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LA POSESIÓN DEL MIEDO

 

LA AUREOLA AZUL

En la roca de esmeraldas que imagina,
el anciano defiende su aureola.
Con diecisiete años le dijo que era azul
una mujer del norte
y le advirtió que nunca la perdiera.

Vendrán las nubes que ensombrecen
las buenas intenciones
y formas de pensar como naufragios.
Te dejarás caer por levantarte,
te ocultarás por miedo.
El viento dispondrá tus verdaderos gestos
y el paso de los otros tu destino.

No será lo que creías,
tu rostro mostrará las simas de tu alma,
traducirás tu ruina,
enfangarás tus sueños con tus dudas.
Pero nunca descuides la aureola,
no dejes que se extinga
ni cuentes que fue azul en un poema.

 

 

 

 

AL FILO DE LOS TREINTA

Supón que todo sigue…
La voz que siempre escuchas por las tardes
cuando a solas suspiras para aliviar el peso,
con ganas de cambiar y miedo a las personas
y cierta desazón de estar sin ellas.

Oigo la luz, más que verla, tumbado
en esta cama antigua, en Almería,
al filo de los treinta.
Las notas del silencio,
el cielo azul cansado y una torre dormida.

…que todo siga siendo tan sencillo:
despertar sin heridas como en los viejos tiempos,
madrugadas difusas y, a la tarde,
un rato nada más en el abismo.

 

 

 

 

AL ALBA DEL DESEO

Te prefiero adolescente, saliendo de la ducha
con los pezones duros. Y me llevas la contraria.
Lamento el reproche que te hice esta mañana.
Estabas tan pletórico desnudo, con sólo esa toalla
abultada en la cintura, todo calado, imantado,
tan dispuesto al amor sin saberlo.
Y a llevarme la contraria.

Viéndote ahora postrado en el sillón
con el ánimo senil de un jubilado, me arrepiento.
Qué vana queda y qué insensata la tristeza
en un adolescente. Porque deja de ofrecerse.
Qué diferencia anoche, sobre el árbol
o un rato después, gritando,
corriendo como un gamo entre la niebla.

Y me decías que las brumas blancas
daban a nuestros rostros un aire cadavérico
y que la muerte, seguro, era eso:
una extensión vacía entre la niebla y la nada,
que es avanzar hacia ninguna parte.
Pero al decirlo, seducías con una excitación
que no parece propia de difuntos, ebrio de ti,
de tu risa y de tu cuerpo.

Me cuesta creer que ahora, al pie de la chimenea
y sin darte cuenta, parezcas realmente un muerto.
Pero aquí me tienes paciente,
velando por tu cadáver hasta que resucite.
El reflejo ocasional de las primeras llamas
te devuelve los rasgos y los gestos,
te enciende las pupilas, da carne a tus labios
de piedra fría y los arquea
en una sonrisa tibia y voluptuosa.

Temeroso y sumiso, me inclino a besarlos
y cierro los ojos. Por fin el sabor de tu lengua.
Te prefiero adolescente y exaltado.

 

 

 

 

LA POSESIÓN DEL MIEDO

¿A qué fuerza convoco, yo que en un tiempo hice brotar
los tallos con mi aliento y ahuyenté las sombras?
Hoy esta sal en los labios, ¿de qué mar la traigo?
¿De dónde este temblor que me desarma?
Conozco tu perfil: eres el miedo
que vive agazapado en la quimera.

Y llamo al amor, a sus huestes de plata, a sus naves
de fuego que surcan seguras
las aguas encrespadas de un espejo.
Voy a hacer el amor con mi miedo,
a inventarle un cuerpo firme, a penetrarlo,
a hacerle gemir de deseo.

Quiero al miedo desnudo, rendido, tendido en el suelo,
excitado, sudoroso, imberbe.
Quiero una fiesta de carne con el espíritu aterido,
el intruso que ciega las ventanas.
Que se vuelva boca abajo y se ofrezca
rogando fuerza en su flaqueza.
Entrar y salir. Dentro y fuera. Dar y amagar con quitar
y que la auténtica paz sea la guerra.
Y liberar mi alma prisionera
con gritos de placer en sus entrañas.

 

 

 

 

EL DÉBIL Y EL FUERTE

No quiero al débil que brama su impotencia
y se defiende con su miedo
precipitado al abismo de la noche inmensa
de los condenados:
caballeros de la libertad sin causa
en el laberinto de edificios
de una ciudad cualquiera del mundo,
flotando hacia dentro.
Porque la caída es un estómago negro
y una digestión pesada.

Prefiero al fuerte que inventa su vida
y le pone argumento
a la inconsistencia de los azares,
como objetos dispersos
en incontables contenedores;
que vive contra el tiempo y preserva los instintos
del pájaro enjaulado que no aprendió a volar
aunque es afectuoso y muy sencillo,
vulnerable, lacerado por dentro,
pero puro: porque es la luz que irradia,
la luz que le bendice y le impide crecer.
El que preserva el daño y los instintos buenos
y ríe, duda, niega, llora, afirma.
No al herido que calla. Al fuerte, que imagina.

 

 

 

 

EL EXTRAÑO QUE VINO DE LEJOS

No sé cómo aprendimos a querernos,
qué hubo en vosotros de mí, qué nos dimos.
Corre la vida y estáis al pie de otros edificios,
zarandeados, llevados, retenidos, en la trama.
Pero decidme si habéis elegido,
si queréis estar donde estáis
y en qué modo se ovilla y desovilla
el hilo que nos guía y que nos ata.

No sé por qué no compartimos las mismas habitaciones
ni comemos en los mismos restaurantes.
Porque os reproducís.
De qué sirven los destellos que se apagan,
las lunas negras, los días sin huella.

