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EL SALTO DEL CIERVO

 

INNOMBRABLE

Ahora alcanzo a ver el amor
de un modo nuevo, ahora que sé que no
estoy bajo su luz. Quiero preguntarle a mi
apenas-ya-marido cómo es no
amar, pero él no quiere hablar de eso,
quiere un final tranquilo.
Y a veces siento como si yo ya
no estuviera aquí, sino en su perspectiva
de treinta años, y no en la perspectiva del amor.
Siento una invisibilidad
como un neutrón en una cámara de Wilson enterrada en un acelerador
de una milla de largo, donde lo que no puede
ser visto se infiere de lo que alcanza lo
visible. Después de que la alarma haya sonado,
lo acaricio, mi mano parece un cantante
que canta a lo largo de él, como si
su carne cantara en todos sus registros,
tenor en las vértebras superiores,
barítono, bajo, contrabajo.
Ahora quiero decirle: ¿qué
sentías al amarme? Cuando me mirabas,
¿qué veías? Cuando me amaba, yo miraba
hacia el mundo como desde dentro
de una profunda morada, como una madriguera o un pozo, yo miraba
a mediodía hacia lo alto y veía Orión
brillando, cuando pensaba que él me amaba, cuando pensaba
que estábamos unidos, no sólo el tiempo de un suspiro,
sino una larga continuidad,
los duros caramelos de fémur y piedra,
las fortalezas. Él no da señales de ira,
yo no doy señales de ira más que en rasgos de humor.
Todo es cortesía y horror. Y después
del primer minuto, cuando digo: «¿Se trata
de ella?», y él dice: «No, se trata
de ti», no la nombramos más.

 

 

 

 

SILENCIO, CON DOS TEXTOS

Cuando vivíamos juntos, el silencio en la casa
era más denso que el silencio
después de que se fuera. Antes, el silencio
era como un gran alboroto de laboriosidad
en la distancia, como el hondo rugido de las minas. Cuando se fue,
estudié el silencio de mi antes-marido como algo casi
sagrado, la llamada de un recién nacido
mudo. Texto: «Aunque su presencia se detecta
por la ausencia de lo que niega, el silencio
posee un poder que presagia miedo
para aquellos que se encuentran en él. No visto, nunca oído,
ininteligible, el silencio des-
concierta porque oculta.» Texto:
«Las aguas me rodeaban, incluida
el alma: la profundidad me envolvió,
las algas estaban enrolladas alrededor de
mi cabeza.» Viví al lado de él, en su quietud y
reticencia, a veces lo provocaba llamando a su
abstraída máscara su Mirada de Caimán,
buscando una forma de aceptarlo tal cual
era, bajo la ley de que él no podía
hablar, y cuando yo grité en contra de esa ley,
se limitó a su absoluto,
salió por su puerta de salida.
Y casi me parecía un héroe,
viviendo, como yo vivía, bajo la ley
que me impedía ver a quien yo había elegido
que sólo podía asociarme con él como con un ser
fijado como si fuera un elemento, casi
ideal, sin envidia o mezquindad. En las últimas
semanas, de día nos movíamos a través del despedazarse
mientras duraba, de la unión,
y en la noche el silencio yacía con la ceguera,
y cantaba, y veía.

 

 

 

 

SABERSE ABANDONADA

Si paso por delante de un espejo, me vuelvo,
no quiero verla a ella,
y ella no quiere que la vean. A veces
no veo exactamente cómo seguir con esto.
Con frecuencia, cuando me siento así,
a los pocos minutos estoy llorando, recordando
su cuerpo, o una parte de él,
a menudo la trasera, una parte suya
en la que pensar ahora mismo, atractiva, sin demasiado
detalle, y su espalda vuelta hacia mí.
Después de las lágrimas, el pecho duele menos,
como si, en nuestro interior, alguna diosa de lo humano
nos hubiese acariciado con un derrame de ternura.
Supongo que es así como la gente sigue adelante, sin
saber cómo. Estoy tan avergonzada
ante mis amigos —saberse abandonada
por quien, supuestamente, mejor me conocía,
cada hora es un lugar para la vergüenza, y yo estoy
nadando, nadando, manteniendo mi cabeza alta,
sonriendo, bromeando, avergonzada, avergonzada,
es como estar desnuda entre gente vestida, o ser
una niña y tener que comportarte
mientras odias las condiciones de tu vida. Ahora en mí
hay un ser que es puro odio, como un ángel
de odio. En la pista de bádminton, ella tuvo
su oportunidad, pura como una flecha,
mientras a través de los ojales de mi blusa los mosquitos
mordían la carne que ahora nadie parece
tener ganas de tocar. En el espejo, el torso
se ve como una mártir de póster con urticaria,
o una jarra de nata manchada con ortigas o patas de gatito,
lleno de la leche de la ternura humana
y de crueldad, y nadie hace cola para beber.
Pero ¡mirad! ¡Estoy empezando a dejarlo de lado!
Creo que no va a volver. Al creerlo,
algo ha muerto dentro de mí,
como la muerte de una vieja bruja en una de dos camas idénticas
mientras una criatura nace en la otra. Ten fe,
viejo corazón. De todos modos, qué es vivir
sino morir.

