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EL GRITO INÚTIL

 

EL GRITO INÚTIL

¿Qué vale una mujer? ¿Para qué sirve
una mujer viviendo en puro grito?
¿Qué puede una mujer en la riada
donde naufragan tantos superhombres
y van desmoronándose las frentes
alzadas como diques orgullosos
cuando las aguas discurrían lentas?

¿Qué puedo yo con estos pies de arcilla
rodando las provincias del pecado,
trepando por las dunas, resbalándome
por todos los problemas sin remedio?

¿Qué puedo yo, menesterosa, incrédula,
con sólo esta canción, esta porfía
limando y escociéndome la boca?

¿Qué puedo yo perdida en el silencio
de Dios, desconectada de los hombres,
preñada ya tan sólo de mi muerte,
en una espera lánguida y difícil,
edificando, terca, mis poemas
con argamasa de salitre y llanto?

Volvedme a aquel descuido, a aquel sosiego
en que era dable andar por los caminos
pastoreando ensueños como ovejas.
Volvedme al ruiseñor de aquel boscaje,
al vuelo de aquel cisne por el lago
bajo la planta azul de aquella luna.

Volvedme a la andadura mesurada
al trópico dulcísimo y sedante
de un verso con timón y cortesía
donde cantar cómo los bucles de oro
son cómplices del pájaro y la rosa,
porque eso, al fin, a nada compromete
y siempre suena bien y hace bonito.

Pero es vano, amigos, nos cortaron
la retirada hacia seguras bases.
Están rotos los puentes,
los caminos confusos,
los túneles cegados. No sabemos
de cierto si avanzamos o si huimos
dejando por detrás tierra quemada.

Y yo pregunto, vadeando a solas
un río de aguas turbias y crueles,
¿qué puede una mujer, para qué sirve
una mujer gritando entre los muertos?

 

 

 

 

LA CASA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxSalí a hacer una casa con tu madera pura.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPablo Neruda

No quise nada malo. Solamente
construirme una casa.

Con la madera pura y olorosa
de los ásperos pinos,
de los dulces castaños,
de los robles tenaces que mi España sustenta.

Una casa para mí
sobre la dura tierra de mi patria
taraceada de huesos anteriores
al calor de mi sangre.

Una casa cuadrada, inocente,
con las paredes lisas bañadas
en cal blanca y apacible
como leche materna
con un rojo tejado jubiloso
y un alero propicio
para los nidos de las golondrinas
y la sombra violeta de los sueños.

Unos muros,
unos sencillos muros nada más
haciendo soledad para mi alma,
cercándome el anhelo de los ojos.

Contra el terror estúpido de las noches,
contra la vergüenza de los días demasiado brillantes,
un fiel caparazón de cal y canto.

Una fresca penumbra
con un clavo en espera paciente
donde colgar las ropas sudadas
y el cansancio de las horas larguísimas.

Un rincón sin testigo
para esconder esas lágrimas sucias
que se lloran en los atardeceres.

Una alcoba caliente y profunda
para el sueño, para el amor, para el parto.
Para el instante impuro de esa muerte
desesperadamente mía.

Quería eso tan sólo. Salí a hacer una casa
cuando iba a amanecer y el cielo era bondadoso.
Pero todos se echaron sobre mí. Vete, perro,
que la tierra no es tuya.
Ni la piedra ni el árbol ni la sombra ni el aire.

Salí a hacer una casa. Y aquí me tenéis, hijos.
Apaleado y desnudo.
Con mi corazón crédulo mojado por la lluvia.

 

 

 

 

REBELIÓN

Serán las madres las que digan: Basta.
Esas mujeres que acarrean siglos
de laboreo dócil, de paciencia,
igual que vacas mansas y seguras
que tristemente alumbran y consienten
con un mugido largo y quejumbroso
el robo y sacrificio de su cría.

