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EL TRIUNFO DEL VACÍO

 

REGALO DE CUMPLEAÑOS

Te pido Ochún, que hagas un pequeño milagro.
La Habana está detrás de la cortina
(idéntica, de flores, a la colcha)
que cubre el ventanal
en este hotel absurdo de extranjeros.
Metrópoli de un sueño,
la miro desde el piso dieciocho,
los edificios altos de un señorío ajado
y enjambres de buscones
apostados en todas las esquinas.
—Ustedes ya no vienen como antes,
se les ve tristes —me decía uno.
—A ustedes también —le he contestado—,
ahora todos lo estamos.
La tristeza del fin,
la estela del amor que se ha perdido.
Los dólares han sido la carcoma
que devoró la víscera venérea,
el envoltorio que ahogó sus latidos.
Y yo pido a la Caridad del Cobre
que ese incendio solar, del Malecón al cielo,
devuelva la pasión y el amor a la isla
en su ocaso de plata,
porque me siento igual, desamparado
en la fragilidad de un tiempo que se agota.
Y al frente, en la avenida, Copelia entre las copas
de los árboles parece una nave
que olvidó el firmamento
mientras la noche llega, tan mal iluminada,
cuando el deseo estalla con su rostro
obsceno de ansiedad y de comercio.
Te pido, Ochún, que por mi cumpleaños
coloques otra vez cada cosa en su sitio
y que vuelva a brotar el amor por mis ojos
como estas lágrimas brotan ahora,
que apenas los empañan,
pero abundante, sentido, sincero.
Porque no quiero ser el extranjero
que paga con divisas los cuerpos del placer
a las puertas del Yara, vacíos y perfectos.

 

 

 

 

TRANQUILIDAD Y BUENOS MODALES

Laura ha muerto. Y una semana antes
Félix y yo, paseando por la calle, nos decíamos:
algún día tendremos que enfrentarnos.
No sabía qué grado de conciencia tenía,
pero los años pasaban
y seguía cautiva en su cuerpo, comiendo papillas:
estando aquí, ya estaba lejos.
Y ahora que se ha marchado,
mientras limpio y ordeno y recojo la casa,
recuerdo que siempre decía:
«Tranquilidad y buenos modales».

Siete años después de su primera muerte,
Laura deja el purgatorio y se libera.
La inmovilidad se queda con nosotros
pero sé que, en secreto, nadie descansa.
No trabajamos tantas horas en vano,
no arrojamos los días a un basurero
ni esperamos señales.
Sabemos lo que hay que saber de las cosas,
vamos adonde vamos
con tranquilidad y buenos modales.

 

 

 

 

EL TRASBORDO

El pasado me arrebata en el Metro.
No había vuelto a hacer este trasbordo:
de la dos a la uno en Cuatro Caminos,
un simple túnel y bastante breve
que conduce a la infancia.
Los bancos de tubos azules no estaban
pero qué nítido el cambio si regreso.
Entiendo lo perplejo que estaría
cogido de la mano de mi tío
Gulliermo, calvo siempre, con sombrero,
un vasco socialista y bondadoso
con un niño pequeño, alucinado,
cruzando juntos como ahora cruzo solo
de la dos a la uno en Cuatro Caminos.
El antes y el después se me complican:
no puedo recordarme en aquel trance,
volviendo del paseo y la merienda
con la yaya, una niña crecida
de dulces, croquetas, poderes y fantasmas.
Me miro desde allí sin comprenderme.
¿Qué has hecho desde entonces, desgraciado,
que no viniste a transbordar de nuevo,
por este simple túnel,
de la dos a la uno en Cuatro Caminos?

 

 

 

 

ADIÓS, GASTÓN

Mañana darán toda clase de explicaciones.
Se llenarán de viudas los suplementos.
Vanidosos exégetas dirán del fuero interno de su vida
y elogiarán con citas al gran poeta que murió olvidado.

No fui a velarte al tanatorio de la autopista.
Y en esta oscura noche, de regreso,
pensando que faltaste, por derrame,
al último homenaje que te hicieron,
comprendo que tu ausencia fue el poema.
Qué ironía final, Gastón Baquero,
que enviaste en los días que acababas
a un cubano de Cuba que es santero,
a un cubano de aquí que ha sido un espejismo
y a un tercero, poeta, que me encuentro, me saluda, me mira
y brota como en tromba la tristeza.
Tampoco fui a llorarte al crematorio
ni sé si incineraron tu sombrero.

