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NEGATIVOS, LECTORES Y PERTENENCIAS

 

NEGATIVO DE VERDE DE ANDRÉS Gª CERDÁN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx…los niños por las calles irán en pos de mí diciendo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxputa, hechicera, vieja, falsa, malhechora […] y otros
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxmuchos ignominiosos nombres
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSancho de Muñón, Trgcm. de Lisandro y Roselía

Las cosas no van bien últimamente.
A cierta edad, la casa de los padres
es una casa ajena y tu desorden
no cabe allí. Pesadamente late
el corazón. No duermes bien, tus sueños
ya no tienen el ágil desenlace
que quisieras. Hay muchos libros nuevos
que no puedes comprar y que te hagan
aprender, descubrir. No te dedican
canciones en los bares ni te buscan
para sitios de culto. No disfrutas
de tu tiempo, no vas a recitales
con amigos —cansados de llevarte
y tener que pagar también las copas—.
Desayunas revueltas y cadáveres
en El Cairo o Damasco. Las palabras
no se presentan sin avisar ni dicen
esas cosas hermosas de la vida
—ni las musas acuden ya a salvarte
de la desdicha y de la soledad—.
La gente no te quiere. También tú
te alejas de los otros como nunca.
No hay nadie que te ame y te haga ir
a esa orilla del mar como una ola
de alegría. Te ven llegar las calles
y van en pos de ti diciendo puto,
hechicero, viejo, falso, malhechor,
y otros muchos ignominiosos nombres.

 

 

 

 

F. B. A UN LECTOR APESARADO DE PALABRAS A LA OSCURIDAD

Yo sé que esos poemas te hacen daño
como a mí me lo hicieron los de otros
escritos hace tiempo. Sé que ahora
tu vida —tan distinta de la mía—
te está dando a beber un aguardiente
amargo como pocos y que todo
tu ser, en tus entrañas, se rebela
contra cada camino y cada piedra.
Sé que el miedo está haciendo florecer
su semilla en tus manos, en tus ojos,
tus labios; que las horas —hasta ayer tan
hermosas— aceleran ya sus pasos
por las calles de siempre y los momentos
de placer duelen antes de acabarse.

Igual que tú ahora, no tenía
certezas, no sabía dónde iban
a terminar llevándome los años,
ni si era verdad aquel fulgor
que prometían ciertos cuerpos núbiles
—tan sin formar aún y tan rotundos—,
ciertos versos que no era todavía
capaz de comprender, pero apuntaban
allí, al anhelado paraíso; ni tampoco
si alguna vez tendría fin la búsqueda
en la que descubrí que me encontraba
embarcado cuando las luces últimas
del puerto se fundieron en un solo
crepúsculo violento, apresurado.

Sé que no eres feliz y que tus ojos
añoran una luz que tal vez sea
imposible de hallar, un brillo tenue
o fulgurante que quizás no exista.
Pese a todo —exista o no, la encuentres
o no la encuentres— puedo asegurarte
que la búsqueda no te será fácil
como no te lo ha sido hasta aquí mismo:
cada elección implica una renuncia,
cada sueño cumplido una derrota
y un arduo protocolo de onerosas
condiciones con las que resarcir
—de las horas gastadas en vencernos—
a la vida.
xxxxxxxxxNo caigas en la trampa
de creer que si hubieras sido otro
habrías esquivado tu destino.
No hay varios posibles para nadie,
ni siquiera para los que parecen
felices, cuyos días se deslizan
como un hábil surfista entre las olas
del tiempo. No te engañes, ellos sufren
también, y ni siquiera son capaces
de saberlo ni —menos todavía—
de expresarlo.
xxxxxxxxxxxxxxYa sé que no hay consuelo
posible en lo que digo: conocer
el dolor, saber su causa, no protege
del dolor, no lo borra ni atenúa
sus punzantes reclamos, y es inútil
ignorarlo. Camina, pues, sin miedo
ni esperanza, no esperes nada bueno
del futuro, y recuerda las palabras
finales de Cernuda en Peregrino:
“tus pies sobre la tierra antes no hollada,
tus ojos frente a lo antes nunca visto”.

 

 

 

 

PERTENENCIAS

Están acostumbrados a perdernos
y unas horas después nada es distinto.
Un atenuado amago de nostalgia
—que no dolor, por mucho que las lágrimas
de tanto en tanto afloren— les acompañará
durante algunos días, para ir
diluyéndose luego entre las fotos,
ropa, libros, películas y discos
—incluso algunos sin desprecintar—
que poco a poco habrá que ver si pueden
venderse o regalarse, y los que no,
tirarse a la basura. Poco importa
si todas esas cosas fueron parte
del muro que construimos para aislarnos
del exterior —del mundo, la familia,
los amigos incluso— o si conservan
un resto del afán con que nos fuimos
rodeando de ellas, ordenándolas
a nuestro alrededor para sentirnos
un poco menos solos al mirarlas.
Poco importa. Son un estorbo y deben
deshacerse de ellas para vender la casa
y seguir con sus vidas cuanto antes.

 

 

 

Paniagua, Ángel. Debajo de los días. Murcia; Ed. Raspabook, 2018.

 

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