Serán las madres todas rehusando
ceder sus vientres al trabajo inútil
de concebir tan sólo hacia la fosa.
De dar fruto a la vida cuando saben
que no ha de madurar entre sus ramas.
No más parir abeles y caínes.
Ninguna querrá dar pasto sumiso
al odio que supura incoercible
desde los cuatro puntos cardinales.

Cuando el amor con su rotundo mando
nos pone actividad en las entrañas
y una secreta pleamar gozosa
nos rompe la esbeltez de la cintura,
sabemos y aceptamos para el hijo
un áspero destino de herramienta,
un péndulo del júbilo a la lágrima.
Que así la vida trenza sus caminos
en plenitud de días y de pasos
hacia la muerte lícita y auténtica,
no al golpe anticipado de la ira.

¿Por qué lograr espigas que maduren
para una siega de ametralladoras?
¿Por qué llenar prisiones y cuarteles?
¿Por qué suministrar carne con nervios
al agrio espino de alambradas,
bocas al hambre y ojos al espanto?

¿Es necesario continuar un mundo
en que la sangre más fragante y pura
no vale lo que un litro de petróleo,
y el oro pesa más que la belleza,
y un corazón, un pájaro, una rosa
no tienen la importancia del uranio?

 

 

 

 

EL MUERTO

Llegué hasta el hombre. Un muerto como yeso fraguado.
Como un hielo sin brillo derivando a la nada.

Llegué hasta él. Le dije: No te vayas ahora
cuando hay un día alegre detrás de los cristales
y niños que sonríen
con una blanca gota de leche en la sonrisa.
Tenemos que contarnos tantas cosas
todavía
aquí, junto a los árboles,
junto a las amistosas esquinas
de las casas con lumbre que cobijan al hombre.
Quédate. Con las mías descruzaré tus manos
absurdamente azules de sangre amordazada.
Te amo. Aguarda un poco. Te diré mis poemas.
Te besaré la frente. Te besaré la boca.
Sí, llegaré a besarte. Porque te quiero, hermano.
Porque estoy a tu lado y creo que aún es tiempo
de que tus labios filtren mi contacto caliente
a pesar de su gesto de infinita desgana.

Quédate aún. No bajes a la tierra profunda
de la química impura, de la pálida larva.
Yo te afirmo que hay flores (de seguro te acuerdas)
que aligeran las horas. Y hay el mirlo y la brisa.

Y el correr de las fuentes. Y un sol dulce que acaso
aún perdura en el fondo de tus ojos ocultos
que un maligno fermento disuelve lentamente.
Y están (tú no has podido olvidarlo tan pronto)
esas lindas muchachas que acrecientan los pulsos
cuando la primavera les destrenza el cabello.
Escúchame. Poseo la mágica palabra.
Te digo que te amo. Permanece conmigo.

Pero él seguía quieto. Ferozmente impasible.
Callado. Torvo. Duro. Tozudamente muerto.

 

 

 

 

MANOS VENDIDAS

Del hombre a la herramienta baja y duele
ese domado río, esa polea,
esa energía macho, ese gobierno
con que tus manos duras en el tajo
al mundo hacen crecer y lo estructuran.
Del hombro a la herramienta gota a gota,
calientes circulando, lubrifican
el quíntuple engranaje de tus dedos.
Como una tensa red de mil cadenas
tus músculos trepidan ensanchando
la talla de tu cuello y tu cintura
y hay un martillo corazón que bate
el cobre de tus sienes sin almohada
porque la fuerza de tus brazos dure
hasta que la fatiga clave y pese
dos piedras sin pulir sobre tus ojos.
Minuto tras minuto y pena a pena
se da la mies del trigo y del acero,
cuaja el cemento en peso y en altura,
cede la piedra, ordénanse las aguas,
se arquea la madera, va en acequias
el líquido metal, zumban motores,
la hélice y la rueda se encabritan.

Jornada tras jornada pones firmes
sobre la tierra madre tus dos manos.
Míralas sucias, aptas, fecundantes;
su recia piel, sus ñas obstinadas,
sus palmas que rezuman generosas
ese sudor de signo positivo
que hace subir y rige las mareas.

