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VIETNAM (Primeros Planos)

 

xixixVIETNAM
(Primeros Planos)

LOS VIEJOS

Vemos al yanqui con su presa:
un viejecito andrajoso
con los ojos vendados y las manos atadas
a la espalda. Le vemos vacilar. Va temblando.
No es de temor. Su cuerpo se estremece
de vejez y de ira; del cansancio infinito
que hace a sus huesos desecados,
apenas recubiertos por la carne,
crujir mientras se curvan
en un gesto engañoso
de humilde vencimiento.

¿Qué hicieron esos viejos? ¿De qué modo
lucharon? ¿Con qué fuerzas? ¿Con qué armas?
¿Por qué los atraparon, cómo, dónde?
Sólo se ve que están apenas vivos.
Despojo ruin; pavesa miserable
del continuado incendio de su vida.

El yanqui se retrata con su presa.
Pero en seguida descubrimos
que ese bigboy de metralleta al hombro
y un rubio cigarrillo entre los labios
no acierta a fabricarse la sonrisa
del vencedor. El yanqui tiene miedo.
Teme a esos viejos. Sabe
que tras los míseros harapos
en el hundido pecho ennegrecido,
se oculta un recio corazón gigante
con espoleta de odio inextinguible;
un explosivo extraño y peligroso.

 

 

LOS NIÑOS

En el Vietnam hay niños; nacen niños.
Traídos a la vida cada día
por la corriente irreprimible
del poderoso amor, confiadamente,
osadamente nacen. Son pequeños,
son dulces y dorados
como la piel del plátano maduro.
No saben nada; sólo
vivir. Y sólo quieren
vivir al sol, al beso y a la brisa;
beber amor por todos los sentidos;
comer, reír, llorar. Y enderezarse
como los tallos del arroz, primero;
luego, como los troncos de la selva.
Mirad y ved los niños aplastados,
acuchillados, rotos,
perforados, roídos
por el napalm; mirad sus carnes puras
llagadas hasta el hueso;
ved las vacías cuencas de sus ojos.
(El yanqui escribe a la familia
y manda besos a los pequeñines.)

 

 

LAS MADRES

Con esa carga dulce y tremenda del hijo
colgando de sus hombros o apretado en los brazos,
caminan, cruzan ríos, pantanos, espesuras.
Huyendo. Huyendo siempre sin saber hacia dónde.
Las vemos en refugios subterráneos,
en la profunda entraña de la selva,
por caminos desiertos
o en una casa en ruinas sin puerta ni tejado
cociendo un puñadito de arroz o dando el pecho.
Pero abrazando siempre, protegiendo incansables
el informe envoltorio donde asoma y reluce
como una perla oscura la carita del hijo.

Las vemos solas, mudas, con sus ojos abiertos,
opacos de dolor, interrogantes,
como esperando —¿qué?— dentro del caos.

Pero sus rostros tienen
un raro resplandor, cierta belleza
de signo sobrehumano donde late
una indomable voluntad de vida.

 

 

EL ARROZ

Hijo del sol, del agua, de la tierra,
de la amorosa mano del labriego,
el arroz atesora,
en diminutos granos de alma blanca,
sus mágicas virtudes.
El arroz es el puro
y humilde sacramento
con que el Vietnam comulga y se alimenta.

El yanqui lo contempla desdeñoso:
(¡comida de los monos amarillos!)
y en el Vietnam, matar es la consigna.
Matemos el arroz. Hagamos hambre.

Llegan las aves tronadoras
y el arrozal sagrado es destruido.

 

 

LA SELVA

La selva es un gigante de pies quietos,
con fuerza inmensa y miembros infinitos.
La selva tiene garfios y puñales.
Punza y araña; hiere y envenena.
La selva es una trampa con mil bocas
que succiona al intruso,
lo ablanda, lo digiere.

Pero la selva tiene entrañas
maternales y próvidas
para los hijos de su tierra
que la conocen y la aman.
La selva los acoge y los protege:
les brinda sendas sinuosas,
cien túneles secretos, escondrijos,
hondos e inextricables
laberintos que ocultan
en su interior los claros apacibles
como jardines bien cerrados.

La selva es vietnamita;
es vietcong, antiusa.
Hay que matar la selva.

Y así, bajo la lluvia ponzoñosa,
entre las llamas asesinas,
los árboles soberbios se estremecen,
sus ramas crujen, se desgajan
en dolorosas convulsiones;
las hojas se abarquillan y se funden
en opaca ceniza;
los troncos poderosos se convierten
en calcinados esqueletos.
¿Qué ha sido de aquel iris prodigioso
de flores y de pájaros?
¿Qué ha sido de las simples bestezuelas,
de las fieras rugientes,
de los animalitos diminutos,
del mundo que se arrastra y el que trepa?
Todo agoniza, todo se disuelve
en humo y brasa; en polvo dolorido.

Porque, en Vietnam, matar es la consigna.

 

 

 

Figuera Aymerich, Ángela. Obras completas. Madrid; Ed. Hiperión, 1999.

 

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