 

 

 

 

POEMA A LOS PECHOS

Como a otras gemelas idénticas, se las puede
distinguir mejor en la edad adulta.
Una de ellas enseguida frunce su ceño,
su cerebro, su rápida inteligencia. La otra
sueña dentro de una constelación,
las Pecas de Orión. Nacieron cuando yo tenía trece años,
se alzaron, la mitad fuera de mi torso,
ahora tienen cuarenta años, sabias, generosas.
Yo estoy dentro de ellas —debajo en cierto modo—
o las llevo: había vivido tantos años sin ellas.
No puedo decir que yo sea ellas, aunque sus sentimientos son casi
mis sentimientos, como sucede con alguien que una ama. Me parecen
un regalo que debo ofrecer.
Que los muchachos adoraban —casi hambrientos—
su categoría del Ser,
no se me escapaba, y algunos hombres jóvenes
las amaron del modo en que una desearía ser amada.
Todo el año han estado llamando a mi desaparecido esposo,
cantándole, como un par de empapadas
sirenas sobre una roca cubierta de escamas.
No pueden creer que él las haya dejado, este no es su
vocabulario, estando hechas
de promesas —como literalmente lo están.
Ahora a veces, las sujeto un momento,
una con cada mano, viudas gemelas,
cargadas de pena. Fueron un regalo para mí,
y entonces fueron nuestras, como niñas de pecho sedientas
de excitación y abundancia. Y ahora es la misma
estación del año otra vez, la misma semana
que él se mudó. ¿No les susurró,
Esperadme aquí un año? No.
Dijo: Dios esté con vosotras, Dios
con vosotras, A-Dios para el resto
de esta vida y para la larga nada. Y ellas, que no
conocen el lenguaje, lo están esperando,
Jesús qué tontas son, ni siquiera saben
que son mortales —es dulce, supongo,
y refrescante, vivir con ellas, seres sin
el conocimiento de la muerte, criaturas de ignorante sufrimiento.

 

 

 

 

UN DOLOR QUE YO NO

Cuando mi marido me dejó, hubo un dolor que yo no
sentí, el dolor que siente quien pierde a aquel
a quien ama. No me empujaron
contra la rejilla de una vida mortal,
sólo contra la verja, lentamente cerrada,
de la preferencia. A veces los envidiaba
—por lo que yo veía como el sufrimiento honorable
de alguien que ha sido arrojado contra la reja
de hierro. Creo que él llegó, en privado, a
sentir que estaba muriendo, conmigo, y que si
tenía lo que hacía falta para arrancarlo todo con sus
dientes y escapar, entonces podría nacer. Así que él se fue
a otro mundo —este
mundo, donde yo no lo veo ni lo oigo—
y mi tarea es comerme entero el coche
de mi ira, parte a parte, algunas partes
reducidas a polvo de acero. Lo que más me gusta
son los asientos de tela, azul-gris, el primer
coche que compramos juntos, desde hace tiempo
marcado con manchas refregadas —babas,
lágrimas, helado, ninguna herida, sólo
la mensual sangre del alivio, y el dejarse
ir cuando las aguas rompían.

 

 

 

 

LO PEOR DE TODO

A un lado de la autopista, las colinas sin agua.
Al otro, en la distancia, los desechos de la marea,
rías, bahía, garganta
del océano. Aún no había expresado
en palabras lo peor de todo,
pero pensé que podría decirlo, si lo decía
palabra por palabra. Mi amigo conducía,
al nivel del mar, colinas costeras, valles,
laderas, montañas, —la cuesta, para ambos,
de nuestros primeros años. Yo había estado diciendo
que ahora ya casi no me importaba el dolor,
lo que me preocupaba era: digamos que hay
un dios —el del amor— y que le había dado —que quise
darle— mi vida y que
había fracasado, pues, bien, podía perfectamente sufrir por eso,
pero ¿y si yo
había herido al amor? Aullé al decirlo,
y en mis gafas se acumuló el agua salada, entonces casi
dulce para mí, porque había sido nombrado,
lo peor de todo —y una vez nombrado,
supe que no había ningún dios del amor, que sólo
había personas. Y mi amigo se acercó
hacia donde mis puños se agarraban el uno al otro,
y la parte trasera de su mano los acarició, un segundo,
con torpeza, con la cortesía
que ningún eros podía tener, la amabilidad doméstica.