Y no son tuyas, hombre. Están vendidas.

 

 

 

POBRE

No sé cómo ha ocurrido. Está todo tan malo,
como suele decirse. Me he quedado muy pobre.

No tengo ni un jilguero ni una estatua.
No tengo ni una piedra para tirarla al mar.
No tengo ni una nube que me llueva por dentro.
Ni un cuchillo de plomo para cortar la rabia.

No tengo ni una mata de tomillo
para tender el pañuelo.

(Verdad es que tampoco
tengo pañuelo.
Se nota cuando lloro y mis lágrimas corren como ríos de lágrimas.)

No tengo ni una tira de tafetán rosado
para tapar las grietas del corazón. No tengo
ni un pedazo de beso que llevarme a la boca.

Ni un poquito de sueño que llevarme a los ojos.
Ni un retazo de Dios que me cubra las carnes.

Me he quedado tan pobre
que no tengo siquiera dónde caerme viva.

 

 

 

SILENCIO

Mejor morder la arena. Yugular la garganta
con un duro cilicio que coagule las voces.
Mejor callar. Rompernos la canción con los dientes
y enterrar sus pedazos en un pozo profundo
y cegarlo con piedras y con sal y olvidarlo.

Ser poeta es superfluo. Es herida sin bordes.
Es dejar que nos vean con las manos vacías
y afirmar tercamente que van llenas de rosas.
Presentar a la noche nuestros hombros desnudos
y volar con el júbilo de quiméricas alas
por un cielo de roca que los dioses desertan.

Ser poeta es inútil en un mundo acosado.
Cuando todos tus versos, día a día, exhibiendo
delicados perfiles de barroca belleza,
hayan dicho el fracaso de ser hombre, la angustia
de ir a tientas, vagando con un latido impreciso
por caminos fangosos que los muertos obstruyen,
con el alma colgando como harapo inservible
del cansado esqueleto corroído de caries:
cuando gire el poema como aguda veleta
señalando el desastre más allá del refugio
¿qué habrás hecho, poeta? Ni una lágrima sola,
ni una tibia, redonda lagrimita de niño
habrá sido enjugada. Ni unos labios sedientos
quedarán refrescados. Ni un hilillo de sangre
que las venas perdieron, será vuelto a las venas.
Y aunque grites el hambre y las madres robadas
no habrá pan en las bocas ni los rotos regazos
serán llenos de nuevo con el peso del hijo.
Y aunque clames el bosque, las praderas, los mares,
no harás nunca que un viento sin dolor purifique
las cerradas alcobas donde huele a parida
y a pecado y a cuna y a cansancio de hombre.

Mejor fuera callarse. Licenciar la metáfora.
Adentrarse en las ruinas salpicadas de llanto
y empezar a poner con humilde paciencia
un ladrillo sobre otro.

 

 

 

 

ÉXODO

Una mujer corría.
Jadeaba y corría.
Tropezaba y corría.
Con un miedo macizo debajo de las cejas
y un niño entre los brazos.
Corría por la tierra que olía a recién muerto.
Corría por el aire con sabor a trilita.
Corría por los hombres erizados de encono.
Miraba a todos lados.
Quería detenerse.
Sentarse en un ribazo y con su hijo menudo.
Sentarse en un ribazo y amamantar en paz.
Pero no hallaba sitio.
No encontraba reposo.
No lograba la pausa sosegada y segura
que las madres precisan.
Ese viento apacible que jamás se interpone
entre el pecho y el labio.
Buscaba cerca y lejos.
Buscaba por las calles,
por los jardines y bajo los tejados,
en los atrios de las iglesias,
por los caminos desnudos y carreteras arboladas.
Buscaba un rincón sin espantos,
un lugar aseado para colocar una cuna.
Y corría y corría.
Dio la vuelta a la tierra.
Buscando.
Huyendo.
Y no encontraba sitio.
Y seguía corriendo.
Y el niño sollozaba débilmente.
Crecía débilmente
colgado de su carne fatigada.