¿Qué anotación al margen con tu caligrafía
de trazos ilegibles, y en qué montón de libros,
anunciaba tu muerte o tu epitafio?
Era verano, la calle vacía.
Andabas muy despacio y en aquel restaurante
te sentabas al fondo mirando hacia la entrada.
«Es lo primero que aprende un buen gángster.
Así nunca te matan por la espalda».
La muerte innominada se bautiza
con tu nombre, Gastón, en La Almudena.
Y tú que nos decías que el exilio no existe
porque la cuna del hombre es la tierra.
No importa donde estés, te encuentras en tu casa.
Exilio sería que vinieran habitantes
de otros astros y nos llevaran lejos.
Pero en la tierra no. Estemos donde estemos,
siempre tendremos
a la misma distancia las estrellas.
En la tierra, decías, tú que eres
cenizas en el aire.
Gastón el exiliado
abandona la isla de la vida
y los libros. Llevaba por maleta
su espíritu, pequeño paraíso.
Nadie puso laureles en su frente.
Y en esta noche lenta de triste velatorio
yo en mi ausencia le velo desde casa
y pido tamarindos consagrados.

 

 

 

 

EL LOCO

En casa de Luis, Alexander me descubre al loco.
Le daba a la vez risa y miedo. Era todo intuición
su burla compasiva, de auténtica inocencia.
¡Podría contar a Alexander tantas cosas sobre el loco,
sus formas de mirar, sus temores, sus juegos!

La locura es vivir
y andar por el mundo como en sandalias,
como los padres de entonces que predicaban con el ejemplo
pero sin santidad, perdidos, sin criterio,
como de ser así porque nos ha tocado
y al fin qué importa nada si lo piensas.

 

 

 

 

AL AMIGO CORRECTOR

Te envío un curso de caligrafía,
este cuaderno antiguo, como a ti te gusta,
porque sé que ahora vives, de tanto corregir,
ajeno a las palabras, pendiente de las letras:
sus formas sinuosas, sus acentos,
sus bucles, su tamaño y su tipografía.
De cuando tú salías a este tiempo
—dejemos los rodeos—, todo se ha desfondado.
No es el embudo del Dante ni el hoyo
de las maravillas, pero se lleva
entre ruidos y voces los sentidos
como al levantar un tapón se cuela
el agua. Y es curioso que a nadie importe
porque estamos vencidos.
Yo quería decirte en un poema,
sin medirme al hablar, igual que entonces,
que apurando la copa se trataban
asuntos del sentir y de la risa
y había voluntad de estar despierto
y todas las palabras se entendían,
quería yo decirte no sé qué
y se ha hecho un poco tarde.

Pero mira la letra, la mía de esta carta
y esas otras perfectas del curso que te envío.
No olvides reparar en mis tachones,
a ver si en lo tachado queda algo
y a ver si, al comparar los caracteres,
cobrara algún sentido lo que escribo.

 

 

 

 

TERAPIA CHINA

Dicen que una terapia china recomienda
sonreír cuatro minutos al día
seguidos por las mañanas,
cuando la cabeza todavía
está limpia o desprogramada.
Pero también en horas muertas,
sonreír sin ton ni son
un ratito cuando nadie te vea (si te da vergüenza).
Ajo me lo ha contado mientras abría
la reja del Alfil
y nos hemos sorprendido
fingiendo una alegría que no tenía
ella ni yo, por lo que sea:
será la primavera, que descoloca,
o nos deja baldados. Pudo ser también
la tormenta que amenazaba,
ese cielo azulón que al fondo había,
entre nubes sin recortes, pasada la Gran Vía.
El caso es que nos sorprendimos
tarareando un lalalá de contento,
un yupi yupi que al momento
nos abrió el alma en risas.