 

 

 

 

SOSTÉN FRANCÉS

En el aparador de una tienda de lujo, abajo, cerca de mi
tobillo, como las alas del talón de Hermes
ajustado con montantes y alerones,
frágil como un biplano de seda, el soutien-
gorge yace, flexible, sin carga,
suelto como una cáscara de piel de serpiente. Me detengo,
aúllo en el francés de séptimo curso. Las copas son
una red de lazos, compleja como cortinas en la
casa de una abeja, en la cocina donde la miel está
en el fogón, en la boca, en las bragas —y hay bragas,
con ojales de aplique, y hay dorados
piñones como pinceladas de tacto a lo largo de las cimas de la
poitrine— y es como si mi cuerpo no hubiese
escuchado, o no se hubiera creído, las noticias,
quiere ir ahí dentro y coger esas volutas,
esos cinturones de Hipólita, de su dedo meñique,
y llevarlos a casa, para mi ex y para mí,
mon ancien mari et moi. Es como si
hubiese estado en un club con él, con secretos
saludos, y miradas secretas, y roces,
y la tela satinada que estaba en el club con nosotros, y
el lazo: eran nuestros acompañantes alados
—y el satén, y el punteado suizo: eran nuestro
idioma, nuestra comida y mobiliario,
nuestro jardín y transporte y filosofía
e iglesia, estado sin estado y muerte
sin muerte, nuestras música y guerra. Todo el mundo
muere. A veces un ser amado muere,
y a veces el amor. Ocurren tantas cosas peores,
parece que esto debería ser un lamento de juguete,
la simulada canción del costurero de una muñeca,
aunque a menudo hay gente que es asesinada, para celebrar
la muerte del amor. Me detengo, por un momento,
mirando hacia abajo, a los vacíos disfraces
del lujo, los fantasmas de lencería de mi estar ahí.

 

 

 

 

POEMA DE AGRADECIMIENTO

Años más tarde, tras largo tiempo soltera,
quiero volverme hacia su ausente espalda,
y decir, ¡Qué regalos tuvo cada uno del otro!
Qué placer —confiados, los ojos abiertos,
desmayándonos con lo que nos estaba permitido hacer
hasta altas horas. Y no podías decir,
no podías, que el tacto que tenías de mí
era otro que el tacto de una
que podías amar de por vida —tanto si nos conveníamos
o no— de por vida, como una sentencia. Y ahora que lo
pienso, el tacto que yo tuve de ti
se volvió no el tacto de larga visión, sino como la
tolerante voluntad de uno
que está de paso. Compañero de arena
a la luz de la luna —y a la luz del mediodía en la playa, una vez,
y de la paja, de la paca de sal en un granero, y del abono
dentro de un jardín, entre las hileras —una vez—
compañero de pie contra la pared en aquel diminuto
cuarto de baño con la cerradura que aleteaba como una cromada
mariposa junto a nosotros, a la altura de la cadera, el espíritu
de nuestra inocencia, que era la ignorancia
de lo que se pediría, lo que se requeriría,
gracias por cada hora. Y yo
acepto tus gracias, como si darlas fuese
un regalo de los tuyos —separémonos
como iguales, como fuimos en todas las camas,puros
iguales de la tierra.

 

 

 

 