 

 

 

 

SOBRAMOS

Está tan lleno el mundo. Terriblemente lleno.
De montañas, de árboles, de cuarteles, de fábricas.
De casas con vecinos y blancos sanatorios.

(De vez en cuando hay flores. No las cortéis, amigos.
De vez en cuando hay ríos como venas sin brújula.)

Hay tantos trenes, cárceles, torpederos, aviones,
motores, cines, bancos, quirófanos, tabernas.

Tantas lindas estrellas y anuncios luminosos.
(Coñac Barbier, Calzados Eureka y así, muchos.)

(También hay automóviles más veloces y bellos
que arcángeles de acero con las alas plegadas.)

Hay mujeres que ríen. (Rouge aux lèvres. Pitillos.)
Hay niños que sollozan detrás de las paredes
junto a madres dormidas con una piedra al cuello.
Y bebés custodiados en cunitas cromadas
que engordan entre leche condensada y puntillas.
Hay dulces solteronas que cuidan un perrito.
Muchachas con los ojos divinamente tontos.
Y adolescentes rubios con el vello erizado
por extraños deseos.

El mundo, sobre todo, está lleno de hombres.
Cuántas manos inútiles, camisas remendadas,
zapatos descosidos lamiendo los asfaltos.
Cuántos ojos y bocas acechando voraces.
Cuántos cerebros blancos con pensamientos peces
girando entre benéficas pastillas de aspirina.
No olvidemos los sabios. Esos sabios atroces
que trasnochan jugando con palabras difíciles:
Ciclotrón, supersónico, cibernética y otras.

Está tan lleno el mundo, que yo, palabra, amigos,
no sé dónde ponerme.
No sé si tengo sitio.
Los poetas sobramos.

 

 

 

 

LA CÁRCEL

Nací en la cárcel, hijos. Soy un preso de siempre.
Mi padre ya fue un preso. Y el padre de mi padre.
Y mi madre alumbraba, uno tras otro, presos,
como una perra perros. Es la ley, según dicen.

Un día me vi libre. Con mis ojos anclados
en el mágico asombro de las cosas cercanas,
no veía los muros ni las largas cadenas
que a través de los siglos me alcanzaban la carne.

Mis pies iban ligeros. Pisaban hierba verde.
Y era un tonto y reía
porque en los duros bancos de la escuela
podía pellizcar a los vecinos,
jugar a cara o cruz y cazar moscas,
mientras cuatro por siete eran veintiocho
y era Madrid la capital de España
y Cristo vino al mundo por salvarnos.

Sí. Entonces me vi libre. Las manos me crecían
inocentes y tiernas como pan recién hecho,
pues no sabían nada del hierro y la madera
soldados a sus palmas
cuando el sudor profuso
igual que un vino aguado
apenas nos ablanda la fatiga.

Hoy los muros me crecen más altos que la frente,
más altos que el deseo, más altos que el empuje
del corazón. Arrastro
unas secas raíces que me enredan las piernas
cuando voy, como un péndulo de trayecto inmutable,
desde el sueño al cansancio, del cansancio hasta el sueño.

Soy un preso de siempre para siempre. Es el orden.

 

 

 

 

ESTACIÓN

Héme aquí en los andenes de una estación sin nombre.
Armaduras metálicas delimitan el cielo
en cuadrícula justa de empañados cristales.
Entre los paralelos raíles crece el musgo,
merodean las ratas y se pudren despojos.
Héme aquí en los andenes con maletas y fardos
y un enorme baúl que no sé qué contiene.
Quisiera preguntar si es que voy o es que vengo,
de dónde me ha traído el tren de madrugada
y cuál es el preciso lugar de mi destino
para el que no recuerdo si he sacado billete.
Pero no hay empleados. Hay un jefe invisible
en un negro despacho sin ventanas ni puerta
que se hace sordomudo a todas las consultas.
Se llenan los andenes con más y más viajeros
igual que yo, cargados de equipajes absurdos.
Se les nota en la cara que están medio dormidos
o que son medio tontos o que han perdido algo.
Muchos parten de pronto en un tren sin bombillas
que se marcha en silencio nadie sabe hacia dónde.
Los despiden algunos con sollozos y gritos.
Pero pronto se cansan y al final se consuelan.