 

 

 

 

LOS GENES

Los genes, generosos y expansivos,
se dejan generar en su inconsciencia.
Qué cadena de azares, cadenciosa,
esculpe el perfil de un rostro
y repite un gesto, un temblor superado:
el retrato vivo de un espectro.
Y qué impropios los rasgos de los hombres,
qué absurdamente originales.
Cómo nos parecemos a nosotros mismos,
de qué manera extraña
renuevan nuestros ojos miradas extinguidas,
una mujer sonríe por los labios de un niño,
se frunce un ceño con antiguos pliegues
o una mano devuelve una caricia.
Pero asusta que la repetición de uno mismo
no alivie la extrañeza,
que todos los espejos no basten para aclarar el misterio
de verse y no reconocerse.
Portadores de inmundicia son los genes:
de sueños incumplidos y pretéritos rencores,
de frustraciones lentamente digeridas por un desconocido
que tuvo la misma sonrisa, estos ojos mismos
que no me dejan ver por más que miro.

Si se trata de cumplir algún destino,
quiero cumplir uno al menos,
y no repetir por repetir los ademanes de una sombra
que todos los siente ajenos,
como ajenos son los genes a los hombres:
generosos, expansivos, inconscientes y ajenos.

 

 

 

 

LA ALQUIMIA

La alquimia decide por nosotros.
Hasta el menor movimiento que hacemos
es parte sustancial de un múltiple proceso.
Nos girábamos a un tiempo, imantados;
nuestro rechazo de hoy es mero aplazamiento
de una atracción fatal. Y es vanidad
de vanos elementos la firme voluntad
de mantenernos lejos,
si amar es una alquimia precisa
de cercanías y alejamientos
que cumplen y disipan el sueño más perfecto:
prolongarse en la física del otro,
ser aire de sus pulmones, pulmón
de su aire, y que sus labios pronuncien
la muda intimidad del pensamiento.
La alquimia seríamos nosotros
si el agua que bebemos expresara
la sed que sacia en nuestros cuerpos.

 

 

 

 

EL TRIUNFO DEL VACÍO

El vacío es un tesoro codiciado
cuando ya todo es hastío de tener,
ansiedad por conseguir
y dolor de haber perdido.
Es un lecho muy tranquilo para insomnes,
sueño que no sueña nada;
un silencio que nada silencia, ni se guarda.
No es el reverso del ruido
ni es el hueco de una ausencia;
es un consuelo esperado y un descanso merecido,
la nada feliz de un todo desgraciado.

 

 

 

 

EL HOMBRE SIN TÍTULOS

¿Qué sabes de ese hombre, el pordiosero de tus agonías,
el de las frases que inhiben, el sensato, el quejumbroso?
¿Dónde va cuando se pierde?
¿Y no seré yo el desvalido, el de la mala nueva,
y tú el otro, el que llega despojado de sí mismo
y no deja huella, tan ausente como si flotara
y tan presente como si nunca hubiera estado entre nosotros?
El otro no, porque le veo venir,
escucho con paciencia su salmodia y aparto la vista.
Me estraga el modo en que se apaga. Y su insistencia.
¿Por qué digo somos? ¿Quién habla y quién escucha?
¿De quién son estas manos?
Déjame acariciar con ellas cueros no bautizados.
Déjame a solas conmigo, despójame de ti para abismarme.
Habla. ¿Qué sabes del hombre sin sus títulos?

 

 

 

 

EL FRUTO DE LA NUEZ

El corazón, como el fruto de la nuez,
seco y reflexivo, es un cerebro
ciego de tanto pensar en su guarida.
Sus únicos latidos son los sueños,
la fantasía de otro ser
que rompa desde fuera la coraza
y deje entrar el aire de la vida.

 

 

 

 

LA MIRADA AZUL DEL SER VIRTUAL

Salvífica condena:
la fiel correspondencia telemática,
informática cruel, amistad en la red,
la vida en autopistas de incomunicación.
Conforta la mirada azul del ser virtual,
no sé si racional, efímero o longevo:
más cálida que todos los recuerdos,
más sentida que todo lo sentido
en la tupida urdimbre de todas las ausencias.

 

 

 

 

HACIA LA SABIDURÍA

Elegantemente lento. Medido.
Como ordenar la casa
(en su día los juguetes).
Cada cosa en su sitio.
Reparar la ofensa,
agradecer la llave,
disipar los miedos.
Con elegancia, digo, y sin prepotencia.

 

 

 

 

AMO SU LIBERTAD

Y dejo abierto por si viene.
No habrá estremecimiento
si al llegar y deslizarse junto a mí
ya estoy dormido.

