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EL TARRO DE GALLETAS

 

EL TARRO DE GALLETAS

El centro comercial de Coddington estaba atestado de compradores navideños mientras esperaba en la cola de El Tarro de las Galletas, una panadería que se dedica fielmente a mi dulce favorito.
xxxEra justo después de la pausa tras el almuerzo y quedaba una sola vendedora en el mostrador, una joven de sonrisa fatigada y dispersa. Trabajaba tan deprisa como era capaz, pero la cola avanzaba con lentitud. Yo me entretenía con un diario deportivo, considerando si valía la pena apostar cien dólares por los 49ers estando las apuestas tres a uno contra los Rams, cuando mi atención fue atraída por la anciana que etaba delante de mí. Por su postura inclinada y sus arrugas le eché unos setenta recién cumplidos o al menos sesenta y cinco mal llevados. Llevaba un vestido gris, pero lo oscurecía un grueso suéter negro que lo tapaba casi hasta los bajos. Estaba echada hacia delante, apoyada sobre el bastón y con la nariz pegada al expositor, examinando las galletas con la atención tranquila y fiera de un halcón. Atraído por la fuerza de su concentración, doblé el diario deportivo y dije amablemente: «Siempre cuesta decidirse».
xxxSus ojos ni siquiera parpadearon.
xxxNo puedo culparla por ignorarme. Por qué debería una anciana, en una sociedad de atracadores, violadores y artistas de la estafa, alentar una vaga conversación con un hippy barbudo y medio tarado venido de las colinas, donde probablemente cultiva toneladas de marihuana y hace dios sabe qué a las ovejas. Sentí ese pequeño baño de tristeza que tiene lugar cuando tus buenas intenciones son bloqueadas por circunstancias culturales.
xxxCuando llegó el turno de la anciana, con un grueso acento eslavo pidió tres galletas de chocolate. «De las grandes», especificó, golpeando el cristal con la punta del dedo para indicar su preferencia.
xxxLa agobiada dependienta tomó obedientemente tres galletas del tamaño de un platillo de café con un papel de confitería. Advertí que una de las galletas tenía un pequeño trozo desprendido del borde. También se dio cuenta la anciana: «¡Ninguna de las rotas!», ordenó.
xxxLa dependienta le ofreció una sonrisa con el piloto automático y reemplazó la galleta defectuosa, deslizándola en una bolsa blanca que dejó sobre el mostrador. «Un dólar con sesenta y seis, por favor», le dijo la anciana.
xxxLa anciana me dio la espalda para revolver torpemente dentro de su monedero, que era del tamaño de un pequeño bolso de punto. Después de mucho rezongar, consiguió al final dos billetes de dólar enrollados juntos y atados con esmero por una goma amarilla. Se dirigió a la dependienta con un protocolo acérrimo: «También desearía unas galletas de mantequilla de cacahuete. De las pequeñas. Hasta veinticuatro céntimos».
xxxLa dependienta, con una mirada que suplicaba Dios, ojalá empezara mi descanso ya, sacó tres pequeñas galletas de mantequilla de cacahuete y, sin molestarse en pesarlas, las dejó caer en la bolsa con las otras. La anciana hizo rodar la goma amarilla hasta sacar los billetes y los desplegó sobre el mostrador, deteniéndose a estirarlos bien antes de asegurar la bolsa blanca dentro de su bolso de punto, dejar caer la goma amarilla y el tiquet en el interior y marcharse arrastrando los pies enérgicamente. La perdía de vista entre la multitud mientras avanzaba para hacer mi pedido.
xxxUna media hora más tarde, sin embargo, mientras estaba sentado en un banco del extremo opuesto del centro comercial, todavía sopesando el dinero y los pronósticos, y ventilándome un último perrito caliente, la anciana apareció y, tras considerables maniobras, se dejó caer en la otra punta del banco.
xxxSin ningún gesto de reconocimiento hacia mi presencia, abrió la bolsa blanca de El Tarro de las Galletas. Cada una de un bocado, con lento y exquisito regocijo, se comió las tres pequeñas galletas de mantequilla de cacahuete. Cuando hubo terminado, miró dentro de la bolsa para comprobar las otras tres, las grandes, y entonces, como para confirmar su existencia, su promesa de placer, las nombró una por una:

«Viernes por la noche.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSábado por la noche.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDomingo con el té.»

 

 

 

Dodge, Jim. Lluvia sobre el río (Trad. Antonio Rómar y Pablo Mazo Agüero). Madrid; Ed. Salto de página, 2017.

 

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