Los que llegan se anuncian con más gozo. Hay un grupo
que pregona su arribo con palabras alegres
y un aspecto solemne que no acierto a explicarme.
Todos ellos me aturden, me fastidian. Si al menos
me aclararan las cosas y ordenaran un poco
este necio barullo. Porque, al cabo, es probable
que yo venga enviada por alguno, que tenga
que hacer algo importante o llegar a algún sitio.

No sé nada de nada o quizá lo he olvidado.
He perdido las llaves del baúl. Torpemente
descerrajo la tapa. Si encontrara mi propia
filiación, mi destino. Desengaño tremendo.
Sólo hay frascos vacíos, inservibles zapatos,
alas rotas, cintajos de colores, caretas,
trajes viejos y libros con olor a polilla.
Pasa tiempo. Me aburro. Por hacer algo, escribo
versos largos y adustos que no importan a nadie.
Voy dejándome cosas por oscuros rincones:
Guantes sucios, sonrisas, empapados pañuelos,
oxidados cuchillos y hasta besos cortados.
Ya no tengo maletas (Lo compruebo de pronto.)
Sólo un tiesto con flores amarillas y mustias
y una incómoda jaula con un pájaro triste
que no come ni canta. Cruzan trenes y trenes.
Siempre llega más gente y otros siguen marchando.
Hasta algunos se tiran de cabeza a la vía.
Yo no sé qué adelantan con romperse los huesos
y quedar con los puercos intestinos al aire.
Pero estoy tan cansada. Ni siquiera me importa
continuar el viaje. Voy a ver si me duermo.

 

 

 

 

Y AHORA EL LLANTO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx—¿Por qué lloras si no sirve para nada?
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx—Precisamente por eso. Porque no sirve.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSolón

Como quien se despierta rodeado de llamas,
rodeado de lobos,
rodeado de cárceles.
Como un niño a quien quitan el pecho bruscamente,
como una dama histérica,
como una oveja que montara en cólera,
he gritado, he gritado cuando he visto,
cuando, sencillamente, me he hecho cargo.

He gritado de día y por la noche.
Con muy poco respeto, lo concedo,
para el descanso de las almas probas
que no quieren saber nada de nada
porque ellos, desde luego, ellos, ¿qué culpa tienen?

He gritado a mi modo (soy tozuda),
hasta resquebrajarme la garganta,
hasta el dolor profundo de las vísceras,
hasta llenar de prosa despreciable mis versos.
(Mejor hubiera estado cortando margaritas
o sonetos de boj correlativos.)

