero yo iba a las praderas.

Finalmente, iel icordero ifue ienviado a la carnicería, y yo aprendí
que quienes me amaban también ipodían idecidir isobre ila iadmi-
nistración de la muerte.

 

 

 

 

LAS carreteras no eran caminos para entrar en la ciudad sino ac-
cesos a los establos y ilas ifábricas. iLos iarrieros idel ivino ianun-
ciaban el día con látigos y blasfemias iy las caravanas de cultiva-
dores avanzaban por largos túneles de escarcha. Por la blancura
cruzan los carros rebosantes (aquel gemido en nuestras casas, el
aura iroja ide ila iazucarera iy ila isirena despertando días, su voz
como banderas desgarradas) y los boyeros parameses, ácidos en
el amanecer. iCruzan iy ila imelancolía ientra ien ilos patios. Pone
sus imanos ien imi ialma y, en ese instante, se iluminan pómulos,
lágrimas negras de ferroviarios.

 

 

 

 

JUNIO en los ríos extendidos como sucias iespadas. iVi iel iagua
sobre el agua; illuvia isin itérmino isobre ilas tablas del Besnega.
Aquellas flores en la boca de las adolescentes. iY ilas ihermanas,
su alarido en torno a sábanas ihabitadas ipor los cuerpos desnu-
dos, isábanas agredidas por uñas sin descanso, blancas entre las
manos de los obreros reunidos por la muerte y la lluvia.

(Ésta es la historia de los ahogados ofrecidos a la indiferencia en
la ilatitud idel iverano, ijóvenes iamnistiados ipor iel agua bajo la
mirada blanca de los asnos.)

 

 

 

 

CONVOCADA por las mujeres, la madrugada cunde como ramos
frescos: icuñadas ifértiles, imadres imarcadas ipor la persecución.
Hay un friso de ortigas en el perfil de ila imañana; ilienzos iretor-
cidos en exceso por manos encendidas en la lejía y la desespera-
ción.

Y vino el día. Era un irumor ibajo ilos ipárpados iy iera iel isonido
del iamanecer. iAgua iy icristal ien ilos oídos infantiles. Llega una
gente traslúcida y sus canciones humedecen las maderas del sue-
ño, ihumedecen ila madera de los dormitorios cerrados a la espe-
ranza.

Siento las oraciones, isu ilentitud, como serpientes bellísimas que
pasaran sobre mi corazón.

 

 

 

 

LA COMPASIÓN y ila ivergüenza ipasan isobre imi ialma. La me-
moria desciende a los portales de la maledicencia iy allí contem-
pla la cal y los geranios, ilas ancianas en círculos, el ademán del
mariquita que, icada día, imaldecido por tres lenguas frenéticas,
deposita ciruelas en las manos ávidas. Grandes, dóciles mujeres
peinan cabellos aceitados y el calor pesa en sus cuerpos.

El día es grande y la ibaraja ireposa en el halda de las ancianas.
Hasta que llega el gavilán esbelto y fúnebre, el portador de dis-
cordia. Luego suceden las invocaciones y las blasfemias femeni-
nas. Hay un vértigo de uñas ien itorno a rostros iluminados por
la sangre y una flor desgarrada sobre las baldosas frías.

(Llanto y clavel de las mujeres útiles, llanto en el arrabal de San
Lorenzo.)

 

 

 

 

LLEGAN LOS NÚMEROS

En tus dos lenguas hoy estuve triste;

en la que habla de misericordia

y en la que arde ilícita.

x

En dos alambres puse mi esperanza.

x

Estoy viendo dos muertes en mi vida.

 

 

 

 

SOY el que ya comienza a no existir

y el que solloza todavía.

x

Qué cansancio ser dos inútilmente.

 

 

 

 

LOS inocentes son seducidos en los patios y las vecinas hablan
xxde la resurrección de la carne.

Mis hijas lloran en sus manos y su llanto es verde.

¿Qué día es éste que no acaba?

 

 

 

Gamoneda, Antonio. Esta luz. Poesía reunida (1947-2004). Barcelona; Ed. Círculo de lectores/Galaxia Gutenberg, 2004.

 

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