BAILE DE LA MUJER ABANDONADA

De repente, recuerdo la barra
de oro que mi joven marido compró
y enterró en algún sitio cerca de nuestra casa de campo. Durante nuestro
divorcio —tan nuestro como cualquier
cena de domingo, o lo que
la seguía, que se llamaba la siesta—
él quiso ir a la casa, una última
vez. Por favor, no con ella,
por favor, y él dijo, De acuerdo, y no sé
por qué, cuando me di cuenta, más tarde,
de que él había ido para desenterrar nuestra barra de oro,
no me importó. Creo que es por cuán
equitativo era todo, entre nosotros, cuán equitativamente
nos repartíamos las tareas, aunque
él fuese el que traía un salario, cuán equitativamente
la recompensa de placer fue distribuida entre nosotros
—espera, ¿qués es una recompensa? ¿Es como el pago de un secuestro?
Él se enamoró de ella porque yo
ya no le convenía—
ni él a mí, aunque yo no pudiese entenderlo, pero él
lo entendió por mí. Equitativo, equitativo,
nuestro campo de juego —inspiramos una generosidad
el uno en el otro. Y él no compartió
sus secretos con sus pacientes, pero yo compartí mis secretos
con vosotros, queridos extraños, y los suyos, también
—a diferencia del gorjeo del orgasmo, yo cantaba
por dos. Desigual, desigual, nuestras escalas
de alegría se fueron torciendo, y cuando él
descendió a la planta baja, y yo
navegué por el aire, se hizo
justicia poética. Así que cuando pienso en él
yendo con su pico y su pala exactamente donde él
sabía que estaba el lingote, abriéndose camino
hacia las profundidades, hasta que el aire
lo tocó y liberó su luz,
creo que estaba haciendo lo que siempre hizo, pero yo me
había adelantado un poco —y él
corregía el equilibrio, haciendo su propia vida.

 

 

 

 

AÑOS MÁS TARDE

A primera vista, ahí en el banco
donde accedió a encontrarnos, no parecía
él —pero entonces el rostro de dura
amistad fue el de mi antiguo marido,
como el rostro de una criatura mirando hacia fuera
desde dentro de su Knox. Ningún defecto, ningún golpe,
la ingeniosa tuerca del audífono
escondido en la oreja que yo siento que
ya no amo, pequeño vendaje en la mejilla
poblada con pequeños líquenes de un país que yo no
conozco. Caminamos. No recordaba
cuán profundamente se mantenía dentro
de sí mismo —mi diversión, durante treinta y dos años,
fue tentarlo para que saliera. De algún modo todavía quiero hacerlo,
como si yo lo viera a él como un ser con una zarpa de bebé
atrapada. Su voz es la misma —grave,
todavía propulsada por la burbuja del nivel
en su garganta. Hablamos de los niños, y es
como si eso no nos lo pudiese quitar nadie.
Pero parece como si él no estuviese aquí
—parece, aunque él está aquí, como si, para mí,
no hubiese nadie ahí— igual que cuando él estaba conmigo
parecía que no hubiese nadie ahí para ninguna otra
mujer. Durante los primeros treinta años. Ahora entiendo
que he estado esperando, cada vez que nos vemos, que él me alabase
por lo bien que me lo tomé, pero no va a ocurrir.
Eres lo feliz que pensabas que serías,
le pregunto. Sí. Y es conmovedora
la satisfacción de su sonrisa. Pensaba que tendrías un aspecto más feliz,
digo yo, pero después de todo, cuando yo
te miro ¡estás conmigo! Sonreímos.
Sus ojos, acogedores por un momento, con el acostumbrado
cambio, como si estuviese convirtiéndose en
la especie que fue durante esos treinta años.
Y volviendo atrás. Ojeo su torso
una vez, sus piernas —es como una figura de palos,
ahora,del mismo modo que, cuando yo estaba con él, los otros
hombres parecían muñequitos Ken, vestimenta sólo. Incluso
el resplandor de su reciente anillo de matrimonio no es
un cuchillo entre mis costillas—este es el Ken Casado. Mientras yo
lo acompaño hacia la calle bromeo, y por un momento
él vuelve vivo hacia mí, una gema marina del
estanque en su ojo. Ese retraimiento
que siempre me conmovía, como si hubiese
una gravedad lateral, en él, hacia algún
punto de fuga. Y no, él no quiere
que nos volvamos a ver, en un año —cuando nos
despedimos, es con una seca inclinación
y un Adiós. Y ahí está el parque en primavera,
húmedo como la piel recientemente perdida, dulce
invernadero, verde cementerio con ningún
muerto en él—excepto, en algún bosque
sombrío, debajo de algunos años de hojas y
piñas podridas, el cuerpo de un gorrión
como una redonda nota caída del cielo—mi viejo
amor por él, como la caja torácica de un pájaro cantor totalmente pelada.

 

 

 

Olds, Sharon. El salto del ciervo. Tarragona, Ediciones Igitur, 2018.

 

P.D. Pueden ponerse de fondo la entrevista que el poeta y periodista José Antonio Martínez Muñoz le hizo a Joan Margarit, artífice junto a Eduard Lezcano Margarit de la traducción del libro del que acabo de subir los poemas. Aquí la pueden escuchar.

 

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