Nunca será dolorosa su ausencia.
Es un regalo haberlo conocido.

Dejo una luz encendida
que el sol apagará si me despierto solo.
Si amanezco a su lado,
le dejaré dormir
y tomaré las riendas de mi vida.

 

 

 

 

EL REENCUENTRO

Después de algunas crisis olvidadas,
efectos colaterales
de una vanidad mal digerida
que nos puso frente a frente
como espejos
—inocentes de nosotros—,
volvemos a encontrarnos
con el alma semejante
y no más gastada: diferente,
de haber pasado ya por esta tierra
bregando con el tiempo.

Qué oscuros recovecos
conducen al punto de partida.
Si no hubo error
y era imposible regresar
sobre las propias huellas,
¿por qué nos apartamos?
Y si erramos,
¿cómo estamos aquí?
¿No será todo una estrategia
para salvarnos juntos?

 

 

 

 

ESPEJO ROTO

Dicen que mirarse en los pedazos de un espejo
fragmenta la identidad.
Pero no son menos peligrosos los intactos,
que la invierten.
El ojo que te mira es el contrario
y en una dolorosa asimetría, el otro, que es el uno,
tiene el párpado entornado:
un guiño sedicioso, un destello hiriente.
hay maneras de ser ante un espejo
sin detenerse: en tu ausencia,
un reflejo repite tus pasos.

 

 

 

 

NUEVA PLEGARIA

Gracias, diosa, exultante y poderosa,
por aliviar con tus dones
esta primavera de oscuros presentimientos
y alentar en cada encuentro,
con gloriosas instantáneas de la dicha,
los placeres espontáneos.
Gracias al padre de todos los dioses
y a su reverso oscuro.
Gracias también a los dioses menores
por su rara cercanía.
Que vuestra luz astral
alivie los dolores y limpie las heridas.

 

 

 

 

ESPECTROS DE UNA VIDA QUE SE AGOTA

¿A qué viene esconderse los espectros?
Entonces no era así.
Íbamos juntas las almas un busca de cuerpos
porque en uno solo no cabía la conciencia.
Qué arteras artimañas usamos por no vernos,
qué orgullo solitario en nuestras cuevas
adornadas con estampas del deseo.

Hablaron de un camino que lleva a la derrota.
También de una cascada que da la bienvenida
y de una comunión de sombras exaltadas.
Sabemos ya que el tacto nos daba la medida
de nuestra pretensión, pero el recuerdo borra
la intensidad vital, el sol, la llamarada.

Espectros de una vida que se agota,
hemos llegado hasta aquí.
Vamos juntas las almas al olor de los cuerpos,
que en esa confusión estaba la respuesta.
Por absurdo que parezca el desafío,
habrá felicidad en el reencuentro.
Cuando hagan la señal, salgamos de las cuevas.

 

 

 

 

ME TIÑO

Asumo el ritmo de teñirme
como cambio los muebles de sitio
para no dormir siempre con la cabeza al Norte:
para dormir tranquilo.
Que no soy dialéctico, dicen los avisados.
Ya sé que estoy en el filo.
Me tiño, y cada color me descubre un rostro diferente.
Hablo con otras voces, digo en tonos distintos,
cada frase escrita en una tinta. Por instinto.
En cada evolución, un poco de sentido:
cada dejación, cada extravío.

Van por delante los aventajados
en figurados corceles de la fama,
en pos de una aquiescencia terminal que les extinga.
Avanzan sin saber. Los dejo, no tropiezo:
son pobres trapaceros de la gloria.
Una niebla de luz sobrevuela
la siembra que hicieron los siglos
en tierras fértiles y yermas:
para vestirme con sus jirones, algodonado y oscuro.

 

 

 

 

POR ELLOS

Vivir por ellos cuando el tiempo ya no cuenta conmigo.
No al menos como entonces.
Regresa la emoción igual que siempre
pero espejos más claros la reflejan.
Para mí no son los brotes de esta verde primavera.
El verano de mi vida se enroca con el futuro
destilando su veneno y sus placeres
en formas nuevas del sexo.

Veo parejas: donde ellas dan igual y ellos conmueven.
La pureza de los machos,
el erotismo irresistible que emanan
sus cuerpos en la edad del deseo,
cuando el brillo de unos ojos
y el obsceno candor de una sonrisa
pueden con todo.
Entonces preparamos indolentes este tiempo aciago,
poniendo un pedestal
a la belleza ingrata de los hombres jóvenes.
El futuro es nuestro por ellos.

