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VEINTICUATRO

 

XXIV

Es, ahora que la melodía de un crepúsculo incendiado en tormenta adormece mis sentidos, que la música de Quique González retorna a mis oídos como lo haría el hijo pródigo a la casa familiar (independientemente de las palizas del padre o la eterna melopea de la madre).

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxVer llover.

xxxxxxxSí, cegar la curvatura de las pupilas en el naufragio celeste de un temporal,  y comprender que has de regalarte, de alguna manera, el sentido del oído con músicas de aguacero, melodías de desagüe, armonías de naufragio. Escucho, una y otra vez, la voz de Quique González, recordándome que los olvidados fueron obligados a crecer desinformados.
xxxxxxxTarareábamos, hace ya años, esa canción del bardo madrileño, entre amigos, iguales, compañeros que compartíamos, además del gusto por la música, la dolorosa nostalgia de haber vivido de cerca la cruda realidad que relata su letra. Habíamos crecido en barrios periféricos. Habíamos sufrido la violencia del robo, el asalto, la paliza, la borrachera, el polvo a destiempo debajo del puente bajo el que hace años que no gritaba ningún río… cosas así: súbitas, veloces, sucias y urbanas: como las que relata la canción que hoy me susurra una y otra vez el citado músico. Porque habla en ella de yonquis, del pinchazo feroz/veloz, de la adicción/devoción eterna, de la muerte súbita y la redención inasequible. Así fue: eran nuestros amigos, o simplemente conocidos del barrio: amables, simpáticos, un pelín canallas, sí, pero buena gente. Hasta que arreció la tormenta de las drogas duras, la desastrosa cena de gala de la heroína, en la que muchos, tantos, demasiados, servirían de banquete a un tropel de torpes comensales que jamás fueron invitados. Cerca, siempre, estaban sus padres, sin más tiempo libre que el que los diversos empleos por obra y gracia de los cuales aparecía en la mesa del domingo el pan fragante les podían permitir. También los viandantes asustadizos que, con el ánimo de llegar un poco antes que el día anterior al hogar, decidían atravesar las calles de nuestro barrio, las vecinas de mandil cansado y chismorreo exacto como el gatillo de los cowboys de sobremesa, las chicas que inauguraban adolescencia jugando a pretender quemarse, teatralmente, en la hoguera de los despropósitos… y así, en el último extremo: los hermanos menores, los que sin comprender asistíamos al sacrificio entre aterrados y maravillados, con pupilas desmanteladas y abortos de exclamación ensuciándonos la garganta. Sabíamos que había que cuidarse mucho, al jugar en el terraplén, de las jeringas oxidadas, el óxido ensangrentado, la sangre coagulada y el coágulo de miedo que parecía haberse instalado en la mirada perdida de aquel yonqui al que todos conocíamos, con quien habíamos jugado fútbol repetidas veces en el descampado, de quien habíamos temido un bofetón pandillero e intempestivo… algo canalla pero buena gente, ya digo.
xxxxxxxY es algo de esto lo que narra Quique González en 73, esa canción que hoy acompaña con sus rabiosos acordes de niebla este aguacero cochabambino que amenaza inundar la terracita de mi recién estrenado hogar, como amenaza la citada melodía anegar el balcón de mis recuerdos. Así fue entonces. Así es hoy, de nuevo, me temo. Ayer por desinformación, hoy por necesidad de esquivar los abismos cotidianos, las calles de Madrid se oscurecen en algunas esquinas en que la jeringa y el hambre copulan a escondidas de los viandantes.
xxxxxxxPero ahora vivo en Cochabamba. Vivo Cochabamba. Y aquí la única heroína conocida es la madre que amamanta a sus retoños entre montones de desperdicio. O la niña que baila al son de músicas ancestrales para obtener la simpatía del paseante y, de paso, un puñado de lustrosas monedas o un caramelo usado. Hay otras drogas en Bolivia, además de la denostada cocaína, que aquí tan sólo sirve de laburo a un puñado de campesinos y de inocuo vicio a un menos grupo de ídem. Eso no es droga, salvo cuando cruza la frontera, a base de química y dólar, para apaciguar a los occidentales que la esperan al filo de una madrugada sin fin, al calor de los cuerpos sudorosos que se contonean al ritmo de la eterna juventud en cualquier discoteca de metrópoli que celebra la fiesta mentirosa del fin de semana. Aquí, ya digo, pensando en Quique González, en su canción 73, en los conocidos a quienes devoró la heroína en aquellos aciagos años 80, deduzco que la única droga de tal calibre es la clefa con que mutilan sus pulmones, su pobreza, su latido y su juventud tantos y tantos chavales que no, no tienen la edad de mi hermano, más bien la que debería tener el hijo que aún no decidió nacerme. Ignoro la composición de ese industrial pegamento de saldo que aspiran una y otra vez tantos niños que hacen de la calle hogar y de sus esquinas cementerio.
xxxxxxxNo vine aquí a hacer sociología de andar por casa. No pretendo desentrañar causas ni motivos. Sólo afirmo que la droga —como el cáncer o las fiestas de fin de curso— es universal, y los féretros en que viajan los cuerpos de quienes a ella toman por esposa en las lunas de hiel del abandono no son tallados por quienes la producen, siquiera por quienes la venden. Tal vez, quizás, quién sabe, sólo por quienes ignoran su todopoderosa capacidad para lograr que este mundo no alcance de inmediato la sobrepoblación y prefieren pasear su indolencia en el automóvil de lujo de la relevancia social. Puedo verlos aquí como los veía allá: pasean el carrito en que ronronean sus hijos gemelos, sorteando charcos y compradores de última hora, y apartan la mirada cuando amenaza encontrarse de frente con la de ese chiquillo que podía ser, mañana, en un par de años, cualquiera de los que ellos mismos han engendrado, en caso de fallecimiento de ambos progenitores o caída en desgracia laboral o abandono de puesto de trabajo o inminente pobreza o alcoholismo provocado por el recién descubierto fraude de una vida desechada o simplemente, en un pasado no muy remoto, en caso de haber nacido ellos al albur de la luna llena sin más techo que el aullido de dos perros que copulan al ritmo de un viento imprevisto, y en tal caso: niño, a la calle pues, ganate unos pesos, trae de comer a casa, ni modo, aunque tengas que esnifar clefa para soportar el frío, la necesidad, el hambre, la macana, la joda infecta de una niñez que nunca tendrás y un juego del que jamás llegarás siquiera a conocer las normas… todo igual, ya ven, quizás algo peor aquí, en el Planeta Sur, donde la edad de los adictos es sensiblemente inferior. hablo de niños de 6 años, o… menos.

xxxxxxx…y no, yo no nací en el 73, pero casi… podría tener la edad de mi hermano… o la de mi hijo…

 

 

 

Cerezal, Pablo. Breve historia del circo. Albacete; Chamán ediciones, 2017.

 

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