Me habréis oído a veces
(Señor, qué mujer ésta)
y os habréis arropado la cabeza en las sábanas
para dormir en paz y soñar con los angelitos.
Ahora (esto es más tonto todavía) ahora lloro.
Estoy llorando a hilo, a metáfora viva.
Y mis lágrimas caen ineficaces
sobre los hombros apiñados y los codos con codos
de los rebaños callejeros.
Y caen sobre las manos duramente adiestradas
que empuñan una azada, un fusil, una lima,
un pedazo de tiza o una llave maestra.
Y caen sobre los ojos encogidos
de los oscuros niños coreanos
y sobre las veredas enfangadas
por donde huyen sus madres.
Van cayendo sin ruido
sobre la calva de los sabios y los presidentes,
sobre la frente de los poetas y de los esquizofrénicos
y de las amas de casa que porfían en vano
porque tres y tres suman dieciocho.
Caen mis lágrimas, caen
sobre los altares de las iglesias y los lechos de los prostíbulos.
Sobre los micrófonos de las conferencias internacionales.
Sobre las ventanillas de las casas de empeños.
Sobre los cementerios sin cruces de la muerte innumerable
y los mostradores de las cafeterías.
Y caen sobre el sudor y sobre el beso
y sobre la risa comprada en los cinematógrafos,
y sobre el pus de las heridas
y el olor a éter de los hospitales.
Van cayendo mis lágrimas.
Sobre el griterío de los campos de fútbol
y los tinteros de las comisarías
y el artículo de fondo de los periódicos
y el brasero raquítico de las mesas camilla
y hasta en los vasos con flores de las antesalas de los abogados.
Y lloro y lloro un llanto irrestañable.
Sabiendo que no sirve para nada.
Que el llorar hace feo.
Que ese poco de sal y de sangre caliente
de mis lágrimas bobas
perderá su importancia
en el glaciar amargo sin desagüe
que está siendo la vida para el hombre.
Y lloro (no hay remedio, soy idiota)
con toda buena fe y a todo riesgo.
Como si a mí me fuera y me viniera.
Como si no estuviera tan a gusto en mi casa.

 

 

 

 

EPÍLOGO A BLAS DE OTERO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAy, ese ángel fieramente humano
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcorre a salvaros y no sabe cómo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBlas de Otero

No sabe cómo, amigo Blas, no sabe.
No sabe cómo.

Bien puede ser que ya estuviéramos
al cabo de la calle,
al cabo de la vida o del infierno,
al cabo de la pura poesía,
cuando, un poco más alto que todas las campañas,
que los puentes, los bancos, los tejados negruzcos
y el hollín y el acero
de nuestro gran Bilbao tan pequeñito,
hablábamos del mundo casi tan seriamente
como hablan de negocios los hombres importantes
y las amas de casa de servicio doméstico.

Tú querías correr a salvarnos. Querías
(tan fieramente humano) guardarnos las espaldas,
protegernos la frente contra viento y marea,
contra viento y destino. Y no sabías cómo. (Tan fieramente humano.)
Y no sabías cómo. (Con alas, con raíces,
con remos, con espadas.) Y no sabías cómo.

Porque bien puede ser que nos veamos
al cabo de la calle
donde ya nadie pueda salvarnos.
Donde ya ni los ángeles puedan salvar a nadie.
Ni a los conformes ni a los suicidas.
Ni a los que se han estañado las sienes.
Ni a los que se han dormido sobre el polvo de las cunetas.
Ni a los que van huyendo con los brazos en alto
porque Europa hace agua, porque el Mundo hace agua,
o hace sangre —es lo mismo— como tú nos decías
con sangre hasta los ojos, gritando entre la sangre.

Bien puede ser que estemos ya de vuelta
del cabo de la calle.
O que no tenga cabo
la calle.

Pero acaso resulte peligroso decirlo.
Porque, además (da risa) no sabemos decirlo.
¿No ves? Vamos saltando, tal vez a pies juntillas,
tal vez a pata coja o a la gallina ciega,
esquivando los baches u burlando alambradas,
cayendo en sucio fango o en agua de colonia,
y luego, por la noche, nos abrasan los ojos.
Y damos vueltas y más  vueltas
con un atroz poema pinchado en las almohadas
o puesto de través entre los huesos
o cortándonos la respiración
como un buche de hiel atragantado.

Así te encuentran todos un poco taciturno.
Y los lectores dicen “¡oh!, ¡oh!” sobre tus versos.
Y hasta te recriminan las personas decentes
por pretender un día que las niñas bajaran
ese blanco percal de sus cortas braguitas
(Braguitas ¿es posible?)
para rogar a Dios con inocencia.
Y yo llegué a decirte: Mejor fuera el silencio.
Mejor fuera callarse. Licenciar la metáfora.
Y ver si a duras penas o a duras alegrías
abrimos un camino al cabo de la calle.

 

 

 

Figuera Aymerich, Ángela. Obras completas. Madrid; Ed. Hiperión, 1999.

 

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