 

 

 

 

AL FILO DE LOS CUARENTA

Hasta cuándo podré querer a muchos sin entregarme.
Cuántos días de espontánea indefinición me quedan.
Él espera y tiene mis facciones.
Cuarenta años, hermano.
Lo prefiero a todos: amables rostros que reflejan el mío volátil,
almas afines que completan mi esencia fragmentada.
Después de tanto errar por tantos cuerpos, doy con el mío.
Por fin un hombre interesante. Soy él.
No dirigía una nave imperfecta de carne,
firme y rotunda en su ingrata juventud.
Tomad y comed porque yo soy mi cuerpo.
Quise ser vosotros, amigos del alma,
y en cada uno aprendí a quererme.
Pero aquí en mí mismo estoy mejor acomodado
que en la insaciable búsqueda exterior de inteligencia y belleza.
Cuarenta, hermano.
Olvida el paraíso de la infancia, que muchos cuestionan:
tan hermosos fueron aquellos días suspendidos de horizontes inmensos
como estos de ahora, caídos y sin perspectiva.
Y del amor ni hablemos
pues todo lo apostado se perdió en el propio engaño.
Pero me tengo al fin.
Ya no me busco en el espejo. Soy el que soy.

 

 

 

 

HUBIERA DICHO

Yo hubiera dicho que esto era el infierno:
corazones arrancados latiendo todavía
entre los dedos de los asesinos
y una jauría de extraños por las calles,
donde sólo la muerte libra a los hombres de la nada
y un callado dolor, que ni siquiera estremece,
detiene las sonrisas.

 

 

 

 

VERÁN SU VERDADERO SER

Pronto verán su verdadero ser,
la podredumbre que los contiene. Se levantan
sobre un manto de dogmas
que evitan formular para no delatarse.
Pero una arraigada fealdad
castiga su soberbia, que transmiten
a sus vástagos sobreprotegidos.
Una opacidad les desdora.
Y ante nosotros lo saben. Al toparse
con nuestra juventud insultante y vernos
libres incluso de nosotros mismos.
Se lo tienen que preguntar:
si no serán los malos de esta historia.
Vencidos bajo el peso de tantas ambiciones,
con tantos triunfos en la mano,
ostentando el botín de sus fechorías,
¿quién puede distinguirlos de sus sombras?
Cuando nos ven pasar reconciliados
con la vida y el sol de nuestra parte.
Al presenciar un beso que nos damos
entre risas que el eco
transforma en burla a sus oídos.
Rodeados de niños que crecen
sobre las huellas de nuestras pisadas,
de adolescentes felices que dan
rienda suelta a su ardor en fiestas peregrinas.
Cuando sepan que ellos son los engañados.
Esclavos responsables
de nuestra irresponsable vida.
Tristes en un poder que despreciamos.
Que sus absurdos privilegios
son la propia que reciben
por estar a los mandos del infierno,
muy lejos del aire que se respira
y del placer de los cuerpos.
Y ahora, vamos. Deprisa.
No puede pasar mucho tiempo.

 

 

 

 

EL REPLIEGUE

Las líneas telefónicas la repiten una y otra vez,
millones de voces pronuncian a diario la misma frase:
«Yo estoy aquí, si quieres te pasas»
—otros prefieren la variante tenue, «si quieres me llamas»—.
Llamar, quizá. Pero nadie se pasa por ningún sitio.
En la hora del repliegue,
salimos a la calle sólo para abastecernos
y alimentar la cuenta bancaria con nuestras fatigas.
Porque salir nos consume,
nos hemos replegado, cada cual en sus muebles.
Y si afuera corren los años en línea recta,
nosotros, replegados, preservamos los indicios
de un tiempo circular y más amable:
algún día tendrán que recordarnos
aquel otro aroma de la vida, a campo abierto,
aquellas conversaciones cara a cara
con el rumor de fondo de la gente;
la efervescencia y la tensión de los encuentros.

 

 

 

Alas, Leopoldo. Concierto del desorden. Poesía Reunida (1981-2008). Madrid; Ed. Visor, 2009.

 

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