Padres que fueron hijos, hijos que se hacen padres
y niñas que se quedan de pronto embarazadas.
Entenderlo, verlo todo desde fuera.
Pero también entrar,
acercarse a las chimeneas de vuestros salones
como el extraño que vino de lejos
y os cuenta cuentos, os gasta bromas,
os dice versos, baila con vosotros,
enseña a jugar a vuestros hijos.

De este modo fuisteis construyendo
la historia que jamás fue nuestra historia.
Y la misma cadena que une vuestros destinos,
a nosotros nos libera:
para contarnos cómo fue vuestro tiempo,
qué costumbres teníais, cómo intentabais amaros,
qué aficiones os ocuparon,
qué dudas os asaltaban,
qué palabras os confortaron,
qué silencios os preocupaban.
La historia de vuestra historia
para alumbrar vuestras sombras y arrancar vuestras mentiras.
Cómo fue vuestro tiempo de soledad en compañía
pues de vivirlo tanto, jamás lo comprendisteis.

 

 

 

 

LAS MADRES

Cuando sales de casa
a respirar el aire de la noche
buscando una respuesta en las estrellas,
te dicen que hace frío, que te abrigues.
Si quieres elevarte sobre el llano
de la rutina, trascender las leyes
inexorables —vanidoso o asceta—
para intentar medirte con los dioses,
te preguntan si has comido, te ofrecen
una cena caliente.
Y si el amor con sus dardos de fuego
inflama tus sentidos, prepararán tu cama
con sábanas limpias y mantas gruesas,
te pedirán que duermas.

Para raptos de fe, una aspirina.
Café para el veneno de los celos.
Para el miedo, buenos baños de espuma.
Para las inquietudes, el brasero.
Las madres, que son de la tierra, visten
nuestras almas desnudas
con los secretos sencillos del cuerpo,
cocinan la ambición y las ideas
con recetas antiguas.
Las madres, que nos quieren,
no entienden de delirios ni de sueños.

 

 

 

 

UN RUEGO Y UN AVISO

xxxxxI

Los pasos que no das son cosas del destino.
Preocúpate de estar,, que ya es bastante
y elige lo que estaba ya elegido.
Y si en la cueva inmensa de la vida
las voces interiores te piden disciplina,
aguarda su silencio
y ampárate en la luz de tus mejores días.

 

 

xxxxxII

Guárdate de ellos. Cuídate
de los hombres que nacieron sin afecto,
de su espada flamígera,
de las sentencias que dictan en su infierno.

Sólo es justo el querido:
busca su compañía.
Entrégate al amor de los amados
y no estreches la mano
del hombre que ha crecido sin caricias.

 

 

 

 

SOY MODERNO

Soy moderno porque tampoco quiero serlo.
Distraigo la mirada cuando habláis del paisaje
como si el árbol, el valle y la ladera
necesitaran de vuestras palabras.
En un paisaje yo a veces ni me fijo
porque tampoco presto a mis brazos o a mis ojos
más atención que la de saberlos míos.
Detesto subrayar lo que se muestra.

Soy moderno porque puedo estar muy lejos sin moverme
y no salir de casa estando lejos.
Quiero mis propios gestos, mi tono
y el derecho a transcurrir,
si no del todo frío, con cierta indiferencia.
Detesto que me habléis de la pasión,
la verdad, la emoción genuina
como funcionarios de los sentimientos,
obedientes hasta el último mandato
de una herencia que ni siquiera os pertenece.

Soy moderno porque me obligáis a serlo
con vuestra rendida admiración por ciertas cosas
—nombres, fechas, soluciones, jerarquías—,
porque sin hacer pie no sabéis nadar
y por el mar, que es tan inmenso,
navegáis como si fuera una bahía.

 

 

 

 

AL AMIGO INTEGRADO

Muy lejos de integrarme miserable,
me quedo en la miseria disyuntiva.
La opción de arrastrar un destino frente
al cofrade del puño que suma cantidades
de una nada de cifras.
No entiendo lo mezquino.
Después de ver la luz, ¿por qué persistes
en el tesoro incierto de las vanas monedas?
Hoy que vuelve el dragón
y el amor de los pobres,
cuando abismos y cumbres
ayudan a vivir nadie sabe hasta cuándo.
Pero tú cuentas, y guardas, y ordenas
y quieres todavía que te invite
al vuelo inútil del caído, tú
que rezas y resistes a la sombra
de tus sueños. Deja de hablar la lengua,
puesto que vives dentro, del hombre desterrado.

 

 

 

 

SOLEDAD ES LA HERIDA

Soledad entre cosas cargadas de sentido.
Mientras hierve en el fuego la pasta o la verdura,
no merece la pena ya ni hablar por teléfono
con amigos que comparten de lejos
la misma desazón en silencio contigo,
cada cual encerrado en su propia espesura:
la renuncia, el fracaso y un recuerdo de afectos
que llenaban la vida de síntomas inciertos
en tiempos felices de vino y rosas.
Soledad es la losa sin epitafio escrito.

Soledad es la herida por la que respiramos.
Construye cada cual el nido donde puede
con materiales nobles o plebeyos
y no existe otra ley que guardar en el momento
de salir, para volver a encontrarnos
por las calles y plazas donde todo sucede:
los amores, los pactos, el alud de proyectos
que hasta ayer nos mantuvo más o menos despiertos
en aras de una idea confundida.
Soledad es la herida por la que no sangramos.

 

 

 

Alas, Leopoldo. Concierto del desorden. Poesía Reunida (1981-2008). Madrid; Ed. Visor, 2009.

 

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